Informe oficial: los tres ministros de Cultura
coinciden… en que ya si eso mañana”
Analizamos la gestión de los tres últimos Ministros de Cultura porque, sinceramente, alguien tenía que documentar este fenómeno casi paranormal: tres responsables públicos capaces de pasar por sus cargos sin dejar rastro, como si hubieran sido programados para permanecer en modo “ahorro de energía” permanente.
Su legado conjunto —que cabe cómodamente en un post‑it sin usar ambas caras— merece un estudio comparativo simplemente por lo extraordinario del logro: nunca antes tres personas distintas habían hecho tan poco y, aun así, habían generado tantos informes, ruedas de prensa y fotografías inaugurales sin inaugurar nada. Si la inactividad fuera un arte, estos tres serían patrimonio inmaterial.
España tiene un ministerio de Cultura. O al menos eso debe decir el rótulo de la puerta giratoria que cambia de dueño más rápido que una taquilla de festival.
En ella, los tres ministros han dejado su huella… o, mejor dicho, sus huellas dactilares: porque obra, obras, lo que se dice obras, han quedado más bien pocas. Porque si uno revisa lo que han hecho los últimos tres ministros, empieza a sospechar que el cargo venía con un botón rojo que decía “NO TOCAR NADA IMPORTANTE”.
Bienvenidos al repaso más ácido y oscuro de Uribes, Iceta y Urtasun: tres ministros, tres promesas y un destino común: decepcionar con estilo progre.
José Manuel Rodríguez Uribes: 1 año, 5 meses y 29 días
Alias: “El Ministro del Apocalipsis Cultural”
Slogan no oficial: “La cultura puede esperar, yo también”
Uribes empezó fuerte. En plena pandemia, cuando todo el sector esperaba un plan de rescate, él salió a decir una frase digna de manual de autoayuda: “Entre la vida y el cine, elijo la vida”. Lo dijo él… no me lo estoy inventando.
El sector entendió: “La cultura que espere. Ya si eso… luego vemos.”
Mientras Francia y Alemania tiraban millones desde helicópteros, aquí las ayudas llegaron con retraso, como un tren regional de los años 80… como el AVE a Extremadura… como el AVE en general. Finalmente, soltó 76,4 millones de euros, pero solo después de recibir críticas que podían escucharse desde Saturno.
Y sobre las reformas prometidas… Bueno, aquí viene lo bonito:
Estatuto del Artista: NO.
Ley del Cine: NO.
Ley de Mecenazgo: NO.
Acuerdo con la baronesa Thyssen: NO.
Su legado legislativo cabe entero en un Post‑it. En letra grande.
Cuando salió, solo dejó una frase grabada en la historia cultural: “Bueno, por lo menos no incendio nada.” Y eso, visto lo visto, casi cuenta como logro.
Miquel Iceta: 2 años, 4 meses y 9 días.
Alias: “El Ministro de los Grandes Anuncios y los Pequeños Resultados”
Slogan no oficial: “Prometer es gratis, legislar es caro”
Iceta entró como un torbellino bailongo, anunciando que España estaba lista para ser una “superpotencia cultural”. Una frase que suena a Marvel… pero con presupuesto de serie autonómica y local… un eslogan hermoso… digno de un videoclip.
Prometió:
Una Ley del Cine moderna
La revolución del INAEM
Una edad dorada del audiovisual
¿Y qué entregó?
La Ley del Cine quedó en anteproyecto, también conocido como “borrador que se enseña pero no se firma”.
La reforma del INAEM siguió en pausa larga, como los trámites de una administración en agosto.
Y la superpotencia cultural… bueno, seguimos esperando el rayo gamma cultural.
Eso sí: lanzó el Bono Cultural Joven, una tarjeta mágica que muchos jóvenes usaron… cuando lograron usarla… que funcionaba… a veces. Dependiendo del día. Y del comercio. Y de la orientación de los astros. Problemas técnicos, comercios que no la aceptaban, confusiones varias: el bono tuvo más bugs que un videojuego mal testeado.
Entre tanto, Iceta tuvo que lidiar con:
El caso Rubiales y las críticas por quedarse corto.
Ataques a museos por activistas: una cultura manchada literal y metafóricamente.
El veto a Plácido Domingo, reconocido por el propio ministerio como tardío.
Iceta pasó más tiempo apagando fuegos mediáticos que encendiendo motores culturales. Iceta fue, en resumidas cuentas, el ministro del tráiler, no de la película. Un ministro más cercano al teaser hype que al estreno final.
Ernest Urtasun: 2 años, 6 meses y lo que nos queda de días…
Alias: “El Ministro del Titular Fácil”
Slogan no oficial: “El ministro del titular bonito y la factura pequeña”
Urtasun llegó con el aura del “progresismo elegante” y un mensaje solemne: “Vamos a devolver el patrimonio expoliado del franquismo”… casi parecía la trama de National Treasure 3.
Y vaya si lo devolvió: de un inventario de 5.126 piezas, devolvió… 8. Sí, 8. Ni una decena. Ni siquiera para llenar una pared mediana de Ikea. Y es que hay una gran diferencia entre “Vamos a recuperar el patrimonio” y “Hemos devuelto los que cabían en un maletín”.
También prometió ayudas por la DANA. Y las anunció: 1 millón € por aquí, 1 millón € por allá… Pero a día de hoy, aún no hay datos sobre cuántas se dieron realmente y cuántas ayudas llegaron a manos de alguien. Un misterio digno de Expediente X… La transparencia brilla… por su ausencia.
Luego está Cine Escuela, su proyecto estrella. Fase piloto en… tres colegios. Tres. No es un programa: es un focus group.
Y la Unidad contra las violencias machistas del sector cultural: Compuesta por dos profesionales. En un año, 55 llamadas. Es decir: Una unidad más pequeña que la plantilla de un after de barrio. Un servicio que funciona, sí, pero con plantilla nivel “startup en un garaje”.
Eso sí: eliminó el Premio Nacional de Tauromaquia. Una medida simbólica, barata y perfecta para generar titulares sin gastar recursos. Una medida valiente, simbólica, divisiva y… sobre todo, barata.
Pragmático… si uno es muy fan del marketing político.
Si existiera un western sobre estos tres ministros, se llamaría: “Los tres jinetes que cabalgaron hacia ninguna parte.” Los tres mosquiministros de la cultura: uno no hizo nada, otro lo dejó a medias y el último inauguró titulares.
Los tres anunciaron promesas épicas: Uribes prometió sostener el sector cultural… y lo sostuvo con esparadrapo. Iceta prometió convertirnos en superpotencia… y nos dejó en potencia. Urtasun prometió devolver la memoria histórica… y devolvió ocho cuadros.
Uribes sobrevivió a la pandemia… pero la cultura sobrevivió a pesar de él. Iceta prometió un Hollywood ibérico… y entregó trámites. Urtasun habla de memoria histórica… pero devuelve obras como quien devuelve libros a la biblioteca: de una en una y sin prisa.
Los tres tienen algo en común: Hicieron menos de lo que prometieron. Y prometieron más de lo que hicieron. Muchas palabras, pocos hechos, abundantes titulares y reformas que brillaron más por lo que anunciaban que por lo que concretaban. Los tres mosquiministros lo intentaron.
En Cultura, donde todo es relato, ellos fueron maestros de la narrativa sin desenlace. En Cultura, como en el teatro, lo importante no es anunciar la obra… sino estrenarla. Cualquiera diría que, más que ministros, fueron becarios con despacho.
La sátira termina aquí. La realidad, por desgracia, sigue igual.
En definitiva, el balance conjunto de estos tres Ministros de Cultura —auténticos campeones de la nada y finalistas eternos de la Liga de la Inacción— demuestra que, si algo han conseguido, ha sido perfeccionar el arte de no ocuparse del arte. Su legado hacia los artistas podría resumirse en una postal: “Saludos desde la indiferencia”. Durante sus mandatos ficticios, los creadores no solo no recibieron apoyo, sino que ni siquiera recibieron señales de vida. El único contacto ministerial con el mundo artístico fue, en el mejor de los casos, una visita protocolaria para hacerse la foto… sin mirar las obras expuestas, no fuera a ser que aprender algo los obligara a trabajar.
Mientras los artistas luchaban por sobrevivir, estos ministros se especializaron en proyectos tan revolucionarios como no abrir convocatorias, no actualizar presupuestos y no responder emails, convirtiendo la inactividad en su principal aportación cultural.
Así, podemos afirmar que en la batalla por no hacer nada por el arte, estos tres ministros no solo participaron… la ganaron con una rotunda superioridad. Un trío histórico que no pasará a la historia, salvo como ejemplo perfecto de que, a veces, el vacío también ocupa espacio.
Dicen que ha habido avances. Lo dicen mucho. Lo dicen los tres. Lo repiten despacio, con sonrisa grave y verbo institucional, como si al reiterarlo lo suficiente acabara transfiriéndose dinero a nuestras cuentas. Estatutos, derechos, marcos legales, reconocimientos simbólicos. Una sopa de palabras tan espesa que casi podría alimentar… si no fuera aire caliente.
Desde el taller, esos avances se perciben con claridad quirúrgica: no existen. O existen del mismo modo que existen los unicornios administrativos: sobre el papel, con logotipo, pero incapaces de pagar el alquiler.
Nos dedicamos a crear. Esa actividad elevada, casi mística, que según los discursos oficiales es un “pilar fundamental de la sociedad”. Un pilar, eso sí, fabricado en cartón piedra, que debe sostenerlo todo sin pedir absolutamente nada a cambio. El artista ideal es barato, silencioso, resiliente y agradecido. Si además pasa hambre con dignidad, mejor.
El Estatuto del Artista es la obra cumbre del arte conceptual aplicado, el gran tótem de los últimos años. Se habla de él como de un hito histórico. Una conquista. Un antes y un después… de qué me suena a mí eso… pero es sólo un después sin ingresos. No paga el alquiler del taller. No paga materiales. No paga transporte, almacenaje, seguros, tiempo ni desgaste. No protege de la intermitencia real, la de verdad, la que te obliga a encadenar trabajos basura para poder seguir “creando”.
Y me reafirmo en la idea de que es una obra maestra del arte conceptual contemporáneo: totalmente abstracta, profundamente simbólica, absolutamente inútil en la vida material. Eso sí, cuando seamos ancianos, reconocidos o definitivamente inofensivos, quizá sirva para compatibilizar algo con una pensión. El sistema siempre ha sido muy generoso con los artistas… cuando ya no estorban.
Así es que… sí, se ha legislado sobre el artista para no tener que legislar a favor del artista.
En cuanto a las subvenciones, no son más que hambre con dossier. Las ayudas públicas existen. No como herramienta de sostenimiento, sino como ritual de selección ideológica y administrativa. No están pensadas para el creador que trabaja, sino para el creador que justifica. El que domina el idioma cofinanciado, la memoria técnica, el marco conceptual y la autohumillación fiscal. El que escribe mejor de lo que pinta o esculpe. Porque solicitar una subvención implica semanas de trabajo gratis, sabiendo que probablemente no te la darán y que si te la dan, llegará tarde, mal y con condiciones absurdas.
Las ayudas no permiten vivir. Permiten simular políticas culturales. Funcionan como premios simbólicos a los ya integrados, no como soporte a un tejido creativo real. Son pues, un método eficaz para que el artista no cree: el tiempo invertido en formularios se resta directamente a la obra. Es eficiencia institucional pura y dura.
En España se vive el glamour extractivo de exponer sin cobrar. A veces te llaman de una institución. Te exponen. Te legitiman. Salen fotos. Hay vino barato en la inauguración. Cobrar es opcional. Porque el prestigio es moneda simbólica y el artista, al parecer, puede alimentarse de reconocimiento. Comprar obra no es una obligación; es una delicadeza. Como pagar honorarios. Como crear continuidad. Como hacerse cargo de algo más que del relato.
Las instituciones cuentan historias. Los artistas pagan la factura.
Las adquisiciones públicas se venden como logros. Pero son operaciones puntuales, estratégicas y narrativas. No crean mercado, no sostienen trayectorias y no afectan al conjunto del sector. Y, casualmente, dejan fuera a todo lo que no encaja en el discurso curatorial correcto, aprobado y moralmente homologado. Por lo tanto, se compra discurso. La obra, a veces. La vida del artista, nunca.
El abandono del mercado primario es notorio y deliberado, y eso le conviene a la cultura progre. Galerías que cierran. Otras que sobreviven alquilando paredes. El riesgo económico pasa íntegro al artista, que lo hace todo y pierde siempre. Produce, invierte, guarda, transporta, promociona y fracasa. Solo. Eso no es romanticismo. Es explotación estructural maquillada de libertad creativa. Comprar arte contemporáneo sigue siendo un capricho excéntrico, no un valor cultural fomentado. No hay incentivos útiles, ni fiscalidad real, ni protección frente a abusos. Pero hay muchas mesas redondas.
Y qué decir del escaparate con candado de la internacionalización… ese gran chiste final. Un mantra que beneficia siempre a los mismos nombres, en los mismos circuitos cerrados. El resto estamos internacionalizados en redes sociales, enviando dossiers a direcciones que no responden. No hay acceso real, no hay acompañamiento y no hay continuidad. Es un escaparate perfecto… sin puerta de entrada.
Ningún ministro quiere tocar el tema de las rentas básicas, los espacios públicos de producción, los pagos obligatorios por exposición, la red estable de encargos, la protección real frente a la intermitencia.
Nada de eso interesa lo suficiente como para convertirse en política. Abordar cualquiera de estos temas conllevaría un compromiso… que no se va a asumir. Claro está que podrían anunciarlo y luego no hacerlo, como todo lo que está pasando en la vida política actual. No importaría.
Después de tres ministros de cultura en seis años, no ha habido logros que afecten directa y sostenidamente a la vida material del artista, sino sólo retórica, escenografía y autocelebración institucional.
El epílogo sin vaselina se reduce a que el artista sigue creando a pesar del sistema, soportando un modelo que necesita su trabajo pero no está dispuesto a sostener su existencia.
Eso sí, cuando vuelva a leer que “la cultura es un pilar fundamental del país”, asentiré educadamente y me reiré un buen rato.
Los artistas seguimos creando a pesar del sistema. Sobrevivimos a pesar del sistema. Existimos a pesar del sistema.
El arte, como siempre, lo hacemos nosotros. Los logros… esos ya se los reparten otros.
Mª Dolores Barreda Pérez
Secretaria General
Secretaria Perpetua de la AEPE
Miembro de AECA
