Margarita Gámez expone en el Centro Cultural Moncloa

La socia Martgarita Gámez inauguró el pasado día 1 de marzo la exposición que bajo el título de “Parodia del amor romántico”, exhibe en el Centro Cultural de Moncloa de Madrid, sus últimas creaciones.

La muestra, que puede visitarse hasta finales de mes, nos la presenta así Tomás Paredes, Presidente de la Asociación Española de Críticos de Arte:

“Una isla casi secreta, a contracorriente.

Todas las islas tienen algo de secretas, distantes, y navegan, viven, ensimismadas en su insularidad. ¿Si se mueve el mundo, cómo no se iban a mover las islas? A veces, en duermevela, al descansar el mar sobre su regazo, embelesadas, se dejan arrastrar, para soñar en medio de los océanos, pero cuando las aguas se despiertan, las conducen, de nuevo, hacia sus secretos arrecifes, donde, coralmente, encallan sobre la soledad y se serenan, esperando un próximo viaje. Una isla es una sorpresa, un microcosmos en el que la naturaleza se rebela, con ambición de prodigio aislado, escapando a la pomposa, ajetreada, marcha de los continentes.

Una isla casi secreta y una esperanza, eso es el mundo pictórico de Margarita Gámez, en el panorama actual de nuestro arte. Pero, ¿cómo proteger la desnudez de la esperanza? En su «Libro de las preguntas», se interrogaba Neruda: «¿Es verdad que las esperanzas deben regarse con rocío?».

Una isla infinita y concisa, cuyos bordes de arena se borran de azul o con el limo de otros colores. Un recinto amurallado de ternura, donde se oye el tiempo y se percibe su tránsito hacia la hondura, que nadie nos ha explicado si está en lo más profundo o más allá del horizonte.

Ajena a la concesión, crece su pintura mineral, austera, densa, sólida, con fragancia de ausencia y plata vieja, sembrada de un polvo de golondrinas, en la que germina la plenitud de la disidencia y una primavera de pólvora civilizada.

Vestigios de mitos, personajes de entonces y de mañana, caballeros enigmáticos, instrumentos con sonidos antiguos, cabezas de leva y de lava, símbolos y signos, iconos hijos de la epifanía de un lenguaje. No de construcción, ni artificiosa deformación, sino distorsión de las formas, ironizando sus perfiles, posibilitando el acceso a su esencia, a su identificación.

Un breve universo de herrumbre y de ceniza, de tierra y oro, de musgo y cal, donde todo coadyuva a la presencia, sin necesidad de las formas, que tantas veces aparecen, a su pesar.

No requiere de referente, para comunicar; cuando la libertad de la mano acentúa la pasión, se enciende la pintura y nos regala un sabor de eternidad, reconfortante y doliente a un tiempo, como en la sutil y honda imagen de Salvatore Quasimodo, cuando canta: «En el pantano caliente, hundida en el fango, / llena de insectos, me duele / una garza muerta».

Pintura existencial, de raíz orientalista, dominada por una simpatía hacia la naturaleza, más allá del convencional  modelo occidental. Cuando con sus manos manchadas de luna, toca sus cabezas de humo o lapislázuli, de cobre o de sal, está componiendo una suerte de suite, de absoluta particularidad, contagiada de esa inmanencia, que ni se puede, ni importa explicar.

De inicio, una ambientación acrílica en las telas, que va matizando con arenillas, carborundo u óleo, logrando una serie de texturas, en las que vibra una pintura, que sólo depende de la pintura, comprometida con una latencia cromática y  matérica evidentes ..

Su brillantez está en su austeridad en el sosiego del diálogo, en la claridad de grises, lecho y curso donde se depositan otras cromías, sin estridencias, sin chafarrinones azarosos, dentro de un canon de naturaleza propia, confirmando un estilo, desde una determinante forma de sentir.

Una expresión con ecos de Jean Dubuffet, de Antoni Clavé y de A. Fraile, ecos imprecisos que no definen, que no condicionan, que sólo proporcionan claves para aproximarse a la recóndita esencia de su presencia- identificación.

¿Por qué, contracorriente? Por la condición de mujer de la artista. En una sociedad hecha por y para los hombres, la mujer lo sigue teniendo duro, y en el arte, a pesar de ciertos espejismos del presente, mucho más, con gran parte de la Historia en su contra.

A contracorriente, por su actitud, como un destino que se va consagrando inevitable, por el proceso, por la condición de esencialidad que defiende, por su lejanía a los efectos mediáticos, por toda la personalidad singular que encierra e irradia su idiolecto.

A contracorriente, de la vulgaridad, de la facilidad, de la frivolidad, de la provisionalidad que nos invade y nos acosa, en calendas de renuncia, cuando se ha perdido la conciencia del nivel.

Pero, por todo eso, contra todo eso, como una superación del lastre, está la espléndida y sobria realidad de su pintura, cuya inmanencia hay que saludar como una de las dimensiones de más cota, entre los artistas de su generación. Invito a mirar esta obra, con la atención que requiere un poema de T S. Eliot, o una sinfonía de Mahler o un aforismo de Cioran, sin distraerse un instante, con el esfuerzo imprescindible de quien quiere descubrir, tocar su hondón y su epidermis, para inundarse de su misteriosa sequedad, de su ascetismo, de su reverberación crítica, de la grandeza de su silencio, de su martirizada plasticidad”.

Catálogo exposición Margarita Gámez

 

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