La AEPE con Fernando Montero de Espinosa y su Blas de Lezo

El pasado jueves 17 de julio, el Presidente de la Asociación Española de Pintores y Escultores, José Gabriel Astudillo López, acompañado por el Vicepresidente, Alejandro Aguilar Soria, la Secretaria General, Mª Dolores Barreda Pérez, y el Director de la Gaceta de Bellas Artes, Juan de la Cruz Pallarés, mantuvieron una entrevista de trabajo con el escultor Fernando Montero de Espinosa en el transcurso de la cual, pudieron contemplar la famosa escultura del Teniente General Blas de Lezo que su autor ha realizado para el Museo Naval de Madrid.

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La escultura de Fernando Montero de Espinosa fue encargada y adquirida por la Asociación de Amigos del Museo Naval y ha pasado a formar parte de la colección permanente del museo, exponiéndose en la sala dedicada a la Guerra de Sucesión.

Se trata de un bronce de 83 cms. de alto que presenta al Teniente General Blas de Lezo como un magnífico exponente del genio hispánico.

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De constante combatividad, su permanente disposición al servicio, su bendita terquedad en defensa de la Patria, su valor, su bizarría, su lealtad, su espiritualidad… y una constancia sobrehumana que va más allá de lo imaginable, hacen de él, sin duda alguna, un admirable ejemplo a seguir.

Para el monumento, el autor se ha inspirado en la estética propia de su condición caballeresca y en las dos virtudes, que por supuesto sin ser las únicas, considera fundamentales para entender al personaje y con ello, para entender la forja del Imperio Hispánico: Constancia y Magnanimidad.

Se presenta a un marino vestido de época, con el traje Grande de Gala de 1724, armado con espadín francés y portando la bengala propia de su condición de Teniente General.

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De pie, en situación de “calma tensa”, todo él destila tensión emocional: la cabeza ligeramente inclinada hacia delante presto a embestir. La mirada penetrante buscando al enemigo. Los hombros hacia atrás cargando el pecho con el corazón por delante. El brazo izquierdo portando las armas listo para batirse en caso necesario. La pierna derecha cargando el peso dispuesta a saltar, y la pierna con la pata de palo, que lejos de ocultar, muestra orgulloso, apuntando como una flecha totalmente estirada en dirección al enemigo.

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Se le supone justo en el momento final del combate, por supuesto victorioso, mirando cómo el enemigo se retira rendido del campo de batalla. Conocedor de su misión histórica, se nos presenta a un hombre profundamente respetuoso, en quietud, sin movimiento, reflexivo. Mantiene la compostura, porque lejos de celebrar su victoria con gritos y alborozo, consciente de la gravedad del momento por la enorme mortandad infringida al enemigo y por la sangre derramada por sus compatriotas, vive su logro desde la Humildad, la Compasión y la Magnanimidad, virtudes todas ellas propias de los grandes guerreros.

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