Pilar Huguet Crexells

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

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Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

Pilar Huguet Crexells

 Pilar Huguet Crexells. Artes Decorativas. 1910.  Madrid.

Alumna del curso permanente de Dibujo «con objeto de prepararse como Maestros especiales de Dibujo en las Escuelas primarias.

Fue profesora de las famosas Escuelas Aguirre de Madrid, auxiliar de la Escuela Superior de Magisterio.

Directora de la Escuela de Artes y Oficios de Toledo que fundara Matías Moreno, escuela que contaba hasta «con su nota propia, o sea el estilo árabe y mudéjar», que inspiró un soberbio tapiz, verdadera joya del arte moderno español.

El Globo 26/1/1912, n.º 12.572, página 2

Escribió el libro “Historia y técnica del encaje”, lo que le valió gran mérito.

En el prólogo del mismo, Pilar Huguet declara:

«A mi querida madre dedico este libro por justo reconocimiento. Ella es la que hace más de cincuenta años trajo a la Corte los finos encajes catalanes. Hechos por su mano ofreció algunos (velo toalla, mitones y caídas para vestido) a la que fue espléndida Reina de España doña Isabel II, que, amante de la industria del encaje, la protegió y nombró a doña Rosa Crexells encajera de la Real Casa, con derecho a usar armas reales en su establecimiento».

La tradición encajera de Pilar y de sus hermanas, provenía de su madre Rosa Valls, que de niña trabajaba en el taller de blondas de su hermana.

Rosa Valls era hermana de los industriales Baldiri y Francisco Crexells y Valls, y tía de Joan Crexells. Nació en la masía de Can Crexells, en la Marina, (Hospitalet de Llobregat, 1840 – Madrid, 1914). En 1856, con sólo 16 años, se casó con el dibujante de encajes, Josep Huguet Casamitjana, y dos años más tarde decidieron trasladarse a Madrid que era el mercado de blondas y encajes más importante de España, con la intención de crear un negocio propio, manteniendo, sin embargo, los vínculos con el taller de Hospitalet.

Can Crexells

El matrimonio tuvo tres hijas, Josefa, Pilar y Rosa, y todas ellas siguieron los pasos de su madre.

En Madrid, Rosa consiguió que su tienda contara entre sus clientes varias familias de la nobleza y la propia casa real. Una parte de los encargos que recibía los traspasaba a encajeras de Hospitalet que trabajaban para ella. La calidad y el estilo de las puntas eran del gusto de la reina y de la aristocracia y sus trabajos se valoraban tanto que la Duquesa de Montpensier pagó 2.500 pesetas por un velo de sombrero.

Entre sus bolillos consta un pañuelo o velo de bautizo de punta de Arenys, que Rosa hizo a partir de un dibujo francés estilo Luis XVI modificado, así como unas ondas de seda negra de crespón, con cuello, pieza que debía formar parte de una capa de forma redonda para asistir al teatro, que hizo para la Duquesa de Medinaceli en punta de Chantilly, técnica en la que la encajera era extraordinariamente hábil.

Rosa Creixells se presentó en exposiciones, en una de las que aportó una punta de Chantilly donde figuraban los reyes de España con sus hijas y otros nobles, en el salón del Trono con los embajadores de Marruecos. Esta obra, de un metro por un metro, era la copia de lo que Rosa Creixells había regalado al rey Alfonso XII con ocasión de su boda con Mercedes de Orleans. Algunos de sus trabajos se conservan en el Museo del Traje de Madrid.

Rosa no sólo se dedicó a la producción de puntas sino que también formó maestros de primera enseñanza.

En esa tradición, sus hijas y especialmente Pilar, continuaron con el buen hacer de los padres, y si bien Pilar se inscribió en la Asociación de Pintores y Escultores en 1910, especificando que lo hacía como pintora de miniaturas y Artes Decorativas, consiguió reunir en el libro “Historia y técnica del encaje”, de obligada consulta aún hoy en día, toda la ciencia y saber de este difícil arte.


Encaje duquesa Withof

 

Así comentaron las publicaciones de la época este libro:

La Lectura (Madrid). 9/1914, página 483

HISTORIA Y TÉCNICA DEL ENCAJE, por Pilar Huguet Crexells. «Renacimiento». Madrid, 1914.

Si algún libro merece los calificativos horádanos «utile dulcí», es, sin duda alguna, el que, con el título Historia y técnica del encaje, acaba de publicar la culta profesora doña Pilar Huguet y Crexells. Bello y útil es, en efecto, el contenido de su obra que, además de enseñar deleitando, entraña altos fines sociales y patrióticos. Las Escuelas Normales que, por ser en España los únicos centros de cultura superior femenina, realizan frecuentemente finalidades asignadas en otros países a las escuelas profesionales y a las escuelas menagéres, contribuyeron en el último tercio del pasado siglo a generalizar la enseñanza del encaje en las escuelas primarias, convirtiendo en trabajo manual educativo, por ser eminentemente estético, lo que antes era un oficio, y un oficio regional, desconocido en multitud de comarcas españolas. Pero toda habilidad técnica debe basarse en los conocimientos teóricos, que prestan vida de espíritu a la materia inerte, y mucho más si se trata de un trabajo que, por ser estético, merece el nombre de trabajo liberal, como lo merece el encaje. De aquí la utilidad pedagógica de este libro, encaminado a transformar el oficio en arte, a metodizar las prácticas sancionadas por la experiencia, a desterrar inveteradas rutinas, a educar el gusto de las obreras, no sólo de un modo intuitivo mediante las preciosas láminas que le ilustran, sino con el relato de la historia de este arte de hadas, con la descripción y el elogio de los más célebres encajes del mundo. Y no es tan sólo el gusto de las obreras el que requiere en nuestros tiempos esta educación, sino el gusto de las damas aristocráticas que, debiendo distinguir y apreciar un encaje hecho a mano de un encaje hecho a máquina, no sienten por éstos últimos la aversión que les inspiraría una «joya falsa». No menos útil e imprescindible es el libro para las alumnas de las Escuelas Normales ó de Artes e Industrias, y, especialmente para las opositoras a plazas de Labores, que son las oposiciones; en que se exigen más conocimientos de Bellas Artes y de Estética* aplicada, desde el análisis literario de obras selectas hasta la clasificación de estilos, trajes y muebles. Por eso, de igual modo que deberían publicarse manuales breves, modernos, cuidadosamente ilustrados y escritos en español sobre la historia del traje, del calzado, de las joyas, del mobiliario,… de los tapices y, en suma, del decorado del hogar, debe celebrarse la aparición de un libro acerca del encaje, el adorno más estético y más típicamente español, del tocado femenino. Pero a estos fines pedagógico-profesionales se unen finalidades más altas: el espíritu patriótico y el sano y práctico feminismo que inspiran la obra. Ambas finalidades aparecen íntimamente unidas, pues si la autora, secundando los ideales de Ruskin, aboga con; entusiasmo por la resurrección y difusión de esta industria doméstica, si anhela redimir a la mujer de todas las esclavitudes, incluso de «la esclavitud del ocio», mediante el trabajo estético que siendo recreo del espíritu para burguesas y aristócratas, pueda «abrir a la mujer caminos… para bastarse a sí misma, sin someterse a la penosa existencia del parásito», demanda enérgica y razonadamente el apoyo oficial que «prestan otros países a la industria del encaje, aun en aquellos en que se empezó más tarde este trabajo, como Alemania, que fabrica un encaje especial, teniendo escuelas de aprendizas para favorecer su desarrollo y perfección, estando dichas escuelas amparadas por el Estado», y cita el patriótico ejemplo de Colbert, que «adelantó ciento cincuenta mil francos para que se estableciese la fabricación en su villa natal», intrigando para «introducir en Francia dibujos y obreros de Venecia» a cambio de abrir «una mina de riqueza» para su país con el establecimiento de la fábrica de Alençon en su castillo de Lorray. Escudándose con tan irrebatibles ejemplos y con el de la reina Margarita de Italia, fundadora de la Scuola Técnica Femenile, de Roma, «se propone conquistar para el trabajo nacional» los cuatro» millones de francos en que se valúan los encajes extranjeros importados anualmente, y solicita la creación de una Escuela Nacional de encaje, de la cual pudo haber sido la célula germinativa la clase de encaje fundada en la Escuela de Artes y Oficios de Toledo por don Matías Moreno, y dirigida por la autora de este libro, escuela que contaba hasta «con su nota propia, o sea el estilo árabe y mudejar», que inspiró un soberbio tapiz, verdadera joya del arte moderno español. Los centros de producción regional diseminados en Andalucía., Almagro, Galicia, Aragón, Baleares y, sobre todo, en Cataluña; el alto aprecio que desde el Renacimiento—época originaria del encaje—mereció en el extranjero el punto de España, que, según Mme. Pellicer, era «un lindo y original punto de rosa»; la tradicional suntuosidad de los encajes de oro y plata, tejidos por obreras españolas que enriquecieron los templos y los equipos de reinas y princesas, abogan, como aboga la señorita Huguet, por la creación de escuelas de encajeras, reclamando la protección oficial para esta industria artística por excelencia, ya que «el encaje español puede competir con los hechos en los centros industriales de más fama y aún presenta una especialidad típica: la blonda, de superior Belleza». Y como si la materia del libro no garantizase de por sí lo estético de su contenido, la autora, enamorada de su arte, le ensalza en párrafos tan inspirados como los que dedica a la lenta evolución del bordado hada el encaje, a la enumeración de retratos célebres avalorados por la primorosa copia de los encajes prodigados por las modas de otros tiempos y a la nostalgia que en todo espíritu de artista produce la desaparición de nuestros trajes regionales, por encajes ornados, y de la airosa mantilla de blonda que exhibieron, con orgullo de diadema real, reinas y princesas retratadas por nuestros grandes pintores. Esmaltan el libro frases felicísimas, fervorosas, semejantes a jaculatorias artísticas, como las que ensalzan el trabajo a mano, «que tiene algo de espiritual», el encaje-joya y los encajes dedicados al culto «que fueron, por el espíritu, obras de amor». Pero no son extraños los múltiples y singulares aciertos de esta obra; Pilar Huguet pertenece a una de esas dinastías de artistas que, como los Pisa del Renacimiento italiano o los Arfe y Villafañe del Renacimiento español, vincularon en una familia el culto a un ideal estético y los secretos de una técnica prodigiosa. Tanto es así, que si Hubert, el casullero de Le revé, de Zola, repetía, orgulloso de descender de una familia de «maestros bordadores del rey», regidos por ordenanzas y estatutos: «Teníamos nuestro blasón: sobre azul, con franja matizada en oro, tres flores de lis, dos tendidas y una en punta», la madre de Pilar Huguet, la venerable doña Rosa Crexells, que «hace más de cincuenta años trajo a la corte los finos encajes catalanes», aquí desconocidos, mereció de Isabel II, «amante de la industria del encaje», el ser nombrada «encajera de la Real Casa, con derecho a usar armas reales en su establecimiento». MAGDALENA S. FUENTES.

 

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