Firmas con sello de lujo. Tomás Paredes

Elogio de la Galería de Arte,

Bajo el signo de «Marmurán»

 

¿Qué es una “Galería de Arte”? Pareciera una obviedad, pero, a fuer de insistente, quiero explicar qué es para mí. Una “Galería de Arte” es una empresa privada, un espacio físico donde se exhibe obra de artistas, en diferentes técnicas. Además, es un centro difusor del arte de cualquier tiempo y su principal objetivo consiste en hacer coleccionistas, captar clientes a los que proporcionar obras para su colección o su disfrute personal. También, un centro de reunión, de contactos, de amigos del arte.

El coleccionismo, sobre todo el privado, es fundamental para el desarrollo del arte y ese no lo hacen los Museos, ni los Centros Culturales, lo hacen los galeristas, porque en ello les va su sueldo y su vida. La fragilidad del coleccionismo actual está en relación directa con el trabajo de los galeristas, no siempre tan eficaz y profesional como debiera. En el mundo del arte a ningún gestor se le exigen resultados, salvo al galerista, pues si no son buenos, tiene que cerrar y quedarse en la calle.

Al tener un carácter privado, de empresa, debe obtener beneficios de su actividad, porque de lo contrario no podrá ejercer la labor que la justifica. Es decir, la misión fundamental de la galería, del galerista, es mostrar el arte, que estime oportuno, para venderlo, obteniendo a cambio una rentabilidad. El galerista tiene un sueldo, el espacio tiene un costo, los gastos generales son la otra parte del negocio, que hay que satisfacer para que permanezca. La galería está obligada a cobrar al expositor una parte de las ventas ya que media con el comprador y promociona al artista.

¿Por qué es necesaria una “Galeria de Arte”? Sirven al interés general cultural de un país, informan a los amantes del arte, porque saben a dónde pueden acudir a ver lo que se hace o lo que se ha hecho. Proporcionan a los artistas la oportunidad de mostrar su trabajo, de venderlo y poder seguir viviendo y trabajando. Es el lugar que deberían visitar los directores de museos, centros culturales, instituciones públicas para tener una visión de lo que se está haciendo y poder comprar o promocionar aquello que esté en sus intereses estéticos, históricos o intelectuales, o sobresalga como un milagro. También los críticos, informadores de prensa e historiadores del arte deberían visitarlas.

Tapa del catálogo exposición José Ortega-José Díaz

 

Cada periódico, revista, portal digital tienen su equipo de profesionales que con sus pareceres ahorman la publicación. La mayoría recibe órdenes del espacio que deben visitar y los caracteres que han de escribir; otros, proponen nombres y se les asignan caracteres. Lo que indica que no todos los críticos son visitantes de las galerías, sino que por lo general sólo van a aquellas de las que tienen que dar noticia y emitir su criterio.

Y utilizo el condicional en ía, porque lo que debería suceder muy pocas veces pasa. ¿Irá el director del Reina Sofia o alguien de su equipo a ver la extraordinaria exposición de acuarelas de Juan Díaz en la Galeria Tamara Kreisler? Me temo que no. ¿Irá alguien de Babelia a ver lo que expone el maestro Cumadí en la Galería Estampa? ¡Ojalá, pero no! ¿Se acercarán los directores de Salas Institucionales de Exposiciones de Madrid a ver la obra de Inés Medina en la Galería José de la Mano? ¡Difícil y mira que la tienen cerca!

Pero, tampoco van los informadores y críticos a la Casa de la Entrevista de Alcalá de Henares a contemplar la gran exposición de escultura y de pintura de Alcántara. Ni a los centros municipales con la excusa de que están mal gestionados. Yo visito galerías y apenas me encuentro con nadie, siquiera profesionales, en Leandro Navarro, Casado Santapau o Ponce + Robles, siempre con muestras dignas, importantes, con hurmiento.

¡Hay tantas galerías de arte, con propuesta tan plural que no hay excusa para no visitarlas! Quien está habituado, al final, las ve casi todas, pero, tampoco se trata de verlo todo, sino aquello que seleccionamos según nuestros intereses y sensibilidad. Las galerías ofrecen de manera gratuita una lección de cultura cada día y el ciudadano debería compensarlo en visitas. No estoy insinuando que deban de estar subvencionadas con dinero público por su función, no; pido que se visiten y que se compre. ¿Por qué las instituciones públicas y privadas van a ARCO y compran, pero no van a las galerías?

Cartel de la mesa redonda exposición Marmurán

 

En ARCO hay de todo, pero, el conjunto de galerías ofrece más diversidad que una feria y menos ruido; más serenidad, mejores condiciones de observación. El arte es plural y esa condición incontestable se aprecia cuando vemos algo por separado, no todo a la vez en jornadas maratonianas, agobiantes. Las ferias existen, están bien, pero el trabajo de un año de una galería no puede ser suplantado por una muestra conjunta de cuatro días.

En el rubro de estas líneas se lee “Bajo el signo de “Marmurán”, por razones diversas: por ser un espacio pequeño, por su excentrismo en un medio rural, su programa, sus actividades de funcionamiento y, ante todo, por su exposición actual: José Ortega, José Diaz. Dos miradas comprometidas. La Galería Marmurán está ubicada en la C/ Castellanos 37 de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) a 150 km de Madrid, a 133 km de Ciudad Real, y ha cumplido ya más de veinte y seis años, es decir, goza de cierta estabilidad y no se trata de un experimento, aunque muchos no quieren enterarse.

Como pueden comprobar su programa es muy amplio a través de la obra de artistas nacionales y reputados cabe la de alguna promesa joven. Entre las temáticas, este año montó un homenaje al Postismo, celebrando los ochenta años de su fundación, con un éxito desbordado, tal que Guillermo de Osma la quiso mostrar en su prestigioso espacio de Madrid, lo que ocurrió a principios de julio y con repercusión.

Ahora, con el comisariado de Ángel Maroto, exhibe una muestra de consideración: José Ortega, José Diaz. Dos miradas comprometidas, abierta hasta el 30 de noviembre. El contenido es excelente, el montaje gustoso. Hay óleos, grabados, carteles, tablas, textos, fotografías, catálogos de sus trayectorias, ordenado con gran nivel y estética evidente. Piezas recuperadas del olvido de dos artistas opacados, es triste y hermoso al tiempo que sea una pequeña galería la que se ocupe de recuperar patrimonio histórico-artístico.

Serie homenaje a El Greco, Apostolario: Ángel Maroto; grafito, acrílico y tinta, 2013/14, Romeral

 

Y por si fuere poco, siguiendo su modus operandi, Ángel Maroto organizó una mesa redonda en torno a la muestra, el 21 de octubre, en la que intervinimos Francisco Matas, presidente de la Asociación Amigos Pintor Ortega; Andrés Escribano, creador multi; Ángel Maroto, fundador de Marmurán y yo mismo. Y aunque el espacio era escaso, estaba repleto, una sorpresa, dada la asistencia raquítica habitual a los actos culturales.

Y este lo era en alto grado, ya que hablamos de sus trayectorias, de sus lenguajes, de sus exilios, de una España negra y una España gris, de sus maneras de comprometerse con el arte y con la vida. José Ortega (Arroba de los Montes 1921-París 1990) y Pepe Díaz (Campo de Criptana 1930-Madrid 2015). Alguien puso ardiente énfasis en su militancia comunista, para mí lo importante es que se trata de dos creadores que tenían algo que decir y lo dijeron creando un idiolecto y evidenciando su compromiso con la vida, con la cultura, con una existencia rica en acontecimientos de toda laya.

La época abstracta de Pepe Díaz es magnífica, algún crítico dice que se anticipa a Tápies, no es cierto y además es muy diferente. Los ensueños grises de Pepe Díaz son un retrato de seda de un tiempo preciso y oscuro, parcos y bellos como como una luna en un cielo raso de enero. Bohemio, torero, buen cocinero, jugador de póker, canturreaba flamenco y vivía entre el hedonismo y el peligro hermoso. ¿Tuvo amigos o se le acercaron los rufianes? Su final fue triste como un atardecer de invierno.

Ortega es otra cosa, cofundador de Estampa Popular, en clave de Clavé algún tiempo, en los sesenta/setenta deja unas huellas propias que le dan sentido. Esa figuración vanguardista y poética presenta signos de presencia y dimensión. En Italia, su país de acogida, tiene museos y consideración, aquí reina el olvido. No es fácil que una exposición tan breve en un espacio mínimo diga tanto y señale a tantos.

Santiago Carrillo y José Diaz, 28.IV.91, fotografía de T.P.R.

 

Pues, las galerías también cumplen esta misión, absolutamente altruistas, porque nadie compra ni un sello para una carta, ocupándose en hacer el trabajo que deberían hacer las instituciones públicas. En Castilla-La Mancha, como en otras instancias, hay dinero para lo que se quiere, pero no para lo que la cultura necesita. Se malrotan millones en proyectos estrafalarios- dígase el caos Polo en Santa Fe, o los colorines de Okuda en plena Mancha- y se escamotea la atención a acciones urgentes y necesarias.

¡Que hay galerías piratas que juegan como trileros! De acuerdo, pero eso no puede empañar la función de profesionales que hacen un trabajo privado que siempre acaba teniendo un beneficio público y social respecto a nuestro patrimonio histórico-artístico. ¡Visiten la exposición de Marmurán y verán cuantas cosas descubren! No es una propuesta para expertos, ellos lo saben todo, si no para el espectador normal, que no ha dejado las ganas de aprender y de sentir, que continúa con hambre de conocer, que sabe que el arte hace  una vida vivida, aportando nuevas expectativas.

 

 

Tomás Paredes

                                                                                               Presidente H. de AICA/Spain

Dos robos separados por un siglo que revelan las mismas debilidades

Del Rembrandt de 1929 al Tesoro de Villena de 2026

 

Por extraño que parezca, el gran robo de grabados de la Biblioteca Nacional de Madrid en 1929 y el reciente asalto al Tesoro de Villena parecen reflejar una misma historia con casi cien años de diferencia: la lucha permanente entre el patrimonio cultural y quienes quieren convertirlo en mercancía.

Sin embargo, tras esa aparente similitud se esconden dos delitos muy distintos, dos épocas diferentes y dos maneras opuestas de entender el robo de arte.

El robo que avergonzó a la España de Alfonso XIII

Cuando en octubre de 1929 se descubrió la desaparición de decenas de grabados antiguos de la Biblioteca Nacional, el escándalo fue monumental. Las piezas sustraídas incluían obras de Rembrandt van Rijn y Alberto Durero, dos de los mayores maestros de la historia del grabado.

La investigación reveló algo todavía más inquietante: el robo no había sido un golpe espectacular ejecutado en una sola noche, sino una sustracción lenta y silenciosa realizada durante meses desde el interior de la propia institución. El principal acusado fue Antonio López Santos, mecanógrafo de la biblioteca, que presuntamente aprovechó su acceso a las colecciones para ir retirando grabados sin levantar sospechas.

Hay una anécdota que resume el caso. Cuando algunas de las estampas aparecieron en Berlín, el vendedor contó a los anticuarios una historia digna de una novela: aseguró que pertenecían a una gran familia española arruinada que se veía obligada a vender su patrimonio artístico. La explicación parecía plausible, muchas familias aristocráticas estaban efectivamente desprendiéndose de colecciones artísticas tras los problemas económicos de los años veinte. Esa versión retrasó inicialmente las sospechas, pero los especialistas reconocieron las obras y comenzaron las dudas. Aquellos grabados eran demasiado conocidos para pasar desapercibidos. Entre las obras desaparecidas había al menos cinco grabados originales de Durero considerados prácticamente irreemplazables.

Paradójicamente, lo que hacía valiosas las piezas fue también lo que permitió recuperarlas. Los grabados de Rembrandt y Durero eran tan célebres y estaban tan estudiados que resultó imposible introducirlos discretamente en el mercado internacional. Una de las ironías del caso es que fueron los movimientos del mercado mundial de arte los que ayudaron a descubrir el origen ilícito de las estampas. Al examinarse las obras en Alemania, surgieron dudas sobre su procedencia y se terminó relacionándolas con la colección nacional española. La policía berlinesa intervino los grabados antes de que se dispersaran en distintas colecciones privadas y las obras regresaron a España por vía diplomática.

Diversos relatos posteriores sobre el caso señalan que muchas estampas podían ocultarse con relativa facilidad entre carpetas y documentación ordinaria. Esa aparente sencillez hizo todavía más escandaloso el robo, porque quedó en evidencia la falta de medidas de seguridad para piezas que hoy se considerarían tesoros nacionales.

 

El Tesoro de Villena: un golpe de apenas unos minutos

El robo del Tesoro de Villena, perpetrado en agosto de 2026 en el Museo de Villena (MUVI), fue exactamente lo contrario. No hubo infiltración lenta ni desapariciones progresivas. Se trató de un asalto profesional y extremadamente rápido. Según las informaciones publicadas, los ladrones actuaron en apenas unos minutos, accediendo al museo de madrugada y llevándose gran parte de uno de los conjuntos de orfebrería de la Edad del Bronce más importantes de Europa.

El Tesoro, descubierto en 1963 por el arqueólogo José María Soler, está formado por piezas excepcionales fechadas hacia el año 1000 a. C., con cuencos, botellas, brazaletes y otros objetos de oro, plata, hierro y ámbar.

Las circunstancias del robo tienen tintes cinematográficos. Las alarmas del museo saltaron hacia las 5:23 de la madrugada y los investigadores sospecharon incluso que una alarma previa en otra instalación municipal pudo haber servido para distraer la atención de los sistemas de respuesta. Los ladrones actuaron con rapidez, rompieron el acceso y desaparecieron antes de la llegada de las fuerzas de seguridad.

 

Dos robos, una misma herida

La gran diferencia entre ambos casos es que los ladrones perseguían objetivos distintos.

En 1929 se buscaba vender las obras como arte. Los grabados tenían valor precisamente porque eran originales de Rembrandt y Durero. El objetivo era introducirlos en el mercado de coleccionistas.

En Villena, en cambio, el miedo de muchos especialistas es mucho más terrible. Si las piezas fueran fundidas para vender el metal precioso, desaparecería para siempre información arqueológica irrepetible acumulada durante tres mil años. Lo perdido no sería únicamente oro, sino contexto histórico, tecnológico y cultural.

En otras palabras, un grabado de Rembrandt puede identificarse aunque aparezca décadas después en una colección privada. Un cuenco del Tesoro de Villena, una vez fundido, deja de existir para siempre.

Las anécdotas que rodean ambos casos

Los dos robos han generado historias que parecen salidas de una novela:

El ladrón de la Biblioteca Nacional intentó justificar la posesión de los grabados alegando que procedían de una familia aristocrática venida a menos.

En el caso de Villena, resulta casi irónico que el tesoro pudiera haber sido ocultado hace tres mil años, según los arqueólogos, precisamente por temor a un robo, para acabar desapareciendo en pleno siglo XXI.

El robo de 1929 fue descubierto porque las obras aparecieron en el mercado internacional. El de Villena se conoció en tiempo real gracias a los sistemas de alarma y videovigilancia.

Tras el escándalo de la Biblioteca Nacional, se revisaron los procedimientos de custodia de las colecciones gráficas. Tras Villena, se ha abierto un intenso debate sobre la seguridad de los museos locales y la protección de piezas arqueológicas excepcionales, pero no se han establecido medidas urgentes para evitar que esta situación se repita en museos provinciales con escasos sistemas de vigilancia.

Para los historiadores del arte, este episodio sigue considerándose uno de los mayores robos de patrimonio cultural de la España anterior a la Guerra Civil… por no hablar del robo del llamado oro de Moscú que a día de hoy, sigue siendo el más importante de todos los tiempos.

Y es que el tesoro de Villena tiene un valor histórico y arqueológico en el mercado negro a todas trazas, incalculable.

Un siglo después, la misma pregunta

El robo de los grabados de Rembrandt y Durero en 1929 parecía pertenecer a una España lejana, con inventarios manuscritos, controles limitados y una circulación internacional del arte difícil de vigilar. Sin embargo, casi cien años después, el asalto al Tesoro de Villena demuestra que la vulnerabilidad del patrimonio sigue siendo una realidad y una importantísima asignatura pendiente.

A pesar de los avances en los sistemas de seguridad digital y de la aparente robustez de las vitrinas de los museos, la protección del legado histórico continúa enfrentándose a desafíos obsoletos pero letales: el expolio físico, la falta de inversión crónica en los museos locales y la existencia de un mercado negro que sigue codiciando lo insustituible.

Este incidente no debe leerse como un hecho aislado, sino como un síntoma de un problema estructural más profundo. En primer lugar, evidencia la brecha de seguridad entre los grandes museos nacionales y las instituciones custodias de ámbito local o regional. Mientras las capitales concentran presupuestos millonarios en blindaje tecnológico, los museos rurales e históricos locales —que a menudo custodian piezas de valor incalculable de la prehistoria o la antigüedad europea— operan con plantillas mínimas de vigilancia y sistemas técnicos desactualizados, convirtiéndose en blancos asequibles para el crimen organizado.

Por otra parte, la vulnerabilidad del patrimonio pone de manifiesto la insuficiencia de los marcos legales internacionales y de la concienciación social, imprescindible para entender una custodia con tantas necesidades económicas. El robo de piezas de oro y plata de esta magnitud activa alarmas no solo por la pérdida material, sino por el riesgo inminente de destrucción: la fundición del metal para borrar su rastro. Cuando el patrimonio se reduce al valor del peso de sus materiales en el mercado ilegal, se destruye para siempre la información arqueológica y el nexo cultural de una comunidad con su pasado.

Finalmente, este suceso reabre el debate sobre la causa pendiente del inventario, la digitalización tridimensional y la centralización de la custodia de los grandes tesoros de la humanidad. Proteger el patrimonio en pleno siglo XXI exige una reforma integral que combine una mayor financiación pública en infraestructuras de seguridad periféricas con una cooperación policial internacional más ágil. Solo entendiendo que la pérdida de una pieza arqueológica local es una amputación a la memoria colectiva global, se podrá revertir la fragilidad actual de nuestra historia compartida.

¿Se ha abierto ya un debate sobre si el patrimonio arqueológico de primer orden debería centralizarse en grandes instituciones como el Museo Arqueológico Nacional (MAN) en Madrid para garantizar su protección, o si debe permanecer en sus lugares de origen?

Mudar las piezas a museos nacionales por seguridad es una postura lógica a primera vista, pero el asunto enfrenta dos filosofías profundamente encontradas: la seguridad centralizada frente a la identidad y el derecho al patrimonio local.

Los museos nacionales cuentan con presupuestos significativamente mayores que les permiten implementar búnkeres, vitrinas con blindaje militar, presencia física permanente de fuerzas de seguridad y sistemas de detección inteligente que los museos periféricos o locales difícilmente pueden costear.

Y es que en el caso de piezas compuestas por metales preciosos (como los 10 kilos de oro del Tesoro de Villena, el riesgo no es solo el robo, sino su fundición inmediata por parte del crimen organizado. Centralizarlas mitigaría este peligro crítico.

Además, un museo nacional concentra un volumen de visitas masivo e internacional, lo que garantiza que la relevancia histórica de la pieza sea estudiada y apreciada por un público mucho más amplio.

Sin embargo, los grandes hallazgos de las regiones donde se descubrieron castiga doblemente a la periferia. Despojar a una localidad de su mayor hito histórico perpetúa la concentración de riqueza cultural en las capitales, debilitando el turismo cultural y la economía local. El patrimonio pierde parte de su significado cuando se descontextualiza. No hay que olvidar que el Tesoro de Villena narra la historia de su territorio; conservarlo in situ respeta el vínculo directo entre los ciudadanos actuales y los antepasados que poblaron esa misma tierra.

Los defensores de la permanencia local recuerdan que los grandes museos nacionales tampoco son infalibles (el Museo Británico o el Museo del Louvre, por ejemplo, han sufrido robos internos masivos de piezas no catalogadas).

La solución que proponen muchos expertos no pasa por vaciar las provincias, sino por reformar las exigencias de custodia a través de dos vías: la financiación estatal condicionada: Si el Estado o la Comunidad Autónoma determinan que un hallazgo es un «Tesoro Nacional», deberían estar obligados por ley a financiar directamente el 100% de la infraestructura de seguridad del museo local que lo acoge, equiparándolo al nivel de un museo nacional. Y la exhibición compartida y réplicas de alta tecnología: Custodiar los originales en cámaras de alta seguridad (o en instituciones preparadas) y exhibir réplicas exactas tridimensionales de resina o metal en los museos locales, o bien implementar un sistema de «colonias de exhibición» donde las piezas originales viajen de forma temporal y controlada bajo estrictos protocolos de seguridad itinerante.

Pero como vemos, este debate no se ha planteado aún, no se ha encontrado urgencia en comenzar a actuar y abordar de raíz el problema, más centrados en otro tipo de cuestiones políticas. Recordemos que la cultura siempre es algo que no corre prisa.

Mientras los partidos políticos se enzarzan en reproches cruzados dentro de la comisión de investigación local, discutiendo sobre presupuestos recortados o sobre quién firmó los informes de unas vitrinas que a todas luces carecían de blindaje militar, el verdadero problema estructural sigue intacto. La inercia burocrática trata el expolio patrimonial como un suceso fortuito y no como la amenaza sistemática y transnacional que es en la actualidad. Al postergar los cambios legislativos y la financiación de un escudo de seguridad periférico, las administraciones demuestran una peligrosa miopía: asumen que el pasado siempre esperará su turno en el cajón de las prioridades, olvidando que, para las mafias del arte, cada minuto de inacción política es una ventana abierta para destruir de forma irreversible nuestra memoria colectiva.

La cultura siempre es el último vagón en el tren de las prioridades del Estado, una materia que solo acapara titulares cuando la tragedia ya es consumada e irreparable. En el juego de la política diaria, la protección del patrimonio se despacha con declaraciones institucionales de lamento y promesas de comisiones que solo sirven para dilatar las responsabilidades en el tiempo. Se olvida, con una temeridad pasmosa, que las piedras y el oro que han resistido miles de años bajo tierra pueden desaparecer para siempre en cuestión de cuatro minutos debido a la desidia institucional. Al tratar el legado histórico como un elemento accesorio y no como un asunto de estricta seguridad nacional, se condena a los museos de provincias a seguir desprotegidos, dejando la puerta abierta para que el crimen organizado continúe mutilando nuestra identidad mientras las administraciones siguen debatiendo si la cultura merece, o no, un presupuesto de urgencia.

La gran lección que une ambos episodios es que el patrimonio cultural no desaparece únicamente por guerras o catástrofes. A veces basta con un empleado que retira una estampa de un cajón. O con tres encapuchados que actúan durante cuatro minutos en plena madrugada. Y las consecuencias pueden sentirse durante generaciones.

El robo de los grabados de Rembrandt van Rijn y Alberto Durero en la Biblioteca Nacional de Madrid acabó resolviéndose porque las obras conservaban su identidad. Era posible reconocerlas, seguir su rastro y reclamarlas allí donde aparecieran.

Con el Tesoro de Villena el drama es diferente. Sus piezas no son únicamente objetos valiosos; son fragmentos irrepetibles de la historia de Europa conservados durante más de tres mil años. Si desaparecen en colecciones ocultas, España pierde parte de su memoria. Si son fundidas, desaparece para siempre la información arqueológica que contenían.

Quizá esa sea la diferencia esencial entre ambos robos. Los grabados de 1929 podían volver a colgarse en una sala. Un cuenco de oro del Tesoro de Villena, una vez destruido, jamás podrá recuperarse. No se pierde sólo un objeto; se extingue para siempre una página de la historia.

El caso invita además a una reflexión inevitable. Si un conjunto considerado uno de los más importantes de la Edad del Bronce europea ha podido desaparecer en cuestión de minutos, quizá haya llegado el momento de replantear la protección de los grandes tesoros arqueológicos españoles, buscando un equilibrio entre su permanencia en los lugares donde fueron hallados y los recursos necesarios para garantizar su conservación y seguridad.

 

Recordando… Gustavo de Maeztu y Whitney

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

Gustavo de Maeztu y Whitney

MAEZTU Y WHITNEY, Gustavo      P       1918     30 ago.1887     VITORIA                             ESTELLA

Autorretrato

 

Gustavo Jorge Pelayo Maeztu y Whitney nació en Vitoria el 30 de agosto de 1887. Pintor y escritor, fue miembro fundador de la Asociación de Artistas Vascos. Era hermano del escritor Ramiro de Maeztu y de la pedagoga María de Maeztu. Falleció en Estella el 9 de febrero de 1947, a los cincuenta y nueve años.

Autorretratos

Su padre, Manuel de Maeztu Rodríguez, era ingeniero y hacendado cubano, nacido en Cienfuegos y de ascendencia riojana. Su madre, Juana Whitney Boné, nació en Niza y era hija del cónsul británico en esta ciudad, Fernando Whitney, natural de Milán, y de Sara Boné, natural de Londres. Esta diversidad de orígenes familiares contribuyó a forjar el carácter cosmopolita que caracterizaría al artista.

Sus padres no llegaron a casarse y tuvieron cinco hijos: Ramiro, Ángela, Miguel, María y Gustavo. La muerte de su padre en Santa Clara, Cuba, en 1898, unida a los problemas administrativos relacionados con la herencia y al hundimiento de los negocios familiares en la isla, dejó a la familia en una situación económica precaria.

Ante estas circunstancias, Ramiro fue enviado a París con la familia materna, mientras el resto de la familia se trasladó a Bilbao. Allí, Juana Whitney fundó la Academia Anglo-Francesa, posteriormente conocida como Academia Maeztu, donde ella impartía inglés y Ángela enseñaba francés.

Foto familia Maeztu Whitney. Arriba, de izquierda a derecha: Ramiro de Maeztu, Ángela, Gustavo,

Ana de la Cortina, Miguel y María. Abajo, de izquierda a derecha: Mabel Hill,

Juan Manuel Maeztu, Juana Whitney y Mariuca Rosales de Maeztu

 

Tras una primera etapa de formación en Vizcaya, Gustavo de Maeztu viajó a París entre abril y junio, acompañado por artistas e intelectuales como Paco Durrio, Ignacio Zuloaga y Tomás Meabe. Durante esta estancia conoció también a Picasso y descubrió, a través de sus visitas al Louvre, la obra de algunos de los grandes maestros de la pintura española, entre ellos Herrera el Viejo, Zurbarán, El Greco, Velázquez y Ribera.

En 1905 participó en la que será su primera exposición colectiva al presentar obra a la Exposición de Bellas Artes de Bilbao.

En 1908 regresó a España y se instaló en Bilbao junto a su amigo y también pintor José Arrue. Ambos participaron en la creación de El Coitao, un periódico impulsado por un grupo de jóvenes artistas e intelectuales que contó con la colaboración de figuras como Miguel de Unamuno, Ramón de Basterra, Juan de la Encina, Tomás Meabe y José María Salaverría.

Ese mismo periodo estuvo marcado por su estancia en Sevilla. Durante la Semana Santa y la Feria de Abril, Maeztu y José Arrue entraron en contacto con el ambiente artístico y popular de la ciudad, y el mundo taurino despertó especialmente su interés. Allí coincidieron con Pablo Arriarán, José y Manuel Gutiérrez Solana y Ricardo Baroja. Maeztu, Arrue y Arriarán llegaron a instalarse durante unos meses en Triana, frente a la Torre del Oro, desde donde continuaron trabajando y recorriendo el entorno sevillano.

El artista pintando en su estudio

El artista en una fotografía de 1933

 

Gustavo de Maeztu retratando al General Zumalacárregui en 1937

 

En 1909, en un contexto político convulso, Maeztu se trasladó junto a su amigo Tomás Meabe, que se encontraba desterrado en Saint-Jean-le-Vieux, donde ambos se alojaron en el caserío Lutchienea. Durante esta etapa continuó pintando y acumulando experiencia, al tiempo que desarrolló su faceta literaria, que daría lugar posteriormente a varias novelas.

En 1910 se creó la Asociación de Artistas Vascos, iniciativa destinada a impulsar y difundir el arte vasco también fuera de España. Maeztu participó activamente en este ambiente artístico y cultural, junto a otros artistas e intelectuales que escribían en la prensa y mantenían reuniones destinadas a promover nuevas iniciativas relacionadas con las artes.

Paralelamente, desarrolló una importante actividad literaria. En 1910 publicó Andanzas y episodios del Sr. Doro y, al año siguiente, El gato azul, que el propio autor definió como una novela de acción.

En 1907 en París

1917: Homenaje a Pablo Picasso

1932 En su exposición de Autolitografias en Madrid

 

El 29 de octubre de 1910 surgió finalmente el proyecto asociativo en cuya junta directiva figuraba Alberto Arrue como presidente y Gustavo de Maeztu como uno de sus miembros.

En la Exposición de Arte e Industrias Decorativas de 1910, celebrada en México con ocasión del I Centenario de la Independencia de aquel país, logró Medalla y Diploma.

En 1913, debido a sus vinculaciones familiares, participó como actor en Fulano de tal se enamora de Manón, película dirigida por Benito Perojo y considerada una de las primeras producciones cinematográficas españolas bien documentadas. En ella compartió participación con la cupletista Consuelo Torres, conocida artísticamente como Manón.

Ese mismo año, participó en la II Exposición de Arte Moderno celebrada en los salones de la Sociedad Filarmónica de Madrid.

El 15 de mayo de 1914 celebró en las Galerías Dalmau de Barcelona su primera exposición individual. Fue el inicio de un amplio recorrido expositivo que, durante los años siguientes, le llevó a diferentes ciudades españolas, entre ellas Madrid, San Sebastián, Bilbao, Salamanca y Vitoria.

Dos chinos

Café de la Paix

 

En 1915 volvió a exponer en Barcelona, en la sala Can Parés.

En 1917 consiguió la Tercera Medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes por su tríptico Tierra ibérica y ofrenda de Levanta a la Tierra Española.

Su actividad artística traspasó pronto las fronteras nacionales. En 1920 expuso en Sheffield y Leeds, en el Reino Unido, y al año siguiente regresó a Londres para presentar su obra en la Walker’s Gallery.

En 1921 participó en la Exposición de Artistas Vascos celebrada en Bilbao, y también en la edición de 1923.

En 1922 expuso en París, en las Galerías Devambez.

Su trayectoria internacional continuó en los años siguientes. En 1934 participó en una exposición itinerante de grabadores españoles que recorrió las ciudades de Graz, Viena y Múnich.

A partir de 1933, Navarra adquirió una importancia creciente en la vida y trayectoria de Gustavo de Maeztu. Entre el 1 y el 15 de julio de ese año, con el apoyo del doctor Juaristi, participó en una exposición organizada por la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona. Era la primera vez que su obra se mostraba en Navarra, donde presentó óleos, estampas y grabados —que denominaba autolitografías—, además de ejemplos de un procedimiento pictórico sobre cemento, las encaústicas.

Anochecer en la Catedral de Tuy

Alegoría de Cantabria

Copla andaluza

 

Durante esta primera estancia aprovechó para conocer diferentes lugares de Navarra, entre ellos los monasterios de Irache y La Oliva.

El 17 de mayo de 1935, la Diputación Foral de Navarra le encargó la decoración mural del nuevo Salón de Sesiones del Palacio de Navarra, en Pamplona. El trabajo quedó terminado en mayo de 1936.

En junio de ese mismo año se instaló con su madre en Estella, donde ambos pensaban pasar el verano. El comienzo de la Guerra Civil alteró sus planes. Su hermano Ramiro, que había viajado a Estella para visitarlos, regresó a Madrid el 12 de julio y fue posteriormente hecho prisionero y finalmente fusilado el 29 de octubre de 1936, en las tapias del cementerio de Aravaca de Madrid por las milicias republicanas, como represión contra su pensamiento conservador, católico y monárquico.

En 1940 participó en la I Exposición de Artistas Navarros celebrada en Pamplona.

Eva

Bailarina semidesnuda

Dos toreros

La musa nocturna

 

Durante sus años en Navarra, Maeztu continuó desarrollando una intensa actividad artística. Realizó varios murales en edificios proyectados por su amigo Víctor Eusa, entre ellos el Hospital de San Juan de Dios. También pintó numerosas obras para la familia Baleztena y para la nueva parroquia de San Francisco Javier, donde realizó un cuadro dedicado al santo misionero.

Gustavo de Maeztu falleció en Estella el 9 de febrero de 1947, a los cincuenta y nueve años de edad.

Pamplona le honró poniendo una calle a su nombre: Pintor Maeztu, mientras que en Estella, además de una calle Gustavo de Maeztu, también existe en su recuerdo una placa conmemorativa en la casa donde residió, en la calle Mayor.

En el año 2011, el Museo de Bellas Artes de Álava tuvo lugar una Exposición Retrospectiva de 50 de sus obras.

El general Zumalacárregui

El orden

 

El mayor número de sus obras se conserva en Estella, donde se creó en su honor el Museo Gustavo de Maeztu, ubicado en el Palacio de los Reyes de Navarra.

Otro importante número de obras se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Vitoria, su ciudad natal, mientras que el Museo de Bellas Artes de Bilbao guarda también muchas de sus obras al ser la ciudad en la que vivió muchos de sus mejores años.

Mi hermana María

Las samaritanas

 

José María Iribarren, amigo íntimo del pintor y escritor, caracterizó con estilo ágil y afecto sincero a Gustavo de Maeztu en dos artículos que publicó en la revista Pregón en 1947, que a su vez también publicara la revista de la Sociedad de Amigos del Arte Arte Español. En el titulado “Genio y figura de Gustavo de Maeztu” Iribarren describe, al que fuera su gran y admirado amigo:

“Aún me parece verle, con su puro en la boca y su bastón, con su pelliza gris, guarnecida de piel de carnero (medio bohemia y medio pastoril) y aquella gorra horrible, aquella gorra azul de maletero, con visera de brillo, de la que él, a pesar de nuestras bromas, se mostraba tan orgulloso… Aún me parece ver su rostro inconfundible, su rostro vago y pálido, lampiño, casi blanco, aquel rostro sin cejas, donde los ojos, mínimos y azules, la nariz corta de anchas aletas, la boca grande y húmeda y el pelo escaso, con un mechón siempre rebelde en el cogote, le daban un aspecto de augusto, de un augusto aristócrata y jovial que tratase de ahogar, a voces y risadas, un viejo fondo de melancolía. Aún me parece oír sus carcajadas explosivas, que eran como una tos enorme, como un sifón de selz que se dispara de repente. Hablaba a ráfagas, como a brochazos, a frases sueltas y axiomáticas que remataba con un gesto de brazo, con un sacudimiento de cabeza, con una interjección rotunda, inapelable…

Era un hombre fantástico, mezcla de ingenuidad y de alegría, de ilusión y de excentricidad…

Cuando estaba de vena hablaba por los codos, de un modo arrollador, sentían admiraciones exageradas e indignaciones furibundas, porque era genialmente extremoso”…

Los novios de Vozmediano

Nieve en Jaundegui

 

Distingue también su poco aprecio del dinero, su falta de mercantilismo y su pródiga generosidad, que le hacía sentir admiración por la figura del “avaro”, en una oposición de valores.

También relata Iribarren cómo amaba a los animales, que incorporaba a sus pinturas humanizándolas o presentándoles como depositarios de ideas sublimes que el autor tenía en mente, acerca del valor de la raza o del futuro de la Patria.

Y sobre el pasado artístico de Gustavo, comentaba:

“A los 20 años se escapó a París. Era entonces casi un adolescente de revuelto cabello y ojos sagaces de un azul marinero, espigado y romántico, rebelde y descontentadizo. Soñaba con realizar un arte propio, colorista y dramático, fuerte y conmovedor. Dibujaba incansable y febril, semanas y semanas, para lanzar al fuego, en una racha de desilusión, sus apuntes de ayer. Vivió al día, una vida bohemia y agitada, absurda y turbulenta”.

Puente de San Juan, Estella

Pareja de club

Torada

 

Y de su paso por Londres: “Era momento en que “tenía mucho de perro vagabundo y un poco de ambicioso”, era entonces “muy poco serio y bastante divertido”. Gustavo, al que presenta como admirador de Turner, de Gavarni, de Goya, quiso renovar su arte, y por las noches, cuando marchaba en taxi desde el taller al club, a través de las calles en niebla, soñaba con hacer una pintura que, sin perder su raíz ibérica, tuviese una emoción universal. “Hay que hacer -se decía- un arte vario, trágico y grotesco”.

Y es entonces cuando, europeizado, siente el artista deseos de recorrer España movido por la nostalgia del emigrante, como escribe Iribarren “al estilo bohemio, con el álbum de apuntes al brazo, y los zapatos a la espalda, en carro y en caballería, conviviendo en ventorros y mesones con los tipos rurales, con el pastor y el trajinante, el arriero y la maritornes, dibujando retratos y apuntes para sus cuadros y sus aguafuertes.

España entera está en sus lienzos, dramatizada en su paisaje y en sus tipos más representativos, sin desdeñar el decorativismo, preocupado el autor por la belleza ideal.

Sintió el “regeneracionismo” de la misma manera que su hermano Ramiro, al igual que los literatos y pintores adscritos a la llamada Generación del 98, manteniendo una actitud semejante a la de otros pintores, como los vascos Zuloaga, R. Baroja, J. de Echeverría y V. de Zubiaurre; como Gutiérrez Solana y hasta Pablo Ruiz Picasso en un momento de su vida.

Por eso Maeztu viaja a los pueblos abandonados como a las ciudades. Madruga para ser testigo del amanecer, que frecuentemente plasma en sus lienzos. Vive y se zambulle en el paisaje, especialmente castellano. Es el interior mesetario donde trata de encontrar la España esencial, las raíces. Es el espacio en que bulle el repertorio humano, que en la figura del cura, del labrador, del boticario, de un sinfín de tipos, trasluce el espíritu de un pueblo.

Ante el altar. La Misa

 

Pero el Modernismo, surgido en la América Latina e importado a España por Rubén Darío, toca a algunos escritores y pintores españoles, cuyos estilos personales se inclinarán en lo sucesivo hacia el esteticismo. Es el caso de Gustavo de Maeztu que, mitad escritor y mitad pintor, será en parte noventayochista y en parte también modernista.

Como escritor, Maeztu coincidirá con el 98 en la actitud crítica con lo establecido, en su estilo directo; pero tomará del Modernismo una buena dosis de imaginación.

Como pintor, también puede decirse lo mismo.

Pero la búsqueda del esteticismo, que le conducirá a un decorativismo en su pintura mural, es plenamente modernista. Por modernista su estilo tiende a la grandiosidad, es imaginativo, fantasioso, metafísico. Por eso se ha calificado de simbolista la obra de Gustavo de Maeztu, que en sus invenciones de índole técnica pone especial cuidado en la preparación de una pintura al fresco sometida al fuego, en la consecución de cementos de color, en la compatibilidad del arte y la artesanía, en la recuperación del arte olvidado de la litografía.

Reclamó, como los renacentistas italianos, la colaboración de escultores y arquitectos con el pintor para la creación de obras inmortales. Posiblemente fuera idealista, pero es muestra del gran concepto que tenía del arte.

La tierra ibérica

Copla andaluza

Maja con cántaro

Pierrot en la taberna

Paisaje con búho

Valencianas de Estella

 

En su artículo “A Gustavo de Maeztu”, Iribarren habla del dolor de los estelleses ante su pérdida:

“¡Y si hubierais visto Estella el día de su entierro! El cielo gris, las calles mudas y el paisaje invernizo daban a la mañana una impresión silente y funeral. Doblaban las campanas en el aire pasmado y friolento, y las gentes de la ciudad, las que iban hacia el campo en sus caballerías, las que hacían sus compras en las tiendas de la calle Mayor, marchaban con el cesto adolecido y tácito de quien siente en el alma la muerte de un paisano queridísimo”.

1947: el entierro del artista

 

Gustavo de Maeztu y la AEPE

Socio de número inscrito en 1918: Maeztu, D. Gustavo de.-Orueta, 8, Bilbao

Congresista en la sección y mesa de Pintura el I Congreso Nacional de Bellas Artes de la AEPE

1920: El martes 30 de noviembre, día prorrogado oficial de clausura, el importe de las entradas fue a beneficio del proyectado monumento a Rosales y, hasta el día 3 de diciembre, se admitían inscripciones, para el homenaje que se pensaba hacer al Secretario General de la Asociación. De acuerdo con Heraldo de Madrid, de 15 de setiembre, por problemas de transporte las obras de Gustavo de Maeztu llegaron tarde al Salón, pero se instalaron.

En el IV Salón de Otoño de 1923, en el acta figuraba una larga lista de unos sesenta propuestos para socios, entre ellos Pablo Picasso y Rafael Botí, y una nota final comentada en otro punto: “El jurado hace constar que su deseo era hacer socios de honor a Pablo Ruiz Picasso y Gustavo de Maeztu, pero se han visto imposibilitados de hacerlo porque el Reglamento del Salón de Otoño sólo permite tal cosa respecto a aquellos artistas que ya sean socios”.

La Gaceta de Bellas Artes informó periódicamente de las exposiciones que realizaba, en 1925, en 1928, 1930 en la Bienal de Venecia, en la Exposición en Oslo de 1931…

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

I Salón de Otoño de 1920: El orden y La fuerza.

IV Salón de Otoño de 1923: Retrato del Arquitecto Zuazo, Retrato del Dr. Basterra y Retrato del Arquitecto Ularqui.

V Salón de Otoño de 1924: Misa nocturna.

VIII Salón de Otoño de 1928: Invierno en un canal de Haarlem y Barco de Ávila.

El museo Gustavo de Maeztu

En 1936, la Guerra Civil llevó a Gustavo de Maeztu a permanecer en Estella, ciudad en la que vivió hasta su fallecimiento en 1947. Poco antes de morir, fue nombrado hijo adoptivo de la localidad y manifestó su deseo de dejar allí su patrimonio artístico. Tras su muerte, y con la colaboración de José María Iribarren, se hizo realidad la donación de la obra conservada en su estudio.

En 1949 se creó el Museo Gustavo de Maeztu en el Palacio de los Reyes de Navarra. Las posteriores obras de restauración del edificio obligaron a trasladar los fondos a diferentes ubicaciones, lo que afectó a su conservación. Desde 1973, el legado permaneció almacenado y sometido a procesos de restauración, hasta que el impulso ciudadano y el apoyo del Gobierno de Navarra favorecieron la recuperación del museo.

Actualmente, el Museo Gustavo de Maeztu pertenece al Ayuntamiento de Estella-Lizarra, que gestiona la colección, mientras el Gobierno de Navarra aporta el edificio y colabora en su financiación. En 2010, el museo se incorporó al Sistema de Museos y Colecciones Museográficas Permanentes de Navarra.

La colección del museo está compuesta por más de 500 obras de Gustavo de Maeztu distribuidas en varias salas. En la planta noble se exhiben sus pinturas más representativas, óleos, acuarelas y obra gráfica, mientras que la segunda planta muestra dibujos, grabados, litografías y encáusticas que ilustran su proceso creativo.

Más allá de custodiar y poner en valor el legado de su protagonista, el centro actúa como un dinámico motor cultural que da voz a grandes creadores nacionales y navarros, desde figuras clásicas como Javier Ciga o Jesús Basiano hasta propuestas contemporáneas de vanguardia. Con entrada gratuita y una programación continua de muestras temporales, talleres y actividades, es el lugar perfecto para inspirarse, aprender y disfrutar del arte en todas sus dimensiones.

 

La AEPE: Pionera indiscutible en la conquista del Estatuto del Artista en España

Historia viva de la Asociación Española

de Pintores y Escultores

Un recorrido por la memoria y

el legado de la centenaria institución

 

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

El debate contemporáneo en torno al Estatuto del Artista en España (institucionalizado formalmente a partir de las reformas parlamentarias de 2018) tiende a ser analizado como un fenómeno estrictamente coetáneo.

Sin embargo, el análisis histórico de las políticas culturales en España revela que la arquitectura conceptual de esta legislación transversal fue proyectada de manera pionera por la Asociación Española de Pintores y Escultores.

Si en un artículo anterior publicado en la sección “Historia viva de la AEPE”, pudimos comprender la importancia que tuvo en la historia del arte en España, la convocatoria del I Congreso Nacional de Bellas Artes de 1918, un hito logrado en solitario por la Asociación Española de Pintores y Escultores, ahora analizaremos un texto encontrado en los archivos de la AEPE titulado “Notas para la redacción del Anteproyecto del Estatuto del Artista”, que pese a no estar fechado, podemos situar en la década de los 70, en base a varios detalles técnicos y legales que recoge el propio documento y así lo demuestran.

Del documento hay que analizar varias cuestiones:

Habla de la ley del 1% Cultural: esta medida protectora se introdujo por primera vez en España en la Ley de Patrimonio Histórico Artístico de 1933, y ya no volvió a hablarse de ella hasta la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico de 1985.

En cuanto al concepto de Diseño Industrial: el documento debate si el «Diseño, capaz de industrializarse» debe considerarse arte. Este debate sobre el diseño industrial y los derechos de reproducción masiva es característico de la segunda mitad del siglo XX y anterior a las leyes educativas de la democracia.

Y finalmente, el lenguaje y formato: Usa términos como «Seguridad Social» bajo convenios autónomos, y además, la tipografía de máquina de escribir eléctrica sitúan el documento en plena transición española.

Un documento que tiene un enorme valor histórico, ya que demuestra que la Asociación Española de Pintores y Escultores no solo abrió el debate en el Congreso de 1918, sino que décadas después, volvió a adelantarse a todo el país redactando un borrador formal cuando nadie hablaba aún de un Estatuto del Artista moderno.

El estudio de este hallazgo pone de relieve la trascendencia de la AEPE como un vector prelegislativo indispensable. La corporación no solo articuló la transición del paradigma romántico de la «vocación» al modelo moderno de la «profesión», sino que diseñó los mecanismos de protección fiscal, laboral y de propiedad intelectual que hoy cimientan el derecho cultural español.

Introducción: La redefinición institucional de la AEPE

El actual Estatuto del Artista, aprobado en sus primeros bloques en 2018, suele presentarse como un logro estrictamente contemporáneo. Sin embargo, la justicia histórica exige volver la mirada hacia la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE), una institución centenaria que ha actuado como el motor ideológico y legislativo de la profesión en España desde hace más de un siglo.

La historiografía tradicional del arte en España ha confinado con frecuencia el papel de las asociaciones decimonónicas y de principios del siglo XX al ámbito de la dinamización estética, la gestión de certámenes o la representación gremial. No obstante, una revisión crítica de la trayectoria de la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE), fundada en 1910, obliga a reformular este marco analítico. La AEPE debe ser entendida como una institución de carácter prelegislativo; un foro de pensamiento crítico y técnico que operó de forma sistemática para dotar al creador visual de un marco jurídico autónomo dentro del entramado del Estado social.

Mapear los esfuerzos de la AEPE implica conectar dos grandes hitos de su historia: la convocatoria del I Congreso Nacional de Bellas Artes de 1918 y la posterior redacción interna, hacia el último tercio del siglo XX, de las Notas para la redacción del Anteproyecto del Estatuto del Artista. Juntos, ambos momentos demuestran que la corporación poseía una clarividencia sociolaboral que se adelantó por décadas a la propia administración pública.

Un análisis de sus archivos históricos demuestra que la AEPE no solo plantó la primera semilla en 1918, sino que fue la primera entidad en poner sobre papel un borrador real y estructurado bajo el nombre de «Anteproyecto del Estatuto del Artista».

El punto de inflexión de 1918: El nacimiento de la conciencia laboral

El Primer Congreso Nacional de Bellas Artes, celebrado en Madrid entre el 14 y el 21 de mayo de 1918 bajo el auspicio directo de la AEPE, constituye el acta de nacimiento de la política cultural contemporánea en España. En un contexto europeo convulso y una realidad nacional fracturada por la crisis de 1917, la AEPE demostró una inusitada capacidad de interlocución institucional, logrando reunir en el Paraninfo de la Universidad Central a la Corona, los ministerios competentes, las reales academias y los patronatos de los principales museos nacionales.

La relevancia de la AEPE en este congreso no radicó meramente en su éxito organizativo, sino en la mutación ontológica que propuso para la figura del artista. Por primera vez en un foro de dimensión estatal, se combatió la mitificación del arte como una actividad puramente espiritual o desinteresada. La ponencia de la AEPE introdujo conceptos disruptivos para la época: la dignificación económica, la estabilización profesional y la necesidad de regular las relaciones mercantiles entre el creador y la administración. Aunque las conclusiones del congreso encontraron resistencias bucráticas y una asimilación institucional lenta, la AEPE logró elevar la ordenación del sistema artístico a la categoría de debate público y cuestión de Estado.

El «Anteproyecto del Estatuto del Artista»: Un laboratorio de vanguardia técnica

El verdadero alcance de la AEPE como entidad pionera se manifiesta en su producción documental interna posterior. El texto mecanografiado Notas para la redacción del Anteproyecto del Estatuto del Artista es un testimonio archivístico de valor excepcional. El documento —cuya indexación temporal se sitúa en la horquilla de la transición política y la configuración de las leyes de patrimonio moderno— evidencia que la AEPE no limitó sus reclamaciones a la retórica, sino que asumió la responsabilidad técnica de legislar el sector.

El rigor del anteproyecto se despliega en cuatro ejes fundamentales que estructuran de forma idéntica las demandas que hoy en día, ya en el siglo XXI, configuran el Estatuto del Artista real:

  1. La acotación jurídica y laboral del creador: Consciente de la complejidad de definir la figura del artista ante la emergencia de las técnicas industriales y el diseño en serie, la AEPE propuso la creación de un Censo Nacional de Artistas. Este censo no pretendía una exclusión elitista, sino la delimitación de un sujeto de derecho protegido, diferenciando la praxis profesional de la actividad amateur o «dominguera» para posibilitar la asignación de ventajas y derechos laborales.
  2. La intermitencia y la especificidad de la Seguridad Social: Uno de los mayores logros del documento es la propuesta de un convenio especial de cotización a la Seguridad Social adecuado a las particularidades de los creadores plásticos, anticipando la actual fórmula de la intermitencia. El texto de la AEPE preveía tanto el régimen de autónomos como las especificidades de aquellos creadores vinculados por contratos de exclusividad con galerías o editoriales (que se nos vende como uno de los mayores logros del estatuto actual).
  3. El blindaje de la Propiedad Intelectual y el Droit de Suite: El documento muestra una profunda preocupación por la vulnerabilidad del artista frente a los agentes del mercado (marchantes, subastas y editoriales). La AEPE propuso una defensa férrea de los derechos morales y patrimoniales, exigiendo de manera pionera la aplicación efectiva del derecho de suite o de participación en las sucesivas reventas públicas de las obras, así como el consentimiento expreso del autor para evitar la destrucción o fragmentación caprichosa de su producción por parte de los adquirentes. (El droit de suite, o derecho de participación, es un derecho de propiedad intelectual que permite a los artistas plásticos y visuales (como pintores o escultores) recibir un porcentaje económico cada vez que sus obras originales son revendidas en el mercado secundario).
  4. Fiscalidad y Mecenazgo (El 1% Cultural): La propuesta de vincular el Censo Nacional de Artistas con las adjudicaciones de las obras derivadas del 1% Cultural denota una visión macroeconómica de la cultura. La AEPE exigió que las comisiones provinciales y un Consejo Superior de Bellas Artes fiscalizaran estos proyectos para arrebatar la selección artística del «capricho de criterios poco formados» de constructores y promotores, garantizando que los fondos públicos revirtieran directamente en el tejido profesional.

Conclusión: La relevancia de la AEPE en la historiografía del derecho cultural

Reducir la memoria de la Asociación Española de Pintores y Escultores a sus méritos puramente academicistas o a su rol de cronista de la memoria visual del país es incurrir en un reduccionismo histórico. La AEPE se erige, por derecho propio, en la piedra angular de la legislación cultural española.

La correlación entre las demandas mecanografiadas en su anteproyecto histórico y el cuerpo de Reales Decretos aprobados por el Gobierno de España entre 2018 y 2026 es casi simétrica. Conceptos como la compatibilidad de las prestaciones, la cotización adaptada a la intermitencia o la regulación de la propiedad intelectual frente a los abusos del mercado —que hoy celebramos como conquistas de la modernidad— ya habían sido estructurados, razonados y defendidos por los equipos jurídicos y artísticos de la AEPE. Por consiguiente, este hallazgo documental no solo enriquece el patrimonio de la centenaria institución, sino que resitúa a la AEPE como el faro intelectual e indispensable que trazó la hoja de ruta hacia la dignidad de la profesión artística en España.

La AEPE no solo ha pintado y esculpido la historia de España; también redactó las leyes de su dignidad.

 

 

Tosia Malamud Backal

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

Tosia Malamud Backal

MALAMUD BACKAL, Tosia              UCRANIA             MEXICO D.F.

 

Tosia Malamud Backal nació el 17 de marzo de 1923 en el poblado de Vinnystsya, una localidad situada al centro-oeste de Ucrania, a orillas del Bug meridional, perteneciente por aquel entonces a la Unión Soviética.

Fue la hija menor del matrimonio judío formado por Isaac Malamud y Liza Backal.

Debido a la situación político-económica, su familia se vio forzada a huir de Ucrania cuando Tosia apenas tenía 4 años, llegando a México en 1927.

Su padre fundó la primera imprenta en yidis (centro de estudios de la Torá y del Talmud) en México, lo que posibilitó que desde pequeña estuviera rodeada de escritores, poetas e intelectuales de la comunidad judío-mexicana.

Su vocación por el modelado en barro se manifestó formalmente durante sus estudios de secundaria.

En 1940 ingresó en la Academia de San Carlos de la Ciudad de México, cuando contaba con tan solo 16 años de edad y en contra de los deseos de sus padres, quienes no veían la escultura como una profesión adecuada para una mujer.

En 1943 fue la primera mujer en graduarse específicamente como escultora en la Academia de San Carlos de la Ciudad de México.

Estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, lugar en el que definió su estilo.

Tosia Malamud junto a su esposo Sergio Nudelstejer

 

Fue discípula de grandes maestros de la Escuela Mexicana de Escultura como Fidias Elizondo, Arnulfo Domínguez, Ignacio Asúnsolo y Luis Ortiz Monasterio, y también de los pintores Francisco Goitia, Luis Sahagún y Benjamín Coria.

En 1944, tras terminar sus estudios, contrajo matrimonio con Samuel Rubinstein, con quien tuvo dos hijos: Ethel y Mauricio.

Su experiencia con la maternidad y la crianza influyó de manera directa en su producción artística, convirtiéndose en uno de los temas más recurrentes y aplaudidos de sus colecciones de esculturas en bronce y piedra

Durante los primeros años de la infancia de sus hijos, Tosia puso su carrera en una pausa parcial. Trabajaba de manera improvisada en el pasillo de su casa aprovechando los momentos de luz natural. Fue hasta 1952 cuando consiguió su propio estudio formal para poder separar la vida familiar de la creación escultórica. Su matrimonio con Rubinstein terminó en divorcio en 1967.

Su interés artístico la llevó a conocer a gran parte de los miembros del Salón de la Plástica Mexicana, en el que ingresaría en 1967.

Foto familiar junto a sus padres y hermano

Tosia con sus hijos

 

Fundado en 1949, el SPM agrupaba a unos 400 artistas consagrados de diversas generaciones y corrientes, pintores, escultores, grabadores y fotógrafos como Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Gerardo Murillo “Dr. Atl”, Rufino Tamayo o Juan O’Gorman.

La escultora judío-mexicana mantendría un estrecho vínculo con el salón, donde exhibiría su obra en múltiples ocasiones a partir de su primera exposición individual en 1954, con la que consolidó su fama y a partir de la cual, recibió encargos del gobierno y el IMSS para la realización de esculturas monumentales para hospitales y avenidas, consagrándose como la máxima retratista escultórica del ámbito intelectual.

Como era común entre los miembros destacados del Salón de la Plástica Mexicana, Tosia realizó múltiples viajes a Europa para nutrirse de las corrientes vanguardistas europeas y supervisar el montaje de sus propias exposiciones en galerías de todo el mundo.

España fue un destino primordial debido a la fama mundial de sus talleres de fundición de bronce. La escultora pasó temporadas en nuestro país supervisando los procesos técnicos de fundido de varias de sus obras monumentales y de mediano formato, buscando acabados y pátinas que en esa época eran difíciles de conseguir en los talleres mexicanos.

Su obra figuró en muestras colectivas organizadas en colaboración con delegaciones culturales y centros de arte en ciudades como Madrid y Barcelona. Estas exhibiciones buscaban trazar un puente entre las vanguardias latinoamericanas y la plástica española. Sus piezas, enfocadas en la síntesis de la figura humana y la maternidad, tuvieron una recepción crítica muy favorable por distanciarse del rígido academicismo.

 

Diversas piezas de su autoría (principalmente bustos de retratística y bronces estilizados de pequeño formato) fueron adquiridas por particulares o pasaron a formar parte de los fondos de instituciones culturales y galerías privadas en España.

Este intercambio no solo enriqueció su técnica, sino que consolidó su estatus como una de las artistas mexicanas con mayor proyección en el circuito europeo de su tiempo.

Mujer tocando el arpa

Penélope

Mujer reclinada

 

En 1979 se casó con el escritor y periodista Sergio Nudelstejer. Él no solo fue su pareja, sino también su gran aliado profesional. Solían compartir un espacio de trabajo dividido a la mitad (mitad oficina periodística y mitad estudio de escultura) y Nudelstejer terminó siendo el coautor del libro biográfico definitivo de la artista.

Tosia Malamud participó en más de 40 exposiciones individuales y su obra forma parte de colecciones en países como Estados Unidos, Israel, España, Bulgaria y los Países Bajos.

A diferencia de la rigidez de la escuela clásica, el trabajo de Tosia se caracterizó por dotar de vida y dinamismo a materiales inertes como el bronce, el mármol, la madera y la piedra.

Amantes

Couple Embracing, pintura

Desolación

 

Centró gran parte de su producción en la maternidad, la niñez, la familia y el cuerpo femenino, utilizando en muchas ocasiones líneas estilizadas y elementos del arte abstracto.

Fue considerada la mejor retratista escultórica de México. Logró plasmar los rasgos y la psicología de grandes personalidades de la ciencia y la cultura, como el escritor Dostoievski, el pensador Albert Einstein y el compositor Franz Liszt.

Madre e hijo

Nino arrodillado con su padre

 

Tosia Malamud falleció el 16 de julio de 2008 en la Ciudad de México, a la edad de 85 años, siendo recordada como una figura pionera de la plástica mexicana.

Autora de piezas icónicas en espacios públicos de la Ciudad de México, tales como “El beso”,  labrada en piedra chiluca, se exhibe de manera permanente en el jardín escultórico del Museo de Arte Moderno en la Ciudad de México; «La Familia» y “Maternidad”, ubicadas en las instalaciones principales y hospitales del Instituto Mexicano del Seguro Social; y «Penélope», una de sus esculturas monumentales en bronce más representativas ubicada en el Paseo de la Reforma.

El análisis de la obra de Tosia Malamud revela a una artista puente, es decir, una creadora que supo fusionar la solidez formal del nacionalismo mexicano con la fluidez y el humanismo de las vanguardias europeas.

Retrato de Alejandro Otero

Retrato de Benito Juárez

 

Su producción artística se define por tener al ser humano como eje central de su obra. Y es que a diferencia de los muralistas y escultores de su época, enfocados en la épica revolucionaria o la política, Tosia volcó su mirada hacia la intimidad y la emoción humana. Sus grandes temas fueron la maternidad, la infancia, la fragilidad, el amor y el cuerpo femenino. Su enfoque no era político, sino profundamente humanista y universal.

Y aunque comenzó con una formación estrictamente clásica y figurativa, su obra evolucionó hacia una notable síntesis de la forma. Fue una estilización hacia la abstracción que la llevó a la simplificación, eliminando los detalles superficiales para concentrarse en las líneas esenciales del cuerpo. Posteriormente, se observa en su obra una geometrización, en la que sin llegar a la abstracción total, muchas de sus piezas juegan con curvas alargadas, huecos y siluetas estilizadas que dialogan con el espacio vacío.

Venusiano Carranza

Manuel Hidalgo y Costilla

 

Cabe destacar el dinamismo y la dualidad de materiales que utiliza Malamud, ya que poseía una gran maestría técnica para trabajar materiales pesados y rígidos como el bronce, el mármol, la piedra y la madera. Su gran logro estético fue dotar de movimiento y ligereza a la materia inerte. Lograba que la piedra chiluca o el bronce fundido sugirieran la suavidad de la piel, la torsión de un torso o la calidez de un abrazo.

Como retratista, fue un referente en México. Su metodología no buscaba la réplica fotográfica del rostro, sino capturar el espíritu y la mente del personaje. En sus célebres bustos (como los de Einstein o Dostoievski), jugaba con texturas inacabadas y rugosas en el bronce para reflejar el temperamento, la genialidad o el drama interno de los pensadores.

Dos propuestas para El beso

 

Tosia entendió que la escultura monumental debía integrarse orgánicamente con la arquitectura y el espectador. Sus piezas públicas (en hospitales del IMSS o en el Paseo de la Reforma) abandonan el pedestal militar o heroico tradicional; están diseñadas a una escala humana para que la gente interactúe, camine a su alrededor y cohabite el espacio de manera natural.

Tras el fallecimiento de la escultora, se organizaron importantes muestras y homenajes póstumos para conmemorar su legado.

En 2009, se llevó a cabo la Exposición-Homenaje «Tosia. A través de la vida. In Memoriam» (2009): Organizada por el Salón de la Plástica Mexicana. Durante la inauguración de esta muestra retrospectiva se presentó formalmente su libro biográfico definitivo: Tosia Malamud: La materia tras la forma, editado por el entonces CONACULTA y coescrito por los investigadores y críticos de arte Sergio Nudelstejer y la Dra. María Teresa Favela Fierro.

El libro analiza a profundidad cómo Tosia asimiló la transición entre la Escuela Mexicana de Escultura (de corte nacionalista y figurativo) y las corrientes vanguardistas o abstractas internacionales.

Homenaje a Matisse

Liberación

Fachada de la aerolínea brasileña Varig ubicada en el Hotel Fiesta Americana de Reforma

 

Contiene además la crónica de su vida y migración, detallando su travesía familiar desde Ucrania, su inserción en la comunidad intelectual judía de México, y las dificultades de género que enfrentó para estudiar en la Academia de San Carlos.

Se acompaña de un catálogo fotográfico de obra, con reproducciones de alta calidad de sus piezas más importantes, incluyendo sus famosos bustos y retratos escultóricos (como los de Einstein y Dostoievski), así como sus obras de gran formato en espacios públicos. Un inventario de colecciones con registro exhaustivo que rastrea el destino de sus piezas, las cuales forman parte de colecciones permanentes del Museo de Arte Moderno de México, el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Museo Betzalel en Jerusalén y la Universidad de Tel Aviv.  Y añade testimonios y semblanzas, reuniendo cartas, textos críticos de la época y memorias personales compartidas por colegas, amigos del medio artístico (como el escultor Pedro Cervantes) y sus propios familiares.

En 2016 tuvo lugar la exposición Retrospectiva «Tosia. Ayer y hoy», montada en la galería de las oficinas centrales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en la Ciudad de México, institución con la que colaboró estrechamente creando esculturas para sus hospitales.

José Mª Morelos y Pavón

Fanny Wisniak

Madre e hijo

Maternidad

 

Madame

 

Más recientemente, en 2023, al cumplirse los 100 años de su nacimiento, diversas instituciones culturales federales y el propio Salón de la Plástica Mexicana, dedicaron jornadas de memoria digital y conferencias para recordar su papel como la primera mujer escultora egresada de la Academia de San Carlos.

En la actualidad, su presencia ha centrado un diálogo artístico en el Museo del Prado, que ha llevado a cabo el proyecto audiovisual y pedagógico sobre «Coincidencias y disidencias: Corporalidades» en el Museo del Prado, donde se analiza de forma comparativa cómo el pintor barroco francés Nicolás Poussin plasmaba el desnudo femenino en el lienzo frente a cómo la mexicana Tosia Malamud lo esculpía en el siglo XX, uniendo las colecciones y la historia de ambos lados del Atlántico.

Monumento a Einstein

Pareja

Madre e hijo

 

La AEPE: más de un siglo haciendo historia del arte

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

Hay instituciones que forman parte de la historia porque conservan el pasado. Y hay otras que forman parte de ella porque, generación tras generación, han conseguido mantenerlo vivo.

La Asociación Española de Pintores y Escultores pertenece a estas últimas.

Cuando el 15 de abril de 1910 un grupo de artistas decidió fundarla en Madrid, probablemente no podía imaginar que aquella iniciativa iba a sobrevivir a generaciones, cambios políticos, crisis económicas y profundas transformaciones en la manera de entender y vivir el arte. Tampoco podía saber que, más de un siglo después, su existencia constituiría uno de los testimonios más valiosos de la capacidad de los artistas españoles para organizarse, defender su profesión y crear comunidad.

La AEPE nació de una idea sencilla, pero profundamente moderna para su tiempo: los artistas podían y debían organizarse para defender el arte y defenderse a sí mismos.

Entre sus fundadores estuvieron Eduardo Chicharro, Miguel Blay, Cecilio Pla, Joaquín Sorolla, Mariano Benlliure… nombres que forman parte de la historia de la pintura y la escultura españolas. Pero la verdadera dimensión de aquella iniciativa no se encuentra únicamente en los nombres de quienes la pusieron en marcha, sino en todo lo que vino después.

Una historia que también se escribió fuera de los museos

Cuando hablamos de la historia del arte español pensamos inmediatamente en museos, academias, exposiciones y grandes maestros. Es lógico. Pero esa historia tiene otra dimensión menos visible.

Existe una historia hecha de asociaciones, talleres, exposiciones, concursos, publicaciones, reuniones y encuentros entre artistas. Una historia cotidiana que permitió que la creación artística continuara incluso en momentos en los que vivir del arte resultaba difícil y obtener reconocimiento todavía más.

Ese es el territorio del asociacionismo artístico.

Durante los siglos XIX y XX fueron apareciendo en España distintas instituciones culturales y artísticas con objetivos y modelos diferentes. La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fundada en 1752, representa el modelo académico e institucional; el Ateneo de Madrid, desde 1835, se convirtió en un importante espacio de pensamiento y cultura; y el Círculo de Bellas Artes, fundado en 1880, desarrolló una amplia actividad cultural y multidisciplinar.

Todas ellas tienen un lugar indiscutible en nuestra historia.

Pero la AEPE nació desde otro lugar: desde los propios artistas y para los propios artistas. No era una academia. No era un museo. No era simplemente un centro cultural. Era una asociación.

Y precisamente ahí reside buena parte de su singularidad. Una asociación hecha por artistas

Desde sus comienzos, la AEPE tuvo una vocación abierta e integradora. En ella podían encontrarse artistas de distintas generaciones, estilos y trayectorias.

Su finalidad era favorecer el ejercicio profesional de la pintura y la escultura, promover la creación y proporcionar a los artistas un espacio común desde el que participar activamente en la vida cultural.

Esta concepción convirtió a la Asociación en algo más que una organización de apoyo a sus miembros. La convirtió en un punto de encuentro entre generaciones de artistas.

Por sus filas han pasado maestros reconocidos, artistas que comenzaban su trayectoria y creadores que encontraron en sus actividades una oportunidad para mostrar su obra y relacionarse con otros compañeros.

De esta manera, la AEPE ha ido construyendo, con el paso de los años, una memoria artística propia que es también parte de la memoria del arte español.

El Salón de Otoño: cuando la asociación se convierte en historia

Si existe un acontecimiento que simboliza especialmente esa vocación es el Salón de Otoño, creado por la AEPE en 1920.

Desde entonces, el certamen se convirtió en uno de los principales instrumentos de la Asociación para favorecer la exposición y difusión de la creación artística.

Su importancia no reside únicamente en su longevidad. Un salón que atraviesa generaciones termina convirtiéndose en mucho más que un concurso o una exposición: se convierte en un archivo vivo de la evolución del arte y de sus protagonistas.

En sus sucesivas ediciones han podido encontrarse distintas tendencias, lenguajes, generaciones y formas de entender la creación.

El Salón de Otoño es, por ello, una parte inseparable de la historia de la AEPE, pero también una ventana privilegiada para acercarse a la historia de la pintura y la escultura españolas.

A esta trayectoria se suman otras iniciativas como el Premio Reina Sofía de Pintura y Escultura y la publicación de la Gaceta de Bellas Artes, que ha contribuido durante décadas a dejar constancia de la actividad y las inquietudes del mundo artístico.

Una asociación que nunca fue solo Madrid

Hablar de la AEPE es hablar también de España.

Porque la historia del arte español no se ha escrito únicamente en Madrid. En numerosas provincias y localidades surgieron asociaciones y agrupaciones de artistas que hicieron posible mantener una actividad cultural continuada lejos de los grandes centros.

Estas asociaciones fueron esenciales para organizar exposiciones, descubrir nuevos talentos, crear públicos y mantener vivo el interés por las artes plásticas.

En muchos casos, artistas vinculados a la AEPE participaron en la creación o impulso de estas iniciativas, o encontraron en el modelo asociativo una referencia.

Así fue construyéndose una red que conectaba a artistas y asociaciones de distintos lugares.

La AEPE podía actuar como eje nacional, pero la riqueza del sistema estaba también en su capilaridad territorial.

La provincia no era una periferia del arte. Era —y sigue siendo— parte de su realidad.

Por eso, hablar del asociacionismo artístico español exige mirar tanto hacia las grandes instituciones como hacia esas asociaciones que, muchas veces lejos de los focos, mantuvieron durante años una actividad cultural constante.

Más de un siglo de independencia

Hay otro aspecto que hace especialmente significativa la trayectoria de la AEPE: su continuidad como asociación independiente.

Fue declarada de Utilidad Pública en 1912 y ha mantenido durante más de un siglo su actividad apoyándose en el compromiso de sus socios y en la voluntad de los artistas que han formado parte de ella.

Esta circunstancia tiene una importancia que va más allá de lo administrativo. Una asociación puede fundarse en un momento de entusiasmo. Lo verdaderamente difícil es mantenerla viva durante más de ciento dieciséis años.

Para conseguirlo hacen falta personas. Personas que organizan exposiciones. Que preparan un certamen. Que escriben. Que archivan documentos. Que atienden a los socios. Que participan. Que aportan ideas. Que sostienen una institución incluso cuando las circunstancias no son favorables.

La historia de la AEPE es, en buena medida, la historia de todas esas personas.

El valor de permanecer

En una época en la que todo parece cambiar con rapidez, la permanencia adquiere un significado especial.

Más de un siglo después de su fundación, la AEPE continúa representando una forma de entender la cultura basada en algo tan sencillo como la unión de quienes comparten una profesión y una pasión.

Su historia demuestra que el arte no depende únicamente de las grandes exposiciones, de los museos o del mercado. También necesita espacios de encuentro, lugares donde los artistas puedan reconocerse como comunidad y estructuras que defiendan la continuidad de su actividad.

Eso es lo que ha hecho el asociacionismo artístico. Y eso es lo que la AEPE representa de manera especialmente significativa.

Reivindicar su importancia no significa enfrentarla a otras instituciones ni restar valor a las academias, museos o centros culturales que forman parte de nuestra historia. Significa completar el relato.

Porque si queremos comprender realmente cómo se ha construido la cultura artística española, tenemos que mirar también hacia quienes trabajaron por el arte cuando todavía no era rentable, cuando no ocupaba titulares y cuando el reconocimiento podía tardar toda una vida en llegar.

Una memoria que sigue viva

Quizá ese sea el mayor legado de la AEPE.

No solamente haber llegado hasta aquí. Sino haber conseguido que, a lo largo de más de cien años, distintas generaciones de artistas hayan podido encontrarse en un mismo espacio.

Los nombres han cambiado. Los estilos han cambiado. Los tiempos han cambiado.

Pero permanece la necesidad de crear, de compartir, de mostrar la obra y de sentirse parte de algo que va más allá de cada trayectoria individual.

Por eso la AEPE no es únicamente una institución centenaria. Es una memoria viva.

Una memoria construida con miles de obras, exposiciones, certámenes, publicaciones, encuentros y, sobre todo, con las personas que decidieron dedicar una parte de su vida a mantenerla.

Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentre su mayor grandeza.

Porque una institución puede sobrevivir gracias a un edificio, a un presupuesto o a una estructura administrativa.

Pero una asociación de artistas solo puede sobrevivir si, generación tras generación, hay artistas que creen que merece la pena mantenerla viva.

Eso es lo que ha sucedido con la Asociación Española de Pintores y Escultores durante más de un siglo.

Y esa historia todavía no ha terminado.

Cada nuevo socio, cada exposición, cada obra que se presenta, cada página que se escribe y cada artista que encuentra aquí un lugar continúa añadiendo una línea a una historia que comenzó en 1910.

Una historia que no pertenece únicamente al pasado.

Porque mientras haya artistas dispuestos a reunirse, crear y defender el arte, la historia de la AEPE seguirá estando viva.

COLABORACIONES DE ULTRAMAR Francisco Gazitúa: la materia, el territorio y la poesía de la escultura chilena

Francisco Gazitúa: la materia, el territorio

y la poesía de la escultura chilena

 

Por Iván Palomo

Universidad de Talca, Chile. Socio de la AEPE

 

Hablar de Francisco Gazitúa es hablar de uno de los nombres fundamentales de la escultura chilena contemporánea. Su trayectoria, desarrollada durante varias décadas entre Chile y Europa, ha estado marcada por una relación profunda con los materiales, especialmente la piedra y el hierro, y por una manera de entender la escultura que vincula materia, territorio, oficio y memoria.

Nacido en Santiago de Chile en 1944, Gazitúa estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde se formó con destacados artistas, entre ellos la escultora Marta Colvin, Premio Nacional de Arte y una de las grandes figuras de la escultura chilena del siglo XX. Aquella formación dejó una huella importante: la valoración del oficio, el conocimiento directo de los materiales y una concepción de la escultura estrechamente relacionada con el espacio y el paisaje.

Francisco Gazitúa

Rueda

Posteriormente continuó su formación en Inglaterra, en la Saint Martin’s School of Art de Londres, uno de los centros que tuvieron especial relevancia en la renovación de la escultura británica durante la segunda mitad del siglo XX. Allí no sólo profundizó su formación artística, sino que también ejerció la docencia. La experiencia europea amplió su horizonte y lo puso en contacto con algunas de las discusiones centrales de la escultura contemporánea.

Sin embargo, una característica esencial de su trayectoria ha sido su permanente regreso a Chile y a su geografía. En la obra de Gazitúa, el territorio no funciona simplemente como escenario. Está presente en la elección de los materiales, en las formas, en las escalas y en la manera en que sus esculturas se relacionan con el espacio.

Piedra y hierro: materiales con memoria

Gazitúa ha trabajado principalmente con piedra y hierro, dos materiales de enorme fuerza física y simbólica. No intenta ocultar sus características naturales. Por el contrario, parece dialogar con ellas.

La piedra conserva su peso, su textura y su memoria geológica. El hierro, sometido al fuego, al golpe y a la transformación del oficio, adquiere líneas y tensiones que pueden recordar herramientas, embarcaciones, estructuras arquitectónicas o formas surgidas del paisaje.

En ambos casos existe una característica reconocible de su trabajo: el respeto por la materia.  Sus esculturas no buscan convertir el material en algo completamente distinto de aquello que es. La intervención del escultor convive con las propiedades de la piedra o del metal. De ese diálogo surge buena parte de la potencia de su obra.

Esta relación explica también la importancia que Gazitúa concede al taller y al trabajo manual. En una época en que buena parte de la producción artística puede alejarse de la ejecución material de la obra, él ha mantenido una relación directa con los procesos de cortar, forjar, ensamblar y construir.  La escultura es, para Gazitúa, pensamiento y creación, pero también oficio.

Una escultura vinculada al paisaje

Otro rasgo central de su obra es la escala monumental y su relación con los espacios públicos.  Varias de sus esculturas han sido concebidas para dialogar con ciudades, parques y paisajes abiertos. En ellas, el vacío adquiere tanta importancia como la materia. El espectador no sólo observa la obra: puede desplazarse alrededor de ella, descubrir perspectivas diferentes y comprender cómo la escultura modifica el espacio que ocupa.

Esta dimensión resulta particularmente significativa en un país como Chile, cuya geografía está marcada por grandes contrastes: la cordillera de los Andes, el océano Pacífico, los valles, los ríos y una extraordinaria extensión territorial.

Sin recurrir a una representación literal del paisaje, la obra de Gazitúa parece recoger algo de esa geografía. Hay en sus esculturas verticalidades, equilibrios, tensiones y aperturas que establecen relaciones con el entorno y que permiten reconocer una sensibilidad profundamente vinculada al territorio.

Esta relación entre escultura, materia y paisaje puede apreciarse de manera especialmente clara en el Parque de Esculturas de la Universidad de Talca, en la zona centro-sur de Chile. Allí se emplazan tres obras de Francisco Gazitúa: Sauce, realizada en hierro; Rueda, que reúne hierro y roca; y Flauta precolombina, tallada en piedra. Tres obras distintas que permiten reconocer, en un mismo espacio, algunos de los elementos esenciales de su lenguaje escultórico: la fuerza de la materia, el equilibrio y el diálogo permanente de la obra con el lugar que la acoge.

La vinculación de Gazitúa con esta Universidad se mantiene hasta hoy: forma parte de su Comité Consultivo de Arte, instancia destinada a contribuir al resguardo y proyección del patrimonio artístico universitario.

Esta concepción de la escultura en diálogo con el lugar aparece expresada por el propio Gazitúa en una frase que abre Palabra emplazada, libro editado por Guillermo García y publicado por la Editorial Universidad de Talca en 2026: “La escultura es una palabra emplazada, cuyo mensaje se comunica en contrapunto con el lugar específico que habita”.

Su trabajo ha alcanzado también una importante presencia internacional. Obras suyas forman parte de colecciones y espacios públicos dentro y fuera de Chile, confirmando una trayectoria capaz de mantener una identidad propia y, al mismo tiempo, dialogar con el lenguaje universal de la escultura contemporánea.

Mirador del Plomo

 

Maestro y formador

La contribución de Francisco Gazitúa a la cultura chilena no se limita a su producción artística. A lo largo de su vida ha desarrollado también una importante labor docente y formativa.   Su manera de transmitir la escultura está estrechamente relacionada con su propia práctica: aprender observando, trabajando y conociendo los materiales. Esta dimensión de maestro ha permitido que su influencia alcance a nuevas generaciones de artistas.

En reconocimiento a su extensa trayectoria y a su aporte al desarrollo de las artes visuales, en 2021 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas de Chile, la principal distinción que el Estado chileno concede en este ámbito.

El reconocimiento coronó una trayectoria de décadas, pero no significó un punto final. Gazitúa ha continuado trabajando desde el taller, manteniendo esa particular combinación de reflexión, materia y oficio que caracteriza su producción.

Circunnavegación

 

Desde el sur del mundo

Acercar la obra de Francisco Gazitúa al público español permite también aproximarse a una parte de la historia reciente de la escultura chilena.

Chile posee una destacada tradición escultórica, representada por artistas como Lily Garafulic, Marta Colvin y Samuel Román, todos ellos Premios Nacionales de Arte y protagonistas de distintas etapas de la modernización de la escultura en el país. Gazitúa pertenece a una generación posterior y prolonga, desde un lenguaje propio, aquella tradición.  Su obra demuestra que lo local y lo universal no son dimensiones contrapuestas. Desde la piedra, el hierro, el taller y el paisaje chileno, Francisco Gazitúa ha construido un lenguaje capaz de atravesar fronteras.

Quizás allí radique una de las claves de su escultura: hacer que materiales aparentemente silenciosos —una piedra, una barra de hierro— adquieran presencia, tensión y poesía.  Y conseguir que, al contemplarlos, volvamos también a mirar el territorio que los rodea.

Flauta andina

 

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