Historia viva de la AEPE: El I Congreso Nacional de Bellas Artes

Por Mª Dolores Barreda Pérez

Historia viva de la Asociación Española de Pintores y Escultores

Un recorrido por la memoria y el legado de la centenaria institución

 

El I Congreso Nacional de Bellas Artes

 

Promovido por la Asociación Española de Pintores y Escultores, el Congreso reunió por primera vez a artistas, instituciones y responsables políticos para debatir una reforma integral del sistema artístico español, convirtiéndose así en uno de los hitos fundamentales de la política cultural del primer tercio del siglo XX

Portada del diario ABC del 15 de mayo de 1918 con la Sesión inaugural del I Congreso Español

de Bellas Artes presidida por S.M. el Rey Alfonso XIII en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid

 

UN HITO EN LA HISTORIA CULTURAL DE ESPAÑA

Entre los días 14 y 21 de mayo de 1918, Madrid acogió la celebración del Primer Congreso Nacional de Bellas Artes, una iniciativa promovida por la Asociación Española de Pintores y Escultores que supuso un acontecimiento sin precedentes en la historia cultural española.

Por primera vez se reunían en un mismo foro artistas, académicos, representantes de las principales instituciones culturales, responsables de la Administración, críticos y personalidades del mundo intelectual con un objetivo común: analizar la situación del arte español y proponer una profunda reforma de las estructuras que sustentaban su desarrollo.

Aquel Congreso nació en un momento especialmente significativo. España permanecía neutral durante la Primera Guerra Mundial, pero atravesaba una compleja crisis política y social tras los acontecimientos de 1917. Al mismo tiempo, el panorama artístico europeo experimentaba una profunda transformación impulsada por las nuevas corrientes estéticas, mientras que el sistema artístico español continuaba apoyándose, en gran medida, sobre modelos heredados del siglo XIX. Esta circunstancia hizo evidente la necesidad de abrir un debate que permitiera modernizar la enseñanza, revisar la organización de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, dignificar la profesión artística y redefinir el papel que el Estado debía desempeñar en la promoción de la cultura.

Lejos de limitarse a un encuentro corporativo, el Congreso fue concebido como un proyecto de alcance nacional. La AEPE aspiraba a construir un espacio de reflexión capaz de articular propuestas de reforma que fortalecieran las instituciones artísticas españolas y situaran el arte como uno de los pilares fundamentales de la vida cultural del país. En este sentido, el Congreso de 1918 representó el primer intento serio de abordar de forma conjunta todos los problemas que afectaban al sistema artístico español.

La trascendencia de la iniciativa resulta aún mayor si se tiene en cuenta que la Asociación Española de Pintores y Escultores apenas contaba con ocho años de existencia desde su fundación, en 1910. En ese corto espacio de tiempo ya había logrado consolidarse como la institución representativa de los artistas españoles y adquirir la suficiente autoridad para convocar un encuentro de semejante magnitud, demostrando una notable capacidad de organización y de interlocución con las administraciones públicas.

UN ACONTECIMIENTO DE ESTADO

El carácter excepcional del Congreso quedó patente desde su misma inauguración. La sesión de apertura, celebrada en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid, estuvo presidida por el rey Alfonso XIII, cuya presencia otorgó al encuentro una relevancia política e institucional desconocida hasta entonces en la historia del arte español.

Más allá del valor protocolario del acto, la asistencia del monarca constituyó un reconocimiento explícito de la importancia que las Bellas Artes comenzaban a adquirir dentro del proyecto cultural del Estado. La presencia del Rey legitimaba las aspiraciones de los artistas y otorgaba respaldo oficial a las reivindicaciones planteadas por la Asociación Española de Pintores y Escultores, que reclamaba una participación más activa en la definición de las políticas culturales.

Las crónicas periodísticas de la época destacaron ampliamente este aspecto. Diversos diarios calificaron el Congreso como una auténtica «fiesta culta nacional», subrayando tanto la amplitud de la representación institucional como la necesidad de proteger y prestigiar el arte español en un contexto internacional cada vez más competitivo. La prensa insistía igualmente en la conveniencia de reforzar la identidad artística nacional sin renunciar a la modernización que demandaban los nuevos tiempos.

LA GRAN REUNIÓN DEL SISTEMA ARTÍSTICO ESPAÑOL

Uno de los mayores logros de la Asociación Española de Pintores y Escultores fue reunir en torno a una misma mesa a prácticamente todas las instituciones que intervenían en la vida artística española.

Participaron representantes de la Corona, del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la Dirección General de Bellas Artes, de la Universidad Central, de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, de la Escuela Especial de Arquitectura, de la Escuela Nacional de Artes Gráficas y de la Escuela de Artes y Oficios.

También estuvieron presentes los patronatos del Museo Nacional de Pintura —actual Museo Nacional del Prado—, del Museo Nacional de Arte Moderno —germen del actual Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía— y del Museo de Artes Industriales, hoy Museo Nacional de Artes Decorativas. A ellos se sumaron instituciones tan relevantes como el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, la Sociedad Central de Arquitectos, la Asociación de Escritores y Artistas, el Círculo de Bellas Artes, el Real Conservatorio de Música y Declamación y la Sociedad Amigos del Arte.

Nunca antes se había conseguido reunir un conjunto tan amplio y representativo de organismos públicos, centros docentes, museos, academias y asociaciones profesionales para debatir, de forma coordinada, el futuro del arte español. Aquella extraordinaria capacidad de convocatoria confirmó el prestigio alcanzado por la Asociación Española de Pintores y Escultores y la convirtió, de hecho, en el principal interlocutor entre los artistas y las instituciones del Estado.

Portada de la Memoria del I Congreso Nacional de Bellas Artes que publicó la AEPE

 

LOS GRANDES OBJETIVOS DEL CONGRESO

Desde su concepción, el Congreso se estructuró alrededor de una serie de objetivos fundamentales que respondían a las principales carencias detectadas en el sistema artístico español.

En primer lugar, se pretendía revisar la enseñanza de las Bellas Artes para adaptarla a las nuevas corrientes estéticas y técnicas que se desarrollaban en Europa. Los planes de estudio vigentes continuaban anclados en métodos excesivamente académicos, alejados de las necesidades de una creación artística en plena transformación.

Igualmente importante era la reforma de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, cuya organización, sistema de jurados, criterios de admisión y régimen de premios generaban desde hacía años un profundo descontento entre los artistas. El Congreso aspiraba a convertir estas exposiciones en un instrumento más justo, representativo y eficaz para impulsar la creación contemporánea.

Otro de los grandes ejes de debate fue la profesionalización del artista. Frente a la tradicional consideración del arte como una vocación, los congresistas defendieron la necesidad de reconocer plenamente su dimensión profesional, reclamando mejores condiciones económicas, una mayor protección institucional y mecanismos que garantizaran la dignidad del ejercicio artístico.

Finalmente, el Congreso planteó la necesidad de definir una auténtica política cultural de Estado. Se reclamó un mayor compromiso de las administraciones públicas con el fomento del patrimonio, el apoyo a la creación contemporánea, la concesión de becas y pensiones, el incremento de las adquisiciones oficiales y la proyección internacional del arte español como expresión de la cultura nacional.

Todos estos objetivos respondían a una misma aspiración: construir un sistema artístico moderno, capaz de integrar tradición e innovación y de situar a España en sintonía con los grandes movimientos culturales europeos del momento.

El Congreso de 1918 no pretendía únicamente resolver problemas inmediatos. Su verdadera ambición consistía en sentar las bases de una profunda transformación institucional que garantizara el futuro del arte español durante las décadas siguientes. Esa voluntad reformista explica que, más de un siglo después, continúe siendo considerado uno de los acontecimientos más relevantes en la historia de las políticas culturales españolas y el primer gran foro nacional de reflexión sobre la organización del sistema artístico contemporáneo.

LAS GRANDES LÍNEAS DE DEBATE DEL CONGRESO

El programa del I Congreso Nacional de Bellas Artes fue estructurado en seis grandes secciones temáticas que abordaban prácticamente todos los ámbitos relacionados con la organización del sistema artístico español. Su contenido demuestra que los organizadores no pretendían resolver cuestiones puntuales, sino impulsar una reforma integral que afectara tanto a la formación de los artistas como a las instituciones, la política cultural y el reconocimiento social de la profesión.

LA REFORMA DE LA ENSEÑANZA ARTÍSTICA

Uno de los asuntos que suscitó mayor interés fue la situación de la enseñanza de las Bellas Artes. A comienzos del siglo XX, la formación de pintores y escultores seguía dependiendo de un modelo académico heredado del siglo XIX, basado en métodos de aprendizaje excesivamente rígidos y poco permeables a las transformaciones que estaban experimentando los centros artísticos europeos.

Los participantes coincidieron en que resultaba imprescindible revisar los planes de estudio de las escuelas y academias de arte para adaptarlos a los nuevos lenguajes estéticos y a las necesidades técnicas de la creación contemporánea. No se trataba únicamente de incorporar nuevas disciplinas, sino también de modificar la propia concepción pedagógica de la enseñanza artística, favoreciendo una formación más abierta y acorde con la evolución del arte moderno.

El debate alcanzó igualmente a la organización del profesorado y al sistema de cátedras, considerados excesivamente inmovilistas. Se defendió la incorporación de especialistas capaces de transmitir una visión más actualizada del panorama artístico internacional y de preparar a los futuros creadores para afrontar un contexto cultural mucho más competitivo.

Esta preocupación por la enseñanza ocupó un lugar central durante todo el Congreso. Tanto la prensa como las intervenciones institucionales coincidieron en señalar que la regeneración del arte español debía comenzar necesariamente por la renovación de sus centros docentes. Modernizar la educación artística significaba, en definitiva, construir los cimientos sobre los que habría de asentarse el futuro de las Bellas Artes en España.

LA REFORMA DE LAS EXPOSICIONES NACIONALES DE BELLAS ARTES

Otro de los grandes bloques de discusión giró en torno a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, principal instrumento de reconocimiento oficial de los artistas desde mediados del siglo XIX.

El reglamento aprobado en 1917 había provocado un intenso malestar entre numerosos artistas, especialmente por el funcionamiento de los jurados, el procedimiento de admisión de las obras y el sistema de concesión de premios. Muchos creadores consideraban que estos mecanismos favorecían posiciones excesivamente conservadoras y limitaban la incorporación de nuevas sensibilidades estéticas.

El Congreso se convirtió así en el escenario idóneo para analizar estas deficiencias y formular propuestas de reforma. Entre las principales reivindicaciones figuraban una composición más representativa de los jurados, criterios de selección más transparentes y una revisión profunda del régimen de recompensas, con el propósito de reducir su carácter arbitrario.

Especial relevancia adquirió el debate sobre la conveniencia de separar las adquisiciones realizadas por el Estado de la concesión de medallas y premios, evitando que ambos procesos respondieran a los mismos criterios de valoración. La propuesta pretendía reforzar la objetividad del sistema y disminuir la influencia de intereses corporativos o personales.

En realidad, tras estas discusiones subyacía una confrontación mucho más amplia entre dos formas de entender el arte español. De un lado permanecía el modelo académico tradicional, heredero de las grandes exposiciones decimonónicas; de otro, comenzaba a consolidarse una generación de artistas que reclamaba procedimientos más abiertos y una mayor presencia de las corrientes renovadoras. El Congreso no resolvió definitivamente este conflicto, pero contribuyó decisivamente a orientar las reformas que se incorporarían al Reglamento de las Exposiciones Nacionales de 1920.

EL PAPEL DEL ESTADO EN LA POLÍTICA CULTURAL

La presencia de Alfonso XIII en la inauguración simbolizó la importancia que el Congreso otorgaba a la intervención de los poderes públicos en el desarrollo de las Bellas Artes.

Los congresistas defendieron que el Estado debía asumir una responsabilidad mucho más activa en la protección y promoción del patrimonio artístico, incrementando el apoyo económico a los creadores mediante becas, pensiones, adquisiciones oficiales y programas de mecenazgo.

Igualmente importante resultó el debate sobre la proyección internacional del arte español. En un momento en que Europa redefinía su mapa político y cultural tras la Gran Guerra, numerosos participantes insistieron en la necesidad de fortalecer la presencia de los artistas españoles en el extranjero como parte de una estrategia de diplomacia cultural que reforzara el prestigio internacional de España.

Estas propuestas respondían también a un contexto político especialmente delicado. La crisis institucional abierta en 1917 había puesto de manifiesto la necesidad de reforzar aquellos elementos capaces de favorecer la cohesión nacional. En este sentido, el arte comenzó a concebirse no solo como una manifestación estética, sino también como un instrumento de identidad colectiva y un componente esencial del proyecto cultural del Estado.

Retrato de Juan Espina y Capo, por Joaquín Sorolla, Museo del Prado, artífice del I Congreso Nacional de Bellas Artes

 

LA DIGNIFICACIÓN DE LA PROFESIÓN ARTÍSTICA

Uno de los aspectos más innovadores del Congreso fue la reflexión sobre la situación profesional de los artistas españoles.

La Asociación Española de Pintores y Escultores llevaba años denunciando la precariedad económica que afectaba a buena parte del colectivo y reclamando el reconocimiento del trabajo artístico como una profesión con derechos propios y respaldo institucional.

Durante las sesiones se debatieron cuestiones relacionadas con la regulación del mercado del arte, las relaciones entre los creadores y la Administración, la necesidad de mejorar las condiciones económicas de los artistas y el establecimiento de mecanismos que garantizaran una mayor estabilidad profesional.

Estas reivindicaciones reflejaban un cambio profundo en la consideración social del artista. Frente a la imagen romántica del creador aislado, comenzaba a imponerse la figura del profesional integrado en la vida cultural del país, con responsabilidades públicas y necesidades laborales comparables a las de cualquier otra actividad intelectual.

LA ORGANIZACIÓN INSTITUCIONAL DEL SISTEMA ARTÍSTICO

Otra de las cuestiones fundamentales fue la organización corporativa de los artistas y la articulación de mecanismos permanentes de representación ante las administraciones públicas.

El Congreso analizó el papel de las asociaciones profesionales, las academias y las diferentes instituciones culturales, proponiendo fórmulas que facilitaran una coordinación más eficaz entre todas ellas.

En este terreno, la Asociación Española de Pintores y Escultores desempeñó un papel protagonista. Su capacidad para convocar el Congreso y reunir a la práctica totalidad del mundo artístico español consolidó definitivamente su prestigio como institución representativa de los artistas y como interlocutor privilegiado ante el Estado.

Muchos observadores interpretaron esta sección como el primer intento serio de establecer una política artística continuada basada en la colaboración entre los poderes públicos y las organizaciones profesionales, un planteamiento plenamente coherente con los procesos de institucionalización cultural que comenzaban a desarrollarse en otros países europeos.

UN CONGRESO CONCEBIDO COMO CELEBRACIÓN NACIONAL DEL ARTE

Junto a las sesiones de trabajo, el programa incluyó diversas actividades culturales y sociales que contribuyeron a reforzar el carácter público del acontecimiento.

Entre ellas destacaron el concierto de gala dirigido por el maestro Rafael Benedito, las recepciones organizadas en el Parque del Retiro y el homenaje tributado a Diego Velázquez ante el monumento erigido frente al Museo del Prado.

Lejos de constituir simples actos protocolarios, estas celebraciones respondían a una concepción muy concreta del Congreso. Sus organizadores entendían que el arte debía ocupar un lugar visible dentro de la vida pública y convertirse en un elemento de cohesión social y prestigio nacional. El ambiente de participación que reflejó la prensa contribuyó a proyectar la imagen del Congreso como una auténtica celebración de la cultura española, reforzando el reconocimiento público de las Bellas Artes y consolidando el éxito institucional de la iniciativa.

LA REPERCUSIÓN DEL CONGRESO Y SU INFLUENCIA EN LA POLÍTICA ARTÍSTICA ESPAÑOLA

Aunque muchas de las propuestas formuladas durante el I Congreso Nacional de Bellas Artes no encontraron una aplicación inmediata, su influencia sobre la evolución del sistema artístico español fue mucho más profunda de lo que podría deducirse de sus resultados inmediatos. El Congreso abrió un proceso de reflexión colectiva que marcaría buena parte de los debates sobre política cultural durante las décadas siguientes y consolidó la idea de que la organización de las Bellas Artes debía convertirse en una cuestión de interés público.

Uno de los ámbitos en los que su influencia resultó más visible fue el de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Las críticas formuladas en las distintas sesiones del Congreso respecto a la composición de los jurados, los procedimientos de admisión de las obras y el régimen de premios no quedaron reducidas al terreno de la discusión teórica, sino que contribuyeron a impulsar la revisión del sistema reglamentario que culminaría con la aprobación del nuevo Reglamento de 1920.

Aquella reforma incorporó parte de las inquietudes planteadas por los congresistas y supuso un intento de racionalizar el funcionamiento de las Exposiciones Nacionales. Se introdujeron modificaciones destinadas a mejorar la organización de los jurados, revisar determinados procedimientos administrativos y responder a algunas de las críticas que desde hacía años venían formulando los propios artistas. Sin embargo, las transformaciones fueron necesariamente parciales y no alteraron la estructura fundamental del modelo expositivo heredado del siglo XIX.

Las tensiones entre tradición y renovación continuaron siendo una constante durante las convocatorias celebradas entre 1919 y 1936. Los jurados siguieron estando dominados por académicos y artistas consagrados, circunstancia que provocó frecuentes controversias acerca de la admisión de obras, la distribución de premios y la escasa representación de los propios creadores en la toma de decisiones. Las discusiones surgidas en torno a cada Exposición Nacional demostraban que muchos de los problemas denunciados en 1918 permanecían todavía sin resolver.

Aun así, el Congreso había conseguido introducir un cambio de enorme trascendencia: por primera vez el funcionamiento de las Exposiciones Nacionales dejaba de considerarse una cuestión exclusivamente administrativa para convertirse en objeto de un debate público sobre los criterios de legitimación artística, la representación de los artistas y el papel del Estado en la promoción de la creación contemporánea.

LA CONSOLIDACIÓN DE LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Si el Congreso produjo una consecuencia inmediata fue el fortalecimiento institucional de la Asociación Española de Pintores y Escultores.

La organización del encuentro demostró que la AEPE había alcanzado un grado de madurez excepcional apenas ocho años después de su fundación. Ninguna otra entidad artística española había conseguido convocar a un número tan amplio de organismos oficiales, centros docentes, academias, museos y asociaciones profesionales, ni reunir en un mismo foro a representantes de la Corona, la Administración y el conjunto del mundo artístico.

A partir de 1918, la AEPE quedó definitivamente reconocida como la principal interlocutora de los artistas ante las instituciones públicas. Su capacidad para articular propuestas de alcance nacional reforzó su prestigio y consolidó un modelo de representación profesional que continuaría desempeñando un papel fundamental durante las décadas posteriores.

No debe olvidarse que muchas de las reivindicaciones debatidas en el Congreso venían siendo defendidas por la Asociación desde su creación. La convocatoria de aquel encuentro supuso, por tanto, la culminación de un intenso trabajo desarrollado durante años para situar las necesidades de los artistas en el centro del debate cultural español.

EL ARTISTA COMO PROTAGONISTA DE LA VIDA PÚBLICA

Otro de los logros más significativos del Congreso fue contribuir a modificar la percepción social de la figura del artista.

Hasta entonces, la actividad creadora seguía estando asociada con frecuencia a una concepción casi vocacional, dependiente de los encargos oficiales, de las recompensas obtenidas en las Exposiciones Nacionales o del limitado mercado privado existente en España. Frente a esta realidad, el Congreso defendió una visión mucho más moderna del artista como profesional cualificado, integrante activo de la vida intelectual del país y merecedor de una protección institucional comparable a la dispensada a otras actividades culturales.

Esta transformación conceptual resultó especialmente importante porque anticipaba un fenómeno que se consolidaría progresivamente en Europa durante el siglo XX: la consideración del creador como agente cultural con derechos, responsabilidades y capacidad de interlocución ante las administraciones públicas.

Aunque muchas de las mejoras laborales reclamadas no llegaron a materializarse plenamente, el Congreso dejó establecida una nueva manera de entender la profesión artística que influiría en los debates posteriores sobre asociaciones profesionales, protección social y organización del mercado del arte.

BLANCO Y NEGRO MADRID 19-05-1918

 

LUCES Y SOMBRAS DE UN PROYECTO REFORMISTA

Pese al entusiasmo que despertó el Congreso y a la amplitud de sus objetivos, la mayor parte de las reformas proyectadas avanzaron con una lentitud considerable.

El Estado continuó ejerciendo un fuerte control sobre la carrera de los artistas a través del sistema de premios, adquisiciones oficiales y pensiones. Las Exposiciones Nacionales siguieron siendo el principal instrumento de legitimación artística, manteniendo buena parte de las inercias heredadas del siglo XIX y alimentando periódicas controversias acerca de la imparcialidad de sus jurados y de los criterios empleados para valorar las obras.

Tampoco la enseñanza artística experimentó la profunda renovación que muchos congresistas reclamaban. Aunque se produjeron ajustes parciales, el sistema docente permaneció en gran medida vinculado a estructuras académicas tradicionales, retrasando la incorporación plena de las corrientes renovadoras que ya se habían consolidado en otros países europeos.

La precariedad económica de numerosos artistas tampoco encontró una solución definitiva. El mercado español del arte seguía siendo reducido y dependía en exceso del apoyo institucional, circunstancia que limitaba las posibilidades de desarrollo profesional de buena parte de los creadores.

En consecuencia, puede afirmarse que el Congreso actuó más como un programa de reformas que como una transformación inmediata del sistema artístico. Su importancia reside menos en las medidas que logró implantar de forma directa que en haber formulado, por primera vez de manera conjunta y sistemática, un diagnóstico completo de las carencias estructurales del arte español y un proyecto coherente para superarlas.

Clausura del I Congreso Nacional de Bellas Artes celebrada en domicilio social  de la Asociación Española

de Pintores y Escultores presidida por Mariano Benlliure, en la calle Alcalá, 44 Principal, donde tenía en aquellos años la sede la AEPE

 

UN REFERENTE PARA LA HISTORIOGRAFÍA ARTÍSTICA

Con el paso del tiempo, el I Congreso Nacional de Bellas Artes ha adquirido un valor que trasciende ampliamente el de los acuerdos adoptados durante sus sesiones.

La historiografía contemporánea lo considera el primer gran foro nacional dedicado a debatir de manera integral la organización del sistema artístico español. En él confluyeron cuestiones relacionadas con la enseñanza, la legislación, la profesión artística, la política cultural, las instituciones, el patrimonio, la proyección internacional del arte y la representación corporativa de los creadores, configurando un programa extraordinariamente avanzado para su tiempo.

Desde esta perspectiva, el Congreso de 1918 debe entenderse como el punto de partida de un proceso de modernización institucional que, con avances y retrocesos, marcaría la evolución de las Bellas Artes españolas durante el primer tercio del siglo XX. Su verdadero legado no radica únicamente en las reformas que inspiró, sino en haber demostrado que el futuro del arte español solo podía construirse mediante el diálogo entre artistas, instituciones y poderes públicos.

EPÍLOGO. EL LEGADO DEL I CONGRESO NACIONAL DE BELLAS ARTES

Más de un siglo después, muchas de las cuestiones debatidas durante aquellas jornadas conservan una sorprendente actualidad. La relación entre las administraciones públicas y los creadores, la financiación de la cultura, la enseñanza artística, la representación profesional de los artistas o la necesidad de definir políticas culturales estables siguen formando parte de los debates contemporáneos. Cambian los contextos y los instrumentos, pero muchas de las preguntas esenciales continúan siendo las mismas.

Resulta significativo que, desde 1918, España no haya vuelto a celebrar un Congreso Nacional de Bellas Artes concebido con la misma amplitud institucional y con idéntica vocación reformadora. A lo largo del último siglo se han organizado congresos científicos, encuentros universitarios, jornadas profesionales y reuniones especializadas, pero ninguno ha reunido simultáneamente a artistas, administraciones públicas, academias, museos, centros docentes, asociaciones profesionales y responsables políticos para reflexionar de manera conjunta sobre el futuro del sistema artístico español.

Esta circunstancia otorga al Congreso promovido por la Asociación Española de Pintores y Escultores un carácter excepcional. No fue únicamente un acontecimiento cultural de gran relevancia ni una brillante iniciativa corporativa. Constituyó el primer gran proyecto colectivo para definir una política nacional de las Bellas Artes, una empresa que situó a los artistas como protagonistas del debate sobre la organización de la cultura española y que convirtió a la Asociación en una institución decisiva dentro de la historia del arte contemporáneo en España.

Por todo ello, el I Congreso Nacional de Bellas Artes de 1918 debe ser considerado uno de los hitos fundamentales del patrimonio institucional de la Asociación Española de Pintores y Escultores y, al mismo tiempo, una referencia imprescindible para comprender la evolución de las políticas culturales españolas durante el primer tercio del siglo XX. Su legado no se limita a las reformas que inspiró, sino que permanece vivo como ejemplo de diálogo, consenso y compromiso colectivo con el futuro del arte español.

Más de cien años después, aquel Congreso continúa recordándonos que el progreso de las Bellas Artes depende no solo del talento de sus creadores, sino también de la capacidad de las instituciones y de la sociedad para construir espacios comunes de reflexión, colaboración y responsabilidad compartida. Esa fue la gran aportación del Congreso de 1918 y, probablemente, la razón por la que sigue ocupando un lugar singular en la memoria de la cultura española.

Por ello, el I Congreso Nacional de Bellas Artes debe ocupar el lugar que le corresponde: no solo como uno de los episodios más relevantes de la historia de la Asociación Española de Pintores y Escultores, sino también como el primer gran intento de construir, desde el consenso y la reflexión colectiva, una auténtica política nacional para las Bellas Artes en España.

Sesión inaugural del I Congreso Español de Bellas Artes presidida por S.M. el Rey Alfonso XIII en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid

Fotografía de La Ilustración Española y Americana, 22 de mayo de 1918

 

 

Paz de Borbón y Borbón

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

Paz de Borbón y Borbón

María de la Paz Juana Amelia Adalberta Francisca de Paula Juana Bautista Isabel Francisca de Asís

Infanta de España y Princesa de Baviera

 

Socia de Honor de la AEPE

La Infanta Paz de Borbón retratada por Franz-Seraph von Lenbach

 

La Infanta Paz de Borbón y Borbón nació en Madrid, el 23 de junio de 1862 en el Palacio Real, residencia oficial de la familia real española.

Era la octava hija de la reina Isabel II y de Francisco de Asís, y quinta entre los hijos supervivientes, todos ellos mayores que ella: Isabel (conocida popularmente como La Chata), Aflonso XII, rey de España, Pilar y Eulalia.

Cuando tenía sólo seis años, y mientras se encontraban veraneando en San Sebastián, la familia real tuvo que abandonar España en 1868, tras la Revolución Gloriosa que destronó a su madre, Isabel II.

Tras la derrota de las fuerzas fieles a la reina, la situación se volvió peligrosa y tuvieron que marcharse de forma rápida, cruzando la frontera hacia Francia.

Instalados en París, vivieron en el llamado Palacio de Castiella, residencia que servía como corte en el exilio.

Paz creció allí junto a sus hermanas Pilar y Eulalia, recibiendo una educación cuidada en el Colegio del Sagrado Corazón de París, en un ambiente más europeo e internacional del que habría tenido de haberse quedado en España.

 

La Infanta Paz de Borbón

La Infanta Paz y su marido, el Príncipe Luis Fernando de Baviera

 

Vivió el exilio bajo la influencia de su madre y su entorno más cercano, ya que su padre, el rey consorte, vivía en otra residencia, haciendo vidas separadas que marcaron la infancia de la infanta.

La relación con su padre fue siempre fría y formal, lo que modeló su carácter, mucho más sensible, reservado y reflexivo que el de sus hermanas.

Su educación primorosa incluyó estudios de música, literatura y pintura, afición que mantendría toda su vida.

En 1876, su hermano Alfonso XII recuperó el trono, y Paz regresó a España con unos 14 años, en un momento que marcó el paso de su adolescencia, volviendo a la corte madrileña ya como joven infanta y debiendo adaptarse otra vez a la vida oficial.

En 1879, la muerte de su hermana Pilar, con quien compartía dormitorio, viene a marcarla profundamente, ya que además de hermana, era compañera y amiga cercana. Años más tarde, en su memoria, pondría el nombre de su hermana, a la que nunca olvidó, a su hija.

Años más tarde, la infanta Paz se enamoró de su primo Luis Fernando de Baviera, príncipe bávaro y médico de formación, con quien contrajo matrimonio en 1883.

Fue un matrimonio inusual y atípico, ya que a pesar de ser un matrimonio dinástico (entre familias reales), no fue impuesto de forma estricta, pues según testimonios y sus propias memorias, hubo un afecto real entre la pareja. La infanta buscaba la felicidad con su marido, no solo cumplir un deber.

Tras presenciar el matrimonio poco feliz de su madre y el de su hermana Isabel, del todo convencional, la infanta Paz contrajo matrimonio por elección personal, dentro de lo posible, algo poco habitual en su entorno.

Tras la boda, la Princesa de Baviera se instaló en Múnich, Baviera, en el Palacio de Nymphenburg, donde viviría gran parte de su vida.

La Infanta Eulalia y la Infanta Paz

 

Con menos ceremonial en la corte bávara y en un ambiente más intelectual y europeo, la Princesa gozó de mayor libertad personal, ya que el matrimonio llevaba una vida más discreta dentro de la nobleza, y teniendo en cuenta que su marido no era un político activo, sino médico, y muy interesado en la ciencia y los avances médicos.

El matrimonio tuvo tres hijos: Fernando, Adalberto y Pilar, siendo una madre muy implicada, algo que ella misma valoraba mucho teniendo en cuenta su propia infancia y la desafección amorosa de sus padres.

La plácida vida en palacio le permitió llevar a cabo una gran actividad cultural, escribiendo libros y memorias, colaborando en periódicos como el ABC y asistiendo y patrocinando veladas musicales, literarias y artísticas que le permitieron relacionarse con artistas e intelectuales, e incluso el compositor Richard Strauss le dedicó una obra.

Implicada en proyectos sociales, participó activamente en actividades benéficas y educativas. Así, en 1914 fundó en Múnich el Pedagogium español, una escuela para niños sin recursos, por lo que recibió la Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII en favor del arte y de la ciencia.

Estableció relaciones culturales entre España y Baviera. Junto a su hija Pilar formó parte de asociaciones protectoras de la infancia y de la paz entre las naciones. Asistió a congresos mundiales por la paz y la justicia organizados por la Internacional Democrática de Congresos Pacifistas, a la cabeza de los cuales estaba Marc Sangnier (París, 1921; Friburgo, Alemania, 1923; Londres, 1924; Luxemburgo, 1925, y Bierville, Francia, 1926). Perteneció a la Liga Mundial por la Paz de las Madres Educadoras en Múnich. Creó la asociación Obras de Caridad Seráfica.

Desde su llegada a Múnich ayudó a artistas y a músicos españoles que mantuvieron relaciones con Alemania, entre ellos el violinista Sarasate y el compositor Tomás Bretón.

Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como enfermera en colaboración con la Cruz Roja. España había permanecido neutral, fuera de la contienda, pero la infanta mantuvo relaciones con el rey Alfonso XIII para que, de manera legal, la ayudase a localizar a los desaparecidos o heridos que se pudieran encontrar en hospitales de los enemigos de Alemania.

En 1918 cayó la monarquía bávara y se proclamó una república. La Princesa de Baviera y su familia perdieron su posición oficial, volviendo su vida más privada y tranquila, menos ligada a ceremonias cortesanas.

Fue una época en la que desarrolló su faceta intelectual, escribiendo libros de memorias y reflexiones, consciente de los grandes cambios históricos que había vivido.

La familia de la Infanta Paz

               

Junto a su esposo, el Príncipe de Baviera

Junto a su hija María Pilar

 

Después de la caída de la monarquía bávara en 1918, a Paz y su familia se les permitió seguir residiendo en un ala del palacio de Nymphenburg; sin embargo, ese mismo año se trasladaron a un piso en la Odeonsplatz de Múnich. La economía de la familia se sostuvo con los ingresos de la lista civil española, provenientes de su posición de infanta de España.

A la llegada del nacismo al poder en 1933, su familia fue puesta bajo una estricta vigilancia. La Gestapo le prohibió mantener correspondencia con España, salvo excepciones como su sobrino, el ya exiliado Alfonso XIII.

Al finalizar la Guerra Civil española, a partir de 1939, ayudó cuanto pudo a los emigrados españoles partidarios de la República.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Ejército de los Estados Unidos ocupó Múnich. Varios soldados asaltaron a la infanta y a su esposo, como lo narró en sus memorias el príncipe Constantino de Baviera: “Les amenazaban con un revólver gritando: ‘¡Venga, las joyas!’. Mi abuela Paz les entregó un joyero con las alhajas heredadas de su madre, Isabel II, que habían podido salvarse. Los norteamericanos, para probar la autenticidad del botín, rascaron las piedras preciosas contra el cristal de una ventana. Luego se enfurecieron: ‘¡No quedan señales; es todo falso!’ Mi abuela, con voz tranquila, respondió en inglés:  ‘Qué curioso, siempre creí que las joyas de mi madre eran auténticas’.

Abanicos pintados por la Infanta Paz

 

Durante toda su vida viajó numerosas veces a España y a París, donde residía su madre. El antiguo secretario de Isabel II, Miguel Tenorio, vivió al lado de la infanta Paz, quien en cierta ocasión declaró que era su padre biológico. Había llegado a Múnich hacia 1890 y allí murió el 11 de diciembre de 1916; dejó sus escasos bienes a doña Paz.

Durante sus estancias en España, alternó entre el Palacio Real, el palacete de los duques de Riánsares (Tarancón, Cuenca) y su finca en Saelices (Cuenca).

La infanta Paz, desde su llegada a Múnich, escribió varios artículos y algunas poesías que fueron publicados en el periódico ABC de Madrid desde el año 1883 y en 1902 se editaron en Friburgo con el nombre de Treinta y cuatro Composiciones. En 1902, tras un viaje a Roma, escribió un librito, Mi peregrinación a Roma, editado en Alemania y más tarde, en 1922, lo tituló Roma eterna y fue reeditado en Madrid y en Múnich. Escribió también la obra Buscando las huellas de Don Quijote, Freiburg, 1905. Durante varios años la infanta Paz escribió un Diario que publicó en Madrid en 1909 con el nombre De mi vida. Impresiones. En 1902 editó en Múnich una biografía titulada Emanuela Teresa, de la Orden de Santa Clara, hija del elector Emanuel de Baviera. Junto a su hijo escribió Cuatro revoluciones e intermedios. Setenta años de mi vida. Memorias de la Infanta Paz. Comentarios del Príncipe Alberto, que fue editado en Madrid por la editorial Espasa Calpe en 1935.

Por su afición al dibujo y a la pintura, doña Paz reunió un álbum con sus obras que tituló Álbum de dibujos de artistas españoles, depositado en la Biblioteca Nacional de España.

A principios de 1946, la infanta sufrió una caída por escaleras en el palacio de Nymphenburg. El accidente la dejó postrada por varios meses hasta que falleció el 3 de diciembre de ese mismo año. Uno de los anarquistas españoles a los que la infanta socorrió en Baviera tras la Guerra Civil escribió: “Paz agonizó el 3 de diciembre de 1946, a las 5.45 de la mañana. Ese día lo recuerdo como el más amargo y triste de mi vida, consciente de que con el cerebro y el corazón de Paz habíamos perdido no sólo a la persona más profundamente amada por todos nosotros, sino también todas nuestras esperanzas por una reconciliación pacífica y fraternal entre las dos Españas”.

Sus restos fueron inhumados el 7 de diciembre en la cripta de los Wittlesbach en la Iglesia de San Miguel de Múnich. Tenía 84 años.

Puerto de Comillas, cuadro de la Infanta Paz en La Ilustración española y americana, 1882

 

La Infanta Paz fue una notable pintora aficionada y mecenas muy activa y respetada. Formada bajo la dirección del pintor Carlos Múgica Pérez, pintor, dibujante e ilustrador, conocido paisajista y profesor de la época, las obras de la Princesa destacaron principalmente en la acuarela y el dibujo, que según confesó, eran sus técnicas preferidas, y aunque muy asociadas a las mujeres de la alta nobleza, ella supo llevar a un nivel profesional reconocido por la crítica.

Aunque dominaba el óleo, su sensibilidad técnica destacó especialmente en formatos que requerían una enorme precisión y un control absoluto de la mancha y la línea, como la ilustración editorial. Su destreza con el dibujo lineal le permitió diseñar directamente sobre madera para periódicos e ilustraciones impresas, como sus colaboraciones para la revista infantil La Niñez.

Sin embargo, su lenguaje preferido fue la acuarela sobre papel. Obras como su aclamada Mi único modelo (1881) demuestran un dominio sutil de la luz y el agua, reflejando el realismo burgués y el costumbrismo de la época.

Pintó también numerosos abanicos y objetos suntuarios a mano, un soporte sumamente complejo debido a la superficie plegada y los materiales delicados (como la seda o el cabritillo).

La pintura sobre abanicos de seda —el soporte o «país» del abanico— exigía una adaptación drástica de las destrezas de la acuarela. La seda es un material textil, absorbente y flexible que no se comporta como el papel, por lo que la Infanta Paz tuvo que dominar técnicas específicas para mantener su característico nivel de detalle.

En catálogos históricos como el de la célebre Exposición de El Abanico en España, se registran piezas pintadas por ella —algunas en colaboración con su hermana Eulalia— que evidencian este minucioso proceso.

Acuarela

Portada de dos de sus libros

 

Los motivos temáticos que la Infanta Paz elegía para pintar sus abanicos reflejan un equilibrio perfecto entre la tradición cortesana europea, el costumbrismo español y el romanticismo alemán que adoptó tras mudarse a Múnich. Al igual que en sus acuarelas, huía de la rigidez de los retratos oficiales para centrarse en escenas líricas y de la naturaleza.

Sus abanicos giraban en torno a cuatro grandes ejes temáticos: Alegorías e Idilios Románticos, con escenas pastoriles, idilios amorosos y composiciones alegóricas; Paisajes y Vistas Históricas, quizás influenciada por su formación con el paisajista Carlos Múgica, que se plasmaba con fuerza en este soporte con vistas detalladas de jardines, monumentos y rincones de palacios que habían marcado su vida; Recuerdos de España, recreando con nostalgia patios andaluces o paisajes castellanos; y Vistas bávaras, propias de su nuevo hogar t ras su matrimonio,donde los lagos de Baviera, los bosques centroeuropeos y las perspectivas del propio Palacio de Nymphenburg se convirtieron en un motivo recurrente de sus obras.

Sus obras presentaban escenas costumbristas e intimistas, donde eran habituales las escenas domésticas con niños, juegos infantiles y la vida familiar cotidiana de palacio. Composiciones en las que destaca su naturalidad y la captura de manera cercana de la psicología de los personajes.

En las Naturalezas Vivas y Motivos Florales de sus abanicos, la infanta optaba por guirnaldas, ramas florecidas y estudios botánicos de gran precisión técnica. Combinaba flores europeas clásicas con elementos de inspiración oriental (como ramas de almendro o composiciones asimétricas), una tendencia estética muy en boga a finales del siglo XIX.

Muchas de estas valiosas piezas acababan convirtiéndose en regalos personales para reinas y princesas de toda Europa, o se donaban a las tómbolas y subastas de caridad que ella misma organizaba en Madrid y Múnich.

En 1881 la Infanta Paz participó con dos acuarelas en la Exposición que se realizó en el centro artístico del Sr. Hernández, una iniciativa privada que se realizó en la calle del Desengaño, 22 y 25, junto a grandes nombres artísticos del panorama nacional (más de 200) como Pradilla, Villegas, Rosales, Fortuny, Casado del Alisal, Benlliure, Ferrant, Villodas, Comba, Haes, Mélida, Moreno Carbonero, Agrassot, Beruete, Lhardi, Hispaleto…

La prensa de la época resaltó que “Las dos acuarelas presentadas por S.A. la Infanta doña Paz, son asimismo notables por la gracia y delicadeza con que se hallan ejecutadas. Su dibujo es correcto y el colorido está tratado con una perfección digna de todo elogio”.

Y también se leía: “Doña Paz de Borbón pinta como pintan los príncipes… cuando éstos tienen buenas disposiciones naturales. Pinta con gracia y con miedo. Sabe seguro que está condenada a no tener consejeros, sino admiradores y enemigos. Ningún maestro, ningún inteligente, hubiera dejado de advertirle el riesgo á que se arrojaba al poner una figura vestida de blanco, sobre un fondo poco menos blanco que el vestido. Sea de ello lo que quiera, agradezcamos y saludemos con afectuoso respeto, esas dos tentativas afortunadas; Mi único modelo y Puerto de Comillas, no tanto por lo que valgan como por lo mucho que para el arte representan. Para el arte, único rey de derecho divino”.

Otros medios afirmaban: “«Mi único modelo» y el «Puerto de Comillas» son los títulos de los cuadros que la egregia artista se ha dignado presentar. Nadie se atreverá á tacharme de adulador cortesano, al decir, que la augusta hermana del Rey, ha demostrado notables condiciones para el arte que con tanta afición cultiva, y que en sus cuadros revela conocimiento, inspiración, gusto y que posee el secreto del colorido”.

En 1882, participó con otra acuarela titulada “Tomado al vuelo”, en la VII Exposición de la Sociedad de Acuarelistas de la que era presidenta honoraria. En aquella ocasión, la prensa dijo que “en el retrato de un niño, revela en esta acuarela notables adelantos y gran seguridad en la ejecución”.

Un año más tarde, volvió a presentar dos acuarelas a la Exposición del Centro Artístico del Sr. Hernández. La prensa destacó: “Una de ellas que titula «María» es una preciosa murciana de dibujo notable, cuya cabeza ha sido admirablemente modelada. Es una verdadera obra de arte, digna de figurar entre las acuarelas de reputadas firmas. A su alteza ha servido de modelo «María», la bella hija de su maestro Sr. Manresa. «En mayo» titula doña Paz de Borbon su segunda acuarela. Es el mismo tipo de la costurera «Petra», que se exhibió en el palacio de Arenzana, convertido en graciosa florista”.

La Infanta Paz no fue una simple aficionada cortesana, sino una artista respetada por los principales críticos e historiadores de su tiempo. Su valía quedó consagrada en los registros de la historia del arte a través de referencias de gran nivel, como la del célebre biógrafo e historiador del arte español Manuel Ossorio y Bernard, que elogió su talento y la incluyó formalmente en su obra cumbre, la Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, citando extensamente la calidad y variedad de su producción.

Mi único modelo, cuadro de la Infanta Paz aparecido en La ilustración española y americana, 1882

 

Además, el historiador y crítico británico Walter Shaw Sparrow, incluyó en su célebre libro recopilatorio Women Painters of the World una fotografía del retrato que hizo de su hermana, la infanta Eulalia, en un interior alhambresco, titulado Mi único modelo (1881), consolidando así su estatus artístico fuera de España.

Mi único modelo es una  de sus acuarelas más famosas y tuvo tanta repercusión que se convirtió en un grabado xilográfico publicado en la prestigiosa revista La Ilustración Española y Americana en 1882, al igual que la titulada Puerto de Comillas, que se publicaron con ocasión de la exposición de acuarelas y dibujos que realizó la infanta.

Dedicaba gran parte del día a pintar en su estudio personal, leer y escribir libros, memorias y artículos. Colaboraba activamente en el hospital de los Caballeros de San Jorge, donde ayudaba a financiar medicamentos para pacientes sin recursos junto a su marido.

A lo largo de su vida, Participó de manera activa en las exposiciones y eventos benéficos de arte en Madrid, vendiendo y donando sus obras para causas sociales.

Su legado directo se conserva en el Álbum de dibujos de artistas españoles, un volumen que ella misma encuadernó y guardó con sus creaciones, custodiado hoy en la Biblioteca Nacional.

Su influencia en los pintores españoles se tradujo en un potente mecenazgo que les abrió las puertas del mercado artístico alemán. Múnich celebraba anualmente grandes muestras en el famoso Palacio de Cristal (Glaspalast). La infanta medió y colaboró intensamente para asegurar la inclusión, promoción y visibilidad de las obras de pintores españoles en estas prestigiosas exposiciones internacionales.

Pero no solo ayudó a los artistas de su país natal, sino que usó su influencia ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para promocionar en España a grandes maestros bávaros, como el retratista Franz-Seraph von Lenbach, fortaleciendo el intercambio técnico entre ambas naciones.

Su residencia en Nymphenburg funcionó como un punto de encuentro y mecenazgo para músicos y pintores españoles de paso por Alemania, ofreciéndoles apoyo financiero, contactos con la aristocracia local y un entorno seguro para desarrollar su arte.

La Infanta Paz y su hija Pilar

La Infanta en una de las últimas imágenes que de ella se conocen

Pintar para existir: el arte en la era de la visibilidad

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

 

Nunca antes se había pintado tanto.

Talleres llenos, cursos online desbordados, perfiles de Instagram que exhiben lienzos diarios: todo el mundo pinta. Y, sin embargo, nunca se ha vendido tan poco.

Este aparente auge del arte esconde una paradoja inquietante: la democratización de la práctica no ha traído consigo una explosión de talento ni de creatividad, sino, más bien, un ensanchamiento del ego.

Pintar hoy es, en gran medida, un gesto social antes que artístico. Una forma de existir en el mundo digital. Un acto de presencia.

La obra ya no se concibe como un objeto destinado a durar, a ser contemplado o estudiado, sino como contenido que debe circular, generar interacción, provocar aprobación instantánea.

El viejo ideal del pintor que buscaba la belleza, la armonía o una forma de vida a través de la imagen, ha sido sustituido por el productor de contenido que busca visibilidad. Pero esa visibilidad, paradójicamente, lo disuelve en la multitud.

En este contexto, el arte se diluye hasta confundirse con el ruido. No se produce arte: se produce actividad. Se suben imágenes, se documentan procesos, se exhiben resultados. Pero pocas de esas obras aspiran a trascender la fugacidad de la pantalla. Muchas ni siquiera están pensadas para ser vistas fuera de ella. La pintura ya no es un fin en sí mismo, sino un medio para afirmar el yo.

Vivimos en una sociedad profundamente narcisista, y el arte no ha quedado al margen.

Pintar se ha convertido en un gesto de autoafirmación, una manera de decir “estoy aquí”. Lo importante no es tanto la obra como la reacción que genera. El artista ya no busca necesariamente un comprador, sino un vínculo afectivo inmediato: un “qué bonito”, un “me encanta”, un puñado de corazones digitales que validen su existencia.

De ahí el aumento de obras sin comprador, sin recorrido, sin futuro. Obras que no serán estudiadas, ni coleccionadas, ni siquiera recordadas. Obras que nacen y mueren en el flujo de las redes sociales.

El problema no es que todos pinten; el problema es que nadie compra. Porque el sistema ya no está orientado a la permanencia, sino a la visibilidad.

Esta lógica se refleja también en muchas galerías contemporáneas, convertidas en lo que podríamos llamar “galerías cuelgacuadros”: espacios que no seleccionan en función de un criterio artístico sólido, sino que acumulan nombres. Cuantos más artistas, mejor. El cartel de la exposición funciona como un álbum de presencia, una foto de grupo que legitima a quienes aparecen en ella. El contenido es secundario; basta con estar. El arte, así, se disuelve en lo social.

Estas galerías no sobreviven gracias a las ventas, sino gracias a la necesidad de visibilidad de los propios artistas. Satisfacen la industria del yo: ofrecen exposición a cambio de participación, generando un ecosistema donde lo que se intercambia no es tanto arte como presencia.

Sin embargo, no todo el panorama responde a esta lógica. Frente a esta dinámica de acumulación y exhibición superficial, existen instituciones que siguen apostando por una concepción exigente del arte.

Es el caso de la Asociación Española de Pintores y Escultores, cuyas exposiciones se construyen sobre una selección artística cuidada y un criterio sólido. No se trata simplemente de colgar cuadros, sino de articular proyectos con contenido, con discurso y con calidad.

Eventos como el Salón de Otoño o el Premio Reina Sofía no solo ofrecen visibilidad, sino algo mucho más escaso hoy en día: legitimidad artística y verdaderas posibilidades de promoción.

En ellos, la obra vuelve a ocupar el centro, desplazando el protagonismo del ego hacia el valor intrínseco de la creación. Son espacios donde el artista no se diluye en la multitud, sino que puede ser leído, comprendido y, en última instancia, reconocido.

En paralelo, la práctica artística ha dejado de ser un sueño para convertirse en un capricho accesible. Pintar, esculpir, crear ya no implica necesariamente un compromiso profundo con el oficio, sino una actividad más dentro del catálogo de experiencias que aporta identidad en redes. Algo que se puede probar, mostrar y abandonar.

La irrupción de la inteligencia artificial ha acelerado aún más este proceso. Hoy, cualquiera puede generar imágenes en segundos y autodenominarse artista. Pero la máquina no sustituye al autor: lo multiplica. Produce infinitas versiones, infinitas variaciones, sin criterio ni profundidad. Lejos de democratizar el talento, lo diluye, banalizando la práctica artística hasta convertirla en un flujo incesante de imágenes sin peso.

En este nuevo paradigma, la calidad ha pasado a considerarse una reliquia, casi una actitud elitista. Lo importante es la cantidad. Millones de obras compiten por no expresar nada antes que nadie.

El oficio —el dibujo, el óleo, la acuarela, el modelado— queda relegado frente a algoritmos que producen imágenes “correctas” para la lógica de la pantalla: llamativas, inmediatas, consumibles.

Así, la sociedad produce más artistas que arte. Confunde creatividad con talento, actividad con profundidad, visibilidad con valor. El resultado es una cultura donde el arte ha sido sustituido por la emisión constante del yo.

Pintar, en este contexto, es un acto de supervivencia simbólica. Una manera de no desaparecer en un entorno saturado de imágenes y de identidades que compiten ferozmente por la atención.

Exhibir se vuelve tan importante como crear, porque sin esa exhibición la obra no existe.

Y sin embargo, en esa carrera por ser vistos, todos acaban siendo invisibles.

 

 

Recordando… José Gutiérrez Solana

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

José Gutiérrez Solana

GUTIERREZ SOLANA, José         P  <1922        28.feb.1886     MADRID        MADRID            24.jun.1945

Autorretrato con muñeca

 

José Romano Gutiérrez-Solana y Gutiérrez-Solana nació en Madrid, el 28 de febrero de 1886, en la calle Conde de Aranda, n.º 9.

Hijo de José Tereso Gutiérrez Solana, natural de Potosí, México, aunque de ascendencia santanderina, y de Manuela Josefa Gutiérrez Solana, perteneciente a una familia de abolengo de Arredondo, Cantabria, y prima carnal de su marido. De este matrimonio nacieron nueve hijos, ocupando José el quinto lugar.

El padre, aunque licenciado en Medicina en el colegio de San Carlos de Madrid, nunca ejerció su profesión en España, ya que vino como indiano acaudalado tras la fortuna conseguida por sus padres en ultramar con la minería.

Uno de sus antepasados fue el empresario indiano, mecenas y político, Antonio Gutiérrez-Solana.

La infancia de Solana transcurrió en la casa familiar de Madrid, donde convivirá también con su tío Florencio, el hermano mudo de su madre. Un hogar de la alta burguesía con dos pisos y saturado de valiosos objetos coleccionados por el padre: alfombras, porcelanas, relojes, muebles isabelinos, libros antiguos, máscaras, ídolos y figuras de cera mexicanos, objetos y escenografía que tanto influirán en el impresionable muchacho y en su posterior obra.

Realizó el bachillerato en el instituto San Isidro, aunque su padre, gran bibliófilo y buen aficionado a la fotografía, pronto observó su interés por la pintura y le alentó al respecto, recibiendo Solana clases particulares de dibujo de su tío José Díaz Palma, catedrático de dibujo en la Universidad de Salamanca,  entre los siete y los doce años, momento en que su progenitor falleció.

1915

 

Solana con su hermano Manuel y el crítico Sánchez Camargo. 1945

 

Tras la muerte de su padre, Josefa, su madre, también se trastornaría, hecho que unido al temprano fallecimiento de varios de sus hermanos, marcará su obra, donde muerte y locura conviven.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando entre 1900 y 1904, donde tuvo como profesores a Alejo Vera en Colorido y a Moreno Carbonero en Dibujo, los dos pintores de historia con Primeras Medallas en las Exposiciones Nacionales y socios de la AEPE, al igual que José Parada y Santín, su profesor de Anatomía por el que sentía debilidad.

Con Victorio Macho como compañero de clase preferido, Solana ya tenía en esos momentos una idea muy clara de la pintura a realizar, pues rechazaba las leyes tradicionales de modelado y composición para dar prioridad al “carácter” de la obra, no gustando tampoco del luminismo sorollista que entonces seducía a muchos de sus compañeros.

Por esta época copió en el Prado algunos cartones para tapices de Goya y estudió luego en profundidad la pintura española, desde El Greco a Ribera o Velázquez, así como a Brueghel el Viejo y su Triunfo de la muerte. Conocía la pintura de Gauguin y Van Gogh y los avances del posimpresionismo europeo, y reprochaba al impresionismo mostrar una realidad fugaz y engañosa que apenas tenía que ver con lo que él consideraba auténtica pintura.

 

 

Hacia 1903, comenzó a acudir por las tardes al Nuevo Café de Levante, en la calle del Arenal, conociendo en sus animadas tertulias de arte y literatura a personalidades como los Baroja, Rusiñol, Rubén Darío, los Machado, Corpus Barga, crítico de El País, y, sobre todo, Valle- Inclán, para muchos la verdadera alma del café. No tardó, por otro lado, en contactar allí con Regoyos, autor, junto con Verhaeren, de la España negra, famoso libro de 1899 que mostraba una visión no demasiado halagüeña del país y que interesaría sobremanera a Solana.

En todo caso, resulta especialmente notable la profunda evolución que experimentó su pintura desde este momento, pasando en apenas dos años de realizar escenas de corte sentimental a lienzos ya dentro del personal y uniforme estilo que caracterizó toda su carrera.

En 1903 se presentó a la Nacional con dos piezas, pero su pintura no agradó y fue destinada a un rincón de la primera planta del Palacio de Exposiciones, apenas visitado por el público.

Ya terminados sus estudios, Solana acudía con asiduidad a las tascas y tugurios de la calle de la Aduana y alrededores, mientras, junto a su hermano Manuel, daba largos y diarios paseos por ese Madrid popular de las afueras que tanto le gustaba, como los merenderos de la Bombilla o los ventorros de Cuatro Caminos.

Él beso de Judas

Cabezas y caretas

Niños con lámpara

 

 

En 1906 el socio de la AEPE Ricardo Baroja, le anima a entrar aún más en contacto con los suburbios de la capital y observar el mundo de los traperos, mendigos y demás desheredados de la urbe. En esa línea cabría situar Los chulos, donde fantasmales personajes del mundo del hampa, apenas esbozados, observan al espectador con gesto agrio e inquietante mirada, vivo testimonio del Madrid más sórdido.

En la Exposición Nacional de 1906, obtuvo una Mención de Honor por el conjunto de sus dieciocho lienzos presentados, fruto la mayoría de sus contactos con el Madrid arrabalero. Procesión en Toledo  gustó especialmente a Ignacio Zuloaga, quien le ayudaría a descubrir la auténtica esencia de la España popular.

En 1907 expuso en el Círculo de Bellas Artes telas cuyos títulos escandalizaron al público y provocaron fuertes comentarios entre la perpleja crítica, si bien no faltaron los que apreciaban su forma de pintar, admirados por la trágica humanidad que mostraba el artista, como Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, con quien estableció una profunda amistad.

Solana partió de Madrid hacia Santander a finales de 1908, junto a su hermano Manuel y el resto de la familia, ya que los médicos esperaban que así mejorase la salud mental de la madre. Allí se instalaron en un viejo caserón familiar donde José contemplaba el barrio marinero y encontró, por primera vez, el sosiego necesario para madurar su arte. Pero Madrid le seguía atrayendo, retornando a la ciudad periódicamente.

Recorrió los pueblos de Cantabria, Aragón, las dos Castillas o Extremadura, nutriéndose de experiencias y recuerdos que más tarde cristalizaron en su obra literaria más famosa, La España negra.

Carnaval en Las Ventas

El ermitaño

El espejo de la muerte alta

 

Participó en la Nacional de 1915 con Los caídos, obra protagonizada por una familia de seres marginales junto a la cama de una humilde habitación, como un prostíbulo. La tela, prácticamente oculta durante la visita de Alfonso XIII al evento, también fue atacada por la crítica, aunque no faltaría la pluma de una joven Margarita Nelken para defenderla con firmeza.

De esta época son también los retratos de El torero Lechuga y El Lechuga y su cuadrilla, visible aquí el influjo de Zuloaga. Ambos óleos, en todo caso, son como un tributo de admiración hacia los humildes toreros de pueblo, no en vano el propio Solana aparece como novillero en una foto de 1909 tomada en Montilla, Córdoba, cuando formaba parte de la cuadrilla del torero Bombé.

En la Nacional de 1917 obtuvo su primer éxito importante al alcanzar una Tercera Medalla con Procesión de los escapularios, cuadro muy relacionado con su Procesión de noche.

A finales de año Solana decidió volverse definitivamente a Madrid con su madre y su inseparable hermano Manuel, instalándose en la calle de Santa Feliciana, en el barrio de Chamberí.

Se convirtió, además, en asiduo contertulio del café Pombo, en la calle Carretas, mientras en 1918 publicó la segunda parte de Madrid, escenas y costumbres.

El fin del mundo

Chulos y chulas

 

El año de 1920 fue pródigo para el artista, publicando La España negra, libro de temática pesimista que, con gran capacidad de descripción y sin artificios literarios, muestra un país gris poblado por personajes sin alegría, dedicando el volumen a Gómez de la Serna. También terminó La tertulia del café Pombo, donde destaca la presencia de José Bergamín, Manuel Abril y Mauricio Bacarisse, escritores, junto a Bartolozzi, gran dibujante, y el propio Solana, en el extremo de la derecha y mirando al espectador.

El óleo fue expuesto primero en el Salón de Otoño y colgado después, ya en diciembre, en las paredes del café con grandes honores. Al respecto, Francisco Alcántara, antes hostil a su pintura, lo consideraría profundo, trágico y pleno de vibración poética. Respecto al cuadro de La tertulia del Café de Pombo, recomiendo leer el artículo que publiqué en 2021 y que puede leerse online: https://apintoresyescultores.es/recordando-la-tertulia-del-cafe-de-pombo/

Poco después, ya en 1921, sus contertulios le dedicaron un banquete-homenaje, multiplicándose las adhesiones entre la elite cultural y científica de España; baste como ejemplo la opinión de Beruete, entonces director del Prado, quien situaría la obra entre las más interesantes de nuestro momento artístico.

Al tiempo, participó en la Exhibición de Pintura Española de la Royal Academy de Londres, donde Singer Sargent adquirió su Carnaval en la aldea y celebró su primera exposición individual en el Ateneo de Santander.

Realizaba frecuentes escapadas al Madrid castizo, visitando con preferencia, en compañía de Victorio Macho, Roberto Domingo o Daniel Vázquez Díaz, la zona del Rastro.

El Lechuga y su cuadrilla

Corrida de toros en Sepúlveda

Semana Santa

Vuelta de la pesca

 

En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922 obtuvo la Primera Medalla y publicó su Madrid callejero, que dedicó a Ignacio Zuloaga.

La casa de Chamberí es declarada en ruinas y la familia tuvo que buscar nueva residencia, trasladándose a otra de la calle de Reina Victoria, mucho más pequeña que la anterior, viéndose obligados los hermanos Solana a vender gran parte de sus colecciones.

Estuvo presente en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1924, así como en la habitual muestra de Pittsburg o en el Salón de Otoño.

Eugenio d’Ors se sorprendió por su pintura y comenzó sus comentarios en la Revista de Occidente, creándose posteriormente entre los dos una buena amistad que influyó en momentos concretos de la vida del artista. Su libro Dos pueblos de Castilla se publicó ese mismo año.

En 1925 pintó el retrato de El viejo armador.

Durante 1926 vio la luz su única novela, Florencio Cornejo, libro de formato reducido en el que narra los últimos momentos de su tío loco, preso de delirios cuando se acercaba la hora de su muerte en el pueblo de Ogarrio, seguidos de la crónica de su velatorio y entierro en la citada localidad cántabra.

A principios de 1928 los Solana marcharon a París animados por el cineasta y escritor Edgar Neville, presentándose en el mismo enero veintiún lienzos del pintor en la galería Bernheim-Jeune. La muestra tuvo poco éxito, sin apenas visitantes, aunque sí lo hará Picasso.

Concurrió a la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 y obtuvo Medalla de Oro.

El ciego de los romances

El torero  Lechuga

Corrida de toros en Chinchón

 

A lo largo de 1930 expuso en Santillana del Mar y en la Bienal de Venecia, así como en la nueva muestra organizada por el Carnegie Institute de Pittsburg, apenas perdonando su habitual presencia en estas dos últimas muestras. Así, un año después remitió, de nuevo, cuadros a la citada ciudad norteamericana, aunque también envió obra a Chicago.

Al tiempo, se observa en Solana un renovado énfasis por los temas escatológicos, como en la Procesión de la muerte, de 1930, o El fin del mundo, de 1932, obra que muestra el final al que el hombre está abocado, Solana, torturado por el enigma de la muerte, tampoco plasma en ella el menor signo de esperanza.

En 1932 volvió, además, a Venecia, donde contó con sala propia, y un año después el noruego Magnus Gronvold le organizó una muestra individual en Oslo con cincuenta de sus obras. La acogida por el público fue excelente y muchos cuadros quedaron en colecciones del país, mientras Pola Gauguin, el hijo del pintor, le relacionó con expresionistas de la talla de Munch o James Ensor.

En 1935 comenzó el retrato de Miguel de Unamuno que le encargó el Ministerio de Instrucción Pública.

Murió, entre tanto, la madre, totalmente trastornada, y los Solana trasladaron su domicilio a la calle Ramón y Cajal, hoy paseo de María Cristina, zona cercana al Retiro donde la familia se encontraría a gusto.

A comienzos de 1936, en febrero, Solana participó con quince lienzos en la muestra Arte Español Contemporáneo, celebrada en París, logrando por fin su consagración definitiva en Francia, donde el mismo gobierno galo le compró algunos cuadros.

Boxeador

El entierro de la sardina

 

Gozando ya de notable prestigio como pintor y escritor, varias entidades artísticas y literarias, apoyadas por numerosos intelectuales, le rindieron a continuación un gran homenaje y costearon el libro José Gutiérrez-Solana, pintor español, donde se reproducen varios textos de sus libros y un centenar de cuadros y dibujos.

Al estallar la Guerra Civil los hermanos fueron invitados por el gobierno de la República a abandonar Madrid y a instalarse, junto con otros artistas e intelectuales, en el Ritz de Valencia, acondicionado como Casa de Cultura.

Presentó otros quince óleos en el pabellón de la República de la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de París, junto a obras de Picasso, Miró o Julio González, trasladándose a continuación con su hermano a dicha ciudad a comienzos de 1938.

Conoció en 1938 a Raymond Cogniat, asesor de la sala que la revista Gazette des Beaux Arts tenía abierta en el Fauburg Saint Honoré, e inauguró allí, poco después, una importante individual con cincuenta cuadros de todas sus épocas. En el catálogo que presentaba su obra participaron plumas de la talla de Jean Cassou, Marcelle Auclair o el propio Cogniat, con textos elogiosos donde se le consideraba heredero del Greco, del realismo de Ribera y de la sátira de Goya. El éxito, como en Noruega, fue total.

Terminada la Guerra Civil, Eugenio d’Ors le convenció para volver a Madrid, instalándose los dos hermanos en su antiguo domicilio de María Cristina.

En 1942 se presentó a diversas muestras, como la denominada Rincones y costumbres de Madrid, donde logró Medalla de Oro, obteniendo a continuación la Medalla de Honor Extraordinaria en la Exposición Nacional de Barcelona, evento al que acudió con cuadros de años anteriores.

La reunión de la rebotica

Flagelantes

Procesión en Zamora

Un maestro de escuela

 

En 1943 recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, aunque no obtiene, por un solo voto, la de Honor en la correspondiente Exposición Nacional de Bellas Artes.

Participó después en la Bienal de Venecia, donde el gobierno italiano le compró El Puente de las Ventas.

Volvió a Santander donde realizó diversas y animadas telas ahora plenas de luz, pero en 1945 sufrió un ataque de uremia, enfermedad casi incurable que le obligó a ingresar en un sanatorio, donde falleció el 24 de junio, día de san Juan.

Sus amigos llevaron su cuerpo sin vida hasta su piso, siendo enterrado en el cementerio de La Almudena.

Poco después, y a título póstumo, le concederían la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes.

Su hermano Manuel entregó al Estado, como homenaje a su memoria, su conocida Procesión de la muerte.

Escritos: Madrid. Escenas y Costumbres (primera serie), Madrid, Imprenta Artística Española, 1913; Madrid. Escenas y Costumbres (segunda serie), Madrid, Imprenta Mesón de Paños, 1918; La España negra, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1920; Madrid Callejero, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1923; Dos pueblos de Castilla, Madrid, Imprenta Ciudad Lineal, 1924; Florencio Cornejo, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1926; París, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008; La España negra (II). Viajes por España y otros escritos, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008.

En 1999 el  Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía adquiere el archivo de José Gutiérrez Solana, que comprende, entre otros materiales, manuscritos, fotografías, obras y bocetos originales, artículos y recortes de prensa.

La guerra

El burro con máscaras

El entierro de la sardina

La procesión de la muerte

Autorretrato

Retrato de Miguel de Unamuno

Retrato de mi tío Florencio Cornejo El mudo 1914

 

José Gutiérrez Solana y la AEPE

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

I Salón de Otoño de 1920: La guerra, Las peinadoras, Los clowns y La Tertulia del Café de Pombo

II Salón de Otoño de 1921: Las coristas, La Dolorosa

III Salón de Otoño de 1922: El viejo profesor de anatomía y El comedor de los pobres

IV Salón de Otoño de 1923: El cura del pueblo, Corrida de toros, Procesión en Toro, Rogativas y Retrato del escritor Correa Calderón

V Salón de Otoño de 1924: Retrato de Isidro Carmona El Lechuga y El patio de caballos y desolladero

VI Salón de Otoño de 1925: Las chozas de la Alhóndiga, El viejo armador, Una procesión y Naturaleza muerta

XI Salón de Otoño de 1931: El arrabal, Niña dormida, La mujer del espejo, Incendio en un pueblo, Marina y El carro de la carne

XIII Salón de Otoño de1933: Dos mujeres con un cesto de ropa, Los disciplinantes y Procesión en Pancorbo

XV Salón de Otoño de 1935: Mujeres arreglándose

XVI Salón de Otoño de 1942: Mujeres y Tres mujeres

XXXXII Salón de Otoño de 1972: Figuras

50 Salón de Otoño de 1983: Figuras

Las chicas de Claudia

Las coristas

La vuelta del indiano

La tertulia del café de Pombo

Vitrina

Mujeres de la casa del Arrabal

Bodegón

Los Autómatas

 

AÑO JOSÉ GARNELO Y ALDA: La AEPE en el 160 aniversario de su nacimiento

AÑO JOSÉ GARNELO Y ALDA: La AEPE en el 160 aniversario de su nacimiento

Subdirector del Museo del Prado

Socio Fundador de la Asociación de Pintores y Escultores

Secretario de la Asociación de Pintores y Escultores

 

Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes de la AEPE: José Santiago Garnelo y Alda

Mujer con mantón y peineta

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