Colaboraciones de nuestros socios: Alfonso Calle, «La risa en la pintura»

Reflexiones en torno a una acuarela

«Victoria» Acuarela sobre papel 2015. 70×50. Mostrada al público en exposición individual en el Centro Cultural Daoíz y Velarde del distrito de Retiro en Madrid.

Siempre me ha interesado captar la manera de ser del retratado, no solo su parecido físico. Un retrato, para mí, no debe ser la reproducción de unos rasgos, sino la búsqueda de una presencia, y considero que son los gestos los que mejor la definen. Basta con recordar esa fotografía de Charles Chaplin caminando de espaldas, vestido de negro,

con su bombín de ala corta, sus pantalones caídos, sus pies huyendo el uno del otro como las aspas de un ventilador y su bastón colgado del brazo: Para identificarlo no es necesario verle la cara ni oírle hablar, basta con el gesto.

Y el gesto de Victoria era su risa. Hagamos un estudio de la risa.

No es lo mismo sonreír que reír. No es el mismo gesto.

En el llamémosle “arte clásico” son muy escasos los pintores que han hecho retratos de personajes sonriendo, Frans Hals ha sido una de esas excepciones y podríamos incluir también a Leonardo da Vinci con su Gioconda, aunque esta apenas está iniciando un esbozo de sonrisa, pero no es fácil encontrar otros retratos famosos riendo desde el Renacimiento hasta mediados del S. XIX

Parece que “la risa” es el gesto olvidado en la pintura. Vamos a intentar esclarecer las causas de ese vacío analizando ambas, sonrisa y risa

La sonrisa es un gesto que denota simpatía, cortesía, confort anímico con la situación en que está el sonriente, siempre que sea espontánea y sincera. Los humanos, en general, estamos dotados para detectar cuando es la sincera llamada sonrisa de Duchesne, y cuál es la educada o social que puede ser fácilmente forzada y que puede ocultar las emociones reales.

La risa en cambio nace de una o unas emociones más complejas e intensas. El gesto es involuntario e incontrolado Da rienda suelta a posible estrés o nervios, y aparece con situaciones de humor o sorpresa imprevista y agradable, produciendo un efecto muy importante en las relaciones humanas. Decimos que la risa es contagiosa y es bastante cierto. Se me escapan los porqués sicológicos de este fenómeno, pero pienso que se produce por simpatía.

La RAE define “simpatía” en su cuarta acepción y desde el punto de vista físico, como: “Relación entre dos cuerpos o sistemas por la que la acción de uno induce el mismo comportamiento en el otro”.

Efectivamente: Cuando un bebé llora, si hay otro próximo a él, también llora. Cuando algún familiar bosteza próximo a ti, te dan ganas de bostezar. Cuando alguien ríe a carcajadas cerca de ti te dan ganas de reír y normalmente acabas haciéndolo. Todo ello se hace por la “simpatía” descrita, pero la misma también se da como fenómeno acústico perceptible. Al afinar una guitarra, sus seis cuerdas se afinan pisando el quito traste y entonces emite el mismo sonido que la siguiente, excepto la tercera que lo hace pisando el cuarto traste. Una vez afinadas, si pulsas una cuerda pisando el quinto traste, vibra ella y vibra también la siguiente por simpatía.

Mi interés por el retrato viene de antiguo y hasta alguna vez llegué a tener la esperanza de encontrar el alma del retratado para plasmarla con mis pinceles. ¡Vano intento! Ya nos decía el capitán Fernández de Andrada aquello de “Fabio: Las esperanzas cortesanas prisiones son do el ambicioso muere y donde al más astuto nacen canas” y a mí que iba de astuto, me nacieron canas sin conseguirlo, pero saqué algunas conclusiones, una de ellas es que el alma hay que buscarla como a los pájaros que revolotean entre las ramas del chopo, del olmo o del nogal, y ella lo hace entre las arrugas que labró la vida en el rostro del humano, y que revolotea entre sus risas y sus llantos.

¿Y por qué no hay retratos de gente riendo en la pintura clásica? Cosa lógica: Porque no existía la cámara fotográfica. Cuando esta se inventó en 1837 dejó de ser imprescindible el posado al natural y se pudo echar mano de la fotografía que, congelando el tiempo, puede dejar constancia de un gesto fugaz pero muy expresivo, un gesto como es la risa. Pero hay personas que son risueñas por naturaleza, es su “manera de ser” y hoy no necesariamente hay que pintarlas serias. Para mí, el ser humano es como es, y no tiene por qué ser como le manden ni los fotógrafos ni los pintores ni nadie.

En este retrato intenté mostrar esa “manera de ser” de una niña de cinco años, llena de vitalidad y lo feliz ella era en aquellos años.

La expresión de Victoria me pareció llena de naturalidad: La boca abierta, los dientes en pleno movimiento, los ojos ligeramente entrecerrados en el momento inmediato anterior a estallar en carcajadas. No buscaba el retrato tradicional de pose solemne, que era lo que, por exigencias sociales desde el Renacimiento hasta el siglo XIX, se llevaba entonces. La risa se consideraba vulgar y tal vez hasta irreverente. Sin embargo, la fotografía permitió congelar lo espontáneo, y eso abrió una puerta enorme, a mi juicio, al retrato moderno.

No se trataba de buscar artificio ni teatralidad, sino de erradicarlos manteniendo la transparencia en la piel y el volumen en el cabello, pues entendí que equilibraban la intensidad expresiva del rostro.

Quería un retrato contemporáneo centrado en la verdad emocional del modelo más que en la pose académica.

Pero hay una razón que es mucho más decisiva y causa fundamental de esa carencia de retratos de personas riendo. No hay ser humano capaz de estar riendo mientras dura el posado ante el pintor. Ahí está la clave fisiológica y no solo cultural.

La risa es breve, involuntaria y difícil de sostener de manera natural durante mucho tiempo. Mantener una risa real durante las largas sesiones de posado tradicionales (que podían durar horas y repetirse durante semanas) es prácticamente imposible.

En el retrato clásico el modelo debía permanecer inmóvil largos periodos, mantener una expresión estable y repetir exactamente la misma postura en sesiones sucesivas Pero la risa, es dinámica, cambia en fracciones de segundo y se transforma rápidamente en gesto forzado si se intenta sostener.

Por todo ello, incluso aunque culturalmente se hubiese aceptado la risa como gesto digno (que no siempre fue así), técnicamente habría sido muy difícil pintarla del natural sin que perdiera verdad.

La fotografía resolvió el problema al inmovilizar el gesto en una décima de segundo. Pero en mi caso, lo importante era que no se trata solo de usar la fotografía como herramienta de dibujo, sino de decidir que la risa merece ser retratada, y ello me llevó estudiar más de trecientas fotografías de Victoria hasta conseguir aquella que yo

consideraba que la reflejaba mejor. A ello se debe añadir que el profundo afecto que yo le tenía a la niña y le sigo teniendo, quitara las pequeñas cosas que no me gustaban de la foto y acentuara las que consideré que le pudieran favorecer. Una tarea que sé que se hace incuso subconscientemente. No es lo mismo pintar a quien quieres que a quien ignoras u odias porque en medio está también el alma del pintor.

Aún hay algo más: Pintar una risa convincente exige entender no solo la anatomía, sino el movimiento implícito. En “Victoria” no vemos una sonrisa estática; percibimos el instante previo o posterior al sonido. Eso es lo que creo que le da vida.

Madrid 6 de febrero del 2026

Alfonso Calle

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad