Mª Dolores Barreda Pérez
Secretaria General
Secretaria Perpetua de la AEPE
Hay instituciones que forman parte de la historia porque conservan el pasado. Y hay otras que forman parte de ella porque, generación tras generación, han conseguido mantenerlo vivo.
La Asociación Española de Pintores y Escultores pertenece a estas últimas.
Cuando el 15 de abril de 1910 un grupo de artistas decidió fundarla en Madrid, probablemente no podía imaginar que aquella iniciativa iba a sobrevivir a generaciones, cambios políticos, crisis económicas y profundas transformaciones en la manera de entender y vivir el arte. Tampoco podía saber que, más de un siglo después, su existencia constituiría uno de los testimonios más valiosos de la capacidad de los artistas españoles para organizarse, defender su profesión y crear comunidad.
La AEPE nació de una idea sencilla, pero profundamente moderna para su tiempo: los artistas podían y debían organizarse para defender el arte y defenderse a sí mismos.
Entre sus fundadores estuvieron Eduardo Chicharro, Miguel Blay, Cecilio Pla, Joaquín Sorolla, Mariano Benlliure… nombres que forman parte de la historia de la pintura y la escultura españolas. Pero la verdadera dimensión de aquella iniciativa no se encuentra únicamente en los nombres de quienes la pusieron en marcha, sino en todo lo que vino después.
Una historia que también se escribió fuera de los museos
Cuando hablamos de la historia del arte español pensamos inmediatamente en museos, academias, exposiciones y grandes maestros. Es lógico. Pero esa historia tiene otra dimensión menos visible.
Existe una historia hecha de asociaciones, talleres, exposiciones, concursos, publicaciones, reuniones y encuentros entre artistas. Una historia cotidiana que permitió que la creación artística continuara incluso en momentos en los que vivir del arte resultaba difícil y obtener reconocimiento todavía más.
Ese es el territorio del asociacionismo artístico.
Durante los siglos XIX y XX fueron apareciendo en España distintas instituciones culturales y artísticas con objetivos y modelos diferentes. La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fundada en 1752, representa el modelo académico e institucional; el Ateneo de Madrid, desde 1835, se convirtió en un importante espacio de pensamiento y cultura; y el Círculo de Bellas Artes, fundado en 1880, desarrolló una amplia actividad cultural y multidisciplinar.
Todas ellas tienen un lugar indiscutible en nuestra historia.
Pero la AEPE nació desde otro lugar: desde los propios artistas y para los propios artistas. No era una academia. No era un museo. No era simplemente un centro cultural. Era una asociación.
Y precisamente ahí reside buena parte de su singularidad. Una asociación hecha por artistas
Desde sus comienzos, la AEPE tuvo una vocación abierta e integradora. En ella podían encontrarse artistas de distintas generaciones, estilos y trayectorias.
Su finalidad era favorecer el ejercicio profesional de la pintura y la escultura, promover la creación y proporcionar a los artistas un espacio común desde el que participar activamente en la vida cultural.
Esta concepción convirtió a la Asociación en algo más que una organización de apoyo a sus miembros. La convirtió en un punto de encuentro entre generaciones de artistas.
Por sus filas han pasado maestros reconocidos, artistas que comenzaban su trayectoria y creadores que encontraron en sus actividades una oportunidad para mostrar su obra y relacionarse con otros compañeros.
De esta manera, la AEPE ha ido construyendo, con el paso de los años, una memoria artística propia que es también parte de la memoria del arte español.
El Salón de Otoño: cuando la asociación se convierte en historia
Si existe un acontecimiento que simboliza especialmente esa vocación es el Salón de Otoño, creado por la AEPE en 1920.
Desde entonces, el certamen se convirtió en uno de los principales instrumentos de la Asociación para favorecer la exposición y difusión de la creación artística.
Su importancia no reside únicamente en su longevidad. Un salón que atraviesa generaciones termina convirtiéndose en mucho más que un concurso o una exposición: se convierte en un archivo vivo de la evolución del arte y de sus protagonistas.
En sus sucesivas ediciones han podido encontrarse distintas tendencias, lenguajes, generaciones y formas de entender la creación.
El Salón de Otoño es, por ello, una parte inseparable de la historia de la AEPE, pero también una ventana privilegiada para acercarse a la historia de la pintura y la escultura españolas.
A esta trayectoria se suman otras iniciativas como el Premio Reina Sofía de Pintura y Escultura y la publicación de la Gaceta de Bellas Artes, que ha contribuido durante décadas a dejar constancia de la actividad y las inquietudes del mundo artístico.
Una asociación que nunca fue solo Madrid
Hablar de la AEPE es hablar también de España.
Porque la historia del arte español no se ha escrito únicamente en Madrid. En numerosas provincias y localidades surgieron asociaciones y agrupaciones de artistas que hicieron posible mantener una actividad cultural continuada lejos de los grandes centros.
Estas asociaciones fueron esenciales para organizar exposiciones, descubrir nuevos talentos, crear públicos y mantener vivo el interés por las artes plásticas.
En muchos casos, artistas vinculados a la AEPE participaron en la creación o impulso de estas iniciativas, o encontraron en el modelo asociativo una referencia.
Así fue construyéndose una red que conectaba a artistas y asociaciones de distintos lugares.
La AEPE podía actuar como eje nacional, pero la riqueza del sistema estaba también en su capilaridad territorial.
La provincia no era una periferia del arte. Era —y sigue siendo— parte de su realidad.
Por eso, hablar del asociacionismo artístico español exige mirar tanto hacia las grandes instituciones como hacia esas asociaciones que, muchas veces lejos de los focos, mantuvieron durante años una actividad cultural constante.
Más de un siglo de independencia
Hay otro aspecto que hace especialmente significativa la trayectoria de la AEPE: su continuidad como asociación independiente.
Fue declarada de Utilidad Pública en 1912 y ha mantenido durante más de un siglo su actividad apoyándose en el compromiso de sus socios y en la voluntad de los artistas que han formado parte de ella.
Esta circunstancia tiene una importancia que va más allá de lo administrativo. Una asociación puede fundarse en un momento de entusiasmo. Lo verdaderamente difícil es mantenerla viva durante más de ciento dieciséis años.
Para conseguirlo hacen falta personas. Personas que organizan exposiciones. Que preparan un certamen. Que escriben. Que archivan documentos. Que atienden a los socios. Que participan. Que aportan ideas. Que sostienen una institución incluso cuando las circunstancias no son favorables.
La historia de la AEPE es, en buena medida, la historia de todas esas personas.
El valor de permanecer
En una época en la que todo parece cambiar con rapidez, la permanencia adquiere un significado especial.
Más de un siglo después de su fundación, la AEPE continúa representando una forma de entender la cultura basada en algo tan sencillo como la unión de quienes comparten una profesión y una pasión.
Su historia demuestra que el arte no depende únicamente de las grandes exposiciones, de los museos o del mercado. También necesita espacios de encuentro, lugares donde los artistas puedan reconocerse como comunidad y estructuras que defiendan la continuidad de su actividad.
Eso es lo que ha hecho el asociacionismo artístico. Y eso es lo que la AEPE representa de manera especialmente significativa.
Reivindicar su importancia no significa enfrentarla a otras instituciones ni restar valor a las academias, museos o centros culturales que forman parte de nuestra historia. Significa completar el relato.
Porque si queremos comprender realmente cómo se ha construido la cultura artística española, tenemos que mirar también hacia quienes trabajaron por el arte cuando todavía no era rentable, cuando no ocupaba titulares y cuando el reconocimiento podía tardar toda una vida en llegar.
Una memoria que sigue viva
Quizá ese sea el mayor legado de la AEPE.
No solamente haber llegado hasta aquí. Sino haber conseguido que, a lo largo de más de cien años, distintas generaciones de artistas hayan podido encontrarse en un mismo espacio.
Los nombres han cambiado. Los estilos han cambiado. Los tiempos han cambiado.
Pero permanece la necesidad de crear, de compartir, de mostrar la obra y de sentirse parte de algo que va más allá de cada trayectoria individual.
Por eso la AEPE no es únicamente una institución centenaria. Es una memoria viva.
Una memoria construida con miles de obras, exposiciones, certámenes, publicaciones, encuentros y, sobre todo, con las personas que decidieron dedicar una parte de su vida a mantenerla.
Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentre su mayor grandeza.
Porque una institución puede sobrevivir gracias a un edificio, a un presupuesto o a una estructura administrativa.
Pero una asociación de artistas solo puede sobrevivir si, generación tras generación, hay artistas que creen que merece la pena mantenerla viva.
Eso es lo que ha sucedido con la Asociación Española de Pintores y Escultores durante más de un siglo.
Y esa historia todavía no ha terminado.
Cada nuevo socio, cada exposición, cada obra que se presenta, cada página que se escribe y cada artista que encuentra aquí un lugar continúa añadiendo una línea a una historia que comenzó en 1910.
Una historia que no pertenece únicamente al pasado.
Porque mientras haya artistas dispuestos a reunirse, crear y defender el arte, la historia de la AEPE seguirá estando viva.

