Indalecio Sobrino expone en León

 Bajo el título de “Jazz en Navidad” el artista Indalecio Sobrino expone en la galería Sharon Art de León una serie de obras que bajo esta temática ha reunido especialmente. La muestra puede visitarse del 29 de noviembre al 22 de diciembre, en horario de 18’30 a 21’30 h (incluidos sábados y domingos), en la calle Cervantes, 10 (entrada por la calle Dámaso Merino) de León.

La caligrafía de la mancha

Abordar la obra de Indalecio es bucear por el interior de la mancha de color. Una mancha expansiva, aunque en permanente equilibrio. Una mancha que, tomada su posición, modela el espacio a su alrededor, creando, de paso un pequeño mundo en su entorno. Los colores se distribuyen de forma autónoma e inteligente, sin chocar entre ellos, complementándose. Cada uno conserva su individualidad, pero todos se necesitan para resplandecer en esa lucha constante por conquistar la luz. La estructura interna que forma esa arquitectura de color se muestra de modo abstracto, aunque construyendo la realidad, y todo a base de dividir y subdividir las diferentes tonalidades. Es como estar inmerso en la búsqueda de lo infinito. Plasmando lo mínimo, se trata de conseguir el máximo. Uno tiene la impresión de que sólo puede ser así: llegar a alcanzar la perfección, aunque no tengamos clara conciencia de cómo lo consigue. El impulso realizador se impone a lo vago y etéreo tomando forma. Parece no haber nada, pero está todo pleno. Lo real y lo abstracto se aúnan para pasar a formar esa superficie pictórica que estalla, adentrándose por los ojos, en multitudinarias imágenes que recalan en nuestro cerebro y componen, en fin, la escena que todos creíamos haber visto desde el principio, pero que no estaba tan clara a la vista, a no ser que hayamos recorrido el camino de la suma de las numerosísimas porciones de color, los tonos. Esta aparente contradicción se salva con la constante fantasía de un mago que juega con la luz a su antojo, sirviéndose tan sólo de manchas, grandes o pequeñas, pero siempre ajustadas a los ojos que desean ver. Estaríamos, si queremos entenderlo, ejercitándonos en el noble campo de la “caligrafía de la mancha”. La mancha aparece como telón de fondo, como paisaje, ya que el motivo del cuadro se recorta sobre ella, pero, al final, ¿quién actúa de protagonista?… Los cuadros de Indalecio muestran esbozos de la realidad, o la realidad en esbozo, pero no por ello deja de haber un preciso dibujo, así como un brillante colorido, que nos hablan de la acumulada experiencia técnica que posibilita alcanzar la llamativa expresividad de que hacen gala. Los fondos, de trazos y enérgicos brochazos, entran en disputa con las figuras, como si Indalecio quisiera probar nuevos horizontes, los de la abstracción. Lógico camino si sigue simplificando el tema, la referencia compositiva, y avanza en la línea de la pura expresividad, tal vez del libre movimiento del pincel y los diversos colores. Tentación que más de una vez habrá tenido, pero que quizá su tendencia hacia lo figurativo acaba desterrando, aunque se exprese al modo impresionista con su perfecta gama cromática. En alguna otra parte escribimos que “fiel a una formación clásica, en sus cuadros subyace una perfecta arquitectura dibujística, así como una medida composición, si bien, la técnica de ejecución, más impresionista, parece enmascarar todo este entramado” y, siendo así, los resultados son de una indudable calidad y limpieza, propios de un experimentado maestro. Este prolífico artista está empeñado en transmitirnos toda la hondura del alma de sus personajes en actividades como la música o la danza. Las figuras, de tamaño natural, prueban a hablarnos con la acción y el ritmo y, con su movimiento, nos transmiten, además, sentimiento. La expresión corporal es el lenguaje que van a utilizar para comunicarse con nosotros, ayudándose también de la especial atmósfera que recrean los colores. El pintor se reta y nos incluye en su reto: poder expresar la verdad que hay en sus personajes. Para ello, tiene que sentirlos y tiene que hacérnoslos sentir. No valen, por tanto, falsos argumentos ni recursos artificiosos, pues, aunque la pintura de un cuadro logre hacernos ver tres dimensiones donde tan sólo hay dos, si no hay sentimiento, no habrá vida y no es eso precisamente lo que aflora en las pinceladas de Indalecio.

Enrique Martínez Glera. Doctor en Historia del Arte

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