La crítica se ha degradado hasta ausentarse
Y sin crítica, no hay primavera. La crítica araña, descubre, incita, cuestiona, afirma o rechaza, zarandea, debate, orienta, ordena. El orden facilita la vida, ahorma el proceso del objetivo. Unas relaciones sociales sin crítica se asientan en el desorden, en la arbitrariedad, en la autocracia, en las sevicias de los más poderosos, en la ciénaga.
¡Y no digamos en las manifestaciones materiales o espirituales, que dimanan del hombre! Sin crítica sólo hay voluntarismo, imposición, prepotencia, confusión, egestad, mixtificación, corrupción, desorientación. En 1991, J.M. Oviedo publica Breve historia del ensayo hispanoamericano, todo un aviso a navegantes.
De sólito, el crítico se hace, poco a poco, en el desarrollo de su labor. Salvo excepciones tan dignas como la de José Miguel Oviedo, nadie se inicia con la idea clara de ejercer la actividad de crítico literario, de arte, musical, de cine, teatro….Hay quien comienza a pintar y acaba escribiendo de arte, quien estudia música y no se atreve a componer y se dedica a comentarla. Hay un evidente menosprecio del crítico y se le identifica con aquella persona que no se ha atrevido con la creación ex nihilo y se ha quedado en los aledaños. No siempre es así, por fortuna.
A lo largo de la historia ha habido críticos que han explicado con elegancia y claridad, rigor y vigor, el propósito del autor para enriquecer la vida intelectual. Y en distintas épocas. No es que cualquiera tiempo pasado fuere mejor, no. Sucede que han existido autores que han construido su mundo expresivo a través de la crítica. Por citar a alguno, lo haré con los más incontestables, con los que se han ganado el respeto del prestigio, tales Edmund Wilson, Eduardo Lourenço, George Steiner, Harold Bloom-este muy endeble fuera de la lengua anglosajona y el yiddish-, Julio Ortega, Robert Hughes…
Ahora, en España estamos en los huesos, a la intemperie, en precario. El crítico, cumple diversos servicios, pero no puede dejar de ser puente entre el creador y el espectador. Tiene que ser riguroso, exigente, brillante en sus lecturas; subjetivo, riguroso, didáctico, analizando la técnica, sajelando la sensibilidad y situando la obra y el autor en el espacio y el tiempo. El crítico debe leer a los críticos, está obligado a conocer su medio.
La Filosofía busca la verdad a través del rigor conceptual y la razón lógica. La poesía es revelación, indaga las querencias de la naturaleza humana por medio de la belleza, la emoción y el ritmo del lenguaje. El ensayo ordena. La historia relata lo que no se puede improvisar. El teatro propicia la libertad de expresión y de pensamiento. La crítica analiza, estructura, se expone con la osadía del vidente.
José Miguel Oviedo es un ejemplo a ponderar y seguir, un modelo. Oviedo es con toda probabilidad el mejor crítico literario de Hispanoamérica y más allá, no sólo en su tiempo, porque su obra le mantiene en pinganitos. Nació en Lima, 1934, fue compañero de colegio y de pupitre de Mario Vargas Llosa. Se doctoró en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde fue catedrático de Literatura y desde allí marchó a la Universidad del Pensilvania donde fue jefe de departamento de Lenguas Romance.
Comenzó escribiendo crítica literaria en los periódicos, siendo un revulsivo para su generación y otras posteriores. Posee una dilatada bibliografía, pero no tantos libros de crítica, cuyos textos están diseminados por diarios y revistas. Los últimos años de su vida estuvo enfermo, ausente y murió en Filadelfia en 2019.
El 24 de febrero de 2020 se le tributó un homenaje en el Instituto Cervantes de Madrid, propiciado por la Cátedra Vargas Llosa y en el que tomaron parte: Luis García Montero, Juancho Armas, la profesora Eva Valero, el crítico peruano Efrain Kristal y Mario Vargas Llosa. También dijo unas palabras Alonso Ruiz Rosas y agradeció el acto la hija de J. M. Oviedo.
El director del Cervantes presentó y participó, intentando gallear donde no podía, preso de sus carencias. Juancho, sobreactuando, relató algunas anécdotas y vivencias en tono bronco. La profesora, en su línea académica, tradicional y obsoleta. El Sr, Kristal quiso dejar claro lo que le debía y las veces que frecuentó a Oviedo. En su turno, Vargas Llosa, tras referir su amistad desde la infancia, dijo: “He visto que nadie ha hablado de la obra más importante de José Miguel Oviedo, la Historia de la Literatura Hispanoamericana, en cuatro volúmenes”, puede contrastarse la información en youtube.
Me dio un vuelvo el corazón y me pregunté, ¡cómo todos estos no se meten debajo de la silla! El caso es que ipso facto percibes quién le ha leído y quien le ha hojeado. Si vas a homenajear a un crítico y no comentas lo más importante de su obra, ¿qué estás haciendo, sino deturpar su imagen? Mario Vargas Llosa, sin que el auditorio le diera mayor importancia, dictó una lección magistral sobre la crítica y el crítico J.M. Oviedo.
Hay que tener unos conocimientos y un juicio en estado de proceridad para redactar esos cuatro volúmenes, Alanza Editorial, 1995, que se pueden leer de corrido, escritos con sencillez y pulcritud. José Miguel Oviedo tenía un don que la permitía ser elegante sin parecer rebuscado, directo y asequible sin caer en lo trivial. No vasta con leer mucho, importa más saber leer y retener lo preciso y fundamental de lo que se lee y, sobre todo, saber relacionar esos conocimientos con solercia, facilitando la dicha de un criterio límpido, por su arriesgado rigor, expresado en un estilo noble.
La cualidad de crítico, y su calidad, solo depende de la dimensión de su obra. Los medios promocionan a sus críticos- por lo común reseñistas-; las asociaciones a sus miembros, pero el único título válido lo otorga la entidad de su obra. No es lo mismo el escritor, poeta, gacetillero, que hace un comentario crítico, que quien se dedica a la crítica. ¿Por qué es fundamental la obra de Oviedo? Por su conocimiento contrastado, por su criterio, por la estructura de sus análisis, por la belleza cercana de su manera, por convertir lo complejo en sencillo, por tantas acciones…
En enero de este año, Taurus publicaba: AMÉRICA EN SUS POETAS. Una cartografía lírica del continente de Edgardo Dobry. ¡Bueno, todo lo opuesto a Oviedo! Dobry, poeta, crítico y profesor, proyecta un libro en exceso pretencioso, arbitrario, que se convierte en canto al neobarroco, a sus amigos y compatriotas, sin respetar las calidades y más atento a lo que se lleva.
La edición es fea. ¿Dónde está el Taurus de poco ha? En la introducción, el autor dice: “Este libro no pretende construir un canon, ni discutir o suscribir alguno de las ya constituidos”. Sin embargo, en la contratapa del libro, leemos: “…el aclamado profesor y poeta Edgardo Dobre forja en el fascinante recorrido de este ensayo un canon renovado de la poesía americana; un árbol genealógico de los últimos doscientos años que hunde sus raíces en insólitas correspondencias a través de todo el continente”. Una pretensión que no se cumple. La ambición pone el carro delante de los bueyes.
Hay capítulos que cumplen su objetivo: los estudios de Poe, Whitman, Girondo, Vallejo, Rosario Castellanos…y otros desbordados y reiterativos como los de Ashbery, Kózer, Tamara Kamenszain- resulta extravagante su insistencia en esta experimentalista y su jaleo al lenguaje inclusivo-, Néstor Perlongher, Samoilovich, Sergio Raimondi, Aurelio Major. ¡Diez capítulos al neobarroco, cero a Brasil, cita a Paz, pero no lo estudia; lo mismo con Neruda! ¡Ni mención de J.M. Oviedo!
Un ensayo crítico ha de ser riguroso, veraz, fundado, dibujando la excelencia creativa y desechando la mediocridad; subjetivo, pero de un subjetivismo capaz de transmitir objetividad. Aristóteles, Ética a Nicómaco, explica lo que es la epiqueya, la contención y la valoración. Un crítico no es un juez, sino un aguaitador del misterio creativo y debe desvelar lo que potencia una obra o lo que la desnuda y la deja a merced de sus vergüenzas. Y eso no lo hace Dobry a caballo de sus ínfulas.
En Los valores literarios, Azorín considera el crítico como un artista que dialoga con los textos. El crítico debe observar la realidad, no negar la realidad, y deducir. Se trata de sintetizar las sensaciones de nuestra percepción de lo concreto, depurando la vorágine de nuestra sensibilidad. Hay críticos que en lugar de aprehender lo que escrutan, hablan de ellos mismos. Sin autocrítica jamás se llega a donde uno quiere estar. Es imprescindible la autocrítica, no he visto a nadie que sea tan autocrítico como J.M. Oviedo en Una locura razonable; memorias de un crítico literario, 2014, volumen de crítico, que no de crítica.
La voz del crítico se teje, no se improvisa, no es azarosa. Hay que mirar mucho, leer, y saber dónde ponemos los ojos. Hay obras que ningún crítico debería obviar, desconocer: The Wound and the Bow/ La herida y el arco de Edmund Wilson; Después de Babel, 1975, de George Steiner; O Labirinto da Saudade d Eduardo Lourenço, El impacto de lo nuevo, 1980, de Robert Hughes; o las críticas de José Miguel Oviedo, que Vargas Llosa recomendaba recoger en varios tomos.
No se trata de aconsejar nada, sino de hacer ver la dimensión de la crítica, la fuerza y el resplandor de textos que enriquecen nuestra vida intelectual, mostrándonos perfiles, luces, perspectivas, que sin esos textos no hubiéramos conocido ni imaginado. En determinadas circunstancias la crítica puede molestar, pero si no estamos preparados para la autocrítica y reconocer nuestras limitaciones, todo será en vano, pura frivolidad.
Tomás Paredes
Presidente H. de AICA/Spain






























































