Blanca Varela:
«Una silenciosa algarabía del corazón»
Lo que pasa nos sitúa en un espacio. Ahí estamos, más allá de fantasías. Ese espacio es hoy de banalidad, degradación, deleznable. Ha desparecido, o no se manifiesta, el pensamiento. A cualquiera cosa se llama poesía, pintura, reflexión, pensamiento. El nivel es tan bajo que, desde el suelo, no hay perspectiva. Pensar es el proceso mental que realizamos para descubrir la claridad. No la verdad, pues la publicidad la ha roto hasta dejarla irreconocible. Para Heidegger pensar es un aprendizaje, buscamos lo que no sabíamos: aprendemos a ver, diferenciamos el resplandor de la entidad de la luz. ¡Blanca Varela, “porque alguien tiene que pensar la vida”!
Vivimos un mundo y unas relaciones socio-culturales artificiales. Si el hombre deja de pensar, ¡y está pasando!, se acaba todo. Todo lo relacionado con nuestra dignidad, nuestra libertad, nuestro compromiso vital. Sin pensamiento activo no hay libertad y sin libertad sólo hay esclavitud. Respecto a ideologías vivimos una insufrible polarización, pero, en torno a la vida emocional, estamos en época de absoluta renuncia. El hombre ha dimitido, para ser manejado, tal un pelele, por oligarquías desnaturalizadas, por bandas de truhanes zafios y rufianes.
La política que hacen los políticos actuales es un reflejo de nuestra sociedad, no un calco exacto. Hay circunstancias y sucesos que no son equivalentes. La política está henchida de mafias irredentas, que, bajo aspectos distintos, coinciden en su objetivo: vivir de los que trabajan, amordazar a los que piensan y dirigir voluntades a través del poder y su propaganda. La sociedad es plural y posee mecanismos, que pueden adormecerse, pero que despiertan de tiempo en vez. ¡Y en despertar estamos!
Retrato de Blanca Varela por F. de Szyszlo, c.1947
Conocí a Blanca Varela en 1997, en la “Resi”. Tenía una hermana que vivía en Madrid y sus estancias en la capital no fueron escasas. El 4 de octubre de 2002, apareció, en El Punto de las Artes, una entrevista que le hice en la que identificaba la poesía como “una silenciosa algarabía del corazón, un ejercicio de libertad”. Más existencialista que surrealista; estaba, está su obra determinada por el dolor y la ternura.
Una señora elegante, con porte, sin adustez; entre jazmín y aliaga; sedosa, pero, dura. Una claridad seclusa y rescatada por la actitud, hablaba como si hiciere una confidencia. Ángel inca de la luz y torrente de intimidad con alas. Tímida y rilkeana, nefelibata atenta a lo concreto. Había sufrió golpes fuertes en su vida y supo procesar el dolor en un hortus conclusus en el que cultivaba flores de sangre, que teñían su existencia. Nada le podía sorprender ya, salvo los efectos del día a día. Arrastraba una tristeza que sólo borraba la alegría de una sonrisa, el sabor de la dignidad a través de la palabra.
Limeña de cuna, estudió en San Marcos y, aunque escribió desde niña, allí fue donde se inició en la poesía, a la sombra de Sebastián Salazar Bondy, formando parte de la generación de los 50 de Perú: Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Carlos Germán Belli, Washington Delgado, Alejandro Romualdo…Participó en la tertulia de la Peña Pancho Fierro, comandada por Alicia y Celia Bustamnate, asistiendo José Mª Arguedas, que influyó de forma notable en la obra vareliana; César Moro, Westphalen, Sérvulo Gutiérraz, Leonor Vinatea o Fernando de Szyszlo, con quien matrimonia en 1949.
Foto icónica de Baldomero Pestana de la poeta en Lima
Vino a la vida en un hogar en el que se escribía, se cantaba, se soñaba. Su madre, Esmeralda Gonzales Castro, escritora, cantautora, periodista, construyó valses criollos y melodías bajo el pseudónimo de Serafina Quinteras. Es mucho lo que le quedó de ella, porque andando el tiempo, 1997, confesaría en una entrevista a Víctor Rodríguez Núñez:”…mi inspiración mayor es poder escribir una poesía que se pueda cantar”.
Antes comienza a colaborar en Las Moradas, la revista de Westphalen y de Szyszlo. Y tras la boda, a París, donde por Jacques Lanzman conoce a Sartre y S. de Beauvoir, con quien intimará. Octavio Paz los introduce en el mundillo artístico de los Michaux, Giacametti, Léger, Tamayo, Breton, Carlos Martínez Rivas, José Bergamín: en la capital del Sena vive dos años sola, por las espantadas desleales de Szyszlo.
Fotografía realizada por Tomás Paredes en la Residencia de Estudiantes, en 2002
En el 57 se trasladan a Florencia, coincidiendo con Gerado Chávez, Tilsa Tsuchilya y otros compatriotas. Duran poco, se van a Washington, donde estarán hasta 1960, viven de traducciones y trabajos periodísticos. Deambulando por aquí y por allá, hasta el regreso definitivo (?) a Lima en 1962: “el tiempo es un árbol que no cesa de crecer”.
El matrimonio anduvo a trancas y barrancas, Szyszlo era muy enamorador. Se separaron en los ochenta, divorciándose en 1989. En sus memorias, La vida sin dueño, Alfaguara, 2017, Szyszlo no se siente orgulloso de su comportamiento con la poeta. Hay que añadir que, en 1996, su hijo Lorenzo fallece en un accidente aéreo, Vuelo 25 de Faucett Perú, en Arequipa. Acumulando dolores, cosechando heridas, se hizo resistente. Pero al final la vida cede y en 2006 tuvo un accidente vascular que la privó del habla. En silencio, sabiendo, murió en marzo de 2009 a los 82 años. Sus cenizas fueron sembradas en las aguas de la bahía de Paracas: “Amor, / paisaje que el tiempo corrige sin tregua”.
Su libro inicial, fue revisado, titulado y prologado por Octavio Paz, Ese puerto existe, 1959. En ese prólogo, asegura Octavio Paz: “Blanca Varela es una poeta que no se complace en sus hallazgos ni se embriaga en su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia”.
Fernando de Szyszlo es el pintor más internacional de Perú del s. XX, junto con Gerardo Chávez, siendo tan distintos. Era un personaje encantador, cuando expuso en Madrid, estuve con él y con Vargas Llosa, su amigo. Le hice una entrevista, en El Punto de las Artes, 18 de marzo de 2005. Quería hacerme un obsequio y yo le pedí el Libro de barro de Blanca Varela. Se emocionó y me dijo que me lo enviaría si lo encontraba. Cuando viajé a Lima a presentar el gran catálogo de la obra de Gerardo Chávez, ya tenía una cita para verme con él, pero el día anterior a mi llegada, se produjo la infausta noticia de su muerte, junto a la de su segunda esposa, Lila Yabar, 9 de octubre de 2017.
Retrato pop de Blanca Varela
De su obra, ocho libros, toda la poesía de Blanca Varela está en edición de Galaxia Gitenberg/Círculo de Lectores, Donde todo termina abre las alas, 2001, con prólogo de Adolfo Castañón y epílogo de Antonio Gamoneda ¡Qué manía de mezclar agua y aceite!
Dentro de su enigmático cosmos, el libro más esplendoroso es El libro de barro, Ediciones del Tapir, Madrid, 1993. También Canto Villano es muy representativo y Ejercicios materiales. Perfumada de surrealismo, introduce en la poesía del continente americano un sabor existencialista y una elegancia ungarettiana. Transita la intimidad, la desnudez, el desencuentro, para resistir una realidad hiriente, “y de pronto la vida”.
José Miguel Oviedo, el crítico más creativo, cree su poesía “pura y misteriosa”, ejerciendo “una insurrección cotidiana”. Para Abelardo Oquendo, “…esta poesía se alimenta de pérdidas, es una chispa que brota del choque de dos manos por coger una chispa”. Para mi amigo, el maestro Julio Ortega, es una poesía “que no rinde sus encuentros, que no accede al diálogo y que, indefectiblemente, aparece y huye”.
Es una de las poetas más finas, exquisitas y poderosas del siglo XX, en Hispanoamérica. Tiene más que ver con los poetas peruanos de los 40 que con los de su generación. Es una isla, un cúmulo impreciso de sensibilidad, arañado por la rudeza de los que no saben medir su fuerza. Hablaba en tono de susurro, como viniente del dolor, hecha a pasar de puntillas, a estar tras el visillo, pero con la lucidez de un volcán silente a punto de inaugurar su canto irreductible del fuego.
Fernando de Szyszlo ante una de sus obras
Su obra, va más allá de la lírica, hizo crítica de cine, con el pseudónimo de Cosme; de arte, columnas de pensamiento para diarios. Para Albert Camus, pensar es “querer crear un mundo”. Pero su potencia, enmascarada, rehuyendo plantar cara, ajena al narcisismo, está en la poesía. No existen poetas elitistas, sino menospreciados por la ignorancia, que es letal. Ha sido traducida al francés, inglés, portugués, alemán, ruso, italiano. No es fácil el acceso a su poética, pero, muchas puertas se abren solas cuando se decide entrar.
Es coautora de la antología Las Ínsulas Extrañas, con Sánchez Robayna, Eduardo Milán y José Ángel Valente, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2002. Una publicación que levantó gran polvareda crítica, siendo muy atacado Valente.
Tapa de la edición de Galaxia
Blanca Leonor Varela Gonzales, Blanca Varela, nació el 10 de agosto de 1926 en Lima. Siempre quiso ser peruana, siempre escribió en español. El próximo diez de agosto se cumple el centenario de su nacimiento. No es una obra en peligro, nunca lo va a estar, pero al aire de esta efeméride, veo oportuno recordar su entidad y alentar su presencia, que nunca ha estado a la altura de su dimensión. ¡Una poesía mollar, límpida, que no se deja mezclar, genuina de un ángel cobijado en las estancias más hondas del prodigio!
Fue agasajada a destiempo y de modo burdo. ¿No pudo nadie remediar la astracanada? Obtuvo el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2001. ¡Muy tarde! Pero es que, cuando ya no podía hablar y su comprensión estaba dañada le otorgaron el Premio I de Poesía Ciudad de Granada, 2006, con torpes declaraciones del portavoz del jurado, y al siguiente año, el XVI Premio Reina Sofia de Poesía Iberoamericana. ¡Qué falta de tacto de los organizadores de esos galardones!
Tomás Paredes
Presidente H. de AICA Spain






