Por Mª Dolores Barreda Pérez
Historia viva de la Asociación Española de Pintores y Escultores
Un recorrido por la memoria y el legado de la centenaria institución
El I Congreso Nacional de Bellas Artes
Promovido por la Asociación Española de Pintores y Escultores, el Congreso reunió por primera vez a artistas, instituciones y responsables políticos para debatir una reforma integral del sistema artístico español, convirtiéndose así en uno de los hitos fundamentales de la política cultural del primer tercio del siglo XX
Portada del diario ABC del 15 de mayo de 1918 con la Sesión inaugural del I Congreso Español
de Bellas Artes presidida por S.M. el Rey Alfonso XIII en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid
UN HITO EN LA HISTORIA CULTURAL DE ESPAÑA
Entre los días 14 y 21 de mayo de 1918, Madrid acogió la celebración del Primer Congreso Nacional de Bellas Artes, una iniciativa promovida por la Asociación Española de Pintores y Escultores que supuso un acontecimiento sin precedentes en la historia cultural española.
Por primera vez se reunían en un mismo foro artistas, académicos, representantes de las principales instituciones culturales, responsables de la Administración, críticos y personalidades del mundo intelectual con un objetivo común: analizar la situación del arte español y proponer una profunda reforma de las estructuras que sustentaban su desarrollo.
Aquel Congreso nació en un momento especialmente significativo. España permanecía neutral durante la Primera Guerra Mundial, pero atravesaba una compleja crisis política y social tras los acontecimientos de 1917. Al mismo tiempo, el panorama artístico europeo experimentaba una profunda transformación impulsada por las nuevas corrientes estéticas, mientras que el sistema artístico español continuaba apoyándose, en gran medida, sobre modelos heredados del siglo XIX. Esta circunstancia hizo evidente la necesidad de abrir un debate que permitiera modernizar la enseñanza, revisar la organización de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, dignificar la profesión artística y redefinir el papel que el Estado debía desempeñar en la promoción de la cultura.
Lejos de limitarse a un encuentro corporativo, el Congreso fue concebido como un proyecto de alcance nacional. La AEPE aspiraba a construir un espacio de reflexión capaz de articular propuestas de reforma que fortalecieran las instituciones artísticas españolas y situaran el arte como uno de los pilares fundamentales de la vida cultural del país. En este sentido, el Congreso de 1918 representó el primer intento serio de abordar de forma conjunta todos los problemas que afectaban al sistema artístico español.
La trascendencia de la iniciativa resulta aún mayor si se tiene en cuenta que la Asociación Española de Pintores y Escultores apenas contaba con ocho años de existencia desde su fundación, en 1910. En ese corto espacio de tiempo ya había logrado consolidarse como la institución representativa de los artistas españoles y adquirir la suficiente autoridad para convocar un encuentro de semejante magnitud, demostrando una notable capacidad de organización y de interlocución con las administraciones públicas.
UN ACONTECIMIENTO DE ESTADO
El carácter excepcional del Congreso quedó patente desde su misma inauguración. La sesión de apertura, celebrada en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid, estuvo presidida por el rey Alfonso XIII, cuya presencia otorgó al encuentro una relevancia política e institucional desconocida hasta entonces en la historia del arte español.
Más allá del valor protocolario del acto, la asistencia del monarca constituyó un reconocimiento explícito de la importancia que las Bellas Artes comenzaban a adquirir dentro del proyecto cultural del Estado. La presencia del Rey legitimaba las aspiraciones de los artistas y otorgaba respaldo oficial a las reivindicaciones planteadas por la Asociación Española de Pintores y Escultores, que reclamaba una participación más activa en la definición de las políticas culturales.
Las crónicas periodísticas de la época destacaron ampliamente este aspecto. Diversos diarios calificaron el Congreso como una auténtica «fiesta culta nacional», subrayando tanto la amplitud de la representación institucional como la necesidad de proteger y prestigiar el arte español en un contexto internacional cada vez más competitivo. La prensa insistía igualmente en la conveniencia de reforzar la identidad artística nacional sin renunciar a la modernización que demandaban los nuevos tiempos.
LA GRAN REUNIÓN DEL SISTEMA ARTÍSTICO ESPAÑOL
Uno de los mayores logros de la Asociación Española de Pintores y Escultores fue reunir en torno a una misma mesa a prácticamente todas las instituciones que intervenían en la vida artística española.
Participaron representantes de la Corona, del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la Dirección General de Bellas Artes, de la Universidad Central, de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, de la Escuela Especial de Arquitectura, de la Escuela Nacional de Artes Gráficas y de la Escuela de Artes y Oficios.
También estuvieron presentes los patronatos del Museo Nacional de Pintura —actual Museo Nacional del Prado—, del Museo Nacional de Arte Moderno —germen del actual Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía— y del Museo de Artes Industriales, hoy Museo Nacional de Artes Decorativas. A ellos se sumaron instituciones tan relevantes como el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, la Sociedad Central de Arquitectos, la Asociación de Escritores y Artistas, el Círculo de Bellas Artes, el Real Conservatorio de Música y Declamación y la Sociedad Amigos del Arte.
Nunca antes se había conseguido reunir un conjunto tan amplio y representativo de organismos públicos, centros docentes, museos, academias y asociaciones profesionales para debatir, de forma coordinada, el futuro del arte español. Aquella extraordinaria capacidad de convocatoria confirmó el prestigio alcanzado por la Asociación Española de Pintores y Escultores y la convirtió, de hecho, en el principal interlocutor entre los artistas y las instituciones del Estado.
Portada de la Memoria del I Congreso Nacional de Bellas Artes que publicó la AEPE
LOS GRANDES OBJETIVOS DEL CONGRESO
Desde su concepción, el Congreso se estructuró alrededor de una serie de objetivos fundamentales que respondían a las principales carencias detectadas en el sistema artístico español.
En primer lugar, se pretendía revisar la enseñanza de las Bellas Artes para adaptarla a las nuevas corrientes estéticas y técnicas que se desarrollaban en Europa. Los planes de estudio vigentes continuaban anclados en métodos excesivamente académicos, alejados de las necesidades de una creación artística en plena transformación.
Igualmente importante era la reforma de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, cuya organización, sistema de jurados, criterios de admisión y régimen de premios generaban desde hacía años un profundo descontento entre los artistas. El Congreso aspiraba a convertir estas exposiciones en un instrumento más justo, representativo y eficaz para impulsar la creación contemporánea.
Otro de los grandes ejes de debate fue la profesionalización del artista. Frente a la tradicional consideración del arte como una vocación, los congresistas defendieron la necesidad de reconocer plenamente su dimensión profesional, reclamando mejores condiciones económicas, una mayor protección institucional y mecanismos que garantizaran la dignidad del ejercicio artístico.
Finalmente, el Congreso planteó la necesidad de definir una auténtica política cultural de Estado. Se reclamó un mayor compromiso de las administraciones públicas con el fomento del patrimonio, el apoyo a la creación contemporánea, la concesión de becas y pensiones, el incremento de las adquisiciones oficiales y la proyección internacional del arte español como expresión de la cultura nacional.
Todos estos objetivos respondían a una misma aspiración: construir un sistema artístico moderno, capaz de integrar tradición e innovación y de situar a España en sintonía con los grandes movimientos culturales europeos del momento.
El Congreso de 1918 no pretendía únicamente resolver problemas inmediatos. Su verdadera ambición consistía en sentar las bases de una profunda transformación institucional que garantizara el futuro del arte español durante las décadas siguientes. Esa voluntad reformista explica que, más de un siglo después, continúe siendo considerado uno de los acontecimientos más relevantes en la historia de las políticas culturales españolas y el primer gran foro nacional de reflexión sobre la organización del sistema artístico contemporáneo.
LAS GRANDES LÍNEAS DE DEBATE DEL CONGRESO
El programa del I Congreso Nacional de Bellas Artes fue estructurado en seis grandes secciones temáticas que abordaban prácticamente todos los ámbitos relacionados con la organización del sistema artístico español. Su contenido demuestra que los organizadores no pretendían resolver cuestiones puntuales, sino impulsar una reforma integral que afectara tanto a la formación de los artistas como a las instituciones, la política cultural y el reconocimiento social de la profesión.
LA REFORMA DE LA ENSEÑANZA ARTÍSTICA
Uno de los asuntos que suscitó mayor interés fue la situación de la enseñanza de las Bellas Artes. A comienzos del siglo XX, la formación de pintores y escultores seguía dependiendo de un modelo académico heredado del siglo XIX, basado en métodos de aprendizaje excesivamente rígidos y poco permeables a las transformaciones que estaban experimentando los centros artísticos europeos.
Los participantes coincidieron en que resultaba imprescindible revisar los planes de estudio de las escuelas y academias de arte para adaptarlos a los nuevos lenguajes estéticos y a las necesidades técnicas de la creación contemporánea. No se trataba únicamente de incorporar nuevas disciplinas, sino también de modificar la propia concepción pedagógica de la enseñanza artística, favoreciendo una formación más abierta y acorde con la evolución del arte moderno.
El debate alcanzó igualmente a la organización del profesorado y al sistema de cátedras, considerados excesivamente inmovilistas. Se defendió la incorporación de especialistas capaces de transmitir una visión más actualizada del panorama artístico internacional y de preparar a los futuros creadores para afrontar un contexto cultural mucho más competitivo.
Esta preocupación por la enseñanza ocupó un lugar central durante todo el Congreso. Tanto la prensa como las intervenciones institucionales coincidieron en señalar que la regeneración del arte español debía comenzar necesariamente por la renovación de sus centros docentes. Modernizar la educación artística significaba, en definitiva, construir los cimientos sobre los que habría de asentarse el futuro de las Bellas Artes en España.
LA REFORMA DE LAS EXPOSICIONES NACIONALES DE BELLAS ARTES
Otro de los grandes bloques de discusión giró en torno a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, principal instrumento de reconocimiento oficial de los artistas desde mediados del siglo XIX.
El reglamento aprobado en 1917 había provocado un intenso malestar entre numerosos artistas, especialmente por el funcionamiento de los jurados, el procedimiento de admisión de las obras y el sistema de concesión de premios. Muchos creadores consideraban que estos mecanismos favorecían posiciones excesivamente conservadoras y limitaban la incorporación de nuevas sensibilidades estéticas.
El Congreso se convirtió así en el escenario idóneo para analizar estas deficiencias y formular propuestas de reforma. Entre las principales reivindicaciones figuraban una composición más representativa de los jurados, criterios de selección más transparentes y una revisión profunda del régimen de recompensas, con el propósito de reducir su carácter arbitrario.
Especial relevancia adquirió el debate sobre la conveniencia de separar las adquisiciones realizadas por el Estado de la concesión de medallas y premios, evitando que ambos procesos respondieran a los mismos criterios de valoración. La propuesta pretendía reforzar la objetividad del sistema y disminuir la influencia de intereses corporativos o personales.
En realidad, tras estas discusiones subyacía una confrontación mucho más amplia entre dos formas de entender el arte español. De un lado permanecía el modelo académico tradicional, heredero de las grandes exposiciones decimonónicas; de otro, comenzaba a consolidarse una generación de artistas que reclamaba procedimientos más abiertos y una mayor presencia de las corrientes renovadoras. El Congreso no resolvió definitivamente este conflicto, pero contribuyó decisivamente a orientar las reformas que se incorporarían al Reglamento de las Exposiciones Nacionales de 1920.
EL PAPEL DEL ESTADO EN LA POLÍTICA CULTURAL
La presencia de Alfonso XIII en la inauguración simbolizó la importancia que el Congreso otorgaba a la intervención de los poderes públicos en el desarrollo de las Bellas Artes.
Los congresistas defendieron que el Estado debía asumir una responsabilidad mucho más activa en la protección y promoción del patrimonio artístico, incrementando el apoyo económico a los creadores mediante becas, pensiones, adquisiciones oficiales y programas de mecenazgo.
Igualmente importante resultó el debate sobre la proyección internacional del arte español. En un momento en que Europa redefinía su mapa político y cultural tras la Gran Guerra, numerosos participantes insistieron en la necesidad de fortalecer la presencia de los artistas españoles en el extranjero como parte de una estrategia de diplomacia cultural que reforzara el prestigio internacional de España.
Estas propuestas respondían también a un contexto político especialmente delicado. La crisis institucional abierta en 1917 había puesto de manifiesto la necesidad de reforzar aquellos elementos capaces de favorecer la cohesión nacional. En este sentido, el arte comenzó a concebirse no solo como una manifestación estética, sino también como un instrumento de identidad colectiva y un componente esencial del proyecto cultural del Estado.
Retrato de Juan Espina y Capo, por Joaquín Sorolla, Museo del Prado, artífice del I Congreso Nacional de Bellas Artes
LA DIGNIFICACIÓN DE LA PROFESIÓN ARTÍSTICA
Uno de los aspectos más innovadores del Congreso fue la reflexión sobre la situación profesional de los artistas españoles.
La Asociación Española de Pintores y Escultores llevaba años denunciando la precariedad económica que afectaba a buena parte del colectivo y reclamando el reconocimiento del trabajo artístico como una profesión con derechos propios y respaldo institucional.
Durante las sesiones se debatieron cuestiones relacionadas con la regulación del mercado del arte, las relaciones entre los creadores y la Administración, la necesidad de mejorar las condiciones económicas de los artistas y el establecimiento de mecanismos que garantizaran una mayor estabilidad profesional.
Estas reivindicaciones reflejaban un cambio profundo en la consideración social del artista. Frente a la imagen romántica del creador aislado, comenzaba a imponerse la figura del profesional integrado en la vida cultural del país, con responsabilidades públicas y necesidades laborales comparables a las de cualquier otra actividad intelectual.
LA ORGANIZACIÓN INSTITUCIONAL DEL SISTEMA ARTÍSTICO
Otra de las cuestiones fundamentales fue la organización corporativa de los artistas y la articulación de mecanismos permanentes de representación ante las administraciones públicas.
El Congreso analizó el papel de las asociaciones profesionales, las academias y las diferentes instituciones culturales, proponiendo fórmulas que facilitaran una coordinación más eficaz entre todas ellas.
En este terreno, la Asociación Española de Pintores y Escultores desempeñó un papel protagonista. Su capacidad para convocar el Congreso y reunir a la práctica totalidad del mundo artístico español consolidó definitivamente su prestigio como institución representativa de los artistas y como interlocutor privilegiado ante el Estado.
Muchos observadores interpretaron esta sección como el primer intento serio de establecer una política artística continuada basada en la colaboración entre los poderes públicos y las organizaciones profesionales, un planteamiento plenamente coherente con los procesos de institucionalización cultural que comenzaban a desarrollarse en otros países europeos.
UN CONGRESO CONCEBIDO COMO CELEBRACIÓN NACIONAL DEL ARTE
Junto a las sesiones de trabajo, el programa incluyó diversas actividades culturales y sociales que contribuyeron a reforzar el carácter público del acontecimiento.
Entre ellas destacaron el concierto de gala dirigido por el maestro Rafael Benedito, las recepciones organizadas en el Parque del Retiro y el homenaje tributado a Diego Velázquez ante el monumento erigido frente al Museo del Prado.
Lejos de constituir simples actos protocolarios, estas celebraciones respondían a una concepción muy concreta del Congreso. Sus organizadores entendían que el arte debía ocupar un lugar visible dentro de la vida pública y convertirse en un elemento de cohesión social y prestigio nacional. El ambiente de participación que reflejó la prensa contribuyó a proyectar la imagen del Congreso como una auténtica celebración de la cultura española, reforzando el reconocimiento público de las Bellas Artes y consolidando el éxito institucional de la iniciativa.
LA REPERCUSIÓN DEL CONGRESO Y SU INFLUENCIA EN LA POLÍTICA ARTÍSTICA ESPAÑOLA
Aunque muchas de las propuestas formuladas durante el I Congreso Nacional de Bellas Artes no encontraron una aplicación inmediata, su influencia sobre la evolución del sistema artístico español fue mucho más profunda de lo que podría deducirse de sus resultados inmediatos. El Congreso abrió un proceso de reflexión colectiva que marcaría buena parte de los debates sobre política cultural durante las décadas siguientes y consolidó la idea de que la organización de las Bellas Artes debía convertirse en una cuestión de interés público.
Uno de los ámbitos en los que su influencia resultó más visible fue el de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Las críticas formuladas en las distintas sesiones del Congreso respecto a la composición de los jurados, los procedimientos de admisión de las obras y el régimen de premios no quedaron reducidas al terreno de la discusión teórica, sino que contribuyeron a impulsar la revisión del sistema reglamentario que culminaría con la aprobación del nuevo Reglamento de 1920.
Aquella reforma incorporó parte de las inquietudes planteadas por los congresistas y supuso un intento de racionalizar el funcionamiento de las Exposiciones Nacionales. Se introdujeron modificaciones destinadas a mejorar la organización de los jurados, revisar determinados procedimientos administrativos y responder a algunas de las críticas que desde hacía años venían formulando los propios artistas. Sin embargo, las transformaciones fueron necesariamente parciales y no alteraron la estructura fundamental del modelo expositivo heredado del siglo XIX.
Las tensiones entre tradición y renovación continuaron siendo una constante durante las convocatorias celebradas entre 1919 y 1936. Los jurados siguieron estando dominados por académicos y artistas consagrados, circunstancia que provocó frecuentes controversias acerca de la admisión de obras, la distribución de premios y la escasa representación de los propios creadores en la toma de decisiones. Las discusiones surgidas en torno a cada Exposición Nacional demostraban que muchos de los problemas denunciados en 1918 permanecían todavía sin resolver.
Aun así, el Congreso había conseguido introducir un cambio de enorme trascendencia: por primera vez el funcionamiento de las Exposiciones Nacionales dejaba de considerarse una cuestión exclusivamente administrativa para convertirse en objeto de un debate público sobre los criterios de legitimación artística, la representación de los artistas y el papel del Estado en la promoción de la creación contemporánea.
LA CONSOLIDACIÓN DE LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES
Si el Congreso produjo una consecuencia inmediata fue el fortalecimiento institucional de la Asociación Española de Pintores y Escultores.
La organización del encuentro demostró que la AEPE había alcanzado un grado de madurez excepcional apenas ocho años después de su fundación. Ninguna otra entidad artística española había conseguido convocar a un número tan amplio de organismos oficiales, centros docentes, academias, museos y asociaciones profesionales, ni reunir en un mismo foro a representantes de la Corona, la Administración y el conjunto del mundo artístico.
A partir de 1918, la AEPE quedó definitivamente reconocida como la principal interlocutora de los artistas ante las instituciones públicas. Su capacidad para articular propuestas de alcance nacional reforzó su prestigio y consolidó un modelo de representación profesional que continuaría desempeñando un papel fundamental durante las décadas posteriores.
No debe olvidarse que muchas de las reivindicaciones debatidas en el Congreso venían siendo defendidas por la Asociación desde su creación. La convocatoria de aquel encuentro supuso, por tanto, la culminación de un intenso trabajo desarrollado durante años para situar las necesidades de los artistas en el centro del debate cultural español.
EL ARTISTA COMO PROTAGONISTA DE LA VIDA PÚBLICA
Otro de los logros más significativos del Congreso fue contribuir a modificar la percepción social de la figura del artista.
Hasta entonces, la actividad creadora seguía estando asociada con frecuencia a una concepción casi vocacional, dependiente de los encargos oficiales, de las recompensas obtenidas en las Exposiciones Nacionales o del limitado mercado privado existente en España. Frente a esta realidad, el Congreso defendió una visión mucho más moderna del artista como profesional cualificado, integrante activo de la vida intelectual del país y merecedor de una protección institucional comparable a la dispensada a otras actividades culturales.
Esta transformación conceptual resultó especialmente importante porque anticipaba un fenómeno que se consolidaría progresivamente en Europa durante el siglo XX: la consideración del creador como agente cultural con derechos, responsabilidades y capacidad de interlocución ante las administraciones públicas.
Aunque muchas de las mejoras laborales reclamadas no llegaron a materializarse plenamente, el Congreso dejó establecida una nueva manera de entender la profesión artística que influiría en los debates posteriores sobre asociaciones profesionales, protección social y organización del mercado del arte.
BLANCO Y NEGRO MADRID 19-05-1918
LUCES Y SOMBRAS DE UN PROYECTO REFORMISTA
Pese al entusiasmo que despertó el Congreso y a la amplitud de sus objetivos, la mayor parte de las reformas proyectadas avanzaron con una lentitud considerable.
El Estado continuó ejerciendo un fuerte control sobre la carrera de los artistas a través del sistema de premios, adquisiciones oficiales y pensiones. Las Exposiciones Nacionales siguieron siendo el principal instrumento de legitimación artística, manteniendo buena parte de las inercias heredadas del siglo XIX y alimentando periódicas controversias acerca de la imparcialidad de sus jurados y de los criterios empleados para valorar las obras.
Tampoco la enseñanza artística experimentó la profunda renovación que muchos congresistas reclamaban. Aunque se produjeron ajustes parciales, el sistema docente permaneció en gran medida vinculado a estructuras académicas tradicionales, retrasando la incorporación plena de las corrientes renovadoras que ya se habían consolidado en otros países europeos.
La precariedad económica de numerosos artistas tampoco encontró una solución definitiva. El mercado español del arte seguía siendo reducido y dependía en exceso del apoyo institucional, circunstancia que limitaba las posibilidades de desarrollo profesional de buena parte de los creadores.
En consecuencia, puede afirmarse que el Congreso actuó más como un programa de reformas que como una transformación inmediata del sistema artístico. Su importancia reside menos en las medidas que logró implantar de forma directa que en haber formulado, por primera vez de manera conjunta y sistemática, un diagnóstico completo de las carencias estructurales del arte español y un proyecto coherente para superarlas.
Clausura del I Congreso Nacional de Bellas Artes celebrada en domicilio social de la Asociación Española
de Pintores y Escultores presidida por Mariano Benlliure, en la calle Alcalá, 44 Principal, donde tenía en aquellos años la sede la AEPE
UN REFERENTE PARA LA HISTORIOGRAFÍA ARTÍSTICA
Con el paso del tiempo, el I Congreso Nacional de Bellas Artes ha adquirido un valor que trasciende ampliamente el de los acuerdos adoptados durante sus sesiones.
La historiografía contemporánea lo considera el primer gran foro nacional dedicado a debatir de manera integral la organización del sistema artístico español. En él confluyeron cuestiones relacionadas con la enseñanza, la legislación, la profesión artística, la política cultural, las instituciones, el patrimonio, la proyección internacional del arte y la representación corporativa de los creadores, configurando un programa extraordinariamente avanzado para su tiempo.
Desde esta perspectiva, el Congreso de 1918 debe entenderse como el punto de partida de un proceso de modernización institucional que, con avances y retrocesos, marcaría la evolución de las Bellas Artes españolas durante el primer tercio del siglo XX. Su verdadero legado no radica únicamente en las reformas que inspiró, sino en haber demostrado que el futuro del arte español solo podía construirse mediante el diálogo entre artistas, instituciones y poderes públicos.
EPÍLOGO. EL LEGADO DEL I CONGRESO NACIONAL DE BELLAS ARTES
Más de un siglo después, muchas de las cuestiones debatidas durante aquellas jornadas conservan una sorprendente actualidad. La relación entre las administraciones públicas y los creadores, la financiación de la cultura, la enseñanza artística, la representación profesional de los artistas o la necesidad de definir políticas culturales estables siguen formando parte de los debates contemporáneos. Cambian los contextos y los instrumentos, pero muchas de las preguntas esenciales continúan siendo las mismas.
Resulta significativo que, desde 1918, España no haya vuelto a celebrar un Congreso Nacional de Bellas Artes concebido con la misma amplitud institucional y con idéntica vocación reformadora. A lo largo del último siglo se han organizado congresos científicos, encuentros universitarios, jornadas profesionales y reuniones especializadas, pero ninguno ha reunido simultáneamente a artistas, administraciones públicas, academias, museos, centros docentes, asociaciones profesionales y responsables políticos para reflexionar de manera conjunta sobre el futuro del sistema artístico español.
Esta circunstancia otorga al Congreso promovido por la Asociación Española de Pintores y Escultores un carácter excepcional. No fue únicamente un acontecimiento cultural de gran relevancia ni una brillante iniciativa corporativa. Constituyó el primer gran proyecto colectivo para definir una política nacional de las Bellas Artes, una empresa que situó a los artistas como protagonistas del debate sobre la organización de la cultura española y que convirtió a la Asociación en una institución decisiva dentro de la historia del arte contemporáneo en España.
Por todo ello, el I Congreso Nacional de Bellas Artes de 1918 debe ser considerado uno de los hitos fundamentales del patrimonio institucional de la Asociación Española de Pintores y Escultores y, al mismo tiempo, una referencia imprescindible para comprender la evolución de las políticas culturales españolas durante el primer tercio del siglo XX. Su legado no se limita a las reformas que inspiró, sino que permanece vivo como ejemplo de diálogo, consenso y compromiso colectivo con el futuro del arte español.
Más de cien años después, aquel Congreso continúa recordándonos que el progreso de las Bellas Artes depende no solo del talento de sus creadores, sino también de la capacidad de las instituciones y de la sociedad para construir espacios comunes de reflexión, colaboración y responsabilidad compartida. Esa fue la gran aportación del Congreso de 1918 y, probablemente, la razón por la que sigue ocupando un lugar singular en la memoria de la cultura española.
Por ello, el I Congreso Nacional de Bellas Artes debe ocupar el lugar que le corresponde: no solo como uno de los episodios más relevantes de la historia de la Asociación Española de Pintores y Escultores, sino también como el primer gran intento de construir, desde el consenso y la reflexión colectiva, una auténtica política nacional para las Bellas Artes en España.
Sesión inaugural del I Congreso Español de Bellas Artes presidida por S.M. el Rey Alfonso XIII en el Paraninfo de la Universidad Central de Madrid
Fotografía de La Ilustración Española y Americana, 22 de mayo de 1918





