Obras, artistas, socios, pequeñas historias…
Por Mª Dolores Barreda Pérez
Fernando de Amárica Medina
AMARICA Y MEDINA, Fernando de P 1910(F014) 1.jun.1866 VITORIA VITORIA (Estación 38) 6.set.1956
Socio Fundador de la AEPE
Socio de Honor de la AEPE
Autorretrato
Fernando Amárica Medina, más conocido como Fernando de Amárica, nació el 1 de junio de 1866 en Vitoria, en la misma casa en la que fallecería, mandada construir por su abuelo, Marcos de Amárica y Gómez de Sáseta.
Hijo único del acaudalado matrimonio formado por Vidal Amárica y Otazu y Nicolasa Medina y Montero, se formó en su ciudad natal, cursando dibujo en la Escuela de Artes y Oficios a partir de 1885.
Retrato de mi madre
Cumpliendo los deseos de su tío Ramón, comenzó a estudiar derecho en la Universidad de Valladolid, licenciándose a los 21 años, pero con la firme convicción de que éste no era su camino.
De regreso a Vitoria, el estímulo de su amigo y maestro Ignacio Díaz de Olano, le impulsa a pintar de forma continua.
Autorretrato
En 1895 viaja a Italia, aprovechando la estancia en Roma de su amigo, conociendo Roma, Florencia, Venecia, Milán y Nápoles, donde incrementará sus conocimientos pictóricos.
En 1898 se traslada a Madrid, donde permanecerá por varios meses pintando en el estudio del que fuera Presidente de la AEPE, Joaquín Sorolla, y teniendo como compañeros y amigos a dos de los Fundadores de la centenaria entidad, Eduardo Chicharro y Manuel Benedito.
En 1899 participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes con sus lienzos La vega del Guëll en abril y Tarde en septiembre en las orillas del Zadorra en Trespuentes.
En 1900 realiza su primer viaje a París, ciudad en la que recibe una fuerte influencia del impresionismo, en especial de Monet y Sisley, asistiendo a clases de dibujo de desnudo en la Academia Delecluce, donde entablará amistad con el también socio Anglada Camarasa.
Viaja posteriormente a Holanda, donde estudia las obras de Rembrandt.
De regreso a su ciudad, convertido ya en un caballero de estampa arrogante, poblada barba y bigote enhiesto, era considerado como hombre culto y gran artista.
Participará asiduamente en exposiciones nacionales e internacionales.
Antes de la tormenta
Calle de Haro
Espigadoras
Envía al Salón de París (Société Nationale de Beaux Arts) en el año 1903 su cuadro Soir de Septembre aux bords de la Zadorra, que es admitido y elogiosamente comentado por la crítica, y ese mismo año ingresa en la Junta Directiva de la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria.
En 1905 vuelve a participar en el Salón de París con su obra Derrière l’eglise, triste coin ensoleillé, paisaje con figuras, que también es admitida y alabada. Esta circunstancia le anima a viajar a París, donde permanece una temporada en la que continuó estudiando y asimilando las nuevas influencias, que contribuirán a fijar su personalidad dentro de su visión realista.
Ese mismo año expuso en Marsella.
En 1908 vuelve a concurrir al Salón de la Société Nationale y presenta su obra Solitude Mélancolique. Ese mismo año decide participar en la Exposición Internacional de Marsella con tres cuadros de los que tenía en París para su venta. Así termina su experiencia parisina. Es la única etapa de su vida en la que intentó vender para, como él dice, “hacer firma”.
Estanque con surtidor
Granada
La Vega del Güell en abril. Museo del Prado
Junto a largos períodos de inactividad, hay otros en los que se libera, y pinta la Llanada Alavesa, sus chopos, el monte Gorbea nevado, gris, rosado, el monte Amboto, el Udala, la hora del atardecer de su amado río Zadorra. Pinta Bermeo y sus costas, el valle de Léniz, las peñas de Urquiola, La Rioja…
En 1910 pasó una temporada en Granada, impregnándose de la luz del sur.
Su gran tríptico de casi tres metros Las Puertas de Vizcaya figurará en la Exposición del Congreso de Guernica, celebrado en Bilbao en 1922.
En 1923 celebró una exposición individual en Madrid en el Palacio de Bibliotecas y Museos, logrando un gran éxito.
En ella figuraron cuarenta y cuatro obras, dos de las cuales ingresaron en el Museo de Arte Moderno: Tarde de septiembre a orillas del Zadorra y La Vega de Quel en abril.
En el año 1924 tiene lugar, en el paraninfo de la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria, la exposición homenaje que su ciudad le dedica y que viene a ser una continuación de la de Madrid.
Lanada de Vitoria en mayo, desde Durana
Luz en la cumbre
Paisaje
Participa, asimismo, en la Exposición de Arte Español 1828-1928, organizada por la Dirección General de Bellas Artes que se celebró en Bélgica y Holanda.
Entre los años 1928 y 1934 realizó varios viajes a París, realizando además una exposición en la Sala Delcraux de Bilbao y participando en la Exposición de Arte Español de Bélgica. Un año más tarde, lo haría también en la celebrada en Holanda.
En el año 1935 inaugura su exposición personal en Barcelona, en las Galerías Layetanas, con un total de treinta y un cuadros, que recibió críticas muy elogiosas.
Paisajes
Durante la guerra civil permaneció varios meses en Galicia. Regresó a Vitoria, cuando el frente de guerra se había alejado. Terminada la contienda, vuelve a pintar, recorre la provincia de Guipúzcoa, vuelve al Ebro, a Estella.
En 1945 ingresan en el Museo de Bellas Artes de Bilbao dos cuadros suyos, Misticismo vasco y Paisaje romántico.
En 1950 cede al Museo de San Telmo de San Sebastián varias de sus obras: El valle de Léniz, Amboto y Udala, Montañas de peñas y nubes, Tranquilidad de un ocaso otoñal, Lejanías del Iregua, Grises en el Ega y Salinas de Léniz. Entretanto, su pintura sigue evolucionando, las formas se disuelven con especial cuidado en los efectos atmosféricos, la sensación de aprehender el movimiento en un instante.
Paisajes
En 1952 se quedó ciego, pero siguió pintando de memoria.
En los últimos años de su vida, aún participa en la exposición colectiva Pintores de Vitoria, que se celebra en las Galerías Altamira de Madrid en 1952.
La última preocupación del artista fue que, en el futuro, se pudiera contemplar su obra en su globalidad.
Para ello constituyó la fundación que lleva su nombre y el de su padre y cuya sede actual se halla en el Museo de Bellas Artes de Álava, en el cual se encuentra depositada y expuesta la mayor parte de su producción.
Falleció el 6 de noviembre de 1956, a los 91 años, en Vitoria, siendo enterrado en el Cementerio de Santa Isabel, sin descendencia.
Paisajes
En enero de 2025 se producía el cierre de la Sala Amárica para convertirla en un centro de emprendimiento ajeno a la cultura, lo que supone una grave desnaturalización del legado de Fernando de Amárica y una traición al espíritu de su testamento. Tal y como señala el artista Iñaki Larrimbe, “el pintor vitoriano, consciente del valor del arte y la educación, dejó su patrimonio a la ciudad con una finalidad muy clara: que su obra sirviera para inspirar a futuras generaciones y que su legado estuviera al servicio del arte y la sociedad”.
En su testamento, Amárica estableció con claridad su voluntad: “Establezco, pues, por el presente testamento un Pabellón o Salas en la ciudad de Vitoria que se denominarán ‘Galería Fernando de Amárica y Medina’, destinado a la exposición permanente con carácter público de mis cuadros, debidamente seleccionados”.
Este espacio, situado dentro de su propia finca, no era un simple lugar de almacenamiento de su obra, sino un centro de referencia cultural pensado para la inspiración y la formación artística.
El cierre de la Sala Amárica y su transformación en un proyecto sin relación con la cultura desvirtúa completamente la finalidad de su legado. Su testamento lo dejaba claro: “En el remanente de mis bienes y derechos nombro por único heredero a la Entidad benéfico-docente […] cuya finalidad es doble: de un lado, crear pensiones de estudio en el extranjero y pensiones de retiro o vejez para obreros; y de otro, establecer la exhibición, en una galería o pabellón construido ad hoc, de mi obra pictórica para que inspire vocaciones artísticas y procure enseñanzas con su permanente y pública exhibición”.
Paisajes
Este cambio de uso supone una clara desviación de su testamento. Aunque parte de su colección se expone en el Museo de Bellas Artes de Álava, Amárica no solo buscaba la conservación de su obra, sino también la creación de un espacio propio dedicado exclusivamente a su legado. Como se recoge en su testamento: “Para dar realidad a la idea, quiero que se edifique un Pabellón en el ángulo suroeste de mi finca, calle de Dato número 38 de Vitoria, […] comprendiendo las Salas que se destinarán a conservar y exponer en ellas mis cuadros”.
La desaparición de este espacio y su sustitución por un proyecto empresarial ignora el mandato del testador y vulnera su voluntad expresada en el testamento. Su legado cultural ha sido diluido en favor de un uso ajeno a su propósito original, cuando su deseo era claro: “Si llega un día en que no se cumpla conocidamente la Fundación que dejo establecida, en que abiertamente se falte a lo estatuido, nadie se ocupe de ella y la abandonase en cargo, faculto y ruego al Alcalde de Vitoria, al Presidente de la Audiencia y al de la Diputación de Álava […] que promuevan la destitución y remoción del Patronato que hubiere y haciéndose cargo interina y transitoriamente del mismo, cuiden que la Fundación se restituya a su propósito original”.
Fernando de Amárica legó su patrimonio con una intención inequívoca: que su obra se conservara en un espacio público propio, accesible y permanente. La desaparición de la Sala Amárica es, sin duda, una traición a su memoria y a su voluntad.
Conocido por sus luminosos paisajes, influidos en cierto modo por Sorolla y por el también socio de la AEPE, Ignacio Zuloaga, es considerado uno de los pintores vascos más importantes y su prolífica obra abarca casi medio millar de cuadros.
Vitoria le recuerda con el nombre de una plaza en el mismo espacio donde se encontraba su casa natal.
París
Retrato de Enrique Lévêque
En 1990 el Banco Zaragozano celebró una exposición con una selección de su obra, inaugurando la nueva sala abierta por esta institución bancaria en esta ciudad.
En 1950 publicó el libro titulado Desde mi molino.
Entre sus cientos de cuadros, algunos de los más conocidos son: Alava, Escalando al cielo, La vega del Quel en abril, Desnudo, Autorretrato, Tarde en septiembre en las orillas del Zadorra en Trespuentes, La vuelta del Zadorra en Villodas
La Fundación Vidal y Fernando de Amárica posee más de 200 de sus cuadros, estando su sede en el Museo de Bellas Artes de Álava.
Su obra está presente en el Museo del Prado, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, en el Museo San Telmo de San Sebastián, y en infinidad de colecciones privadas.
Busto en homenaje de Fernando de Amárica en los jardines del Museo de Bellas Artes de Álava
Fernando de Amárica pertenece a la generación de artistas que introdujo en el País Vasco la modernidad pictórica con modelo francés. Una generación que dedicó una gran atención al paisaje, género privilegiado del impresionismo, pero Amárica, no lo utilizó -al contrario de otros- como campo idóneo para el lucimiento de las innovaciones en el tratamiento cromático y lumínico de las imágenes, ni como manifiesto regionalista o ideológico, sino que -así lo parece- sintió de una manera directa la hermosura y la calma espiritual de los paisajes que conoció y quiso reflejarlos casi podríamos pensar que para sí mismo.
Sus primeras obras beben del plenairismo academicista, con preocupación por la luz y efectos tonales. El dibujo es lo primero que busca, seguido del color y la ejecución. Influencia de la “Escuela de Barbison” (1830-1870) y el pintor y también socio de la AEPE, Carlos de Haes.
La influencia del “luminismo” de Sorolla es patente en su obra, con su cada vez mayor interés por la luz y sus efectos. Amárica fue un impresionista por la coincidencia de ver y sentir el paisaje, aunque hay que considerarle un pintor autodidacta.
A partir de 1915 su estilo es pleno de un realismo luminoso, virtuoso en lo formal, desarrollando una pintura sensorial. Fiel a si mismo pinta lo que ve, de forma emocional. Su amor al paisaje es algo innato. Luces y sombras se cruzan rítmicamente, como reflejo de la realidad cambiante de sosegada belleza. En los años 20 pinta el mar que se convierte en elemento principal. Sin estridencias. Pinta cada vez con mayor libertad, no plantea una única técnica, sino un lento proceso de adecuación dentro de su madurez. Pintor pulcro y esmerado, sensorial y contemplativo. La serie de cuadros de sus “Espejos” en el rio Ebro, contiene obras magistrales. Su pincel es firme y seguro en sus maneras y atrevido en sus contrastes. Lo vital y estético cruzan intereses. Cada vez es menos realista, con movimientos ondulantes.
Hacia los años 30, sus obras son un compendio de todo lo visto, lo entendido, lo estudiado y vivido, su visión es cada vez más internacional, sin renunciar a sus ideales. Sus estados de ánimo cada vez más se trasladan al lienzo. De lenta y discreta modernidad, pletórico de color y de luz, de aire y de vida. Sabe aprehender el alma del paisaje y su interpretación lo convierte en creación.
Durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta, pinta una serie de cuadros capitales dentro de su obra. Su pincelada suelta se muestra llena de dinamismo, lo intuitivo se sobrepone a lo razonado, lo espontáneo a lo meditado, lo sentido a lo calculado.
Vista de Vitoria
Vitoria
Fernando de Amárica y la AEPE
Como socio de honor de la Asociación de Pintores y Escultores de Madrid, concurrió a varios Salones de Otoño. En 1948 presentó Espejo gris en el Ebro, Espejo verde en el Ebro y Espejo en el Ebro. Continúa sus envíos en los años 1949 y 1950. En el XXIII Salón presenta Orillas del Zadorra en primavera. Al XXIV Salón de Otoño envía Riberas del Iregua, Una plaza en La Rioja, Sauces del Zadorra, Grises en el Ega.
Concurre también al XXV Salón de Otoño de 1952 con Atractivo de lo viejo, Llorones gigantes, La chopera dorada de las brujas y El sol incendia la sierra de Urbasa. En 1955 envía Síntesis. Cuenca del Duero.
Zadorra

































