¿Qué está pasando con la crítica?
¡Estará buena la breve tribu que venera a Robe Iniesta! Antes del deceso, silencio, cuando no menosprecio. Ha sido morir y todos se han desbocado a hacerlo suyo, desde el psicópata al más baboso de los mercenarios, un maratón oportunista y caricaturesco. ¡No guarden inquina sus adeptos, es un signo más de nuestra decadencia, intelectual y emotiva! De ausencia de crítica, autocrítica, dignidad. ¡Un panorama repugnante! Los plañideros no deben ignorar que se han retratado.
Conviene remarcar que no todas las canciones son poesía, las canciones son eso, canciones y, a veces, ni eso. La proceridad de la canción está en que se la apropie el pueblo, ahí está su grandeza, si además tiene algunas gotas de poesía, miel sobre hojuelas, ocurre con Sabina, Krahe o Chicho. Pero, ninguno de ellos son Édith Piaf, Bob Dylan o Brassens. Manuel Machado, ese gigante torturado, escribió esta joya:
LA COPLA
Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son,
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor.
Tal es la gloria, Guillén,
de los que escriben cantares:
oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.
Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.
Que, al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.
La crítica ha desaparecido, en muchos campos. Yo me muevo entre la literatura y el arte, pero el mal se ha extendido y la ruina crítica es expansiva. Nuestra cultura, en español, no es que esté para sacar mucho pecho, pero han existido hombres de pensamiento crítico evidente, avalado por sus juicios, como Américo Castro, Unamuno, Ortega y Gasset, José Gaos, Nicolás Gómez Dávila, Borges, Octavio Paz, Dámaso Alonso…
¿Existen hoy mentalidades semejantes a las de Heidegger, Russell, Popper, Gottlob Frege, Hannah Arendt, Roland Barthes o Eduardo Lourenço? Me temo que no, por mucho que alguno defienda a este o aquel correligionario. Son tiempos de vacas flacas en el arte y la literatura, en el pensamiento. O en plan más doméstico, ¿hay hoy algún Lafuente Ferrari, Manuel Sacristán, Gaya Nuño, Gonzalo Sobejano, García Yebra, Julio Caro, Ramón Carande o P. Custodio Vega? No será fácil encontrarlo.
Manuel Machado
¿Qué ha pasado con la crítica? No es que esté en crisis, sino que se ha diluido. Cada vez son menos los espacios para la crítica en los medios audiovisuales, pero eso no es óbice para que un pensamiento crítico sea expresado, porque hay más posibilidades que nunca en el cuérnago electrónico. Se va a una rueda prensa donde se presenta una exposición, un libro, una obra teatral, y al día siguiente vemos repetida, en los diferentes medios, la misma opinión que se ha transmitido a los convocados. Hay alguno que cambia cuatro cosas para aparentar que hace; otros, ni se molestan. ¿Qué se hizo del espíritu crítico?
La crítica es una acción del intelecto que razona un juicio, analizando de forma objetiva las características de algo o a alguien; un examen razonante, que ahorma un juicio, un criterio que se expresa en público. En el Romanticismo prevaleció el poder de la emoción y la subjetividad. Reaccionando, T.S. Eliot, una crítica ejemplar, exigía rigor intelectual, condición de objetividad y correlato objetivo. Mas, Baudelaire defendía una crítica apasionada, parcial, subjetiva, poética, buscando la belleza en lo moderno.
¿Por qué no? Me quedo con lo bueno de una y otra, en tanto en cuanto sea crítica constructiva. Una crítica puede ser negativa, pero no debe ser hiriente, faltona, inmoral, destructiva. Para opinar el primer requisito es tener opinión. El juicio se edifica con varios elementos: información, debate, conocimiento, ponderación y conclusión. Alguno cree que la intuición es un soplo romántico. No, la intuición está hecha de buen juicio, razonamiento, búsqueda de entidad y de los copos que nieva el pensamiento mágico.
Ortega y Gasset
He formado parte de cientos de jurados, conozco su desarrollo y respeto el fallo de sus deliberaciones, claro, sabiendo que se adopta el juicio de la mayoría. En los concursos públicos nacionales, al beneficiarse alguien de dinero público, debería existir una transparencia, que no hay, y saber quién ha propuesto al candidato y cómo se ha llegado al veredicto.
A mí, en concreto, me gustaría saber quién ha propuesto al premio Velázquez de este año, qué miembros del jurado conocían su obra y qué razones hay para designar a Patricia Belli y no otros candidatos. Respeto la decisión de premiar a Patricia Belli, a quién felicito, pero tengo derecho a saber el cómo y el qué. Esta petición no deturpa la obra de la artista galardonada, sino que la afianzaría.
Sucede igual con el Premio Cervantes, a quién he leído, mas, del mismo modo, importa saber qué miembros del jurado habían leído a Gonzalo Celorio. Y lo mismo con el Premio Nacional de las Letras: está bien que den una alegría a María Victoria Atencia, pero, ¿si es tan importante, por qué hay que esperar a que cumpla 93 años para reconocerla? ¡La dinámica de este Ministerio de Cultura es bastante proterva! No digo que yo conozco y los demás ignoran, no, sólo pretendo que haya transparencia.
José Gaos
Los Premio Nacionales, el Cervantes, el Reina Sofia de Poesía Iberoamericana y el Velázquez evidencia una manipulación política que los descategoriza, los enerva, los hunde. Enseguida saldrá el oportunista de turno, con este o aquel nombre, y claro que hay aciertos, pero, mucho más, caprichos compensatorios de no se sabe bien qué. Y no cuestiono a los premiados, pero señalo arbitrariedades dañinas e innecesarias. ¿Cuántos Premio Cervantes son antesala de la muerte del autor? ¡Repásese el historial y se verá!
Para formar parte de un jurado hay que estar bien formado. No vale un me gusta, hay que fundamentar la opinión. El jurado ejerce una crítica determinante, elige a uno y rechaza a otros; de los que selecciona, debe de tener conocimiento suficiente para decantarse. En arte plástico, tienes la obra delante -bueno, ahora no, salvo el Salón de Otoño y el Premio Reina Sofia de la AEPE y algún otro, todo es digital, frívolo, a la ligera, impropio-, pero en literatura, tienes que ir leído, con bagaje, con oficio, con criterio construido.
Eduardo Lourenco
¿En qué consiste el criterio? Criterio, del gr. criterion=juzgar, es discernimiento y juicio para conocer la realidad de algo o alguien. No se tiene mucho o poco criterio, se tiene o se carece de él. Con los años se va adormeciendo y si no se percibe su muerte, su ausencia, es que se carece de criterio. Sin buen juicio, sin criterio no hay justicia. Y un fallo aspira siempre a hacer justicia.
El criterio está por encima de los gustos, las preferencias, las filias y las fobias, las circunstancias, los intereses. La simpatía por algo o alguien no puede obnubilar nuestro juicio acerca de su realidad. El juicio no es “una facultad del alma” como asegura el DRAE, sino una muestra de nuestro criterio.
Juan de Valdés (Cuenca c.1494-Nápoles 1541), humanista, erasmista, luterano, gentilhombre de capa y espada del papa Clemente VII, excelso escritor español, estricto gramático antinormativo, escribió una obra fundamental, Diálogo de la lengua, 1535, aunque no vio la luz hasta 1737, cuando Gregorio Mayans y Siscar lo publica como anónimo. En esa obra magna, asegura Juan de Valdés:
-“Si yo uviese de escoger, más querría con mediano ingenio buen juicio, que con razonable juicio buen ingenio.
-¿Por qué?
-Porque hombres de grandes ingenios son los que se pierden en heregías y las falsas opiniones por falta de juicio. No ay tal joya en el hombre como el buen juicio”.
El humanista Iacopo Bonfadio llamaba a Juan de Valdés, el “compiuto uomo”, su prestigio fue extraordinario y su talento avanzado, avezado, claro, meridiano, limpio, pulcro. Acusaba Antonio de Nebrija de exceso de andalucismos y de oscuridad. Su defensa del juicio, lo que construye el criterio, es idónea, vanguardista, preclara. No confundir con Juan de Valdés Leal, siglo siguiente, pincel maestro del barroco.
No hay inspiración, hay talento expresivo y pensamiento, diafanidad y lejanía de tergiversación. La función del crítico está en rescatar del pasado lo que no debe desaparecer, ni opacarse; y del presente, lo mismo. No está tanto en exornar, como en distinguir; en adornar como en poner en claro el porqué de su dimensión, pues importa más el juico que el ingenio, como quería Juan de Valdés.
La ausencia de crítica, su perversión, conducen a una cosecha editorial ancha, blanda, débil, sin hurmiento; a un tropel de obras plásticas, cuyo único aval es estar colgadas en las paredes de una galería de arte. La adulación, el sahumerio bobalicón y servil lleva a la caricatura y al ridículo. El exceso genuflexo de elogios a los que están por encima – y no quiero ni pensar en la política- no es más que un autorretrato del que lo realiza, una confesión lamentable e indigna, un servilismo del peor jaez.
Casi todas las traducciones son alabadas por los reseñistas de turno, que a menudo desconocen la lengua original de las que son vertidas. Hoy, todo el mundo publica – arribistas, trepas, laboteros, bocachanclas, mafiosos, burlangas, reyes- y están en su derecho, pero ese arrebato bochornoso exige una crítica correctora, que no existe. Detrás de una súplica, de sólito hay siempre una mentira. Tras cada elogio desmedido, gratuito, se agazapa una indignidad, un signo inaudito de dependencia.
Patricia Belli
Tomás Paredes
Presidente H. de AICA Spain



















































































































