Firmas con sello de lujo: Tomás Paredes

Gonçalo Ivo, y lo Spagnoletto al fondo

 

El arte, esa necesidad humana, esa combinación de formas y colores y luces en el caso de la pintura, no tiene patria, ni matria; tiene autor. El arte es presencia y, si carece de ella, no es nada. Gonçalo Ivo es pintor y nacido en Río de Janeiro en 1958. Pero si digo que es un pintor brasileño, ¿le identifico con idoneidad? No.

Desde inicios de febrero a los de abril tiene una amplia exposición individual de pintura y escultura en el nuevo suntuoso espacio de la galería Simões de Assis, Alameda Carlos Carvalho 2173 a, Curitiba (info@simoesdeassis.com).  Es obra reciente, 2017-2020, realizada en Nueva York y en Bethany para esta ocasión. Maderas, tablas, linos, cartones, papeles en variadas técnicas, con preferencia la témpera.

Gonçalo Ivo preparando la exposición para la galería Simöes de Assis

 

Si, nació en Brasil, pero ha vivido en París, muchos años, y en Madrid, Nueva York y en la Albers Foundation-Josef and Anni Albers de Connecticut. Ahora trabaja en su estudio de Teresópolis, junto a la biblioteca de su padre.  Hijo y albacea del poeta Ledo Ivo, pasaba muchas temporadas con su padre, le acompañó en célebres viajes y encuentros, hasta convertirse en un hombre ecuménico y políglota, aunque la lengua que mejor conoce es la de la pintura y luego la música.

Lêdo Ivo escribió una poesía figurativa, engarzando los asuntos populares y los metafísicos. Era una suerte de mago, que hacía sonreír las palabras y a las personas, desde una ascética y consumada sencillez. La sencillez está relacionada con la accesibilidad al ser, no con la simpleza. Lêdo era un hombre pequeño, grande, empático, que sin buscarlo era un generador de amigos. Tenía duende, estaba tocado por las alas de un ángel y por eso fue a morir a Sevilla, cabe el Guadalquivir con el coro de los cantos de Triana.

La pintura de Gonçalo Ivo es abstracta, o con más certeza, órfica. No aquel cubismo órfico que bautizó Apollinaire, en 1913, sino el orfismo que congregó a Delaunay, Léger, Duchamp y Kupka; el orfismo que ensambla luz y color, huyendo de perspectivas y referencias, aislándose de toda representación, con querencia geométrica, consiguiendo firmamentos de una belleza consumada, serena y grandiosa, íntima, genuina.

Cuando, en silencio, contemplo la pintura de Gonçalo, asohora, oigo la música de Bach o la de Gustave Holst y sus planetas. Y la de Monteverdi abriendo las esencias de los misterios órficos y la caja de las sensaciones. Otras veces, suena jazz y entonces las notas misteriosamente azules de la armónica de Sonny Boy Williamson II se acompasan con las notas de un piano o un clarinete hechicero, componiendo un mosaico de sensaciones y placeres que ponen dulce el corazón.

Una vista frontal de la galería Simöes de Assis con y de la exposición de Gonçalo Ivo

 

Si el arte no es emoción y misterio, si no nos altera y enriquece, si no hace que nuestros sentidos brinquen al compás de una armonía, es otra cosa, no es arte. Conmover con sólo el color y la luz, esa es la grandeza de la obra de Gonçalo Ivo. ¿De dónde salen los verdes esmeraldas, esos rojos cereza, los lapislázulis, el blanco roto? Con evidencia, de un sueño, de la paleta del autor, de su sensibilidad, de la ternura que se le escapa en su vivencia espiritual. Los colores son hijos del azar y de la magia, uno tiene previsto esto o aquello, pero un toque de tierra, de amarillo de Nápoles o de verde Veronés da al traste con todo, para liderar una sorpresa, una fusión fascinante, emotiva.

Los colores son como las fuerzas de la naturaleza, ingobernables ¿Quién domina los volcanes o los vientos? Sabemos de qué esta compuesto el aire, qué es el viento, pero cómo dominarlos. Los colores, igual. El añil se mece en una noche oscura y tristea; un topacio en el regazo del sol, enciende, o un siena en el otoño, recuerda. El color es un milagro in fieri, irrepetible, silencioso y guerrero, salvaje e imbele.

¿Qué es el orfismo? Lo que hace Gonçalo Ivo, renunciar a todas las tentaciones para concentrarse en las virtudes del color y de la luz. Soslaya la referencia del espacio para darle inmensidad, intensidad a sus cromías geometrizantes, esféricas; a la lluvia de pequeñas hojas de árboles sembrados en el viento. Al final la leve geometría desaparece para ofrecer un mosaico de sensaciones.

Orfeo deriva de personaje mitológico a dios de la música; augur y profeta, astrólogo y estratega. Poeta y músico de la Antigüedad, inventor de la cítara, añadió dos cuerdas más a la lira, en honor de las nueve musas. Píndaro lo llama “el padre de los cantos”. Hijo de Apolo y de Caliope, se enamoró de Eurídice y tras la catábasis la rescató de los ínferos, pero cuando quiso verla antes de dejar el submundo, Eurídice se desvaneció en el aire, despareciendo para la eternidad.

Una vista lateral de la galería Simöes de Assis con y de la exposición de Gonçalo Ivo

 

Ovidio, Eratóstenes, Esquilo en su desaparecida tragedia de Las basárides, Pausanias, Higinio nos dan opiniones diferentes de la desaparición de Orfeo, porque se quedó entre nosotros para unir música y poesía, luz y color, sonido y silencio, meguez y meditación, pincel y cálamo, espera y esperanza, azar y necesidad.

¿De dónde proceden estos colores aterciopelados, vibrantes, melosos, de Gonçalo Ivo? De su manera de buscar juguetes hermosos para el hombre y volarlos como vuelan los niños las cometas en la playa. De su pasión por la obra de José de Ribera. ¿Extraño? Ni por pienso. Ivo es un gran conocedor de la obra de Lo Spagnoletto, el maestro más importante del XVII, con sus rojos y azules mágicos, que hereda Ivo. Lord Byron asegura que Ribera pintaba con la sangre de los santos.

José de Ribera (Xátiva 1591-Nápoles 1562), llega a Italia en 1610. Y de primerísimo seguidor de Caravaggio se convierte en jefe de la escuela napolitana; en un grabador perfecto, admirado por Rembrandt; en el mejor dibujante de su tiempo y todavía; “de toda nuestra historia” afirma René Huygue. Firmaba “Hispanus Valentinus Setaben”, incluso “Partenope”. Pero, ¡y el color! Es Gonçalo Ivo quien lo celebra y lo perpetúa, quien lo cultiva y lo actualiza en esta fiesta selecta de su percepción sensible.

La Femme, 2020 têmpera e calcinação sobre madeira 173 x 33 x 33 cm

 

A Ribera se le tuvo por truculento y sombrío, pero superada esa mala fama que le orquestaron los franceses, comenzó a ser un seductor de las formas y del color. En sus primeros años se alaba su claroscuro, luego restaura la claridad. Esos rojos y azules de la Magdalena penitente, El martirio de San Andrés, La Purísima del convento de las Agustinas de Salamanca, La mujer barbuda, Sileno ebrio…Esos fuegos colóricos son los que arden en los lienzos de Ivo, dando vida a los mundos de sus cosmos.

La pintura y la música, como Orfeo. Porque Gonçalo es pintor, con un currículo impresionante, con un presente esplendoroso que es lo que vemos en esta exposición de Curitiba en Simões de Assis. Pero también está en la poesía, en el ensayo y en la música. Y no sólo de oyente, porque ha producido numerosos proyectos musicales, a distintos compositores e intérpretes.

Gonçalo Ivo es arquitecto y urbanista, formado por la Universidad Fluminense, pero además estudió con Iberé Camargo y Aluisio Carvão, Visitó adunia con su padre a Lygia Clark en su taller y es un contumaz visitante del Museos del Prado y otros templos del arte. Y su obra plástica no deja de crecer en tensión y poética, cada vez más sajelada, más limpia, más imponente, más inocente y carente de todo artificio como esa lluvia finísima reciente siempre cayendo y detenida.

Vuelve Gonçalo Ivo a Curitiba, en cuyo mueso ya expuso, y lo hace en plenitud. No quiero aquí repetir las colecciones donde mora, los museos y galerías donde ha expuesto, lo tienen en cientos de referencias, en internet, libros, películas. No quiero aquí sino llamar la atención sobre una obra desnuda, límpida, lúdica, lúcida en la que el color es todo: fuerza, fondo, forma, susurro, silencio y canción, plegaria, elegancia.

Cosmogonia “Africa”, 2020 óleo e folha de ouro, cobre e prata sobre linho 100 x 100 cm

 

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