Recordando… José Gutiérrez Solana

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

José Gutiérrez Solana

GUTIERREZ SOLANA, José         P  <1922        28.feb.1886     MADRID        MADRID            24.jun.1945

Autorretrato con muñeca

 

José Romano Gutiérrez-Solana y Gutiérrez-Solana nació en Madrid, el 28 de febrero de 1886, en la calle Conde de Aranda, n.º 9.

Hijo de José Tereso Gutiérrez Solana, natural de Potosí, México, aunque de ascendencia santanderina, y de Manuela Josefa Gutiérrez Solana, perteneciente a una familia de abolengo de Arredondo, Cantabria, y prima carnal de su marido. De este matrimonio nacieron nueve hijos, ocupando José el quinto lugar.

El padre, aunque licenciado en Medicina en el colegio de San Carlos de Madrid, nunca ejerció su profesión en España, ya que vino como indiano acaudalado tras la fortuna conseguida por sus padres en ultramar con la minería.

Uno de sus antepasados fue el empresario indiano, mecenas y político, Antonio Gutiérrez-Solana.

La infancia de Solana transcurrió en la casa familiar de Madrid, donde convivirá también con su tío Florencio, el hermano mudo de su madre. Un hogar de la alta burguesía con dos pisos y saturado de valiosos objetos coleccionados por el padre: alfombras, porcelanas, relojes, muebles isabelinos, libros antiguos, máscaras, ídolos y figuras de cera mexicanos, objetos y escenografía que tanto influirán en el impresionable muchacho y en su posterior obra.

Realizó el bachillerato en el instituto San Isidro, aunque su padre, gran bibliófilo y buen aficionado a la fotografía, pronto observó su interés por la pintura y le alentó al respecto, recibiendo Solana clases particulares de dibujo de su tío José Díaz Palma, catedrático de dibujo en la Universidad de Salamanca,  entre los siete y los doce años, momento en que su progenitor falleció.

1915

 

Solana con su hermano Manuel y el crítico Sánchez Camargo. 1945

 

Tras la muerte de su padre, Josefa, su madre, también se trastornaría, hecho que unido al temprano fallecimiento de varios de sus hermanos, marcará su obra, donde muerte y locura conviven.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando entre 1900 y 1904, donde tuvo como profesores a Alejo Vera en Colorido y a Moreno Carbonero en Dibujo, los dos pintores de historia con Primeras Medallas en las Exposiciones Nacionales y socios de la AEPE, al igual que José Parada y Santín, su profesor de Anatomía por el que sentía debilidad.

Con Victorio Macho como compañero de clase preferido, Solana ya tenía en esos momentos una idea muy clara de la pintura a realizar, pues rechazaba las leyes tradicionales de modelado y composición para dar prioridad al “carácter” de la obra, no gustando tampoco del luminismo sorollista que entonces seducía a muchos de sus compañeros.

Por esta época copió en el Prado algunos cartones para tapices de Goya y estudió luego en profundidad la pintura española, desde El Greco a Ribera o Velázquez, así como a Brueghel el Viejo y su Triunfo de la muerte. Conocía la pintura de Gauguin y Van Gogh y los avances del posimpresionismo europeo, y reprochaba al impresionismo mostrar una realidad fugaz y engañosa que apenas tenía que ver con lo que él consideraba auténtica pintura.

 

 

Hacia 1903, comenzó a acudir por las tardes al Nuevo Café de Levante, en la calle del Arenal, conociendo en sus animadas tertulias de arte y literatura a personalidades como los Baroja, Rusiñol, Rubén Darío, los Machado, Corpus Barga, crítico de El País, y, sobre todo, Valle- Inclán, para muchos la verdadera alma del café. No tardó, por otro lado, en contactar allí con Regoyos, autor, junto con Verhaeren, de la España negra, famoso libro de 1899 que mostraba una visión no demasiado halagüeña del país y que interesaría sobremanera a Solana.

En todo caso, resulta especialmente notable la profunda evolución que experimentó su pintura desde este momento, pasando en apenas dos años de realizar escenas de corte sentimental a lienzos ya dentro del personal y uniforme estilo que caracterizó toda su carrera.

En 1903 se presentó a la Nacional con dos piezas, pero su pintura no agradó y fue destinada a un rincón de la primera planta del Palacio de Exposiciones, apenas visitado por el público.

Ya terminados sus estudios, Solana acudía con asiduidad a las tascas y tugurios de la calle de la Aduana y alrededores, mientras, junto a su hermano Manuel, daba largos y diarios paseos por ese Madrid popular de las afueras que tanto le gustaba, como los merenderos de la Bombilla o los ventorros de Cuatro Caminos.

Él beso de Judas

Cabezas y caretas

Niños con lámpara

 

 

En 1906 el socio de la AEPE Ricardo Baroja, le anima a entrar aún más en contacto con los suburbios de la capital y observar el mundo de los traperos, mendigos y demás desheredados de la urbe. En esa línea cabría situar Los chulos, donde fantasmales personajes del mundo del hampa, apenas esbozados, observan al espectador con gesto agrio e inquietante mirada, vivo testimonio del Madrid más sórdido.

En la Exposición Nacional de 1906, obtuvo una Mención de Honor por el conjunto de sus dieciocho lienzos presentados, fruto la mayoría de sus contactos con el Madrid arrabalero. Procesión en Toledo  gustó especialmente a Ignacio Zuloaga, quien le ayudaría a descubrir la auténtica esencia de la España popular.

En 1907 expuso en el Círculo de Bellas Artes telas cuyos títulos escandalizaron al público y provocaron fuertes comentarios entre la perpleja crítica, si bien no faltaron los que apreciaban su forma de pintar, admirados por la trágica humanidad que mostraba el artista, como Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, con quien estableció una profunda amistad.

Solana partió de Madrid hacia Santander a finales de 1908, junto a su hermano Manuel y el resto de la familia, ya que los médicos esperaban que así mejorase la salud mental de la madre. Allí se instalaron en un viejo caserón familiar donde José contemplaba el barrio marinero y encontró, por primera vez, el sosiego necesario para madurar su arte. Pero Madrid le seguía atrayendo, retornando a la ciudad periódicamente.

Recorrió los pueblos de Cantabria, Aragón, las dos Castillas o Extremadura, nutriéndose de experiencias y recuerdos que más tarde cristalizaron en su obra literaria más famosa, La España negra.

Carnaval en Las Ventas

El ermitaño

El espejo de la muerte alta

 

Participó en la Nacional de 1915 con Los caídos, obra protagonizada por una familia de seres marginales junto a la cama de una humilde habitación, como un prostíbulo. La tela, prácticamente oculta durante la visita de Alfonso XIII al evento, también fue atacada por la crítica, aunque no faltaría la pluma de una joven Margarita Nelken para defenderla con firmeza.

De esta época son también los retratos de El torero Lechuga y El Lechuga y su cuadrilla, visible aquí el influjo de Zuloaga. Ambos óleos, en todo caso, son como un tributo de admiración hacia los humildes toreros de pueblo, no en vano el propio Solana aparece como novillero en una foto de 1909 tomada en Montilla, Córdoba, cuando formaba parte de la cuadrilla del torero Bombé.

En la Nacional de 1917 obtuvo su primer éxito importante al alcanzar una Tercera Medalla con Procesión de los escapularios, cuadro muy relacionado con su Procesión de noche.

A finales de año Solana decidió volverse definitivamente a Madrid con su madre y su inseparable hermano Manuel, instalándose en la calle de Santa Feliciana, en el barrio de Chamberí.

Se convirtió, además, en asiduo contertulio del café Pombo, en la calle Carretas, mientras en 1918 publicó la segunda parte de Madrid, escenas y costumbres.

El fin del mundo

Chulos y chulas

 

El año de 1920 fue pródigo para el artista, publicando La España negra, libro de temática pesimista que, con gran capacidad de descripción y sin artificios literarios, muestra un país gris poblado por personajes sin alegría, dedicando el volumen a Gómez de la Serna. También terminó La tertulia del café Pombo, donde destaca la presencia de José Bergamín, Manuel Abril y Mauricio Bacarisse, escritores, junto a Bartolozzi, gran dibujante, y el propio Solana, en el extremo de la derecha y mirando al espectador.

El óleo fue expuesto primero en el Salón de Otoño y colgado después, ya en diciembre, en las paredes del café con grandes honores. Al respecto, Francisco Alcántara, antes hostil a su pintura, lo consideraría profundo, trágico y pleno de vibración poética. Respecto al cuadro de La tertulia del Café de Pombo, recomiendo leer el artículo que publiqué en 2021 y que puede leerse online: https://apintoresyescultores.es/recordando-la-tertulia-del-cafe-de-pombo/

Poco después, ya en 1921, sus contertulios le dedicaron un banquete-homenaje, multiplicándose las adhesiones entre la elite cultural y científica de España; baste como ejemplo la opinión de Beruete, entonces director del Prado, quien situaría la obra entre las más interesantes de nuestro momento artístico.

Al tiempo, participó en la Exhibición de Pintura Española de la Royal Academy de Londres, donde Singer Sargent adquirió su Carnaval en la aldea y celebró su primera exposición individual en el Ateneo de Santander.

Realizaba frecuentes escapadas al Madrid castizo, visitando con preferencia, en compañía de Victorio Macho, Roberto Domingo o Daniel Vázquez Díaz, la zona del Rastro.

El Lechuga y su cuadrilla

Corrida de toros en Sepúlveda

Semana Santa

Vuelta de la pesca

 

En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922 obtuvo la Primera Medalla y publicó su Madrid callejero, que dedicó a Ignacio Zuloaga.

La casa de Chamberí es declarada en ruinas y la familia tuvo que buscar nueva residencia, trasladándose a otra de la calle de Reina Victoria, mucho más pequeña que la anterior, viéndose obligados los hermanos Solana a vender gran parte de sus colecciones.

Estuvo presente en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1924, así como en la habitual muestra de Pittsburg o en el Salón de Otoño.

Eugenio d’Ors se sorprendió por su pintura y comenzó sus comentarios en la Revista de Occidente, creándose posteriormente entre los dos una buena amistad que influyó en momentos concretos de la vida del artista. Su libro Dos pueblos de Castilla se publicó ese mismo año.

En 1925 pintó el retrato de El viejo armador.

Durante 1926 vio la luz su única novela, Florencio Cornejo, libro de formato reducido en el que narra los últimos momentos de su tío loco, preso de delirios cuando se acercaba la hora de su muerte en el pueblo de Ogarrio, seguidos de la crónica de su velatorio y entierro en la citada localidad cántabra.

A principios de 1928 los Solana marcharon a París animados por el cineasta y escritor Edgar Neville, presentándose en el mismo enero veintiún lienzos del pintor en la galería Bernheim-Jeune. La muestra tuvo poco éxito, sin apenas visitantes, aunque sí lo hará Picasso.

Concurrió a la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 y obtuvo Medalla de Oro.

El ciego de los romances

El torero  Lechuga

Corrida de toros en Chinchón

 

A lo largo de 1930 expuso en Santillana del Mar y en la Bienal de Venecia, así como en la nueva muestra organizada por el Carnegie Institute de Pittsburg, apenas perdonando su habitual presencia en estas dos últimas muestras. Así, un año después remitió, de nuevo, cuadros a la citada ciudad norteamericana, aunque también envió obra a Chicago.

Al tiempo, se observa en Solana un renovado énfasis por los temas escatológicos, como en la Procesión de la muerte, de 1930, o El fin del mundo, de 1932, obra que muestra el final al que el hombre está abocado, Solana, torturado por el enigma de la muerte, tampoco plasma en ella el menor signo de esperanza.

En 1932 volvió, además, a Venecia, donde contó con sala propia, y un año después el noruego Magnus Gronvold le organizó una muestra individual en Oslo con cincuenta de sus obras. La acogida por el público fue excelente y muchos cuadros quedaron en colecciones del país, mientras Pola Gauguin, el hijo del pintor, le relacionó con expresionistas de la talla de Munch o James Ensor.

En 1935 comenzó el retrato de Miguel de Unamuno que le encargó el Ministerio de Instrucción Pública.

Murió, entre tanto, la madre, totalmente trastornada, y los Solana trasladaron su domicilio a la calle Ramón y Cajal, hoy paseo de María Cristina, zona cercana al Retiro donde la familia se encontraría a gusto.

A comienzos de 1936, en febrero, Solana participó con quince lienzos en la muestra Arte Español Contemporáneo, celebrada en París, logrando por fin su consagración definitiva en Francia, donde el mismo gobierno galo le compró algunos cuadros.

Boxeador

El entierro de la sardina

 

Gozando ya de notable prestigio como pintor y escritor, varias entidades artísticas y literarias, apoyadas por numerosos intelectuales, le rindieron a continuación un gran homenaje y costearon el libro José Gutiérrez-Solana, pintor español, donde se reproducen varios textos de sus libros y un centenar de cuadros y dibujos.

Al estallar la Guerra Civil los hermanos fueron invitados por el gobierno de la República a abandonar Madrid y a instalarse, junto con otros artistas e intelectuales, en el Ritz de Valencia, acondicionado como Casa de Cultura.

Presentó otros quince óleos en el pabellón de la República de la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de París, junto a obras de Picasso, Miró o Julio González, trasladándose a continuación con su hermano a dicha ciudad a comienzos de 1938.

Conoció en 1938 a Raymond Cogniat, asesor de la sala que la revista Gazette des Beaux Arts tenía abierta en el Fauburg Saint Honoré, e inauguró allí, poco después, una importante individual con cincuenta cuadros de todas sus épocas. En el catálogo que presentaba su obra participaron plumas de la talla de Jean Cassou, Marcelle Auclair o el propio Cogniat, con textos elogiosos donde se le consideraba heredero del Greco, del realismo de Ribera y de la sátira de Goya. El éxito, como en Noruega, fue total.

Terminada la Guerra Civil, Eugenio d’Ors le convenció para volver a Madrid, instalándose los dos hermanos en su antiguo domicilio de María Cristina.

En 1942 se presentó a diversas muestras, como la denominada Rincones y costumbres de Madrid, donde logró Medalla de Oro, obteniendo a continuación la Medalla de Honor Extraordinaria en la Exposición Nacional de Barcelona, evento al que acudió con cuadros de años anteriores.

La reunión de la rebotica

Flagelantes

Procesión en Zamora

Un maestro de escuela

 

En 1943 recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, aunque no obtiene, por un solo voto, la de Honor en la correspondiente Exposición Nacional de Bellas Artes.

Participó después en la Bienal de Venecia, donde el gobierno italiano le compró El Puente de las Ventas.

Volvió a Santander donde realizó diversas y animadas telas ahora plenas de luz, pero en 1945 sufrió un ataque de uremia, enfermedad casi incurable que le obligó a ingresar en un sanatorio, donde falleció el 24 de junio, día de san Juan.

Sus amigos llevaron su cuerpo sin vida hasta su piso, siendo enterrado en el cementerio de La Almudena.

Poco después, y a título póstumo, le concederían la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes.

Su hermano Manuel entregó al Estado, como homenaje a su memoria, su conocida Procesión de la muerte.

Escritos: Madrid. Escenas y Costumbres (primera serie), Madrid, Imprenta Artística Española, 1913; Madrid. Escenas y Costumbres (segunda serie), Madrid, Imprenta Mesón de Paños, 1918; La España negra, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1920; Madrid Callejero, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1923; Dos pueblos de Castilla, Madrid, Imprenta Ciudad Lineal, 1924; Florencio Cornejo, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1926; París, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008; La España negra (II). Viajes por España y otros escritos, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008.

En 1999 el  Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía adquiere el archivo de José Gutiérrez Solana, que comprende, entre otros materiales, manuscritos, fotografías, obras y bocetos originales, artículos y recortes de prensa.

La guerra

El burro con máscaras

El entierro de la sardina

La procesión de la muerte

Autorretrato

Retrato de Miguel de Unamuno

Retrato de mi tío Florencio Cornejo El mudo 1914

 

José Gutiérrez Solana y la AEPE

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

I Salón de Otoño de 1920: La guerra, Las peinadoras, Los clowns y La Tertulia del Café de Pombo

II Salón de Otoño de 1921: Las coristas, La Dolorosa

III Salón de Otoño de 1922: El viejo profesor de anatomía y El comedor de los pobres

IV Salón de Otoño de 1923: El cura del pueblo, Corrida de toros, Procesión en Toro, Rogativas y Retrato del escritor Correa Calderón

V Salón de Otoño de 1924: Retrato de Isidro Carmona El Lechuga y El patio de caballos y desolladero

VI Salón de Otoño de 1925: Las chozas de la Alhóndiga, El viejo armador, Una procesión y Naturaleza muerta

XI Salón de Otoño de 1931: El arrabal, Niña dormida, La mujer del espejo, Incendio en un pueblo, Marina y El carro de la carne

XIII Salón de Otoño de1933: Dos mujeres con un cesto de ropa, Los disciplinantes y Procesión en Pancorbo

XV Salón de Otoño de 1935: Mujeres arreglándose

XVI Salón de Otoño de 1942: Mujeres y Tres mujeres

XXXXII Salón de Otoño de 1972: Figuras

50 Salón de Otoño de 1983: Figuras

Las chicas de Claudia

Las coristas

La vuelta del indiano

La tertulia del café de Pombo

Vitrina

Mujeres de la casa del Arrabal

Bodegón

Los Autómatas

 

Recordando… La Tertulia del Café de Pombo

Por Mª Dolores Barreda Pérez

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

 

La Tertulia del Café de Pombo

José Gutiérrez Solana

1920. Óleo sobre lienzo. 161,5 x 211,5 cm

 

Hace unos años el Museo Reina Sofía lanzó un espacio web que permite explorar obras de su Colección con un zoom de gran definición con el que analizar trabajos de algunos artistas, como el famoso cuadro por todos conocido, del que fuera socio de la AEPE, José Gutiérrez Solana, titulado “La Tertulia del Café de Pombo”.

A raíz de esta información básica, realizo distintas búsquedas básicas de esa obra en la red y compruebo, que en ningún medio escrito aparece que el cuadro se presentó en el I Salón de Otoño que organiza la Asociación de Pintores y Escultores, celebrado en octubre de 1920, al que concurrió el socio José Gutiérrez Solana, inscrito así como natural de Madrid, donde reside, en la calle de Santa Feliciana número 5.

A este I Salón de Otoño presentó Gutiérrez Solana las obras 363- “La guerra” (1,30 x 1,16), 364- “Las peinadoras” (165 x 1,35), 365- “Los clowns” (1,20 x 1,16) y 366- “La tertulia del Café de Pombo” (1,85 x 2,35). En el catálogo editado con tal motivo, aparece una reproducción de la obra en blanco y negro.

En la prensa de la época encontramos algunas reseñas a la obra, como la aparecida en la revista Cosmópolis de diciembre de 1920, en la que Ballesteros de Martos firmaba un largo artículo en el que incluía lo siguiente: “Las tres notas salientes del Salón de Otoño las constituyen los envíos de Daniel Vázquez Díaz, Gutiérrez-Solana y Gustavo de Maeztu. Los tres artistas representan el único anhelo de independencia moral e intelectual que allí puede verse…. “La tertulia del Café de Pombo”, que por sus pretensiones podría ser una obra maestra, no prueba más que la impotencia técnica y la parvedad intelectiva del pintor. Ni son retratos, ni son interpretaciones más o menos personales de las psicologías de los personajes, ni hay en el cuadro nada que revele el sentimiento artístico. Es vulgar de composición y mísero de medios expresivos. Los personajes parecen muñecos de trapo inexpresivos que están esperando la mano experta del ventrílocuo para que los anime y los saque de su hieratismo un poco grotesco”.

En La Ilustración española y americana del 8 de diciembre de 1920, Ramón Rivas y Llanos se expresaba así: “Si Gutiérrez Solana hubiera nacido sesenta años antes hubiera vivido en la época del asfalto y sería un gran consumidor de este color, hoy proscripto… Sus cuatro cuadros «La guerra», «Las peinadoras», «Los clowns» y «La tertulia del café de Pombo» son oscuros lodos y sucios de color. El caso de este artista es verdaderamente curioso. Temperamento de pintor, fue víctima de predicaciones literarias que tuercen su camino lanzándole por una vía que no es la de pintura, y sin orientación fija va perdiendo sus cualidades. Es un ejemplo de retroceso lamentable. El Sr. Solana no se ha percatado que sin luz y, por consiguiente, sin color, no hay cuadro. Los que le metieron en las andanzas extraviadas en que se encuentra no estaban sin duda al tanto del movimiento pictórico actual, aun cuando lo estuvieran del literario, y así le ha salido a este artista, que pretende hacer literatura con los pinceles, y !a pintura no es literatura, es otra cosa”….

Y en La Esfera del 20 de noviembre de 1920, Silvio Lago expresaba: “Ante todo se destacan los envíos de Daniel Vázquez Díaz y de Gutiérrez Solana. “El cartujo”, de Vázquez Díaz, y “Las peinadoras”, de Solana, tan distintos de concepto y de finalidad, tan alejados de inquietud sentimental, son las sendas obras que mejor les definen a cada uno. Luego hay –en ellos siempre- los aciertos del apunte de la “Cabeza de Unamuno” y del espejo superior en “La tertulia del Café de Pombo”….

Pero más allá de todo esto, recordamos que el Café y botillería Pombo era un antiguo establecimiento que abrió sus puertas a principios del siglo XIX y estaba situado en la Calle Carretas número 4 de Madrid, junto a la Puerta del Sol, una calle que por entonces estaba repleta de librerías y tiendas ortopédicas.

En el siglo XIX y hasta la Guerra Civil, los cafés eran instituciones fundamentales en la vida cultural de Madrid y de otras ciudades españolas, por las tertulias que en ellos se realizaban.

Muchos autores hablaban ya en el siglo XIX de la botillería Pombo, la más antigua de Madrid, un local modesto conocido por su leche merengada y por el sorbete de arroz que servía, pese a que algunos platos elaborados con arroz producían diarreas, por lo que era apodado graciosamente en Madrid como «el café de los cagones».

En 1915 Ramón Gómez de la Serna decidió abrir en el local su tertulia literaria de los sábados por la noche, que bautizó como “La sagrada cripta del Pombo”, con el permiso de Eduardo Lamela, dueño del local, y atrajo allí a intelectuales y artistas que se reunían hasta la una de la madrugada.

El local, que tenía una doble entrada abierta a un gran salón, que daba paso a cinco salas y acceso a los sótanos donde se reuniría la tertulia, era de techo bajo, casi angustioso, y decoración modesta, cuya única fuente de calor eran las lámparas de gas, aunque disponía de espejos, dos grandes relojes, servicio de limpiabotas y mesas rectangulares de mármol para cuatro personas.

En 1920 José Gutiérrez Solana, tomando como modelo una fotografía de Alfonso Sánchez Portela, hijo del fotógrafo Alfonso, pintó el cuadro titulado “La tertulia del café Pombo”, que presentó en el I Salón de Otoño de la Asociación de Pintores y Escultores, celebrado en el Palacio de Exposiciones del Retiro, que se inauguró el 15 de octubre de 1920.

Después, el cuadro pasó al Café de Pombo, donde presidió la “cripta” hasta el año 1937.

En el lienzo están retratados algunos de los integrantes habituales de la tertulia: Tomás Borras, periodista, comediógrafo, novelista y autor de cuentos, Manuel Abril, escritor, periodista y crítico de arte, José Bergamín, poeta, crítico, ensayista y autor teatral, Ramón Gómez de la Serna, anfitrión, Mauricio Bacarisse, poeta, novelista y ensayista, José Gutiérrez, pintor y autor literario, Pedro Emilio Coll, escritor venezolano, Salvador Bartolozzi, pintor y dibujante y José Cabrero Mons, pintor.

La mesa de reunión de la tertulia se conserva en el Museo Nacional del Romanticismo de Madrid.

La tertulia se mantuvo hasta el año 1936, en los inicios de la guerra civil española, y el local sobrevivió hasta el año 1942, en que cerró sus puertas para siempre.

El óleo sobre lienzo de Gutiérrez Solana fue un regalo del pintor a Ramón Gómez de la Serna, quien en 1947 lo donó al Estado español, quedando expuesto en el Museo Español de Arte Contemporáneo, hasta su traslado al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Café Pombo ,en la calle Carretas nº 4, cerca de la esquina con Sol

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad