La AEPE participará en el VIII Certamen Nacional de Pintura Pedro Bueno

Otorgará una Medalla y dos Diplomas

El Ayuntamiento cordobés de Villa del Río, en colaboración con la Delegación de Cultura de la Diputación provincial, acaba de convocar el  VIII Certamen Nacional de Pintura Pedro Bueno, como forma de contribuir al conocimiento y difusión de la figura de este pintor universal nacido en la localidad.

Además, la Asociación Española de Pintores y Escultores, órgano de referencia en el mundo artístico desde hace ya 116 años, participará en esta edición con Medalla y Diploma, en un claro apoyo al mundo del arte en cualquier rincón de España.

El plazo de inscripciones finaliza el 29 de mayo de 2026.

El VIII Premio Pedro Bueno de Pintura está dotado con 7.000 euros y Medalla de la AEPE. El jurado también podrá también otorgar dos accésit. La obra ganadora pasará a ser propiedad del Ayuntamiento de Villa del Río.

Pedro Bueno Villarejo nació en Villa del Río en 1910 y murió en Madrid en 1993. Tras realizar sus estudios en el colegio de la localidad recibió sendas becas de la Diputación para formarse en Madrid y San Fernando.

Fue Miembro de la Real Academia de Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, Medalla al Mérito el Trabajo, Premio Barón de Forna de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba e Hijo Predilecto de Villa del Río. Destacan en su trayectoria pictórica los bodegones y retratos en una paleta de tonos blanquiazules, verdes y grises. Es considerado uno de los mejores retratistas españoles del siglo XX.

Pintor muy vinculado a la Diputación de Córdoba, que le concedió una beca para formarse en la escuela de Artes y Oficios de Madrid y en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, destacan en su carrera los bodegones y retratos, como el de la poetisa Dolores Caterineu, por el que recibió la tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Las principales colecciones de su obra pertenecen a la Fundación Cajasur y a la propia Diputación.

Bases VIII Certamen Pedro Bueno Villa del Río

 

Firmas con sello de lujo. Tomás Paredes

¡Nadie somos demasiado buenos!

 

 

La bondad es una forma de inteligencia y la inteligencia es la máxima aspiración de la belleza. Así, la bondad resulta el estadio más elevado de la belleza. En ocasiones, escuchamos: ¡fulano o zutano es demasiado bueno! Nunca somos demasiado buenos, ya es muy complicado ser bueno, de modo que… La bondad se ha consensuado como <natural inclinación a hacer el bien>. Pero, eso es generalista y ambiguo en exceso.

La bondad no es una actitud religiosa, ni moral. Es aptitud humana y, en consecuencia, es una decisión de nuestra inteligencia respecto a nuestro desarrollo existencial, que hay que cultivar, convirtiéndola en permanente. Es tal la sensibilidad, o se posee o se carece de ella. No podemos ser sensibles a ratos o a capricho. ¡Atención a las palabras! Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, pág. 109, escribe: “La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestro entendimiento por medio del lenguaje”.

Ludwig Wittgenstein

 

El bien se arracima en acciones éticas que generan impacto positivo en el otro, o en el grupo, sin esperar beneficio. Por asimilación se puede equiparar al mecenazgo, ayuda desinteresada, diferente al patrocinio, aportación que espera un retorno productivo. Son dos acciones fantásticas, pero distintas. La idea del bien es un concepto platónico. Platón lo ubica en la cúspide de su teoría de las ideas y lo identifica con el sol. ¡Cómo no va a ser una iluminación generativa el hecho de un bien en favor del prójimo!

La inteligencia no se explica desde un aserto expletivo, sino en acciones positivas concretas. Y exige ciertas características inmanentes. Es decir, un narcisista, un demagogo, una persona sometida a consignas, obedeciendo a ideologías, las que sean, per se, no puede ser bueno. Está incapacitado para ello por mucho que trasvista su proceder. Está condenado al servilismo por encima de todo, porque si no lo hace, estará fuera de ese círculo, grupo o mafia. Los gregarios tienen una función determinada, no pueden destacar, tienen que colaborar en la beatificación del patrón.

María Negroni, con poesía inicial muy fina, se ha demasiado y el que mucho abarca poco aprieta. No embargante, en un librito lleno de sorpresas, Pequeño mundo ilustrado, nos define algo mágico y real con una consigna memorable: “Todo narcisista fue antes un ser abandonado”.

Portada del libro Pequeño mundo ilustrado, de María Negroni

 

Sin dignidad no hay persona, ni entidad de ser. La dignidad ahorma la personalidad. La dignidad está directamente relacionada con los principios humanistas, con el respeto a los derechos humanos, con la decencia, con la limpidez. Se puede servir a un tiempo a Dios y al diablo, pero eso dista muy mucho del bien y la bondad. No debemos confundir la astucia con la inteligencia. Hay quien vive surfeando y se va salvando, sin tener en cuenta la libertad, ni el respeto a los otros. La pillería ayuda a ir tirando, pero es ajena a la dignidad de la persona, a la transparencia que exige la bondad.

Es cierto que, muchos congéneres no se plantean estas cuestiones y aspiran a vivir y medrar de cualquier manera con tal de flotar como un corcho. Y lo consiguen. ¿Puede ser un embustero, bueno? ¿Y un servil, adulador o seguidista? De toda evidencia, no. En la presentación del nuevo fiasco del “Reina Sofía”, dijo el ministro de Cultura, Ernest Urtasun: “Lo que presentamos hoy es una apuesta de gran trascendencia”. Se refería a la colección que pretende mostrar el arte surgido en España entre “1975 y el presente”. No sé si el Sr. Urtasun es más sectario que ignorante o más estulto que servilón.

Alguien que haya sido testigo del arte de ese tiempo, o lo haya estudiado con atención, verá que en esa nueva colectiva de cientos de cuadritos, no se refleja la historia, ni la realidad a la que se alude. Sin entrar en el desastre de montaje, ni en la torpeza de la selección. La crítica se ha dedicado, en mayoría, a atizar a Borja-Villel, a excepción de Fernando Castro y Ángela Molina, que atizan a Segade y su corte interminable de colaboradores. ¿Hace falta tanta gente para este resultado excéntrico y extemporáneo?

Cuando se comienza a ver el menú, que nos han preparado los nuevos genios de la museografía, uno va de susto en sobresalto, dando tumbos a cada capítulo, aburriéndose cada vez más hasta anhelar que aquello acabe y salir corriendo a respirar. Ya, desde el ascensor, la panorámica nos va dando aire. No se trata de números, ni de cuántas mujeres u hombres hay, sino de falta de empatía con el arte. ¿De verdad, ese conjunto triste resume los últimos cincuenta años del arte surgido en España y Latinoamérica?

La fechoría comienza con una fotocopia de Hermano lobo, un Genovés d’art pompier, un Concha Jérez y una obra del realismo social de Rafael Canogar. ¿Y no ha hecho nada más Canogar en cincuenta años, puesto que sigue ahí, vivito y trabajando? Picasso fallece en 1973, pero aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ahí está presente con los grabados que vandalizaron los Guerrilleros de Cristo Rey en Theo en 1975. ¿En eso que vemos ha gastado el dinero público el “Reina Sofia”? ¡Vaya fiasco!

Gran parte de las reseñas, corta y pega de las notas de presentación del museo, reclaman la presencia de Jaume Plensa. No resto un ápice del interés de su obra, sobrevalorada y tan comercializada. No se trata de un nombre sólo. ¿No tiene el MNCARS un buen Sicilia del final de los ochenta, un gran Gordillo, algo de la Escuela de Madrid, alguna huella de realismo? El antefinal, una abundancia injustificada de gallegos, desconcierta con una ceremonia de la confusión. ¿Qué ha costado este innoble ejercicio de frustración e intento de originalidad?

Ángela Molina, El País 7.III.26, asegura: “La nueva presentación de las colecciones del Reina Sofía liquida los tres lustros de Manuel Borja-Villel al frente del museo, una etapa que lo situó en un circuito internacional de debate y cultura crítica”. Y líneas más abajo remata: “La apuesta de Segade delata la persistente adolescencia de la institución, no la madurez que llegó a conquistar”. ¿En qué fuentes apoya esta opinión? El caso es que, tras esta guerra de afectos y desafectos, la casa sigue sin barrer y el “Reina” continúa siendo una entelequia que el Sr. Urtasun ve como “una apuesta de gran trascendencia”.

Platón, Jusepe Ribera, 1637

 

La incompetencia, el fracaso de gestión del ministro de Cultura es incontestable, con cifras elocuentes. España ha generado cultura para el ámbito internacional, en varios y largos tramos de su historia, dejar esa fuente de energía existencial y económica en manos tan torpes y sectarias es un puro disparate. ¿Qué ha hecho el Sr. Urtasun con el Estatuto del Artista, la reforma del INAEM, las subvenciones de la Fundación Gitana, la Ley del Cine, el IVA al 21% a las galerías? Sus obsesiones: la tauromaquia, el cambio climático, la igualdad y la descolonización de los muesos, tampoco parecen resueltas a pesar de su grosera tenacidad contra los toros.  En Luciérnagas apunta Rabindranath Tagore: “El sectario cree / que posee el mar / en su estanque privado”.

En entrevista a Manuel Borja-Villel, El País 12.II.26, afirmaba el insigne historiador: “El museo actual está basado en la violencia, la precariedad y la jerarquía […]Cuidar las instituciones es cuestionarlas. Y no podemos olvidar qué es lo que cuidamos: estructuras coloniales, basadas en la rapiña sistemática”. Borja-Villel tuvo ocasión de llevar a cabo algunas de estas consignas, pero los resultados no han sido brillantes, ni consistentes. Además, cuando habla de descolonizar, no hace referencia alguna a los bienes de Sigena, secuestrados por el MNAC, en contra de una resolución del T.S. Borja-Villel es un extraordinario estratega, sabe cómo articular redes de cobijo y suele dejar peones por donde pasa, pero no es un pensador y eso deturpa sus aspiraciones.

Tapa libro Rabindranath Tagore

 

Hay que distinguir el buenismo de la bondad. El buenismo es una actividad ingenua, que trata de evitar la responsabilidad, el sentido común o la evidencia de la realidad. No es lo mismo aspirar a la belleza a través de la inteligencia que emitir ocurrencias para eludir la responsabilidad, simulando lo que no se es. ¡Bastante castigo tiene aquel que miente, sistemáticamente, sin inmutarse, sabiendo que carece de dignidad; y si no lo sabe, peor aún, porque entonces, además de malo, es tonto!

 

Tomás Paredes

Presidente H. de AICA Spain

Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes de la AEPE: Fernando de Marta y Sebastián

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes

de la Asociación Española de Pintores y Escultores

 

Desde el año 2021, esta sección ha recogido las biografías de los que fueron directores de la Gaceta de Bellas Artes de la Asociación Española de Pintores y Escultores, pero también de algunos de sus más estrechos colaboradores, redactores, y en definitiva, la de aquellos que de una forma u otra, dejaron huella en nuestra publicación.

Hoy llegamos a un punto en el que era imprescindible y necesario, reseñar a quien es la memoria viva de nuestra entidad, encargado de recoger el legado histórico que acumula y sin cuyos desvelos y anotaciones, los 115 años de historia acumulados quedarían sumidos en el olvido y el desconocimiento.

Se trata de Fernando de Marta y Sebastián, autor de la “Historia de la Asociación Española de Pintores y Escultores. 1910-1993. Ocho décadas del arte en España”, que vio la luz en 1994, y que ha representado la piedra angular sobre la que he articulado mi labor investigadora, sirviendo como fuente primordial de inspiración y como marco de referencia para la organización cronológica y documental en todas las biografías y estudios que he publicado hasta la fecha.

Socio de esta entidad centenaria desde hace más de cincuenta y cinco años, y su bibliotecario durante cuatro décadas completas, Fernando de Marta ha sido mucho más que un miembro destacado: ha sido un pilar silencioso, constante y generoso. Su nombramiento como Socio de Honor de la AEPE no es solo un título, sino el reflejo de una vida entera entregada con lealtad, cariño y un sentido del deber que hoy conmueve al recordarlo.

Por todo ello, merece esta publicación, que deseo se convierta también en un homenaje sincero, afectuoso y lleno de admiración hacia quien lo ha dado absolutamente todo por esta casa. A él se debe, sin sombra de duda, este reconocimiento que ahora se le ofrece con gratitud y respeto.

 

Fernando de Marta y Sebastián

 

MARTA Y SEBASTIAN, Fernando de             P       1971            27.feb.1945     ZARAGOZA      ZARAGOZA/MADRID

Socio de Honor de la AEPE

 

Fernando de Marta y Sebastián nació el 27 de febrero de 1945 en Zaragoza.

Su familia residía en Calatayud, por lo que se trasladó a Zaragoza para cursar estudios de ingeniería, pese a su predilección por las Bellas Artes.

Su afición artística siempre estuvo latente desde muy temprana edad, destacando su facilidad para el dibujo y su pasión por el paisaje y la figura. A partir de los años cincuenta se convirtió en un paisajista que ha sabido evolucionar de manera autodidacta.

En 1969 se traslada a vivir a Madrid, comenzando su andadura artística de una manera más continua, ingresando en 1971 en la Asociación Española de Pintores y Escultores y participando desde entonces en el Salón de Otoño y en cuantos certámenes realizaba la entidad y otras instituciones.

En 1975 presentó en la Galería Liria de Madrid su primera exposición individual, que llevó dos años más tarde a Zaragoza, a la prestigiosa Sala Bayeu, de la entonces Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja.

En 1988 entró a formar parte de la Junta Directiva de la Asociación Española de Pintores y Escultores, asumiendo el cargo de Bibliotecario, atraído por otra de sus pasiones: la historia del arte.

Casado y padre de dos hijas, la familia, la pintura y la Asociación Española de Pintores y Escultores han sido los ejes centrales de su vida, consagrando muchas horas de esfuerzo impensable para documentar la publicación del libro de la AEPE.

Las recompensas obtenidas acreditan su labor pictórica: Mención Honorífica Universitaria. Zaragoza 1964; Tercer Premio Universidad de Zaragoza 1967; Primer Premio GESO y Segundo Premio GESO en óleo y dibujo; Tercera y Primera Medalla FINI; Primer Premio de Pintura COPITI 1980; Segundo Premio de Pintura COPITI 1984; Segundo Premio de Pintura COPITI 2001; Premio Especial COPITI 1987; Segundo y Primer Premio Villa de Almonacid de Zorita; Accésit Certamen Cajamadrid 1988; Accésit Círculo Catalán de Madrid 1988 ; Segundo Premio Círculo Catalán de Madrid 1991; Accésit Salón de Primavera Adafa 1997; Segunda y Primera Medalla del Salón de Otoño de Artistas Figurativos Aragoneses de Zaragoza; Primer Premio Certamen Ron Bacardí 1990; Accésit Villa de Parla 1993; Primer Premio Villa de Parla 1994; Tercera Medalla del Salón de Otoño AEPE 1980; Segunda Medalla del Salón de Otoño AEPE 1984; Primera Medalla del Salón de Otoño AEPE 1995; Premio Ramón Estalella 1980; Caballete de Oro Galería Xaloc 1987; Premio Santiago de Santiago 1989; Mención Exposición de San Isidro de los años 1980, 1993 y 1998; Premio El Corte Inglés 1984; Segundo Premio Certamen de Minicuadros 1991; Primer Premio de Tema Jardines 1993; Premio Fundación Amigos de Madrid del Salón de Otoño 1995.

Artista muy prolífico, ha realizado 46 exposiciones individuales y ha participado en 294 colectivas, estando su obra presente en museos y colecciones públicas y privadas, en los Museos Provinciales de Huesca, Teruel y Zaragoza, en el Museo del Dibujo de Larrés, Huesca, en el Museo del Grabado de Fuendetodos, Zaragoza, el Museo de Albarracín, Teruel, en los Salones Nobles del Gobierno de Aragón, en los Museos de Salamanca, Segovia, Cáceres, Ávila, en el Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en el Museo de Santa Cruz de Toledo, en el Museo de la Ciudad de Madrid y en el Museo de Calatayud, al que en el año 2015 realizó una importante donación de más de 80 obras (pinturas, dibujos, bocetos y documentación) en un acto de generosidad típica de su persona.

 

El parterre

El Rastro

 

Socio de Honor de la Asociación Española de Pintores y Escultores en 2010, ha participado en todas las ediciones del Salón de Otoño desde 1972 hasta 1997, excepto en los años 1977, 1978, 1992 y 1996.

Su obra se compone de óleos de formatos medios, pincelada suelta y amplia con dibujo firme, muchas veces abocetado. Paisajes serenos, austeros, que transmiten emoción a través de una paleta sobria de colores suaves que a lo largo de los años ha ido ganando en cromatismo, atmósferas y luces.

Paisaje

Andorra

Miraflores

 

Su trabajo de historiador le ha llevado a dictar distintas conferencias sobre temas artísticos y técnicos relacionadas con el libro “Historia de la Asociación Española de Pintores y Escultores. 1910-1993 – 8 décadas del arte en España, Madrid, 1994, pero también acerca de artistas como Julián Moret o Pedro G. Camio.

Autor de numerosos artículos, algunos vieron la luz en la Gaceta de Bellas Artes, así como en publicaciones y revistas especializadas, y de otros estudios como “Pinilla de Molina, en la Historia y en la memoria”, publicado en 2005.

Fernando de Marta es uno de esos pintores de paisaje emocional.

La obra de Fernando de Marta y Sebastián no se entiende plenamente sin atender a su condición de historiador. Su pintura, tan íntimamente ligada al paisaje y a la memoria del territorio, nace de la misma raíz que su labor investigadora: una voluntad profunda de preservar, de comprender, de dar testimonio. En él, el historiador y el pintor no conviven: se alimentan mutuamente.

Su mirada histórica no es fría ni distante; es una mirada que escucha. De ahí que sus lienzos parezcan escritos con la misma paciencia con la que se consulta un archivo antiguo. Cada estación de tren, cada caserío, cada horizonte detenido en la luz tiene algo de documento vivo, de página rescatada del tiempo. Fernando de Marta no pinta solo lo que ve: pinta lo que sabe, lo que ha estudiado, lo que ha comprendido en profundidad. Y esa comprensión se traduce en una pintura que no describe, sino que revela.

 

Como historiador, ha sabido reconstruir vidas, épocas y contextos con rigor y sensibilidad. Como pintor, ha sabido traducir ese conocimiento en atmósferas que respiran verdad. Sus paisajes no son meras estampas: son capítulos silenciosos de una historia mayor. Sus vías férreas, tan características, funcionan como metáforas de un tiempo que avanza y, al mismo tiempo, permanece. Sus pueblos y tejados, tratados con una delicadeza casi arqueológica, parecen hablarnos de generaciones que pasaron sin estridencias, dejando una huella que él rescata con respeto.

En Fernando de Marta, la historia se convierte en luz, y la pintura en memoria. Su obra es, en el fondo, un acto doble de amor: hacia el pasado que estudia y hacia el paisaje que pinta. Y en esa unión, tan poco frecuente, reside la singularidad de un creador que ha sabido mirar el mundo con la precisión del historiador y la emoción del artista.

 

Me consta que para recopilar la información contenida en el libro de la AEPE, tratado más bien diría yo, ha tenido que pelear seriamente con miles de documentos almacenados en la entidad, darles un sentido, un contexto y traducir las hojas manuscritas de manos no siempre bien legibles, para dar forma a los cientos de miles de datos que en él se vuelcan.

Este importante trabajo ha venido a poner orden también en los fondos custodiados en la institución, y por eso Fernando de Marta ha sido la piedra angular de la misma, que a través de un trabajo escrupuloso y lento, ha conseguido preservar la historia de nuestra entidad, proporcionándonos una ventana maravillosa al pasado esplendoroso de otras épocas, que viene a hacer comprensible el presente y a justificar el futuro de la Asociación Española de Pintores y Escultores.

Alameda

Bodegón

Guadalajara

 

Fernando es un hombre amable, alegre y confiado a quien me unen lazos de amistad y de admiración intelectual por su saber e inteligencia, por su curiosidad profunda e insaciable, por su trabajo y las incansables horas de soledad empleadas en la búsqueda y recopilación de datos y hechos, entre libros y papeles de importancia histórica incalculable como queda demostrado.

Quisiera decir de él palabras justas que pudieran transmitir la deuda y el agradecimiento que esta Asociación Española de Pintores y Escultores tiene con él, sobre todo después de haber tenido el privilegio de tratarlo personalmente e incluso trabajar e intercambiar datos en algún momento debidos a su pluma.

Ha sido justo, pues, incluir una nota biográfica del artista, en la que especificar su vida y su obra. Una relación que pregonamos, como su mejor alabanza, junto a nuestra más sincera felicitación por los logros conseguidos, por el legado que nos deja, en la grata seguridad, en nombre de todos los amantes del arte y de la historia y en el mío propio, de la acogida más afectuosa que cuantos consulten sus obras dispensarán hacia su persona.

Juana Maurer

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

Juana Maurer

MAURER, Juana P       1922          PARIS         MADRID

No hemos podido encontrar memoria gráfica de la autora

.

No ha sido posible descubrir el año de nacimiento de la artista, si bien todas las fuentes apuntan que lo hizo en París.

En 1919 participó en la Exposición Internacional de Santander de 1919 que organizó el Círculo de Bellas Artes de Madrid, con la colaboración del Ayuntamiento y del Ateneo de la capital de Cantabria, por iniciativa del socio y Presidente de la AEPE Marceliano Santamaría. Inaugurada por Alfonso XIII, reunió más de 350 obras de pintores cántabros y vinculados a Cantabria y de otros ingenios españoles notables de la época. Se destacó en su momento la presencia de artistas extranjeros, entre los que se encontraba la “parisina de nacimiento Juana Maurer”, acreditada como residente en España.

Desnudo, del IV Salón de Otoño

Un año más tarde, presentó las obras Vendedora de naranjas y Niña de la muñeca al I Salón de Otoño de la Asociación Española de Pintores y Escultores.

En 1921, Juana participó con las obras Bodegón y Casa en Arenas de San Pedro, en el II Salón de Otoño junto a otras socias como: Luísa Botet y Mundi, Matilde Calvo Rodero, Mª Elena Camarón, Esperanza Cañizares, Mª del Carmen Corredoira, María de los Ángeles López Roberts, A. R. Sierra y Ana de Tudela.

En 1922 presentó las obras tituladas Anita y Naturaleza muerta, a la Exposición Nacional de Bellas Artes.

 

Bodegón, del II Salón de Otoño

 

Y ese mismo año, la obra Estudio de joven, al III Salón de Otoño de la AEPE.

Un año después, en el IV Salón de Otoño de la AEPE, lo haría con las obras tituladas Cabeza de viejo y Desnudo.

Cabeza de viejo, del IV Salón de Otoño

 

Al V Salón de Otoño de 1924, llevaría las obras Naturaleza muerta y Cabeza de estudio.

En 1925 participa en el VI Salón de Otoño con las obras Retrato (japonés) y otro Retrato, logrando la consideración y recompensa de Socio de Honor.

Participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1926, con el óleo titulado Carnaval.

Paisaje de Arenas de San Pedro, del  II Salón de Otoño

 

Su participación activa en las ediciones séptima a décimo primera del Salón de Otoño, incluye los años posteriores: 1927 a 1931, con obras tituladas Capricho, Meditación, Aldeana, Cabeza de estudio, Sin trabajo, Domingo en el pueblo, Bodegón, Vecinas, Pescador de Volendam, Confidencias y Campesina.

Aldeana, obra presentada al VII Salón de Otoño

 

Participó también en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1926, y tal y como recoge el catálogo, Juana era discípula de Nicolás Megía Márquez, pintor que a partir de 1878 se estableció en París, siendo muy apreciado en los círculos artísticos europeos y los marchantes, que distribuían su obra por Europa y Norteamérica y regresando a España en 1881.

No podemos saber entonces, si Juana estudió pintura con él en París o lo hizo en Madrid, en la Escuela Central de Artes y Oficios, donde Megía era profesor numerario.

Retrato, del VI Salón de Otoño

 

En el catálogo figura que en ese año, la artista residía en la calle General Castaños, 3 y 5 de Madrid, como así consta en las inscripciones a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y en el Salón de Otoño.

Bodegón, el VIII Salón de Otoño

Capricho, del VII Salón de Otoño

 

Acudió también a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1932, con la obra titulada Pescador de Volendam (Holanda), con ocasión de la cual el Heraldo de Almería refería que …”se destacan igualmente, entre el resto de la sala, Un pescador de Volendam muy vigoroso y bien sentido, de Juana Maurer”…

Antonio de Lezama por su parte, en La Libertad, refería que …”es un buen cuadro, en mi sentir”…

Nada más se vuelve a saber de ella.

Campesina, del XI Salón de Otoño

Retrato japonés, del VI Salón de Otoño

 

Juana Maurer y la AEPE

Juana Maurer participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño

I Salón de Otoño de 1920: Vendedora de naranjas y Niña de la muñeca

II Salón de Otoño de 1921: Bodegón y Casa en Arenas de San Pedro

III Salón de Otoño de 1922: Estudio de joven

IV Salón de Otoño de 1923: Cabeza de viejo y Desnudo

V Salón de Otoño de 1924: Naturaleza muerta y Cabeza de estudio

VI Salón de Otoño de 1925: Retrato (japonés) y Retrato

VII Salón de Otoño de 1927: Capricho, Meditación, Aldeana y Cabeza de estudio

VIII Salón de Otoño de1928: Sin trabajo, Domingo en el pueblo y Bodegón

IX Salón de Otoño de 1929: óleo y óleo

X Salón de Otoño de 1930: Vecinas y Pescador de Volendam

XI Salón de Otoño de 1931: Confidencias y Campesina

Exposición de Bellas Artes de 1935: Un aprendiz

Confidencia, del XI Salón de Otoño

Capricho, del VII Salón de Otoño otro

Sin trabajo, del VIII Salón de Otoño

Estudio de joven, del III Salón de Otoño

Domingo en el pueblo, del VIII Salón de Otoño

Cumplimos 116 años de pasión por el arte

José Gabriel Astudillo López

Presidente de la Asociación Española de Pintores y Escultores

 

La Asociación Española de Pintores y Escultores cumple este mismo mes 116 años de vida societaria al servicio del arte de España. Una orgullosa conmemoración que tendrá lugar el próximo 15 de abril, pero que celebraremos el día 13, coincidiendo con la Asamblea General Ordinaria para la aprobación del estado de cuentas del ejercicio 2025. Allí os esperamos para interesaros por la buena marcha de nuestra entidad y para festejar aunque sea dos días antes, un acontecimiento del que sois protagonistas como miembros de la Asociación Española de Pintores y Escultores, que sigue creciendo y haciéndose grande gracias a vosotros, los socios.

En mi ánimo está el que compartamos la alegría de pertenecer a una entidad con el prestigio y la historia de la AEPE. Un nuevo hito en la historia asociativa española que solo es posible gracias a los socios, la auténtica alma de nuestra institución, que junto a ella hacen historia y escriben su propia historia que forma ya, parte de la historia del arte de España.

Por eso es tan importante para mí a título particular y como Presidente de la AEPE, animaros a asistir a esta celebración común que nos engrandece y habla de la importancia que todos y cada uno de los artistas tiene para nuestra Asociación Española de Pintores y Escultores.

Si consultáis nuestra agenda, en las últimas páginas de esta magnífica Gaceta de Bellas Artes, veréis la intensa actividad que mantenemos con ilusión, alegría y trabajo denodado, para continuar haciendo posible que la AEPE sea el referente cultural español por excelencia. Todo, gracias a vosotros.

Tenemos ya programadas las principales exposiciones de todo el año y sólo aguardamos vuestra participación, razón esencial de las mismas, para continuar haciendo grande esta gran casa común, como sabéis que me gusta llamar a esta Asociación Española de Pintores y Escultores.

Felices 116 años a todos.

Llevamos 116 años haciendo arte

116 años de pasión por el arte

116 años haciendo cultura en España

Museo Cromática: la obra del mes de abril de un socio de la AEPE

Museo Cromática: la obra del mes de abril de un socio de la AEPE

Mª Félix mfelixarte

Tras el convenio de colaboración firmado entre la AEPE y el Museo Cromática de Toledo, se han venido realizando una serie de actuaciones que incluía la cesión por dos meses íntegros al año, del espacio destinado para la realización de dos exposiciones individuales de los socios de la AEPE.

Mediante la convocatoria de proyectos expositivos para el año 2026, se determinaba además que el Museo Cromática cedería el lienzo de una pared para exhibir, de forma mensual, una obra de un socio de la centenaria entidad, de manera que se ofrece una nueva oportunidad también para nuestros artistas.

Bajo el título de La obra del mes, en este mes de abril de 2026 se ha seleccionado una obra de Mª Félix mfelixarte (Mª Félix Carmen Rodríguez), que nos presenta así la artista.

 

”Tarde”, óleo s/l, 60 x 81

 

Cuando el sol se oculta tras el horizonte y el cielo se envuelve con suaves tonalidades de azul y carmín;

una sensación de plenitud hace desear que esos instantes se prolonguen….

Mientras, oscurece…

 

Museo Cromática Mª FELIX mfelixarte

 

La farsa del arte

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

Miembro de AECA

 

La farsa del arte:

cuando el envoltorio vacío se vende como vanguardia

 

ARCO se presenta como la principal referencia del arte contemporáneo en España. Sin embargo, si miramos más allá de las inauguraciones, los photocalls y los precios exorbitantes, nos encontramos con una feria que ha convertido el arte en una simple etiqueta: un conjunto de gestos predecibles, un catálogo de ideas superficiales presentadas como «conceptuales», y un mercado que se legitima a sí mismo repitiendo el mismo truco con diferentes nombres.

Es hora de decirlo claramente: muchas de las propuestas que se exhiben en ARCO no son arte; son simplemente imitaciones, envolturas vacías que funcionan bien para la compraventa, pero no aportan nada a la cultura.

Se ha instalado la idea de que «todo es arte si alguien con suficiente influencia lo dice». Así, una acción banal, una instalación sin inspiración o un objeto cotidiano presentado de manera pretenciosa pueden adquirir valor. Pero, ¿dónde está la investigación, el rigor conceptual, la poesía, la conexión con la realidad? A menudo, están ausentes.

En su lugar, encontramos la retórica vacía: textos crípticos que tratan de justificar obras que no soportan una mirada atenta. ARCO ha perfeccionado este sistema: la obra se convierte en un pretexto para el texto, y el texto se convierte en un salvavidas para obras que no tienen valor en sí mismas.

El problema no es que el arte sea contemporáneo o difícil de entender. El problema es cuando lo difícil se sustituye por lo superficial. La sensibilidad, la técnica, la invención y la conexión con la tradición quedan desplazadas por la búsqueda del impacto: lo que importa es el clic, la foto viral, el titular llamativo. De ahí la monotonía del sobresalto programado: piezas que «provocan» de manera predecible.

A esta teatralidad del vacío se suma la lógica de un mercado cerrado: galerías que certifican, coleccionistas que consagran y ferias que convalidan. La puerta gira siempre hacia dentro. Quien se queda fuera, como artistas sin padrinos o prácticas que requieren tiempo, apenas existe.

La pregunta incómoda es: ¿qué entiende ARCO por arte? Si la respuesta es «todo lo que se vende y se publicita», entonces lo que tenemos es una industria del espectáculo. Una industria legítima, si se admite como tal. Pero que no nos pidan que la veneremos como el cenit de la cultura. La cultura no consiste en rentabilizar la novedad, sino en renovar el sentido: exigirle a la forma y a la idea, explorar lo humano con materiales y técnicas que abren mundo.

Muchas piezas que circulan por ARCO no abren nada: son simples puertas pintadas sobre la pared. La paradoja alcanza su clímax cuando el dinero público entra en juego. ¿Debe el Estado apoyar el arte contemporáneo? Sí, sin duda. Pero apoyar el arte no es lo mismo que subvencionar un escaparate. Es sostener procesos, talleres, residencias, mediación, colecciones públicas, investigación, educación artística; es tejer largo plazo.

ARCO, en cambio, es coyuntura: un pico de consumo cultural de pocos días que deja un rastro de selfies, ventas y titulares. ¿Eso fortalece el ecosistema? Difícilmente. En el mejor de los casos, lo decora.

No faltará quien defienda que estas críticas nacen del «conservadurismo» o la «incomprensión» del público. Falso. El público entiende perfectamente la diferencia entre complejidad y ocurrencia. La complejidad pide tiempo, sí, pero devuelve sentido. La ocurrencia pide complicidad, y a cambio ofrece guiños. Lo que cansa de ARCO no es lo desafiante; es lo previsible.

¿Hay excepciones valiosas en ARCO? Por supuesto. Artistas serios, galerías rigurosas, obras que respiran. Pero la excepción no salva la regla. La deriva dominante convierte el arte en un lenguaje de señas para entendidos, desconectado del común de los mortales no por su altura, sino por su irrelevancia emocional y cognitiva.

No basta con denunciar. Hace falta proponer. El antídoto no es censurar ni encerrar el arte en academias, sino exigir criterios: apostar por la densidad frente al efecto, por procesos frente a posados, por riesgo real frente a polémica coreografiada; abrir la selección a escenas y metodologías que hoy no pasan el filtro de la fotogenia ferial; redirigir recursos hacia infraestructuras que produzcan arte antes que espectáculo; y, sobre todo, restaurar la responsabilidad de la mirada: que críticos, curadores, gestores y público no se conformen con el diccionario de eufemismos con que el mercado maquilla su pereza.

ARCO puede ser muchas cosas, pero mientras siga siendo, sobre todo, una máquina de visibilidad para piezas que confunden idea con ocurrencia y mercado con criterio, seguirá a kilómetros del arte que necesitamos: el que nos complica, nos afina y nos hace más humanos. La feria no es una atrocidad porque sea contemporánea; lo es cuando, bajo la coartada de lo contemporáneo, vende vacío como si fuera vanguardia.

ARCO y las ferias de su estilo, están firmando la desaparición del oficio, haciendo que la tradición pictórica y escultórica se vuelva invisible.

Al caminar por sus pasillos, se puede notar una ausencia muy grande: la pintura y la escultura tradicionales están casi desaparecidas.

Estas formas de arte están relegadas a un papel muy secundario, mientras que las instalaciones, performances y objetos híbridos ocupan la mayoría de los espacios. Esto no es solo una tendencia, es una renuncia a la tradición y una pérdida de equilibrio que empobrece la feria y nuestra relación con el arte.

No se trata de oponer lo nuevo y lo viejo. La pintura y la escultura tradicionales han estado dialogando con la vanguardia durante más de un siglo, reinventándose y explorando caminos contemporáneos.

El problema es que ARCO confunde la contemporaneidad con la novedad, como si la relevancia de una obra dependiera de ser lo más diferente posible. Y así, se celebran obras que solo tienen fuerza en su rareza o en la explicación que las acompaña, mientras se margina a las disciplinas que pueden ofrecer una profundidad técnica y expresiva mucho mayor.

La pregunta es por qué un lienzo que requiere horas de trabajo, técnica y aprendizaje queda arrinconado, mientras se celebran obras que dependen casi por completo de un folleto explicativo.

Una posible respuesta es la economía de la novedad: en ARCO, el prestigio reside en mostrar algo difícil de reconocer como arte. Lo tradicional se considera insuficientemente impactante, por lo que las galerías apuestan por la pieza que produce un titular más que por la obra que produce una emoción.

El resultado es una feria en la que la destreza queda invisibilizada. El oficio, la técnica, la concentración y la mano entrenada han desaparecido del foco principal. Sin embargo, son justamente esos elementos los que han permitido al arte trascender épocas, modas y caprichos. La pintura y la escultura no necesitan apoyarse en la extravagancia porque se sostienen solas: en composición, en luz, en gesto, en relación con la materia. Cuando ARCO les da la espalda, no está siendo audaz, está siendo predecible.

La pérdida no afecta solo a los artistas, también al público. Muchos visitantes salen de la feria con una sensación de desconexión: obras que se experimentan como ejercicios de ingenio más que como creaciones que interpelan la mirada.

La pintura y la escultura tradicionales podrían equilibrar este paisaje, ofrecer respiración, devolver al espectador un punto de apoyo emocional y formal. Pero su escasa presencia impide ese diálogo. La feria se vuelve un monólogo.

Otro efecto colateral es la pobreza formativa que este enfoque transmite. ARCO es una referencia para estudiantes, jóvenes creadores y público general. Al invisibilizar la tradición material del arte, envía un mensaje erróneo: que el oficio no importa, que la técnica es irrelevante, que basta con una ocurrencia y una narrativa. Pero la historia del arte demuestra que la innovación surge casi siempre cuando hay una base sólida. Prescindir del oficio no es avanzar, es abandonar el terreno fértil sobre el que se construye cualquier auténtica revolución estética.

Y, paradójicamente, esta deriva acaba produciendo uniformidad. Las propuestas conceptuales terminan pareciéndose entre sí tanto como lo hacían antes las corrientes académicas más rígidas.

La pintura y la escultura, que podrían aportar diversidad real, quedan fuera del ecosistema por un prejuicio mal entendido: la idea de que lo tradicional no es contemporáneo. Error monumental. Lo contemporáneo no es un estilo, es una mirada, una actitud, una relación con el tiempo presente. Y esa contemporaneidad puede habitar perfectamente en un óleo o en un bloque de mármol.

ARCO presume de pluralidad, pero su programación demuestra una selección restrictiva disfrazada de apertura. Si de verdad quiere representar el arte actual, debería recuperar el equilibrio perdido: no renunciar a lo experimental, sino integrarlo con lo permanente; no evitar la técnica, sino reconocer que sin ella no hay lenguaje duradero.

Hasta que eso no ocurra, la feria seguirá transmitiendo una visión mutilada del arte. Una visión que confunde lo rompedor con lo arbitrario, y que deja fuera a quienes trabajan cada día desde la pintura y la escultura con una honestidad y una exigencia que merecen un lugar visible.

ARCO puede seguir siendo un evento importante, pero mientras siga relegando la tradición, seguirá siendo también un espejo incompleto. Un espacio donde el arte, lejos de abrirse, se encoge.

 

El gigantesco dragón ARCO devorando la pintura y la escultura tradicional

Recordando… Alfonso Grosso Sánchez

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

Alfonso Grosso Sánchez

Alfonso   P  <1924             1.sep.1893        SEVILLA             SEVILLA           9.dic.1983

 

Alfonso Grosso Sánchez nació el 1 de septiembre de 1893 en Sevilla, en el seno de una familia sevillana de mediana condición económica.

En 1907 se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos y en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de la capital hispalense, cuando estaba instalada en las dependencias del Museo Provincial de Sevilla, antiguo Convento de la Merced Calzada y donde hoy está el Museo de Bellas Artes.

Allí pudo contemplar y estudiar las obras de los maestros sevillanos, siendo discípulo del también socio de la AEPE, Gonzalo Bilbao Martínez o de Virgilio Mattoni.

 

También recibió clases de pintura en el estudio de José García Ramos. Allí conoció y compartió inquietudes artísticas con jóvenes pintores sevillanos del momento: Santiago Martínez, Juan Rodríguez Jaldón, Miguel Ángel del Pino, José Lafita y muchos otros.

Becado por el Ayuntamiento de Sevilla visitó Francia, Inglaterra, Italia, Holanda, Suiza y Bélgica presentando exposiciones en Nueva York, París, Bilbao y Barcelona.

En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1920 obtuvo la Tercera Medalla, mientras que en la de 1932 lograría la Segunda Medalla de Pintura.

 

Concurrió a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1936 con «Estampa del Rocío» y «La profesión».

A partir de 1940, fue nombrado profesor de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, donde obtuvo la Cátedra de Colorido y Composición.

Fue también director del Museo de Bellas Artes de Sevilla desde 1942 hasta 1969,  en el que actualmente se exponen algunas de sus obras.

 

 

En el ABC el 28 de junio de 1972, Grosso declaraba lo siguiente: “He sido director del Museo durante 26 años, los primeros de euforia, porque pudimos transformar totalmente el edificio y su instalación… Esos primeros años, el Patronato, compuesto por el marqués de San José, Don José Sebastián y Bandarán, Joaquín Romero Murube y yo, trabajamos con euforia y acierto hasta conseguir un Museo que no debía olvidar su arquitectura conventual del siglo XVII y ser, también Museo de Sevilla… Sinceramente creo que lo conseguimos. Y gracias a esto pudimos presumir de haber contribuido con ello a que Sevilla mantuviera su peculiaridad y su carácter”.

Falleció a la edad de 90 años, el 12 de diciembre de 1983 en Sevilla, víctima de un edema pulmonar.

 

Con él desaparecía, no sólo un pintor fecundo y de gran prestigio, sino el último costumbrista de la escuela pictórica sevillana, entendido el costumbrismo como un ejercicio creativo y no redundante o reiterativo.

Grosso escribió sobre sus cuadros: “ellos dirán con más elocuencia que yo lo que no sabría decir nunca con palabras”; y es cierto, así fue. Expresó con sus pinceles toda una teoría propia sobre la tipificación de la costumbre, a la manera de los realistas sevillanos de comienzos del siglo XX.

Fue, como el mismo se definió, un “Pintor de Sevilla”. Para él la ciudad y lo que la rodeaba era “todo un milagro de luz y de color que si no sabemos conservar los sevillanos es porque no nos lo merecemos”.

 

Alfonso Grosso fue un artista de talante conservador, alejado del mundo de las vanguardias de finales del XIX y comienzos del XX. El poeta José María Izquierdo lo califica en los primeros años de su trabajo como “pintor de los patios y los jardines de Sevilla”, es decir pintor del regionalismo costumbrista de las décadas iniciales del siglo anterior. Sin embargo, la trayectoria artística de Grosso no se puede circunscribir sólo a esto, ni su estilo pictórico ser considerado sin más conservador.

 

Antes y después de la realización de ese gran retrato colectivo que supuso el lienzo de la Inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929 por el Rey Alfonso XII, que se conserva actualmente en el Real Alcázar de Sevilla, su primera obra relevante, el trabajo de Grosso presentó características propias, nacidas de un intenso análisis y estudio, donde la gramática del colorido unida íntimamente a la poesía de la luz fue conjugándose en un estilo absolutamente personal.

Las temáticas de su obra fueron diversas: buen paisajista de escenarios naturales y urbanos, bodegonista interesante, pintor de retratos de alta calidad, por sus pinceles pasó buena parte de la sociedad sevillana del siglo XX, motivos religiosos varios, etc.

 

Hubo una temática que dio un sello característico a su quehacer, las escenas de interior en el ámbito de los conventos de clausura sevillanos, donde fue capaz de traducir a estos espacios íntimos y privados de la vida religiosa, la admiración que sintió por la pintura holandesa del siglo XVII y por artistas como Vermeer de Delf, Hooch y Metsu, aunque el espíritu creativo de Grosso participe en sus interiores conventuales o de diversos templos de una cierta inclinación naturalista muy sevillana, no exenta de matices populares.

En definitiva, la madurez de Grosso nos habla de un realista, que se movió cómodamente en la tradición creativa, capaz de modernizar epidérmicamente su estilo a través de la riqueza cromática y de un oficio artístico sólido, sobrio y de calidad.

Como pintor que fue de Sevilla y de lo sevillano, la Semana Santa ocupó un papel importante en su obra. Tanto en los interiores de los templos como en las procesiones en la calle, Grosso intentó plasmar en sus obras, a veces con sentido demasiado tipificado, otras de manera más profunda e intensa, sus sentimientos ante las imágenes y los pasos de la Semana Mayor sevillana.

 

Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio.

Su copiosa obra que se calcula en unos 2000 lienzos, gozó de popularidad y éxito comercial, realizando a la largo de su vida diferentes exposiciones tanto en España como en Buenos Aires y Nueva York.

Era tío del escritor sevillano Alfonso Grosso.

El Ayuntamiento de Sevilla, a través del Distrito Sur, convoca cada año el Premio de Pintura Alfonso Grosso.

 

Alfonso Grosso y la AEPE

Alfonso Grosso participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

Al I Salón de Otoño de 1920 concurrió con las obras: La Catedral de Toledo, Interior de un convento de monjas y Una calle de Guadalupe

Al II Salón de Otoño de 1921 llevó las obras: Iglesia de pueblo y Carmona

En el III Salón de Otoño de 1922 participó con las obras: Retrato de D. Eduardo Paradas y Rosario

Al IV Salón de Otoño de 1923 concurrió con: Interior de iglesia y Asunción

En el V Salón de Otoño de 1924 estuvo presente con las obras: Interior de la Catedral de Sevilla y Carmelita

Al VI Salón de Otoño de 1925 llevó las obras: Soledad y La misa

Tras un largo paréntesis, al XIII Salón de Otoño concurrió con: La Emilia

En el XIV Salón de Otoño estuvo presente con las obras: El calvario y La calle de los Sierpes

Al XV Salón de Otoño de 1935 llevó las obras: Cabeza de gitano y Custodia Romero

En el 39 Salón de Otoño de 1968 participó con la obra La Macarrona

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