El arte que no existe

Agonía de la escultura monumental

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

 

En Madrid hay un rumor antiguo que corre bajo las losas de sus avenidas y trepa por los troncos de sus árboles centenarios. Es un murmullo hecho de bronce, de mármol y de piedra. Un murmullo que dice: “Estoy aquí, aunque ya nadie me mire.”

Porque en esta ciudad que presume de arte en cada esquina, cada paseo y cada parque, muchas esculturas viven una vida a medias. Están presentes, sí. Permanecen. Resisten. Pero han dejado de ser vistas, ocultas bajo ramas que crecieron demasiado o arbustos que nadie se atrevió a recortar. Y lo más doloroso: han dejado también de ser leídas, porque casi ninguna lleva el nombre de quien la soñó, la moldeó o la erigió.

Muchas tardes camino por Madrid como quien recorre un álbum de recuerdos difusos y desdibujados. Conozco sus parques, sus avenidas, sus plazas. Sé dónde están algunas esculturas, o al menos creo saberlo. Recuerdo sus formas, sus sombras sobre el suelo, el modo en que se recortaban contra el cielo cuando la ciudad parecía más limpia y más joven.

Pero últimamente, en lugar de figuras de piedra, solo encuentro hojas. En lugar de bronce, solo ramas. En lugar de memoria, solo vegetación que avanza sin mirar atrás. Y es que tengo la sensación de que algo falta, como si hubiera huecos invisibles en el paisaje. Entonces me doy cuenta: no es que falte nada… es que no lo veo.

Entro al Retiro por la zona del Monumento a Dante. Recuerdo perfectamente la primera vez que me detuve frente a su mural escultórico: sentí que alguien había cincelado una puerta simbólica hacia otro tiempo. Antes, ese mural escultórico era un umbral: la ciudad quedaba atrás, y el parque se abría como un capítulo nuevo. Hoy, en cambio, su vista frontal y espacial, desaparece tras el follaje crecido. Unos arbustos enormes se han tragado casi toda la obra de Angelo Biancini. Hay que subir unas escaleras para descubrirlo, porque Dante parece esconderse, como si ya no tuviera ganas de saludar a nadie. Dante ya no es una presencia: es una sospecha. Una intuición escondida tras el verde.

Sigo caminando hacia el estanque. El Monumento a Alfonso XII se alza majestuoso, aparece imponente desde la distancia, con su hemiciclo que abraza el agua. Pero su grandeza tiene un eco incompleto.

Basta acercarse un poco a los laterales para descubrir que las esculturas de los extremos, las que explican, aportan equilibrio y cierran el conjunto, ya no se ven, están casi devoradas por los árboles: ramas bajas, copas densas, sombras que caen sobre rostros que ya no distinguen ni los más perseverantes. Antes eran esplendorosas; ahora son siluetas. Antes hablaban; ahora apenas respiran entre las hojas. Los árboles que antes daban sombra ahora dan olvido. Ramas bajas, copas densas… figuras que alguna vez contaron historias hoy son apenas manchas entre el verde.

Me detengo en el relato un momento. No es solo que las esculturas estén ocultas, es que me duele descubrir que además pierden cuerpo. Y también pierden nombre. En realidad descubro que sus autores ya no existen a los ojos del paseante.

Camino intentando encontrar una placa, un nombre, un rastro, una cartela, una palabra que diga quién esculpió cada figura. Nada. Como si las esculturas hubieran brotado solas de la tierra, sin manos, sin historia, sin autoría. Como si Madrid hubiera decidido que el arte puede existir sin el artista, como si bastara la presencia muda de la forma sin el peso de la memoria que la sostiene.

 

 

Las esculturas al aire libre de todo Madrid siguen en pie, quietas bajo el puente, entre tráfico y pasos. Algunas han recuperado brillo. Otras siguen luchando contra un entorno que cambia sin ellas. Pero todas comparten ese silencio sin excusa: nadie explica quién las creó; nadie parece recordar que antes de ser metal fueron idea, gesto, impulso humano.

Como tantas y tantas ciudades, Madrid parece haber decidido que sus escultores no importan. Que basta con la presencia muda de la piedra, aunque nadie sepa quién la soñó primero.

Las esculturas monumentales son obras extraordinarias que respiran a la intemperie, pero sin un relato que las sostenga, sin una señal que diga quién las creó, en qué contexto, por qué están ahí.

Y mientras camino, pienso que quizá el mayor enemigo del arte público no es el vandalismo, ni el tiempo, ni la intemperie. Quizá el mayor enemigo es la indiferencia inadvertida, esa que no rompe nada… pero que lo difumina todo.

A veces me pregunto si no somos nosotros, los ciudadanos, quienes hemos olvidado mirar; o si es la propia ciudad la que ha dejado de hacerse visible a través de su arte.

Y entonces lo entiendo con absoluta claridad: no bastará con podar un arbusto o recortar una copa. Se trata de una actitud. De una manera de entender que las esculturas no son mobiliario urbano, sino presencias vivas que piden ser vistas y contadas. Las esculturas viven en una especie de penumbra vegetal y simbólica. El paisaje ha crecido, pero no ha crecido con ellas. Y los nombres de sus autores, ausentes en tantas cartelas inexistentes, se han ido diluyendo como tinta bajo la lluvia.

Madrid es una ciudad que necesita aprender a mirar porque el problema no es solo vegetal, ni urbano, ni burocrático. Es un problema de mirada.

Las ciudades que aman su patrimonio lo acompañan. Lo cuidan. Le podan la copa al árbol que lo oculta. Le ponen un nombre, una historia, una voz. Y Madrid parece haberse acostumbrado a la ceguera amable del transeúnte.

 

Todas las ciudades, Madrid, necesitan más esculturas. Pero sobre todo necesitan que las que ya tienen vuelvan a ser visibles y comprensibles. Eso requiere planificación paisajística que acompañe la vida de la obra. Requiere podas y plantaciones que consideren la visibilidad artística. Requiere señalización pública clara y permanente con autoría, fechas y contexto, un contexto que vigile la coordinación real entre jardinería, urbanismo y cultura.

Las esculturas que adornan calles, plazas y jardines deben integrarse dentro de un marco paisajístico y urbano coherente, con criterios de contexto y comunicación. Sin embargo, la práctica real demuestra que los servicios de jardinería deciden podas y plantaciones sin consultar a patrimonio; que los órganos encargados de la instalación de las esculturas no llegan a prever el crecimiento vegetal futuro; que no existe un protocolo de señalización de autorías constante y actualizado; y finalmente, que la planificación urbanística no revisa cómo los cambios en recorridos o sombras afectan a las obras. Y aunque la teoría profesional de la escultura monumental subraya que instalar una obra incluye análisis del entorno, visibilidad y condiciones que garanticen su lectura pública, en infinidad de ciudades, en Madrid, esa metodología no se aplica con continuidad.

La invisibilidad intelectual de las esculturas genera además otros planteamientos negativos: los ciudadanos no pueden conocer a los creadores del patrimonio que usan y atraviesan, con el que se cruzan a diario, rompiéndose así el vínculo cultural entre obra, artista y ciudad. De esta manera, se empobrece y dificulta el aprendizaje urbano y la apropiación patrimonial, condenando a muchos escultores —algunos de enorme relevancia— a un anonimato injusto.

Mientras ciudades europeas como París, Berlín o Viena integran señalética clara y actualizada junto a sus obras públicas, Madrid mantiene un paisaje escultórico donde el arte existe, pero los artistas desaparecen.

El arte público solo existe plenamente cuando puede ser visto, comprendido y recordado; cuando la ciudad lo protege, lo ilumina, lo nombra. Una ciudad no es solo aquello que construye, sino aquello que mira.

Y cuando deja de mirar, deja de agradecer. Y cuando deja de agradecer, deja de recordar.

Mientras eso no ocurra, seguiremos caminando entre esculturas que nos miran desde la sombra, esperando pacientemente que alguna vez levantemos la vista… y volvamos a verlas.

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