Pintar para existir: el arte en la era de la visibilidad

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

 

Nunca antes se había pintado tanto.

Talleres llenos, cursos online desbordados, perfiles de Instagram que exhiben lienzos diarios: todo el mundo pinta. Y, sin embargo, nunca se ha vendido tan poco.

Este aparente auge del arte esconde una paradoja inquietante: la democratización de la práctica no ha traído consigo una explosión de talento ni de creatividad, sino, más bien, un ensanchamiento del ego.

Pintar hoy es, en gran medida, un gesto social antes que artístico. Una forma de existir en el mundo digital. Un acto de presencia.

La obra ya no se concibe como un objeto destinado a durar, a ser contemplado o estudiado, sino como contenido que debe circular, generar interacción, provocar aprobación instantánea.

El viejo ideal del pintor que buscaba la belleza, la armonía o una forma de vida a través de la imagen, ha sido sustituido por el productor de contenido que busca visibilidad. Pero esa visibilidad, paradójicamente, lo disuelve en la multitud.

En este contexto, el arte se diluye hasta confundirse con el ruido. No se produce arte: se produce actividad. Se suben imágenes, se documentan procesos, se exhiben resultados. Pero pocas de esas obras aspiran a trascender la fugacidad de la pantalla. Muchas ni siquiera están pensadas para ser vistas fuera de ella. La pintura ya no es un fin en sí mismo, sino un medio para afirmar el yo.

Vivimos en una sociedad profundamente narcisista, y el arte no ha quedado al margen.

Pintar se ha convertido en un gesto de autoafirmación, una manera de decir “estoy aquí”. Lo importante no es tanto la obra como la reacción que genera. El artista ya no busca necesariamente un comprador, sino un vínculo afectivo inmediato: un “qué bonito”, un “me encanta”, un puñado de corazones digitales que validen su existencia.

De ahí el aumento de obras sin comprador, sin recorrido, sin futuro. Obras que no serán estudiadas, ni coleccionadas, ni siquiera recordadas. Obras que nacen y mueren en el flujo de las redes sociales.

El problema no es que todos pinten; el problema es que nadie compra. Porque el sistema ya no está orientado a la permanencia, sino a la visibilidad.

Esta lógica se refleja también en muchas galerías contemporáneas, convertidas en lo que podríamos llamar “galerías cuelgacuadros”: espacios que no seleccionan en función de un criterio artístico sólido, sino que acumulan nombres. Cuantos más artistas, mejor. El cartel de la exposición funciona como un álbum de presencia, una foto de grupo que legitima a quienes aparecen en ella. El contenido es secundario; basta con estar. El arte, así, se disuelve en lo social.

Estas galerías no sobreviven gracias a las ventas, sino gracias a la necesidad de visibilidad de los propios artistas. Satisfacen la industria del yo: ofrecen exposición a cambio de participación, generando un ecosistema donde lo que se intercambia no es tanto arte como presencia.

Sin embargo, no todo el panorama responde a esta lógica. Frente a esta dinámica de acumulación y exhibición superficial, existen instituciones que siguen apostando por una concepción exigente del arte.

Es el caso de la Asociación Española de Pintores y Escultores, cuyas exposiciones se construyen sobre una selección artística cuidada y un criterio sólido. No se trata simplemente de colgar cuadros, sino de articular proyectos con contenido, con discurso y con calidad.

Eventos como el Salón de Otoño o el Premio Reina Sofía no solo ofrecen visibilidad, sino algo mucho más escaso hoy en día: legitimidad artística y verdaderas posibilidades de promoción.

En ellos, la obra vuelve a ocupar el centro, desplazando el protagonismo del ego hacia el valor intrínseco de la creación. Son espacios donde el artista no se diluye en la multitud, sino que puede ser leído, comprendido y, en última instancia, reconocido.

En paralelo, la práctica artística ha dejado de ser un sueño para convertirse en un capricho accesible. Pintar, esculpir, crear ya no implica necesariamente un compromiso profundo con el oficio, sino una actividad más dentro del catálogo de experiencias que aporta identidad en redes. Algo que se puede probar, mostrar y abandonar.

La irrupción de la inteligencia artificial ha acelerado aún más este proceso. Hoy, cualquiera puede generar imágenes en segundos y autodenominarse artista. Pero la máquina no sustituye al autor: lo multiplica. Produce infinitas versiones, infinitas variaciones, sin criterio ni profundidad. Lejos de democratizar el talento, lo diluye, banalizando la práctica artística hasta convertirla en un flujo incesante de imágenes sin peso.

En este nuevo paradigma, la calidad ha pasado a considerarse una reliquia, casi una actitud elitista. Lo importante es la cantidad. Millones de obras compiten por no expresar nada antes que nadie.

El oficio —el dibujo, el óleo, la acuarela, el modelado— queda relegado frente a algoritmos que producen imágenes “correctas” para la lógica de la pantalla: llamativas, inmediatas, consumibles.

Así, la sociedad produce más artistas que arte. Confunde creatividad con talento, actividad con profundidad, visibilidad con valor. El resultado es una cultura donde el arte ha sido sustituido por la emisión constante del yo.

Pintar, en este contexto, es un acto de supervivencia simbólica. Una manera de no desaparecer en un entorno saturado de imágenes y de identidades que compiten ferozmente por la atención.

Exhibir se vuelve tan importante como crear, porque sin esa exhibición la obra no existe.

Y sin embargo, en esa carrera por ser vistos, todos acaban siendo invisibles.

 

 

Recordando… José Gutiérrez Solana

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

José Gutiérrez Solana

GUTIERREZ SOLANA, José         P  <1922        28.feb.1886     MADRID        MADRID            24.jun.1945

Autorretrato con muñeca

 

José Romano Gutiérrez-Solana y Gutiérrez-Solana nació en Madrid, el 28 de febrero de 1886, en la calle Conde de Aranda, n.º 9.

Hijo de José Tereso Gutiérrez Solana, natural de Potosí, México, aunque de ascendencia santanderina, y de Manuela Josefa Gutiérrez Solana, perteneciente a una familia de abolengo de Arredondo, Cantabria, y prima carnal de su marido. De este matrimonio nacieron nueve hijos, ocupando José el quinto lugar.

El padre, aunque licenciado en Medicina en el colegio de San Carlos de Madrid, nunca ejerció su profesión en España, ya que vino como indiano acaudalado tras la fortuna conseguida por sus padres en ultramar con la minería.

Uno de sus antepasados fue el empresario indiano, mecenas y político, Antonio Gutiérrez-Solana.

La infancia de Solana transcurrió en la casa familiar de Madrid, donde convivirá también con su tío Florencio, el hermano mudo de su madre. Un hogar de la alta burguesía con dos pisos y saturado de valiosos objetos coleccionados por el padre: alfombras, porcelanas, relojes, muebles isabelinos, libros antiguos, máscaras, ídolos y figuras de cera mexicanos, objetos y escenografía que tanto influirán en el impresionable muchacho y en su posterior obra.

Realizó el bachillerato en el instituto San Isidro, aunque su padre, gran bibliófilo y buen aficionado a la fotografía, pronto observó su interés por la pintura y le alentó al respecto, recibiendo Solana clases particulares de dibujo de su tío José Díaz Palma, catedrático de dibujo en la Universidad de Salamanca,  entre los siete y los doce años, momento en que su progenitor falleció.

1915

 

Solana con su hermano Manuel y el crítico Sánchez Camargo. 1945

 

Tras la muerte de su padre, Josefa, su madre, también se trastornaría, hecho que unido al temprano fallecimiento de varios de sus hermanos, marcará su obra, donde muerte y locura conviven.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando entre 1900 y 1904, donde tuvo como profesores a Alejo Vera en Colorido y a Moreno Carbonero en Dibujo, los dos pintores de historia con Primeras Medallas en las Exposiciones Nacionales y socios de la AEPE, al igual que José Parada y Santín, su profesor de Anatomía por el que sentía debilidad.

Con Victorio Macho como compañero de clase preferido, Solana ya tenía en esos momentos una idea muy clara de la pintura a realizar, pues rechazaba las leyes tradicionales de modelado y composición para dar prioridad al “carácter” de la obra, no gustando tampoco del luminismo sorollista que entonces seducía a muchos de sus compañeros.

Por esta época copió en el Prado algunos cartones para tapices de Goya y estudió luego en profundidad la pintura española, desde El Greco a Ribera o Velázquez, así como a Brueghel el Viejo y su Triunfo de la muerte. Conocía la pintura de Gauguin y Van Gogh y los avances del posimpresionismo europeo, y reprochaba al impresionismo mostrar una realidad fugaz y engañosa que apenas tenía que ver con lo que él consideraba auténtica pintura.

 

 

Hacia 1903, comenzó a acudir por las tardes al Nuevo Café de Levante, en la calle del Arenal, conociendo en sus animadas tertulias de arte y literatura a personalidades como los Baroja, Rusiñol, Rubén Darío, los Machado, Corpus Barga, crítico de El País, y, sobre todo, Valle- Inclán, para muchos la verdadera alma del café. No tardó, por otro lado, en contactar allí con Regoyos, autor, junto con Verhaeren, de la España negra, famoso libro de 1899 que mostraba una visión no demasiado halagüeña del país y que interesaría sobremanera a Solana.

En todo caso, resulta especialmente notable la profunda evolución que experimentó su pintura desde este momento, pasando en apenas dos años de realizar escenas de corte sentimental a lienzos ya dentro del personal y uniforme estilo que caracterizó toda su carrera.

En 1903 se presentó a la Nacional con dos piezas, pero su pintura no agradó y fue destinada a un rincón de la primera planta del Palacio de Exposiciones, apenas visitado por el público.

Ya terminados sus estudios, Solana acudía con asiduidad a las tascas y tugurios de la calle de la Aduana y alrededores, mientras, junto a su hermano Manuel, daba largos y diarios paseos por ese Madrid popular de las afueras que tanto le gustaba, como los merenderos de la Bombilla o los ventorros de Cuatro Caminos.

Él beso de Judas

Cabezas y caretas

Niños con lámpara

 

 

En 1906 el socio de la AEPE Ricardo Baroja, le anima a entrar aún más en contacto con los suburbios de la capital y observar el mundo de los traperos, mendigos y demás desheredados de la urbe. En esa línea cabría situar Los chulos, donde fantasmales personajes del mundo del hampa, apenas esbozados, observan al espectador con gesto agrio e inquietante mirada, vivo testimonio del Madrid más sórdido.

En la Exposición Nacional de 1906, obtuvo una Mención de Honor por el conjunto de sus dieciocho lienzos presentados, fruto la mayoría de sus contactos con el Madrid arrabalero. Procesión en Toledo  gustó especialmente a Ignacio Zuloaga, quien le ayudaría a descubrir la auténtica esencia de la España popular.

En 1907 expuso en el Círculo de Bellas Artes telas cuyos títulos escandalizaron al público y provocaron fuertes comentarios entre la perpleja crítica, si bien no faltaron los que apreciaban su forma de pintar, admirados por la trágica humanidad que mostraba el artista, como Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, con quien estableció una profunda amistad.

Solana partió de Madrid hacia Santander a finales de 1908, junto a su hermano Manuel y el resto de la familia, ya que los médicos esperaban que así mejorase la salud mental de la madre. Allí se instalaron en un viejo caserón familiar donde José contemplaba el barrio marinero y encontró, por primera vez, el sosiego necesario para madurar su arte. Pero Madrid le seguía atrayendo, retornando a la ciudad periódicamente.

Recorrió los pueblos de Cantabria, Aragón, las dos Castillas o Extremadura, nutriéndose de experiencias y recuerdos que más tarde cristalizaron en su obra literaria más famosa, La España negra.

Carnaval en Las Ventas

El ermitaño

El espejo de la muerte alta

 

Participó en la Nacional de 1915 con Los caídos, obra protagonizada por una familia de seres marginales junto a la cama de una humilde habitación, como un prostíbulo. La tela, prácticamente oculta durante la visita de Alfonso XIII al evento, también fue atacada por la crítica, aunque no faltaría la pluma de una joven Margarita Nelken para defenderla con firmeza.

De esta época son también los retratos de El torero Lechuga y El Lechuga y su cuadrilla, visible aquí el influjo de Zuloaga. Ambos óleos, en todo caso, son como un tributo de admiración hacia los humildes toreros de pueblo, no en vano el propio Solana aparece como novillero en una foto de 1909 tomada en Montilla, Córdoba, cuando formaba parte de la cuadrilla del torero Bombé.

En la Nacional de 1917 obtuvo su primer éxito importante al alcanzar una Tercera Medalla con Procesión de los escapularios, cuadro muy relacionado con su Procesión de noche.

A finales de año Solana decidió volverse definitivamente a Madrid con su madre y su inseparable hermano Manuel, instalándose en la calle de Santa Feliciana, en el barrio de Chamberí.

Se convirtió, además, en asiduo contertulio del café Pombo, en la calle Carretas, mientras en 1918 publicó la segunda parte de Madrid, escenas y costumbres.

El fin del mundo

Chulos y chulas

 

El año de 1920 fue pródigo para el artista, publicando La España negra, libro de temática pesimista que, con gran capacidad de descripción y sin artificios literarios, muestra un país gris poblado por personajes sin alegría, dedicando el volumen a Gómez de la Serna. También terminó La tertulia del café Pombo, donde destaca la presencia de José Bergamín, Manuel Abril y Mauricio Bacarisse, escritores, junto a Bartolozzi, gran dibujante, y el propio Solana, en el extremo de la derecha y mirando al espectador.

El óleo fue expuesto primero en el Salón de Otoño y colgado después, ya en diciembre, en las paredes del café con grandes honores. Al respecto, Francisco Alcántara, antes hostil a su pintura, lo consideraría profundo, trágico y pleno de vibración poética. Respecto al cuadro de La tertulia del Café de Pombo, recomiendo leer el artículo que publiqué en 2021 y que puede leerse online: https://apintoresyescultores.es/recordando-la-tertulia-del-cafe-de-pombo/

Poco después, ya en 1921, sus contertulios le dedicaron un banquete-homenaje, multiplicándose las adhesiones entre la elite cultural y científica de España; baste como ejemplo la opinión de Beruete, entonces director del Prado, quien situaría la obra entre las más interesantes de nuestro momento artístico.

Al tiempo, participó en la Exhibición de Pintura Española de la Royal Academy de Londres, donde Singer Sargent adquirió su Carnaval en la aldea y celebró su primera exposición individual en el Ateneo de Santander.

Realizaba frecuentes escapadas al Madrid castizo, visitando con preferencia, en compañía de Victorio Macho, Roberto Domingo o Daniel Vázquez Díaz, la zona del Rastro.

El Lechuga y su cuadrilla

Corrida de toros en Sepúlveda

Semana Santa

Vuelta de la pesca

 

En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922 obtuvo la Primera Medalla y publicó su Madrid callejero, que dedicó a Ignacio Zuloaga.

La casa de Chamberí es declarada en ruinas y la familia tuvo que buscar nueva residencia, trasladándose a otra de la calle de Reina Victoria, mucho más pequeña que la anterior, viéndose obligados los hermanos Solana a vender gran parte de sus colecciones.

Estuvo presente en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1924, así como en la habitual muestra de Pittsburg o en el Salón de Otoño.

Eugenio d’Ors se sorprendió por su pintura y comenzó sus comentarios en la Revista de Occidente, creándose posteriormente entre los dos una buena amistad que influyó en momentos concretos de la vida del artista. Su libro Dos pueblos de Castilla se publicó ese mismo año.

En 1925 pintó el retrato de El viejo armador.

Durante 1926 vio la luz su única novela, Florencio Cornejo, libro de formato reducido en el que narra los últimos momentos de su tío loco, preso de delirios cuando se acercaba la hora de su muerte en el pueblo de Ogarrio, seguidos de la crónica de su velatorio y entierro en la citada localidad cántabra.

A principios de 1928 los Solana marcharon a París animados por el cineasta y escritor Edgar Neville, presentándose en el mismo enero veintiún lienzos del pintor en la galería Bernheim-Jeune. La muestra tuvo poco éxito, sin apenas visitantes, aunque sí lo hará Picasso.

Concurrió a la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 y obtuvo Medalla de Oro.

El ciego de los romances

El torero  Lechuga

Corrida de toros en Chinchón

 

A lo largo de 1930 expuso en Santillana del Mar y en la Bienal de Venecia, así como en la nueva muestra organizada por el Carnegie Institute de Pittsburg, apenas perdonando su habitual presencia en estas dos últimas muestras. Así, un año después remitió, de nuevo, cuadros a la citada ciudad norteamericana, aunque también envió obra a Chicago.

Al tiempo, se observa en Solana un renovado énfasis por los temas escatológicos, como en la Procesión de la muerte, de 1930, o El fin del mundo, de 1932, obra que muestra el final al que el hombre está abocado, Solana, torturado por el enigma de la muerte, tampoco plasma en ella el menor signo de esperanza.

En 1932 volvió, además, a Venecia, donde contó con sala propia, y un año después el noruego Magnus Gronvold le organizó una muestra individual en Oslo con cincuenta de sus obras. La acogida por el público fue excelente y muchos cuadros quedaron en colecciones del país, mientras Pola Gauguin, el hijo del pintor, le relacionó con expresionistas de la talla de Munch o James Ensor.

En 1935 comenzó el retrato de Miguel de Unamuno que le encargó el Ministerio de Instrucción Pública.

Murió, entre tanto, la madre, totalmente trastornada, y los Solana trasladaron su domicilio a la calle Ramón y Cajal, hoy paseo de María Cristina, zona cercana al Retiro donde la familia se encontraría a gusto.

A comienzos de 1936, en febrero, Solana participó con quince lienzos en la muestra Arte Español Contemporáneo, celebrada en París, logrando por fin su consagración definitiva en Francia, donde el mismo gobierno galo le compró algunos cuadros.

Boxeador

El entierro de la sardina

 

Gozando ya de notable prestigio como pintor y escritor, varias entidades artísticas y literarias, apoyadas por numerosos intelectuales, le rindieron a continuación un gran homenaje y costearon el libro José Gutiérrez-Solana, pintor español, donde se reproducen varios textos de sus libros y un centenar de cuadros y dibujos.

Al estallar la Guerra Civil los hermanos fueron invitados por el gobierno de la República a abandonar Madrid y a instalarse, junto con otros artistas e intelectuales, en el Ritz de Valencia, acondicionado como Casa de Cultura.

Presentó otros quince óleos en el pabellón de la República de la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de París, junto a obras de Picasso, Miró o Julio González, trasladándose a continuación con su hermano a dicha ciudad a comienzos de 1938.

Conoció en 1938 a Raymond Cogniat, asesor de la sala que la revista Gazette des Beaux Arts tenía abierta en el Fauburg Saint Honoré, e inauguró allí, poco después, una importante individual con cincuenta cuadros de todas sus épocas. En el catálogo que presentaba su obra participaron plumas de la talla de Jean Cassou, Marcelle Auclair o el propio Cogniat, con textos elogiosos donde se le consideraba heredero del Greco, del realismo de Ribera y de la sátira de Goya. El éxito, como en Noruega, fue total.

Terminada la Guerra Civil, Eugenio d’Ors le convenció para volver a Madrid, instalándose los dos hermanos en su antiguo domicilio de María Cristina.

En 1942 se presentó a diversas muestras, como la denominada Rincones y costumbres de Madrid, donde logró Medalla de Oro, obteniendo a continuación la Medalla de Honor Extraordinaria en la Exposición Nacional de Barcelona, evento al que acudió con cuadros de años anteriores.

La reunión de la rebotica

Flagelantes

Procesión en Zamora

Un maestro de escuela

 

En 1943 recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, aunque no obtiene, por un solo voto, la de Honor en la correspondiente Exposición Nacional de Bellas Artes.

Participó después en la Bienal de Venecia, donde el gobierno italiano le compró El Puente de las Ventas.

Volvió a Santander donde realizó diversas y animadas telas ahora plenas de luz, pero en 1945 sufrió un ataque de uremia, enfermedad casi incurable que le obligó a ingresar en un sanatorio, donde falleció el 24 de junio, día de san Juan.

Sus amigos llevaron su cuerpo sin vida hasta su piso, siendo enterrado en el cementerio de La Almudena.

Poco después, y a título póstumo, le concederían la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes.

Su hermano Manuel entregó al Estado, como homenaje a su memoria, su conocida Procesión de la muerte.

Escritos: Madrid. Escenas y Costumbres (primera serie), Madrid, Imprenta Artística Española, 1913; Madrid. Escenas y Costumbres (segunda serie), Madrid, Imprenta Mesón de Paños, 1918; La España negra, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1920; Madrid Callejero, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1923; Dos pueblos de Castilla, Madrid, Imprenta Ciudad Lineal, 1924; Florencio Cornejo, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1926; París, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008; La España negra (II). Viajes por España y otros escritos, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008.

En 1999 el  Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía adquiere el archivo de José Gutiérrez Solana, que comprende, entre otros materiales, manuscritos, fotografías, obras y bocetos originales, artículos y recortes de prensa.

La guerra

El burro con máscaras

El entierro de la sardina

La procesión de la muerte

Autorretrato

Retrato de Miguel de Unamuno

Retrato de mi tío Florencio Cornejo El mudo 1914

 

José Gutiérrez Solana y la AEPE

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

I Salón de Otoño de 1920: La guerra, Las peinadoras, Los clowns y La Tertulia del Café de Pombo

II Salón de Otoño de 1921: Las coristas, La Dolorosa

III Salón de Otoño de 1922: El viejo profesor de anatomía y El comedor de los pobres

IV Salón de Otoño de 1923: El cura del pueblo, Corrida de toros, Procesión en Toro, Rogativas y Retrato del escritor Correa Calderón

V Salón de Otoño de 1924: Retrato de Isidro Carmona El Lechuga y El patio de caballos y desolladero

VI Salón de Otoño de 1925: Las chozas de la Alhóndiga, El viejo armador, Una procesión y Naturaleza muerta

XI Salón de Otoño de 1931: El arrabal, Niña dormida, La mujer del espejo, Incendio en un pueblo, Marina y El carro de la carne

XIII Salón de Otoño de1933: Dos mujeres con un cesto de ropa, Los disciplinantes y Procesión en Pancorbo

XV Salón de Otoño de 1935: Mujeres arreglándose

XVI Salón de Otoño de 1942: Mujeres y Tres mujeres

XXXXII Salón de Otoño de 1972: Figuras

50 Salón de Otoño de 1983: Figuras

Las chicas de Claudia

Las coristas

La vuelta del indiano

La tertulia del café de Pombo

Vitrina

Mujeres de la casa del Arrabal

Bodegón

Los Autómatas

 

AÑO JOSÉ GARNELO Y ALDA: La AEPE en el 160 aniversario de su nacimiento

AÑO JOSÉ GARNELO Y ALDA: La AEPE en el 160 aniversario de su nacimiento

Subdirector del Museo del Prado

Socio Fundador de la Asociación de Pintores y Escultores

Secretario de la Asociación de Pintores y Escultores

 

Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes de la AEPE: José Santiago Garnelo y Alda

Mujer con mantón y peineta

Gaceta de Bellas Artes: hace 100 años…

Retales de la historia de la Asociación Española de Pintores y Escultores

Abrimos la hemeroteca para rescatar alguna noticia curiosa publicada en la Gaceta de Bellas Artes de hace cien años. Un viaje en el tiempo breve y ameno para descubrir el lado más humano, insólito y cotidiano de la comunidad artística que formaba la Asociación Española de Pintores y Escultores de 1926.

https://gacetadebellasartes.es/administracion/ar_archivos/revistas/agosto%20%201926.pdf 

 

AEPE: Nuestro patrimonio

Conocimiento y colaboración

La Asociación Española de Pintores y Escultores custodia un valioso patrimonio artístico que nos pertenece a todos. En esta sección, mostraremos pieza a pieza, las obras que forman parte de nuestros archivos e inventario.

Es también una invitación a la auditoría colaborativa. Si detectáis algún dato incorrecto, una autoría por confirmar o reconocéis una obra propia cuyo registro debamos actualizar, os animamos a poneros en contacto con nosotros. Conocer nuestro patrimonio es un orgullo, y mantenerlo vivo y fiel a la realidad es una tarea que hacemos juntos.

 

Anónimo

Sin título

Madera/bronce

45 x 15 x 44

 

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