Panorámicas Madrid: Plaza Mayor
Ver Madrid, desde el aire, tal como la ve un pájaro, como si fuera en globo. Esa era la idea. Siempre hemos visto la ciudad desde dentro, pero cuando esta desbordó la escala doméstica, el hombre, para comprender sus lugares de tránsito, se subía a algún lugar en alto, a un otero, cerro aislado que domina un llano. De ahí la palabra “otear” derivada de otra del romance, “oto”, degeneración de “alto”: “Registrar desde un lugar alto lo que está abajo”. Cuado algo te desborda en dimensiones de tal forma que cabes dentro de el o ello, mirar desde arriba es hacerlo desde fuera, puesto que, como pasa en el caso de la ciudad, la mirada es casi siempre desde dentro, de tal manera que, para hacerte una idea aproximada de su configuración, hemos de recurrir a la memoria para unir mentalmente distintos vistazos, como pinceladas de una pintura impresionista, para componer un todo virtual. De ahí que haya sido histórico y frecuente el subir a una cumbre a la hora de fundar una ciudad, como, entre otros muchos, lo hiciera Pedro de Valdivia subiéndose al cerro de Santa Lucía el 12 de febrero de 1.541 para decidir la ubicación de Santiago de Chile. El alarife que lo acompañaba, persona encargada de levantar los planos de la ciudad, tomó cumplida nota de la idea de Valdivia a fin de ir fijando lugares públicos, civiles y religiosos, en torno a los cuales habría de desarrollarse el entramado urbano.
Querer observar desde arriba implica, en cierto modo, un afán de dominio y se experimenta un cierto regusto de posesión al confirmar que comprendes el todo que observas y dominas. Es conocido que en un lugar habitado por simios, el jefe del clan se reserva para si la cumbre, el sitio más alto, porque cualquier ataque contra su autoridad casi nunca pude venir desde el aire.
Al querer pintar esta vista panorámica de Madrid deseaba ofrecer una mayor comprensión de la ciudad. Mostrar un mundo de contrastes entre el desorden del entramado urbano, fruto de su fundación árabe por Mohamed I, aquel emir de Córdoba que teñía sus barbas claras con kotem y hené para parecer más Omeya, y razón por la cual brillan en esta parte de Madrid, especialmente y por su ausencia, el cardo y el decúmano de origen romano, y mostrar el afán patente de orden que se observa en los espacios y edificios públicos, como el Palacio de la Opera, el Palacio Real, la Catedral de La Almudena o la misma Plaza Mayor.
Elegí a esta última como foco principal de la composición porque me parecen una auténtica maravilla, no solo la manzana que la conforma, sino sobre todo, el espacio público que delimita.
Ese rectángulo de una superficie aproximada de una hectárea, cuyo más lejano antecedente parece ser la stoa griega, tiene vocación de atrio, el patio de la domus romana, y te ofrece, como aquel, el refugio contra el sol y la lluvia. Pero si el atrio lo era de un lugar de propiedad privada, en este caso lo era de una pública, por lo que esa dotación de espacio protegido, límite entre lo privado y lo público, se convirtió desde siempre en un lugar de comercio en el que los productos a la venta ni se mojaban ni tenían que soportar las excesivas temperaturas que afectan a algunas mercancías expuestas al sol. En nuestra cultura hispana, de La Península y América, los hemos llamado “soportales”, pero abundan en toda Europa. En Italia les llaman logia, en Polonia kaménica, en Francia passage, y te los encuentras por todas las latitudes del viejo continente.
Decíamos que, desde el punto de vista pictórico, deseaba dejar patente ese contraste entre el orden que se manifiesta en la plaza y el desorden de las viviendas que parecen arremolinarse en torno a ella. A primera vista me sugirió el caos que se observa en una drusa que se formara en una piedra plana o cóncava y en la que, en medio de esa amalgama de cristales surgidos de forma aleatoria, te encontraras con una joya tallada por un joyero auténtico, una joya fuera de escala y en la que su mayor atractivo se percibe, no en el macizo sino en el vano, no en el objeto sino en el espacio que enmarca. La belleza de la ausencia. Ese espacio que se me antoja como el molde previo de una escultura y que de alguna manera así surgió. La que fuera llamada en sus orígenes Plaza del Arrabal, fue remodelada por Juan de Herrera por encargo de Felipe II en 1.580, y el arquitecto, como si de un gran bizcocho se tratara y como si de un enorme cuchillo dispusiera, dio cuatro cortes en la ciudad antigua dejando el rectángulo actual al que luego se fueron cosiendo las sucesivas casas que fueran recortadas. Esa operación quirúrgica, ese implante, tan solo puede observarse desde el aire, porque hay cosas, como las figuras de Nazca en Perú, en las que puedes caminar durante siglos entre ellas sin llegar a comprender qué es lo que pisas, sin sospechar siquiera como es el sitio donde estás, sin haber entendido nunca lo que miras.
Ese era, en concreto el objeto esencial de esta pintura. Mostrar el encanto singular de esta Plaza Mayor y poder contemplar a la vez a esta plaza, al Palacio Real, la Catedral de La Almudena y el Palacio de la Opera, las distancias que guardan entre si y el sentido y carácter que en cierta manera le otorgan a Madrid.
Alfonso Calle García






























