La farsa del arte

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

Miembro de AECA

 

La farsa del arte:

cuando el envoltorio vacío se vende como vanguardia

 

ARCO se presenta como la principal referencia del arte contemporáneo en España. Sin embargo, si miramos más allá de las inauguraciones, los photocalls y los precios exorbitantes, nos encontramos con una feria que ha convertido el arte en una simple etiqueta: un conjunto de gestos predecibles, un catálogo de ideas superficiales presentadas como «conceptuales», y un mercado que se legitima a sí mismo repitiendo el mismo truco con diferentes nombres.

Es hora de decirlo claramente: muchas de las propuestas que se exhiben en ARCO no son arte; son simplemente imitaciones, envolturas vacías que funcionan bien para la compraventa, pero no aportan nada a la cultura.

Se ha instalado la idea de que «todo es arte si alguien con suficiente influencia lo dice». Así, una acción banal, una instalación sin inspiración o un objeto cotidiano presentado de manera pretenciosa pueden adquirir valor. Pero, ¿dónde está la investigación, el rigor conceptual, la poesía, la conexión con la realidad? A menudo, están ausentes.

En su lugar, encontramos la retórica vacía: textos crípticos que tratan de justificar obras que no soportan una mirada atenta. ARCO ha perfeccionado este sistema: la obra se convierte en un pretexto para el texto, y el texto se convierte en un salvavidas para obras que no tienen valor en sí mismas.

El problema no es que el arte sea contemporáneo o difícil de entender. El problema es cuando lo difícil se sustituye por lo superficial. La sensibilidad, la técnica, la invención y la conexión con la tradición quedan desplazadas por la búsqueda del impacto: lo que importa es el clic, la foto viral, el titular llamativo. De ahí la monotonía del sobresalto programado: piezas que «provocan» de manera predecible.

A esta teatralidad del vacío se suma la lógica de un mercado cerrado: galerías que certifican, coleccionistas que consagran y ferias que convalidan. La puerta gira siempre hacia dentro. Quien se queda fuera, como artistas sin padrinos o prácticas que requieren tiempo, apenas existe.

La pregunta incómoda es: ¿qué entiende ARCO por arte? Si la respuesta es «todo lo que se vende y se publicita», entonces lo que tenemos es una industria del espectáculo. Una industria legítima, si se admite como tal. Pero que no nos pidan que la veneremos como el cenit de la cultura. La cultura no consiste en rentabilizar la novedad, sino en renovar el sentido: exigirle a la forma y a la idea, explorar lo humano con materiales y técnicas que abren mundo.

Muchas piezas que circulan por ARCO no abren nada: son simples puertas pintadas sobre la pared. La paradoja alcanza su clímax cuando el dinero público entra en juego. ¿Debe el Estado apoyar el arte contemporáneo? Sí, sin duda. Pero apoyar el arte no es lo mismo que subvencionar un escaparate. Es sostener procesos, talleres, residencias, mediación, colecciones públicas, investigación, educación artística; es tejer largo plazo.

ARCO, en cambio, es coyuntura: un pico de consumo cultural de pocos días que deja un rastro de selfies, ventas y titulares. ¿Eso fortalece el ecosistema? Difícilmente. En el mejor de los casos, lo decora.

No faltará quien defienda que estas críticas nacen del «conservadurismo» o la «incomprensión» del público. Falso. El público entiende perfectamente la diferencia entre complejidad y ocurrencia. La complejidad pide tiempo, sí, pero devuelve sentido. La ocurrencia pide complicidad, y a cambio ofrece guiños. Lo que cansa de ARCO no es lo desafiante; es lo previsible.

¿Hay excepciones valiosas en ARCO? Por supuesto. Artistas serios, galerías rigurosas, obras que respiran. Pero la excepción no salva la regla. La deriva dominante convierte el arte en un lenguaje de señas para entendidos, desconectado del común de los mortales no por su altura, sino por su irrelevancia emocional y cognitiva.

No basta con denunciar. Hace falta proponer. El antídoto no es censurar ni encerrar el arte en academias, sino exigir criterios: apostar por la densidad frente al efecto, por procesos frente a posados, por riesgo real frente a polémica coreografiada; abrir la selección a escenas y metodologías que hoy no pasan el filtro de la fotogenia ferial; redirigir recursos hacia infraestructuras que produzcan arte antes que espectáculo; y, sobre todo, restaurar la responsabilidad de la mirada: que críticos, curadores, gestores y público no se conformen con el diccionario de eufemismos con que el mercado maquilla su pereza.

ARCO puede ser muchas cosas, pero mientras siga siendo, sobre todo, una máquina de visibilidad para piezas que confunden idea con ocurrencia y mercado con criterio, seguirá a kilómetros del arte que necesitamos: el que nos complica, nos afina y nos hace más humanos. La feria no es una atrocidad porque sea contemporánea; lo es cuando, bajo la coartada de lo contemporáneo, vende vacío como si fuera vanguardia.

ARCO y las ferias de su estilo, están firmando la desaparición del oficio, haciendo que la tradición pictórica y escultórica se vuelva invisible.

Al caminar por sus pasillos, se puede notar una ausencia muy grande: la pintura y la escultura tradicionales están casi desaparecidas.

Estas formas de arte están relegadas a un papel muy secundario, mientras que las instalaciones, performances y objetos híbridos ocupan la mayoría de los espacios. Esto no es solo una tendencia, es una renuncia a la tradición y una pérdida de equilibrio que empobrece la feria y nuestra relación con el arte.

No se trata de oponer lo nuevo y lo viejo. La pintura y la escultura tradicionales han estado dialogando con la vanguardia durante más de un siglo, reinventándose y explorando caminos contemporáneos.

El problema es que ARCO confunde la contemporaneidad con la novedad, como si la relevancia de una obra dependiera de ser lo más diferente posible. Y así, se celebran obras que solo tienen fuerza en su rareza o en la explicación que las acompaña, mientras se margina a las disciplinas que pueden ofrecer una profundidad técnica y expresiva mucho mayor.

La pregunta es por qué un lienzo que requiere horas de trabajo, técnica y aprendizaje queda arrinconado, mientras se celebran obras que dependen casi por completo de un folleto explicativo.

Una posible respuesta es la economía de la novedad: en ARCO, el prestigio reside en mostrar algo difícil de reconocer como arte. Lo tradicional se considera insuficientemente impactante, por lo que las galerías apuestan por la pieza que produce un titular más que por la obra que produce una emoción.

El resultado es una feria en la que la destreza queda invisibilizada. El oficio, la técnica, la concentración y la mano entrenada han desaparecido del foco principal. Sin embargo, son justamente esos elementos los que han permitido al arte trascender épocas, modas y caprichos. La pintura y la escultura no necesitan apoyarse en la extravagancia porque se sostienen solas: en composición, en luz, en gesto, en relación con la materia. Cuando ARCO les da la espalda, no está siendo audaz, está siendo predecible.

La pérdida no afecta solo a los artistas, también al público. Muchos visitantes salen de la feria con una sensación de desconexión: obras que se experimentan como ejercicios de ingenio más que como creaciones que interpelan la mirada.

La pintura y la escultura tradicionales podrían equilibrar este paisaje, ofrecer respiración, devolver al espectador un punto de apoyo emocional y formal. Pero su escasa presencia impide ese diálogo. La feria se vuelve un monólogo.

Otro efecto colateral es la pobreza formativa que este enfoque transmite. ARCO es una referencia para estudiantes, jóvenes creadores y público general. Al invisibilizar la tradición material del arte, envía un mensaje erróneo: que el oficio no importa, que la técnica es irrelevante, que basta con una ocurrencia y una narrativa. Pero la historia del arte demuestra que la innovación surge casi siempre cuando hay una base sólida. Prescindir del oficio no es avanzar, es abandonar el terreno fértil sobre el que se construye cualquier auténtica revolución estética.

Y, paradójicamente, esta deriva acaba produciendo uniformidad. Las propuestas conceptuales terminan pareciéndose entre sí tanto como lo hacían antes las corrientes académicas más rígidas.

La pintura y la escultura, que podrían aportar diversidad real, quedan fuera del ecosistema por un prejuicio mal entendido: la idea de que lo tradicional no es contemporáneo. Error monumental. Lo contemporáneo no es un estilo, es una mirada, una actitud, una relación con el tiempo presente. Y esa contemporaneidad puede habitar perfectamente en un óleo o en un bloque de mármol.

ARCO presume de pluralidad, pero su programación demuestra una selección restrictiva disfrazada de apertura. Si de verdad quiere representar el arte actual, debería recuperar el equilibrio perdido: no renunciar a lo experimental, sino integrarlo con lo permanente; no evitar la técnica, sino reconocer que sin ella no hay lenguaje duradero.

Hasta que eso no ocurra, la feria seguirá transmitiendo una visión mutilada del arte. Una visión que confunde lo rompedor con lo arbitrario, y que deja fuera a quienes trabajan cada día desde la pintura y la escultura con una honestidad y una exigencia que merecen un lugar visible.

ARCO puede seguir siendo un evento importante, pero mientras siga relegando la tradición, seguirá siendo también un espejo incompleto. Un espacio donde el arte, lejos de abrirse, se encoge.

 

El gigantesco dragón ARCO devorando la pintura y la escultura tradicional

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