Exposición de obras del I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

Protagonista: el Parque del Buen Retiro

 

Organizada por la Asociación Española de Pintores y Escultores, incluye las obras que los alumnos realizaron en el mes de mayo, cuando Madrid se convirtió en la capital mundial del arte del paisaje

Con la asistencia de numeroso público, en la tarde de ayer y en la Casa de Vacas del Retiro, tuvo lugar el acto de inauguración de la exposición de los trabajos realizados por los asistentes a la I Aula Internacional de Paisaje, que corrió a cargo de José Gabriel Astudillo, Presidente de la Asociación Española de Pintores y Escultores, quien estuvo en todo momento acompañado por la Secretaria General de la AEPE, Mª Dolores Barreda Pérez, así como por otros miembros de la Junta Directiva, como el Bibliotecario, Fernando de Marta, la Tesorera, Ana Martínez Córdoba, la Asesora del Presidente, Itziar Zabalza Murillo, algunos de los profesores del Aula como Ramón Córdoba y Sonia Casero y socios y alumnos en general.

La exposición era parte del Aula y supone el fruto de todo el aprendizaje de los más de 100 alumnos con los que contó esta primera edición, una muestra que exhibe los trabajos que en la misma realizaron y en los que puede apreciarse ya el dominio de la perspectiva, el manejo de los pinceles, y la asimilación total de los conceptos expuestos por los once docentes del Aula.

Alberto Martín Giraldo, Coque Bayón de la Fuente, José Luis Ceña Ruiz, Charles Villeneuve, Irene Cuadrado, Ramón Córdoba, Sonia Casero, Antonio López, Jean-Baptiste Sècheret, Javier Rubio Nomblot y Alessandro Taiana fueron los responsables de llevar a cabo cinco cursos prácticos de una semana de duración, que a lo largo del mes de mayo se complementaron con las conferencias en las que se trató sobre la técnica pictórica del “plein-air”, o lo que es lo mismo, pintar al aire libre.

El planteamiento del I Aula Internacional de Paisaje nació con la idea de abordar la pintura en exteriores en uno de los meses que más plácida puede hacer esta tarea.

Organizado por la Asociación Española de Pintores y Escultores, el I Aula Internacional de Paisaje proponía como tema único la naturaleza que rodea el Parque del Retiro, y las mejores de las obras realizadas por los alumnos, cuelgan ahora de la Casa de Vacas en una exposición única en la que los protagonistas han vivido la experiencia del  perfeccionamiento de la técnica y la orientación en el camino personal de cada alumno; pero también el enriquecimiento vital y profesional a través del ejercicio de la pintura entendida como Arte.

Han sido los profesores quienes tras analizar las obras realizadas en cada curso, quienes han seleccionado aquellos apuntes más interesantes para formar parte de la exposición de las obras realizadas en el I Aula Internacional de Paisaje que a pesar de abrir sus puertas del 31 de agosto al 24 de septiembre en la Casa de Vacas del Parque del Retiro, se inaugurará oficialmente el martes 5 de septiembre a las 19 h.

Tal y como comenta José Gabriel Astudillo López, Presidente de la Asociación Española de Pintores y Escultores, la exposición de obras del I Aula Internacional de Paisaje “es una propuesta de calidad, única en su género y atractiva en sí misma, que llena un gran vacío existente en esta disciplina del paisaje, y engloba a todos los amantes de la pintura al aire libre en una muestra de alto nivel, sin comparación con ninguna existente en España, motivo que nos impulsó a ofrecer esta gran oportunidad a los alumnos, que ha resultado ser todo un éxito por lo que de “exclusiva” tiene. Nos gustaría así que con esta iniciativa este tipo de actividades se convirtieran en una referencia obligada en el mundo del arte, haciendo de Madrid el centro mundial en donde aplicar una tradición artística del paisaje, al modo en que otros países lo hacen y con una categoría indudable y excepcional”.

Los artistas participantes son: Socorro Arroyo, Mª José Ayala Bengoa, Mercedes Ballesteros, Carmen Bárcena, Paula Borell Soldevilla, Lucía Colinas, Antonia Contra, Paz Cosmen, Alicia Crespo, Alicia Da Col, Myriam     de Soto, Mª Ángeles Elías Serra, José Fernández Reyes, Juan Galán, Mª Mar García de la Santa, Charo García García-Saavedra, Cristina Gil, Nuria Gordillo Pedroviejo, Silvia Hernández, Inocencia Isabel, Carlos Losa, Miguel Madrigal, Mª R. Maluenda, Tomy Marín, Homeira Mazinani, Gema Molero, Teresa Muñoz, Feliciana Ortega Heras, Mª José Pastor, Rosanna Pertosa, Mavi Recio, José Redondo, Mª José Rodríguez Escolar, Manolo Romero, Yolanda Ruiz Esmeralda, Mari Carmen Sancho Lamana, Pilar Silva Mora, Juan Soto, Silvia Velásquez Lacayo y Nerza Villegas.

Para la ocasión, se ha editado un catálogo digital que recoge la totalidad de las obras expuestas, y que puedes ver aquí:

Catálogo Exposición obras del I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

Alessandro Taiana clausuró el I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

El pasado 26 de mayo tenía lugar la tercera y última conferencia de las que ha constado el I Aula Internacional de Paisaje que ha organizado la AEPE, cuyo protagonista fue el pintor italiano afincado en España, Alessandro Taiana.

La charla conferencia contó con numeroso público asistente, que tuvo ocasión de presenciar la introducción que del artista realizó José Gabriel Astudillo, Presidente de la AEPE, y tras la cual fue el propio Taiana quien desgranó su vida e impresiones acerca de la pintura del plein air, con los comentarios de Alberto Martín Giraldo, Director del I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE.

En el año 2001 se trasladó a España, inspirado por los temas urbanos, pero en el año 20019 participó en una exposición sobre el paisaje italiano y ya desde el año 2009 hasta el día de hoy, Alessandro Taiana ha pintado casi exclusivamente la Sierra de Guadarrama. Si bien todo surgió en Milán, después de una larga conversación con su maestro Beppe Devalle, que dio como fruto la pintura del Lago de cómo, dejando los temas urbanos para empezar a pintar la naturaleza, las montañas. Fue entonces y ya en España, cuando decidió buscar los relieves y encontró el Guadarrama.

Su pintura se caracteriza por dos cosas: pintar la montaña y pintarla del natural. Ha puesto la montaña en el centro de su mirada, en una actitud de contemplación. La montaña proporciona silencio y aislamiento, y como decía Caspar David Friedrich “sólo en la soledad se puede sentir y entender la naturaleza”. Es una confrontación entre el tiempo del hombre y el tiempo de la tierra. Pero es preciso pintar la montaña en plein air, al aire libre.

Sus apreciaciones acerca de pintar del natural insisten en que “pintar el paisaje es pintar el aire. El cuadro de paisaje tiene que respirar; el paisaje hay que pintarlo del natural, y en contra de la fotografía. No hay cielo fotografiado que tenga la sensación del aire de un cielo de Claude Monet o de Alfred Sisley, o la vibración de la luz de los pequeños estudios de Camille Corot. Es algo proprio del pintar del natural.

Cuando pongo mi lienzo blanco sobre el caballete en la ladera de la montaña allí es donde se diferencia el trabajo del pintor del trabajo del fotógrafo. Hasta allí los caminos del fotógrafo y del pintor han podido ser parecidos. Pero con el lienzo blanco para el pintor empieza un trabajo y un esfuerzo totalmente distinto. El pintor tiene que empezar donde termina la fotografía. La fotografía ve geométricamente y nos devuelve una imagen mecánica e instantánea. La fotografía es un calco. Los mecanismos fisiológicos y psicológicos de la visión humana son mucho más complejos. La visión humana, la visión del pintor, no solo es binocular sino que en ella entra la sensibilidad, la memoria, la cultura, el deseo. La pintura es una reelaboración mental mucho más compleja que la imagen fotográfica. En una pintura cada pincelada es la huella de un proceso mental fruto de razonamientos, instinto, automatismos, errores. La pintura tiene que ver con el hombre, el ojo, la mente, la mano del hombre.

En la pintura de paisaje es importante lo que los Impresionistas llamaban la sensación, y Corot llamaba la primera impresión. Desde el Impresionismo sabemos muy bien que no se pinta el paisaje sino la sensación que el paisaje produce. Se trata de la emoción de estar en el lugar: los sonidos, el silencio, el calor o la frescura, el aire, el olor, el transcurrir del tiempo y de las cosas.

Entonces con el lienzo blanco frente al paisaje, para el pintor empieza una especie de lucha. Para mí el cuadro es una lucha. Una lucha con lo exterior y con lo interior. El pintor de paisaje en cierto sentido tiene todo en contra: orografía, meteorología, cambios de luz y de humedad, cambios del color, cambios de la vegetación. ¿Cómo luchar contra esta continua transformación, este hacerse y deshacerse de la naturaleza? ¿Hay que introducir estos cambios, acompañarlos, o hay que renunciar? A pesar de todo hace falta tener fe en la realidad, porqué allí está todo.

Hay dos momentos que constituyen el fundamento de mi trabajo: las exploraciones y las sesiones del natural. Las exploraciones son para mi muy importantes. Explorando el territorio y los paisajes encuentro el tema del cuadro y el punto de vista. Como pintor de paisajes hago mucho con los pies: meterme en los campos, recorrer los senderos, subir y bajar las montañas, coger desvíos inesperados… Durante las exploraciones intento no tener ningún prejuicio. Estoy muy dispuesto a dejarme sorprender. Hay que andar con los ojos muy atentos y con capacidad de observación.

Sabemos que el paisaje de la ida nunca es el mismo a la vuelta. Hay que andar, parar, darse la vuelta, volver… Para mi tiene mucha importancia volver en el mismo lugar a distintas horas del día, con condiciones meteorológicas diferentes, en distintas estaciones del año. El mismo paisaje que con cierta luz puede haberme fascinado, unas horas después puede resultar inexpresivo o imposible de pintar. Volver me sirve también para comprobar la profundidad de la emoción.

Resulta muy complicado en un paisaje encontrar el punto de vista justo. Es lo que la generación de Camille Corot llamaba el sentarse. A mi resulta muy difícil encontrar el primer plano. A menudo lo que me llama más la atención en un paisaje es la lejanía, lo que pasa en el horizonte. Luego tengo que desplazarme mucho para encontrar un primer plano expresivo. En un paisaje es necesario tener una buena lectura de la sucesión de los distintos planos, hasta el plano del cielo. A menudo mis cuadros tienen un primer plano vacío con un segundo plano que hace de primero, y con la mirada que casi quiere volar hacia el horizonte. El primer plano tiene que funcionar temáticamente y formalmente. Se trata para mí de meter en relación el primer plano con el horizonte.

Encontrado el tema, el punto de vista y la hora de la luz, empiezan las sesiones del natural. Corot hablaba de la paciencia como cualidad del pintor de paisaje, la capacidad de esperar el momento de la luz. El cuadro en mi caso nace del sumarse de las sesiones a la misma hora. Este proceso no tiene que ser una ejecución. El cuadro tiene que ser una sorpresa, algo que yo mismo desconozco. Se trata de una lucha para dar forma exacta a la sensación. Camille Pissarro decía: “Ninguna timidez frente a la naturaleza, hay que osar, a costa de equivocarse”. Hay que arriesgarlo todo, estar dispuesto a destruir cuando estamos insatisfechos. A menudo la insatisfacción es el motor del cuadro, porque el problema del pintor es llegar a la forma, a una forma completa. Primero la emoción, después la forma.

En esta lucha para llegar a la forma entran muchos factores: la distancia del sujeto, el formato del cuadro, el tamaño del lienzo y el tamaño de la representación. Como me dijo Antonio López García estos factores, junto con el tema y con el lenguaje de la pintura, constituyen un todo inseparable. El problema fundamental en la pintura de paisaje al aire libre es la relación entre el tamaño del lienzo y el número de sesiones, que naturalmente son inseparables del tema.

Las distintas generaciones de pintores que se han enfrentado con la pintura en plein air han encontrado soluciones diferentes concordes a sus intenciones. El pintor de paisaje hoy tiene que tomar unas decisiones con respecto a estos dos factores. Allí también es donde se revela su identidad.

En la Sierra de Guadarrama he pintado alrededor de cincuenta cuadros que he podido mostrar en cuatro exposiciones en la Galería Gurriarán de Madrid.

El Paisaje desde Carlos de Haes hasta hoy

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Por Javier Rubio Nomblot

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I AULA INTERNACIONAL DE PAISAJISMO

Conferencia. Viernes 19 de mayo de 2017. 18 h.

Centro Cultural Casa de Vacas. Parque del Retiro de Madrid

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“EL PAISAJE DESDE CARLOS DE HAES HASTA HOY”

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Javier Rubio Nomblot

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París 1961. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Instituto de Arte Contemporáneo. Crítico de arte y Comisario.

En 1991 comienza a colaborar con el semanario El Punto de las Artes, donde a lo largo de más de quince años, escribe reseñas artísticas.

Desde el año 2000 y como crítico de arte, colabora con los siguientes medios: ABC Cultural, Guadalimar, ArcoNoticias, Ubicarte.com, Radio Círculo, Diario 16, etc.

Desde 2009 imparte clases de Teoría Institucional en el IART y en distintos cursos de postgrado, conferencias, charlas y coloquios.

Ha escrito centenares de textos para monografías, catálogos de artistas españoles contemporáneos, enciclopedias, etc.

Participa en decenas de jurados de premios de artes plásticas y desarrolla labores de asesoramiento para diversas galerías y colecciones.

Ha comisariado exposiciones para la Universidad de Salamanca (Ramiro Tapia), el MEIAC de Badajoz (Emilio Gañán), el Museo de Bellas Artes de Badajoz (Francisco Pedraja) y en 2012 y 2013, fue el comisario del Programa On Project de la Feria Art Madrid.

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Advertencias previas

De forma casual, durante un acto de la Asociación, se habló de estas jornadas dedicadas al paisaje y de forma casual, comenté que yo tenía un texto dedicado al paisaje desde Carlos de Haes hasta los jóvenes paisajistas actuales, que escribí hace años para un catálogo y que no había llegado a publicarse. Inmediatamente se me propuso, amablemente, que participara con mi texto en estas jornadas, cosa que hago encantado.

Ahora bien. Lo cierto es que no recordaba bien este texto, que resulta ser de 2006. No pasaría nada si no fuera porque en aquella época yo creo que estaba en el cenit de la heterodoxia. Por muchas razones. Lo que quiero decir es que, cuando lo he releído no me ha parecido mal desde un punto de vista formal, pero la verdad es que no estoy muy seguro de entender lo que se dice. Además, mi escritura no es especialmente diáfana. Soy muy d’Orsiano –o sea, que tiendo a ser pedante- y siempre recuerdo una anécdota que me contó mi padre de Eugenio d’Ors: está dictando… Mis textos son oscuros, llevan muchas oraciones subordinadas, guiones y paréntesis. He tratado de adaptarlo un poco a este formato, el de conferencia, pero aún así esto no se va a entender sin un cierto esfuerzo.

En cuanto al contenido, como decía, voy a aventurar una hipótesis. Yo creo que lo que aquí se intenta decir, a la luz de cierta cantidad de textos de distintas épocas, es que en la actualidad, y tal como está nuestra relación con la naturaleza, la pintura de paisaje, el pleinairismo, y otras prácticas como el Land Art (este texto también debió servir para un comisariado muy bonito, artista y abuelo, pero el CDAN cerró), en cierto modo pueden ayudar a resolver este conflicto que tenemos actualmente en nuestra relación con la naturaleza.

Se trata de una especie de demostración experimental, entre expresionista y paranoico-crítica, no ortodoxa. Consecuentemente, más que a la comprensión del oyente, aspiro a que quede una suerte de idea, de esperanza. Se trata, a fin de cuentas, de justificar, de dar sentido al acto de pintar el paisaje hoy en día. En un momento en el que incluso justificar la pervivencia de la pintura resulta complicado. Tal vez más que nunca en la historia, creo que se dice aquí, tiene sentido salir al campo a pintar. Para demostrar esto de una forma no ortodoxa, se parte de una especie de descripción apocalíptica de nuestra relación con el medio natural y se intenta llegar a una respuesta. Como es evidente, yo no puedo resolver racionalmente este conflicto. Por eso el texto toma forma de brainstorming: se busca una respuesta del inconsciente.

Citas.

A día de hoy, habría incluido otras cosas, como Hamish Fulton, o el libro Jardinosofía de Santiago Beruete. También, para establecer una relación paranoico-crítica más, la lectura de un número de la RO dedicado a la “neurociencia y libre albedrío”.

 

 

Yo soy la muerte; yo soy la vida: unos apuntes sobre la

pintura de paisaje en la era de la extinción masiva

 

Nos sentimos libres en la belleza porque los instintos sensibles están en armonía con las leyes de la razón. Nos sentimos libres en lo sublime porque los instintos sensibles no tienen influencia en la legislación de la razón.

Frederik Schiller

 

La conocida hipótesis Gaia de James E. Lovelock (1972) considera la Tierra y la vida que contiene como un sistema vivo integrado cuyos diversos componentes interaccionan y se influyen mutuamente. Una teoría que no se situaría muy lejos de la filosofía romántica de la naturaleza, “que defendía un principio de unidad de la naturaleza toda, que afectaba también a la comprensión de sus antítesis; esto es, toda su diversidad era necesario que se comprendiera a partir de la idea o condición libre de totalidad” [1], si no fuera porque el concepto de totalidad es hoy radicalmente otro y porque la actual objetividad científica permite que los sistemas se desarrollen al margen de consideraciones éticas: o sea, al margen del hombre. Esta teoría nos enfrentaría al hecho de que la Tierra funciona sola sin ningún problema: no nos necesita para nada. A diferencia de todas las demás criaturas, el hombre parece no encajar en su mecanismo, al que ahora llamamos ecosistema; y como no cumple ninguna función, interfiere lo quiera o no en el ciclo de la vida. Por si fuera poco, como especie (si es que puede llamársele así, puesto que no forma parte del ecosistema), ni es regulada por la naturaleza ni se regula sola: Gaia ya no puede fijar nuestro número porque, como sentenció Jacques Cousteau, “el hombre es demasiado rápido para la naturaleza”. Esta conciencia de la incompatibilidad y la culpa se abre insidiosamente paso actualmente, toda vez que muchos de los antiguos mitos que certificaban o trataban de explicar la especificidad o el valor de lo humano han perdido buena parte de su significación o su utilidad en tanto se afianzaban las verdades crueles y objetivas de la ciencia. Y no es fácil, ciertamente, rebatir el hecho de que somos la muerte: cada año desaparecen aproximadamente cien mil especies, un fenómeno sólo comparable a las mayores extinciones que ha sufrido la tierra desde que en ella surgió la vida hace millones de años. Y no existe ya la menor duda de que la causa es la actividad humana.

Estas cosas son conocidas; nos atañen, nos preocupan, todos reflexionamos sobre ellas y es probable que subyazcan en las obras de los pintores de la naturaleza: los pintores de paisajes. Incluso es posible que en ellas se deslicen, consciente o inconscientemente, algunas respuestas o propuestas… Al fin y al cabo, el artista es aquel que sabe transmutar sus emociones en símbolos, volviéndolas así fértiles y eficaces: “Éste es un lenguaje que el inconsciente comprende. En el análisis tradicional se trata de descifrar e interpretar en lenguaje corriente los mensajes enviados por el inconsciente. Yo actúo a la inversa: envío mensajes al inconsciente utilizando el lenguaje simbólico que le es propio”, dice el lúcido Jodorowsky [2].

 

  1. El paisaje romántico

 

El paisaje como género pictórico surge en el romanticismo; inmediatamente antes, podríamos decir, de que la ciencia y la técnica inicien ese vertiginoso desarrollo que ha sobrepasado el lento y majestuoso ritmo de Gaia; pero en un momento, también, en el que ya empiezan a divisarse nuevos e insospechados territorios: “tal vez era posible que un cuerpo fuese reanimado; el galvanismo era un indicio que lo probaba…”, escribe Mary Shelley [3] cuando la Criatura empieza a cobrar vida en su juvenil mente. Esto genera en el artista romántico sentimientos contradictorios: su poder, limitado y prometeico, se opone al de la naturaleza y sus inquebrantables leyes. Para él, es esta un conjunto de fuerzas misteriosas y de símbolos: al pintarla practica la “religión del paisaje” (Carus) y la relaciona con la Divinidad o con alguna Fuerza que supera al hombre y que no obstante le instruye sobre sí mismo hablándole al oído: “el paisaje romántico es una mera ocasión para la proyección sentimental del ánimo del artista, para la expresión de la íntima e ingenua unidad del hombre y la naturaleza” [4]. Representa esta lo indómito y lo indomable; y lo incomprensible: esa complejidad es precisamente la raíz de su belleza sublime, no canónica y supraartística: “la grandeza de la creación es superior a cualquier perfección formal” [5]. Así, aunque el romántico exalta al hombre y, consciente de su genio creador, le canta a su epopeya, aún cree que ésta es una suerte de batalla perdida contra lo inefable.

Probablemente no se hayan vuelto a escribir textos tan hermosos y certeros como los que los autores románticos dedicaron a la exaltación de la naturaleza y de su belleza. Uno de los ejemplos más destacados son las Cartas y anotaciones de Carl Gustav Carus (1789-1869) [6], médico, naturalista y pintor, gran admirador de Goethe y a quien se ha considerado como un verdadero filósofo de la naturaleza: “El artista que lleve en su corazón el arte del paisaje en su sentido más elevado, a quien, despreocupado de cuanto desea la inculta mayoría de los seres humanos, sólo le mueva su empeño en pos de las ideas divinas, aquel cuyo reino no puede ser de este mundo a pesar de que mire precisamente al mundo, en cuanto Naturaleza, con ojos llenos de amor, ha de practicar el desapego”. Y ¿qué es ese desapego? Nada menos que el desistimiento de los objetos, la austeridad, la pobreza: “la pretensión de bienes terrenales y la necesidad de los mismos será tanto más limitada cuanto más elevada la orientación del artista”. Terrible frase, que cobrará sentido al final de este artículo.

Pero ¿existe todavía aquella naturaleza, aquel paisaje?  Para las generaciones que hoy pueblan la tierra, las cosas son muy distintas: unos han convivido con la posibilidad de un holocausto nuclear que significaba, sin más, la destrucción total del planeta en cuestión de horas; otros, pasablemente reducido el riesgo de una guerra global, con la certeza de que el actual modelo de desarrollo causa daños graves e irreversibles al medio ambiente. En ninguno de estos casos la Tierra parece superar claramente al hombre (por más que este, desde luego, caerá primero). Pero esto no es lo peor: repentinamente la naturaleza –y esto es crucial para el artista- enmudece: desmitificado el mito y abolido el pensamiento mágico (todo lo indemostrable ha sido relegado al territorio cada día más poblado e ingobernable de la superstición), se convierte en la enferma y arrugada epidermis de una Gaia automática cuyo canto ya no se escucha. Descubrimos horrorizados que Gaia es un desalmado cyborg: si nos remitimos a las tesis de Baudrillard sobre el simulacro tenderemos a ver lo que queda del mundo natural como un parque temático, como una gran reserva biológica; como un cadáver en vida. En este seudopaisaje, todo está domesticado (todo son bonsáis en un patético y siniestro remedo del Jardín del Edén): “El paisaje real de la modernidad es aquel espacio que queda acotado entre carreteras y tendidos eléctricos, cuando no es reducido a lo artificial como mero tiesto urbano”[7].

 

  1. Un dique frente a la cosificación: el paisajismo moderno

 

Desde finales del XIX, cuando precisamente desde la pintura de paisajes se inicia la reacción contra el modelo romántico, el arte ha venido reflejando, como no podía ser de otro modo, tanto estas mutaciones del paisaje como los nuevos fenómenos sociológicos y políticos que modificaron nuestra forma de percibirlo. Sin embargo, el arte del siglo XX representó una aventura formal y conceptual tan apasionante que a menudo las reflexiones sobre su propio sentido y evolución fueron consideradas como su único argumento genuino y verdadero: se suceden formalismos de todo pelaje –muchos de ellos, no figurativos- y el “tema” o el “asunto” es proscrito de la pintura y relegado a la categoría de anécdota por un arte redimido que, desde el cubismo, se complace en su condición de objeto autónomo. Se ha sugerido que tal culto al objeto (cuyo acaparamiento y multiplicación cimenta efectivamente la sociedad de consumo y la cultura del despilfarro) es de hecho reflejo de un proceso de cosificación de la naturaleza que persigue desvirtuarla y, con ella, al propio paisajismo: “Entre otros motivos, la modernidad abandona el paisaje porque el paisaje carece de límites concretos. La tarea de la modernidad se centra en la representación de objetos abarcables, con contornos. Así, se representan objetos, se construyen objetos, se encuentran objetos” [8]. Esta dulce endogamia –no muy distinta por lo demás de la que afectó a las demás áreas de la actividad humana en la era de la especialización– dio lugar a un divorcio entre arte y pueblo, tornándose aquel ininteligible del mismo modo que la ciencia y la tecnología empezaron a desarrollarse sólo en los grandes laboratorios y a ser entendidas sólo por especialistas.

El introductor del paisaje como género pictórico en España es Carlos de Haes (1826-1898), pintor de corte naturalista formado en Bélgica que, desde su Cátedra en la Academia de Bellas artes de San Fernando, abogó por el acercamiento objetivo a la naturaleza y las bondades del pleinairismo, forzando así además la transición del paisajismo romántico al impresionismo: “Bastóle para destruir las anticuadas tendencias decir, cuidando eso sí de unir el ejemplo a la palabra, que el estudio de la naturaleza en pleno campo alejaría a los pintores de las negruras de los estudios en que trabajaban y la evolución se hizo, siendo de Haes la gloria toda” [9]. A lo largo de sus casi cuarenta años de docencia tuvo centenares de alumnos, de entre los que tan sólo destacan hoy Darío de Regoyos, Aureliano de Beruete y el algo más joven Agustín Riancho; porque para entonces, irrumpía ya la verdadera modernidad, los artistas jóvenes viajaban en masa a un París efervescente -dando origen a la llamada École de Paris (la expresión es de Zervos) de Pancho Cossío, Monsieur Bores, etc..- y se fraguaba un arte nuevo (expresión de d’Ors) que no sólo abolía los géneros, sino el arte mismo (Duchamp, 1917). Muchos grandes posimpresionistas fueron relegados al olvido. Por eso fue tan importante, para el mantenimiento de una renovada tradición paisajística en España, la volátil Escuela de Vallecas.

Nace esta en 1925 del encuentro –con ocasión de la famosa Exposición de Artistas Ibéricos de aquel año- de dos artistas que, precisamente, habían optado por quedarse en España nada menos que “con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional que compitiera con el de París” (frase de Alberto): el pintor Benjamín Palencia y el escultor Alberto Sánchez, ambos tan próximos al surrealismo como a los paisajistas modernos (especialmente los vascos, Zubiaurre, Arteta, Regoyos, Echevarría, Iturrino…) y, sobre todo, fascinados por la España rural: “Alberto Sánchez y Benjamín Palencia recorren en largas caminatas los alrededores de Madrid, fijando su atención en los accidentes del terreno, en las piedras, incluso en los objetos inservibles que para ambos artistas, pero sobre todo para Alberto, constituyen la base de un novedoso alfabeto de formas” [10]. En un poético manifiesto proclama este: “Me dicen: la ciudad. Y yo respondo…: el campo. Con las emociones que dan las gredas, las arenas y los cuarzos: con las tierras de almagra alcalaínas, oliendo a mejorana, entre vegetales de sándalo, con las hojas secas de lija, y un arroyo de juncos con puntos de acero galvanizado; con las tierras de alcaén de la Sagra toledana y los olivos, de tordos negros cuajados; también un sapo venenoso con amargor de retama y sabor de rana viva; y en el río, un pez saltando perseguido de lombrices… que a todo ello lo mojan las lluvias y el sol lo vuelve cieno; que todo tenga olor de tormentas y de rayos partiendo higueras; que se vuelva verde de légamo el picotazo de un mosquito…” [11].

Alberto y Palencia logran en aquellos años reunir a un pequeño grupo de artistas (el gran J. M. Díaz Caneja, cuya obra sigue plenamente vigente, la surrealista Maruja Mallo…) y de intelectuales y poetas como Lorca y Alberti, pero lo cierto es que, como señaló ya Carlos Areán, “la Escuela de Vallecas tuvo más importancia todavía como mantenedora de un clima que como posibilidad de acción coordinada”: la guerra interrumpe la aventura vallecana y su semilla germina realmente hacia 1939, cuando un grupo de jóvenes artistas que se había formado bajo la tutela de Daniel Vázquez Díaz y en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, entra en contacto con un Palencia maduro (Alberto se había exiliado), respetado y ya exclusivamente paisajista.

Los administradores de este legado fueron Álvaro Delgado, Cirilo Martínez Novillo, Luis García Ochoa, Menchu Gal, Agustín Redondela, Francisco San José y algunos otros componentes del núcleo de la Escuela de Madrid. No cabe duda de que tanto su firme compromiso con la figuración renovada en medio de la tempestad informalista como su adentrarse en el paisaje español –sin descuido de las tradiciones y de las gentes- favorecieron el desarrollo de una entera generación de artistas que trabajó entre los años cuarenta y setenta. El propio Martínez Cerezo, en la que sigue pareciéndome la obra definitiva sobre la Escuela [12], incluye en ella a los más eminentes paisajistas españoles de las últimas décadas –Ortega Muñoz, Díaz Caneja, Gregorio del Olmo, Vaquero Palacios, etc…- pero también a dos centenares de artistas figurativos que mantienen con la Escuela lazos diversos, ya sean generacionales o estilísticos: Alcaín, Alcorlo, Barjola, Estruga, Guijarro, Paredes Jardiel, Úbeda, Cristino de Vera, Zarco…

Por su parte, los llamados realistas o hiperrealistas españoles que triunfaron en los años sesenta exploran ese nuevo paisaje, domesticado e inevitablemente degradado, nada bello y nada pintoresco, que es la urbe. Por sí mismo, este diálogo que los artistas establecen entre el género del paisaje tradicional y el retrato de ese nuevo -e “indigno de ser pintado”- entorno al que fueron arrojados millones de españoles en los años del desarrollismo, constituye sin duda una reflexión sobre la acelerada domesticación del paisaje y sus consecuencias para el hombre y para el arte. Pero lo que subyace en sus obras –especialmente en las de sus primeras épocas, que son por ello las más interesantes- es de hecho esa conmoción que causa en el emigrante el encuentro con el nuevo entorno, cuando no una añoranza del mundo rural: Cristóbal Toral se hace famoso con sus estaciones, sus salas de espera y, sobre todo, con esas ajadas maletas, reventadas y encordadas, convertidas en símbolo del desarraigo; Eduardo Naranjo, con sus viejas fotografías… Y a la casa familiar, en el pueblo o la pequeña ciudad de provincias, regresan Antonio López, Manuel Villaseñor y los hermanos López Hernández para pintar algunas de sus obras más conocidas… Todos ellos, cuando miran la ciudad, ven esa soledad, esa deshumanización, esa sensación de pérdida y vacío que son consustanciales a la sociedad de consumo y que se manifiestan en sus grises templos: la fábrica, el suburbio, el apartamento, el metro… Los antropólogos han demostrado que ciertos mecanismos mentales, un vocabulario específico, fuertes y arcanos lazos afectivos entre el hombre y la naturaleza, desaparecen efectivamente cuando este se ve atrapado en un entorno artificial y urbano, provocando su pérdida una sensación de orfandad y desesperanza: “No hay tampoco quien no sienta la belleza del campo en su natural sencillez: espectáculo consolador para el alma del artista, especialmente para el que vive en las grandes poblaciones, donde todo es contrario al natural, donde es artificial cuanto nos rodea, donde hasta nosotros mismos nos constituimos en seres artificiales” [13], decíase ya en el siglo XIX.

Pero en cualquier caso, importan aquí las dramáticas consecuencias que la domesticación del paisaje acarrea para el alma humana, no para el medio natural; mientras que hoy, la situación se ha vuelto tan preocupante que tendemos inconscientemente a pensar lo contrario: “En ciertas corrientes ecologistas desviatorias se apuesta en primer término a la naturaleza en lugar del hombre. Ya no predican que el desastre ecológico es desastre, justamente, porque hace peligrar a la humanidad sino porque el ser humano ha atentado contra la naturaleza. (…) Estas corrientes se inscriben también en el anti-humanismo porque en el fondo desprecian al ser humano. Sus mentores se desprecian a sí mismos, reflejando las tendencias nihilistas y suicidas a la moda” [14].

Todos los realistas españoles tratan hoy el paisaje, tanto rural como urbano, y sus sensibilidades abarcan un amplio espectro, que va desde lo crudo y descarnado (Roberto González Fernández), hasta el lirismo (Carmen Laffón) pasando por la recuperación de cierta visión academicista (Muñoz Vera y su Escuela de Chinchón) o romántica (José Manuel Ballester). A ellos se les sumarían los hoy llamados neometafísicos, más proclives a lo imaginario y preocupados por formas de soledad y de vacío que nos trasladan al territorio de lo enigmático o lo presentido. Y debemos mencionar aquí, aunque obviamente su estudio excede el ámbito de este artículo, esa forma no tradicional –mas sí pictórica- de tratar el paisaje que floreció a finales de los 60 y que se conoce como Land Art o Earth Art: “más que representarlo, un gran número de artistas prefirieron entrar en él, emplear sus materiales y trabajar con sus elementos más sobresalientes. No describían el paisaje sino que lo comprometían, su arte no era del paisaje sino en el paisaje” [15]. El Land Art es arte ecológico en estado muy puro y, como se ha dicho a menudo, no es crítico, ni reivindicativo, ni participa de ese “anti-humanismo” que define Silo.

Sin embargo, ni conceptual ni técnicamente puede relacionarse a los artistas adscritos a estas corrientes con la pintura expresionista de la mayoría de los llamados nuevos paisajistas españoles: la real y tangible tradición paisajística en España la perpetúan en mi opinión aquellos a los que a menudo he considerado como los herederos de la Escuela de Madrid y que lo son, precisamente, porque su pintura nace del amor al paisaje (especialmente el ibérico), del respeto a la tradición pictórica española –que no al cuadro-objeto-, del sentimiento del paisaje y al dictado del paisaje. Todos ellos, por lo demás, enfatizan, transforman y deforman; todos se hallan formalmente próximos al expresionismo y, pese a la distancia que les separa de él –la industria del arte abre abismos-, suelen admirar a ese gran expresionista y pintor de la Tierra que es Barceló, deudor él mismo de la tradición alemana.

 

  1. El paisajismo hoy

 

Este paisajismo español actual le debe mucho a José Sánchez-Carralero, Catedrático de Paisaje en la madrileña Facultad de San Fernando, hombre culto, nada torpe en el manejo de letras y palabras e insobornable pintor, que ha dejado a lo largo de su trayectoria su huella en una entera generación de pintores además de numerosos testimonios de su ideario. Para él, “la pintura de paisaje brinda grandes posibilidades de libertad, posibilidades que han aprovechado tanto los pintores cómodos y vacíos como los más exigentes y creativos. (…) Los responsables de lo que representa la libertad creativa han aceptado y entendido el paisaje como un reto, dejando con sus obras grandes aportaciones que han ayudado a modificar nuestra visión para sentir y entender mejor el acontecimiento natural que nos rodea”. Tanto el acercamiento amoroso a la naturaleza como la búsqueda de la belleza son para él vías de conocimiento puesto que “cada hombre, en la medida en que desarrolle sus potencialidades y su comprensión de la naturaleza en relación con su yo, así colaborará a construir positivamente tanto a la naturaleza como a sí mismo, dependiendo de ello su trascendencia y su felicidad, el ser o no ser. Esta comprensión le llevará a entender la vida bajo el signo del amor, surgiendo de este modo las actitudes necesariamente bellas, es decir la actitud estética” (en parecidos términos se expresa, como veremos, Stefano Zecchi). Y, al final de su Olvidar lo aprendido [16], sugiere algo que es de interés para nuestra tesis: “generalmente, la temática del paisaje apareció de manera más o menos generalizada y significativa en momentos coincidentes con una visión filosófica del hombre basada en la desegolatrización, orientada hacia la apertura e integración con el entorno, tanto inmediato como cosmogónico; abarcando lo tangible y lo intangible, la poesía y el misterio”. Es decir, que el paisajismo es y crea cosmogonía.

En la estela de Carralero o de José Mª Rueda, impulsores de unas ya míticas becas, se sitúa toda una generación de pintores expresionistas que han hecho del paisaje el eje de su producción pictórica y desde finales de los ochenta varias galerías promocionan con éxito a estos jóvenes, la mayoría de los cuales realizó su primera individual antes de licenciarse. Los caracteriza ese mismo ascetismo, esa austeridad, ese contagiarse la tela de la severidad del paisaje ibérico, que hallamos en los pintores de la Joven Escuela Madrileña y que, evidentemente, no participan de esa visión pesimista de la naturaleza que hemos ido construyendo a lo largo de las últimas décadas. Lo que cuadros como los suyos nos devuelven es, al contrario, esa cierta plenitud o ese gozo que embarga al hombre cuando se sumerge en la naturaleza: una drástica reducción de la ansiedad, una puesta en marcha del mecanismo atrofiado, un afloramiento de pensamientos olvidados… El arte oficial, en cambio, tiende a ser urbano y a adaptarse a los gustos y los tiempos del urbanita: “La ciudad es el objeto del arte porque sólo en ella se puede experimentar y producir lo moderno, que es un conjunto de hechos fugitivos, instantáneos, fragmentarios y sin continuidad; lo que estaría muy bien si no fuera porque todo esto no tiene más que un posible destinatario, un personaje capaz de ver rápidamente y sacar significados provisionales de sus observaciones, así como de interpretar el grupo del que forma parte, la multitud, y su única patria, la ciudad” [17].

 

  1. La hora de los encuentros

 

A medida que se desarrolla la antítesis (se ha partido, recordémoslo, de la improbable existencia del paisaje en la era de la total cosificación de la naturaleza), hay una palabra que empieza a aparecer insistentemente, emergiendo de los textos y de la actitud misma de todos esos solitarios que, desde hace casi dos siglos, salen al campo pertrechados con sus lienzos y pinceles: libertad, sí, ya se ha dicho; pero esa es inherente al artista y se supone que a todo hombre en el agrietado mundo libre que nos legó la Ilustración; la palabra, de uso mucho más incómodo, es amor. “Ya es hora de que comience una conquista inversa, la de nosotros mismos por nuestras más amables potencialidades y no la del entorno y los otros. Una conquista que no se salde con la aculturación sino con cultura, ésa que es sencillamente amor y respeto a lo que somos y a lo que nos permite ser” [18], decía Joaquín Araújo precisamente en la casa de uno de los artistas que con mayor prontitud y clarividencia planteó la necesidad de un nuevo modelo urbanístico amoroso y respetuoso: César Manrique, celoso guardián de Lanzarote, mecenas, y pionero de la arquitectura ecológica.

Discurso aquel del que abusaré ahora porque representa el reverso luminoso de la siniestra y deprimente tesis, la niega, la desbarata punto por punto: “sólo liberándonos de una tiranía autoimpuesta, como es la de valorar al tiempo a través de la velocidad en consumirlo, podremos acercarnos a una de las facetas más constructivas del hecho de estar vivo: disfrutar de la lentitud”; acompasamos ya nuestro andar a lo que llamé el ritmo majestuoso de Gaia; y de paso, al de Luis González Robles, el exquisito comisario que fabricó el mito del informalismo español: “el hombre que corre pierde la dignidad”, le dijo una vez al joven y estresado crítico; así, el dandysmo es ecología, porque es cultura y placer de vivir: lo que Araújo llama “artistización, es decir, la recuperación de la belleza de la Naturaleza y de nuestras conductas en ella”. ¿Se necesita más? “El sentimiento de la naturaleza, el amor culto y sereno a los entornos naturales, es la cima de la civilización y de la Cultura”, afirmaba Unamuno hace más de medio siglo; “lo más importante de la obra de arte no es la técnica, sino el palpitar que de amor a la humanidad tenga la obra”, sentencia Henry Moore… Y Roger Garaudy, al que invoca Araújo: para salir del impasse tenemos que “contemplar a nuestro planeta como lo que es: una verdadera obra de arte; pero al mismo tiempo, empezar a contemplarnos a nosotros mismos como los artistas que vamos a culminar esa obra de arte”; y con razón, exclama: “¡Cómo concuerda la trayectoria de César Manrique con esta apreciación!”…

Porque es tiempo ya de felices reencuentros, de luz y aire: ahí están, en lugar destacado, los pioneros, artífices de las primeras agrupaciones de paisajistas: “Propio es en efecto de nuestra organización amar la naturaleza,  y recrearnos con la vista de los árboles y las flores, de los montes y de los valles, en cuya presencia respira el alma con esa expansión a que no le es dado entregarse en medio del tráfago mundanal y encerrada en el recinto de las ciudades” [19]; junto a ellos –qué importan los siglos-, los artífices del Land Art, que “se rebelan contra la tiranía de los entes abstractos, desprovistos de expresión y emotividad, recuperando la naturaleza y el paisaje para el arte” (Maderuelo), o los hábiles especialistas de la pintura rápida, que llegada la primavera son convocados a innumerables certámenes por toda la geografía española y efectivamente la recorren, a menudo con sus familias, reencontrándose ellos mismos con ese campo del que viven y con sus muchos compañeros de fatigas; aquí está también, presidiendo acaso la reunión, la ciencia nueva, accesible y hermosa: “Por ello Ecología es una ciencia con alma, es una ciencia para la vida, es la ciencia de los puentes y no de las fronteras, de la sutura y no de la saturación, del encuentro con la adolescencia común de la humanidad que es la Naturaleza. Es la ciencia por fin de todos y no de una elite o un puñado de elegidos (…). Es, al fin, una ciencia filosófica, es una filosofía de la ciencia. En muchos sentidos entronca con enfoques propios del humanismo. E, incluso, destroza el apabullante dominio de la especialidad y dignifica el generalismo” (Araújo); y a su lado, el humanismo de Giorgione, que es la luz de Carralero, maestro de paisajistas del siglo XXI: “Este provocó un importante cambio, una decisiva renovación que supuso el abandono de un mundo egocéntrico, que terminó secándose en sí mismo, y cuyo principal protagonista en pintura era la figura humana. (…) Giorgione invirtió este protagonismo, hasta entonces fundamental, pasando la figura humana a ser un elemento más de la naturaleza y todo, a su vez, bajo el denominador común de luz totalizadora  como enfoque de un mundo abierto y poético, en el que el hombre abandona su incuestionabilidad y prioridad sobre el cosmos para incorporarse desde su humilde pero importante pequeñez” [20]

Y están los jóvenes paisajistas, certificando que “la entrega artística sin concesiones da libertad” y que la creación es un acto poético, máxima expresión de la subjetividad, testimonio de una inocencia y una pureza que no han de sernos arrebatadas. Unos simplemente en su jardín, espacio natural protegido y hecho a su medida que no por ello deja de ser naturaleza, el hogar acogedor del hombre (porque también en el Romanticismo nace ese otro paisajismo que es la cultura del parque y el jardín); otros, en algún lugar de ese paisaje español que aún los llama. Toda esta pintura no es alegre –ningún expresionismo lo es- y tiende a tornarse oscura: los fantasmas existen –y aprenden rápido-, como existe el desgarro en la Tierra y el Hombre. Pero poco importa porque sabemos ya que su melancolía no es el Social Anxiety Disorder que repentinamente se apodera del urbanita. Al contrario, con su pintar visceral, con su trémulo gesto, con su emoción vertida, el artista desenmascara cuanto de falaz hay en el fatalismo nihilista que, como reptil, se infiltró en el alma humana a lo largo del siglo XX: “nos sentimos culpables de la degradación del mundo, pero no nos sentimos responsables de su belleza”, se lamenta Zecchi [21].

¿Culpables? La negatividad moderna mallarméana ha degenerado, en las sociedades aburguesadas, en una cultura de la queja y esta a su vez, a medida que crecía monstruosamente la industria mediático-propagandística, en una cultura de la admonición que se dota de una sólida coartada moral a la que damos el nombre lamentable de “concienciación” (es decir, reprobación o reproche): concienciar al prójimo de lo que a uno le molesta o le interesa resulta más rentable que actuar uno mismo, ya que lo primero se lleva a cabo a través de un canal o de un grupo de presión (ambos de pago) y lo segundo, directamente y en silencio; políticos, funcionarios, comunicadores y artistas, convertidos en profesionales de la concienciación más o menos masiva y fatalmente estéril, contribuyen a la propagación de un paralizante sentimiento de culpa.

Y será precisamente esto lo que nos permita distinguir a quienes aspiran a construirse a sí mismos en armonía con la naturaleza participando así de la inaplazable estetización del mundo, de aquellos otros que se limitan a diseccionar la angustia causada por una pesadilla que –nunca mejor dicho- es artificial, cuando no a perpetuar la farsa desde su privilegiada posición de concienciadores; a los artistas y los poetas de los oportunistas fabricantes de lustrosos objetos sin alma destinados al ególatra ensimismado, ansioso y velocísimo que se ahoga en su montón de cosas. Y será esto, también, lo que nos permitirá justificar, no tanto la indiscutible existencia de un paisaje malherido pero vivo que tal vez haya sido puesto ahí, no para sino por nosotros, cuanto la necesidad de curarnos nosotros ensanchando nuestra percepción: “la experiencia de la belleza es un tipo de conocimiento que el nihilismo de este siglo nos ha negado”, escribe Zecchi, sugiriendo así que la vía clausurada era y es nada menos que un maravillarse, que el verdadero aprendizaje de la vida sólo es posible en el más hermoso de los paisajes…

Así, tanto la Gaia desalmada que resulta de una visión perfectamente objetiva de la naturaleza, sofisticado perpetuum mobile hecho a imagen de una utópica infinitud de la que, paradójicamente, se descree, como la Gaia-cyborg, retrato de nuestro moderno y reciente modus vivendi acelerado y despilfarrador, son de hecho los monstruosos productos de una misma pesadilla –el antiguo sueño de la razón– y, como tales, irreales visiones. Se desvanecen éstas cuando irrumpe el ser ausente y dado al olvido de su condición -“acuérdense de sí mismos”, les decía siempre a sus discípulos el extraño señor Gurdjieff-, cuya inteligencia ha de permitirle, no sólo buscar y hallar su lugar y su razón de ser en el Universo, sino hacerlo con tanta elegancia que su respuesta son y serán las más bellas obras de arte y las más inspiradas palabras. Aparece aquí el veneciano Giorgione, protagonista de ese último capítulo, “breve esbozo de lo que me gustaría que fuera un amplio estudio que desearía abordar algún día” del libro de Carralero; nos reencontramos con los escritores y pintores románticos, valerosos y frágiles juguetes de lo inefable, persuadidos de la “íntima e ingenua unidad del hombre y la naturaleza”; con el Carus que predica la renuncia a los bienes materiales, con los paisajistas españoles del XIX, conscientes ya -¡tan pronto..!- de que la ciudad es sucia y ruidosa morada, indigna del alma; con sus continuadores madrileños, descubridores de ese paisaje español hecho de tierras y gentes que hechizó ya a George Borrow, Jorgito el inglés, el romántico viajero; con las creaciones de César Manrique, que acaso hayan de ser vistas en la nueva era como los ingenuos balbuceos del niño que quiere crecer.

Porque el pintor de paisajes, desde su humilde posición frente a la grandeza del mundo natural y al discurso artístico dominante, celebra el amoroso encuentro con la naturaleza y manifiesta con y en su obra que, si bien el hombre es especie superior, no significa esto que el resto de las criaturas sean incapaces de dar respuesta a sus inquietudes, sus problemas y sus necesidades estéticas: el objeto, fetichizado por el dadaísmo hace casi cien años y reducido a la condición de fétido urinario por el más lúcido de sus manipuladores, no nos da nada, no nos habla de lo Otro; sólo nos retrata tal y como somos en nuestro mundo de objetos. El paisajista en cambio, como depositario de un legado pictórico típicamente romántico, sabe de la voz de la naturaleza y participa así de un posible humanismo de raíz ecologista que se abre a una nueva edad. Esta es, en definitiva, la situación del paisajismo en la era de la extinción masiva. Como no podía ser de otro modo: lo contrario hubiera significado que el arte era otra gran mentira; que el artista no lo convoca; que la Naturaleza no fue siempre su maestra; que a través suyo no se abre paso la voz de la Tierra. Esa que desde antiguo le atrae hacia sí, no para dictarle urgentes medidas, ni para convertirle en un concienciador más, sino para darle la brisa, el aroma, el canto, el color y el consuelo.

Javier Rubio Nomblot

 

[1] Javier Arnaldo. Prólogo a: Carl Gustav Carus. Cartas y anotaciones sobre la pintura de paisaje. Visor Dis, Madrid, 1992.

[2] Alejandro Jodorowsky. Psicomagia. Random House Mondadori, Barcelona, 2005.

[3] Mary B. Shelley. Frankenstein o el moderno Prometeo. Prólogo a la edición de 1831.

[4] F. C. Serraller y Á. González. Paisaje español entre el realismo y el impresionismo. Cat. Galería Multitud, Madrid, 1976.

[5] Anónimo (Pseudo Longino). Sobre lo sublime. Bosch, Barcelona, 1977.

[6] Carl Gustav Carus. Op. Cit..

[7] Javier Maderuelo. Nuevas visiones de lo pintoresco. El paisaje como arte. Fundación César Manrique, Lanzarote, 1996.

[8] Ibíd.

[9] Jaime Morera. Citado por F. C. Serraller y Á. González. Op. Cit. Conviene recordar, no obstante, que la existencia de un verdadero impresionismo en España es muy dudosa.

[10] Raúl Chávarri. Mito y realidad de la Escuela de Vallecas, Madrid, 1975.

[11] Publicado en la revista Artes en 1933. Recogido en: Enrique Azcoaga. Alberto. Ministerio de Educación y Ciencia, 1974.

[12] Antonio Martínez Cerezo. La Escuela de Madrid. Ibérico Europea de Ediciones, Madrid, 1977.

[13] Federico de Madrazo, 1872. Citado por F. C. Serraller y Á. González. Op. Cit.

[14] Silo. Obras Completas (Vol I),

[15] John Beardsley, 1984. Citado por Javier Maderuelo. Nuevas visiones de lo pintoresco. El paisaje como arte. Fundación César Manrique, Lanzarote, 1996.

[16] José Sánchez-Carralero. Olvidar lo aprendido. Junta de Castilla y León, 2000.

[17] Horacio Fernández. Ciudad. Cat. Photo España, Madrid, 2005.

[18] Joaquín Araújo. La cultura ecológica. Fundación César Manrique, Lanzarote, 1995.

[19] Nicolás Gato de Lema, 1858. Citado en: F. Calvo Serraller y Ángel González. Op. Cit.

[20] J. S Carralero. Op. Cit.

[21] Stefano Zecchi. La belleza. Tecnos, Madrid, 1994.

Inquietante conferencia de Javier Rubio en el I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

 

Inquietante texto del crítico de arte, que publicamos íntegramente y ve la luz por primera vez en la Asociación Española de Pintores y Escultores

El pasado 19 de mayo tenía lugar la segunda conferencia del I Aula Internacional de Paisaje que ha organizado la AEPE, cuyo protagonista fue el crítico de arte ligado a nuestra institución, Javier Rubio Nomblot.

Con una gran concurrencia deseosa de escuchar las interpretaciones siempre informalistas de Rubio, la conferencia fue por él introducida, y leída por una cordial colaboradora que puso voz a la charla, tras la cual el Presidente de la AEPE, José Gabriel Astudillo, dio paso a los asistentes, que participaron muy vivamente en la misma.

Según informó Javier Rubio, la conferencia fue escrita hace once años y es inédita, puesto que no se ha publicado aún en ningún medio, lo que motivó que debido al interés de los conceptos expuestos, y la masiva petición de los asistentes para hacerse con la conferencia, sea publicada de forma íntegra en nuestra página web y en cuadernillo aparte que habréis recibido junto a esta Gaceta de Bellas Artes.

Comentada y aplaudida, hizo reflexionar a los presentes sobre el medio ambiente, la ecología, la naturaleza y el paisaje, siendo un verdadero tratado sociológico del arte del plenairismo con todo tipo de especulaciones.

En palabras de Javier Rubio, “en cuanto al contenido, voy a aventurar una hipótesis. Yo creo que lo que aquí se intenta decir, a la luz de cierta cantidad de textos de distintas épocas, es que en la actualidad, y tal como está nuestra relación con la naturaleza, la pintura de paisaje, el pleinairismo, y otras prácticas como el Land Art (este texto también debió servir para un comisariado muy bonito, artista y abuelo, pero el CDAN cerró), en cierto modo pueden ayudar a resolver este conflicto que tenemos actualmente en nuestra relación con la naturaleza.

Se trata de una especie de demostración experimental, entre expresionista y paranoico-crítica, no ortodoxa. Consecuentemente, más que a la comprensión del oyente, aspiro a que quede una suerte de idea, de esperanza. Se trata, a fin de cuentas, de justificar, de dar sentido al acto de pintar el paisaje hoy en día. En un momento en el que incluso justificar la pervivencia de la pintura resulta complicado. Tal vez más que nunca en la historia, creo que se dice aquí, tiene sentido salir al campo a pintar. Para demostrar esto de una forma no ortodoxa, se parte de una especie de descripción apocalíptica de nuestra relación con el medio natural y se intenta llegar a una respuesta. Como es evidente, yo no puedo resolver racionalmente este conflicto. Por eso el texto toma forma de brainstorming: se busca una respuesta del inconsciente.

El texto íntegro puede verse en esta misma web, pestaña Noticias y Publicaciones, subpestaña Entevistas y Reportajes

La AEPE en los informativos de Telecinco

Con motivo de la conferencia de Antonio López y Jean Baptiste Secheret dentro del I Aula Internacional de Paisaje que organiza la centenaria institución

 

Visitaron a los alumnos y la exposición de Alberto Martín Giraldo en la Casa de Vacas del Parque del Retiro

 

El viernes 12 de mayo tenía lugar la primera de las conferencias de las tres con las que cuenta el I Aula Internacional de Paisaje que organiza la Asociación Española de Pintores y Escultores y que tiene como centro de mira y escenario principal la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid.

Un momento de la entrevista a Antonio López por parte de los periodistas de Telecinco, en presencia de José Gabriel Astudillo, Presidente de la AEPE, y de Alberto Martín Giraldo, director del I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

En ella, Antonio López y Jean Baptiste Sècheret, acompañados del Presidente de la AEPE, José Gabriel Astudillo y de Alberto Martín Giraldo, dieron buena cuenta de la parte teórica de esta Aula, en un salón de actos que se llenó para escuchar las palabras, experiencias y sentimientos acerca del paisaje de estos grandes artistas.

Antonio López, Alberto Martín Giraldo, Jean Baptiste Sècheret y José Gabriel Astudillo

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Con anterioridad, todos habían recorrido el Parque del Retiro para visitar a los alumnos del I Aula, revisando sus obras, intercambiando comentarios y consejos que recibieron de muy buen agrado.

Después, recorrieron la exposición de Martín Giraldo, atendiendo a los asistentes y a los requerimientos que les hacían para inmortalizar el momento, y fueron entrevistados por los informativos de Telecinco, siendo en el telediario de la noche cuando pudo verse el reportaje que con tal motivo realizaron.

Antonio López, Alberto Martín Giraldo, Jean Baptiste Sècheret, José Gabriel Astudillo y Juan de la Cruz Pallarés

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Ya en el salón de actos, y conducidos por José Gabriel Astudillo, hablaron del paisaje, de las técnicas, de sus impresiones y sentimientos, haciendo las delicias de cuantos acudieron a un encuentro que se prolongó a lo largo de una hora y media.

Después, se hizo entrega del diploma acreditativo a los alumnos que acababan el primero de los cinco cursos de que consta el I Aula Internacional de Paisaje.

Algunos miembros de la Junta Directiva de la AEPE, como los Vocales Pedro Quesada y Juan Manuel López Reina, junto a Antonio López, Alberto Martín Giraldo, Jean Baptiste Sècheret, José Gabriel Astudillo, Presidente de la AEPE, Mª Dolores Barreda Pérez, Secretaria General de la AEPE y Juan de la Cruz Pallarés, Vicepresidente de la AEPE

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Será el próximo viernes cuando Javier Rubio Nomblot se encargue impartir la segunda parte teórica del Aula, con una conferencia que repasará la historia del paisaje en España desde Carlos de Haes a la actualidad.

Recordemos que el I Aula Internacional de Paisaje está organizada por la Asociación Española de Pintores y Escultores y en ella un total de once docentes de reconocido prestigio, se están impartiendo clases prácticas y teóricas, teniendo como punto de encuentro y foro común la Casa de Vacas del Retiro.

La mesa estuvo muy entretenida y en ella participaron José Gabriel Astudillo, Jean Baptiste Sècheret, Antonio López y Alberto Martín Giraldo

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Alberto Martín Giraldo, Coque Bayón de la Fuente, José Luis Ceña Ruiz, Charles Villeneuve, Irene Cuadrado, Ramón Córdoba, Sonia Casero, Antonio López, Jean-Baptiste Sècheret, Javier Rubio Nomblot y Alessandro Taiana son los responsables de llevar a cabo cinco cursos prácticos de una semana de duración, que a lo largo del mes de mayo se complementan con las conferencias en las que se trata sobre la técnica pictórica del “plein-air”, o lo que es lo mismo, pintar al aire libre.

Serán los profesores quienes se encarguen, tras el análisis de las obras realizadas en cada curso, de seleccionar aquellos apuntes más interesantes para formar parte de la exposición de las obras realizadas en el I Aula Internacional de Paisaje que tendrá lugar en el mes de septiembre en la Casa de Vacas del Parque del Retiro, convirtiéndose en un aliciente más para participar en esta actividad.

José Gabriel Astudillo, Antonio López y Alberto Martín Giraldo durante la visita a la exposición

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Tal y como comenta José Gabriel Astudillo López, Presidente de la Asociación Española de Pintores y Escultores, el I Aula Internacional de Paisaje “es una propuesta de calidad, única en su género y atractiva en sí misma, que pretende llenar un vacío en la docencia de esta disciplina del paisaje, y englobar a todos los amantes de la pintura al aire libre en un Aula de alto nivel, sin comparación con ninguna existente en España, motivo que nos impulsó a ofrecer esta oportunidad que va a ser un gran éxito por lo que de “exclusiva” tiene. Nos gustaría que esta primera iniciativa se constituyera en una referencia obligada en el mundo del arte, haciendo de Madrid el centro mundial en donde aplicar una tradición artística del paisaje, al modo en que otros países lo hacen y con una categoría indudable y excepcional”.

 

La AEPE en la Carta a la Alcaldesa de Angel del Río

LA ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

PROTAGONISTA DE LA “CARTA A LA ALCALDESA”

DEL CRONISTA DE LA VILLA ANGEL DEL RIO

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CARTA A LA ALCALDESA 9-5-17

«Señora Alcaldesa:

La Asociación Española de Pintores y Escultores, que preside José Gabriel Astudillo, ha convocado, desde ayer y hasta el día 26 de mayo, el I Aula Internacional de Paisaje. Y ha tenido el acierto de elegir como escenario el parque del Retiro, y en concreto, la Casa de Vacas, un espacio municipal siempre abierto a la cultura. En septiembre, se llevará a cabo una exposición de los mejores trabajos, como broche final a este certamen.

Durante este tiempo, once docentes de reconocido prestigio, impartirán clases prácticas y teóricas. Cursos prácticos, conferencias, pintura al aire libre. Hay dos modalidades, una de iniciación, y otra de perfeccionamiento. Y quizá lo más llamativo es que los temas propuestos por los profesores, serán sobre la naturaleza, y ningún lugar más propicio para ello que este parque del Retiro, ese regalo verde que tiene Madrid para disfrutar cada día, y que será un paisaje de inspiración para quienes tienen vocación de ser artistas, y quienes ya la han desarrollado. Es oportuno recordar, señor alcaldesa, que durante algunos años, siendo concejal del Ayuntamiento José Gabriel Astudillo, se celebraba anualmente en el Retiro, el concurso de pintura rápida, con notable éxito y nostalgia de que no se haya vuelto a repetir, aunque quizás estemos aún a tiempo, y especialmente por el escenario de este Aula Internacional de Paisaje, del que el propio Astudillo dice: “Nos gustaría que esta primera iniciativa, se constituyera en una referencia obligada en el mundo del arte, haciendo de Madrid el centro mundial donde aplicar una tradición artística del paisaje, al modo en que otros países lo hacen y con una categoría indudable y excepcional.”

Seguro que será así; de momento, no han podido escoger marco más adecuado que el del Retiro, para encuadrar los mejores paisajes».

 

Ángel del Río dirige en la emisora COPE una carta diaria a la alcaldesa y un programa de Medio Ambiente para Madrid y su comunidad. Es uno de los once cronistas de la Villa y Corte y posee este título desde 1999. Además es autor de más de 35 libros sobre la Villa y la Comunidad de Madrid y lleva dedicado a la información de Madrid 45 años, entre el diario Ya y la Cadena COPE“.

Abierta la inscripción al I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

I AULA INTERNACIONAL DE PAISAJE

Organizada por la Asociación Española de Pintores y Escultores, viene a cubrir una demanda que hará de Madrid la capital mundial del arte del paisaje 

Una gran exposición de los mejores trabajos en septiembre,

pondrá el broche final a esta primera edición

La Universidad Rey Juan Carlos ha reconocido dos créditos académicos 

Ya está abierta la convocatoria para el I Aula Internacional de Paisaje que ha organizado la Asociación Española de Pintores y Escultores y que tendrá como centro de mira y escenario principal al Parque del Retiro de Madrid.

En ella, un total de once docentes de reconocido prestigio, se encargarán de impartir clases prácticas y teóricas, teniendo como punto de encuentro y foro común la Casa de Vacas del Retiro.

Alberto Martín Giraldo, Coque Bayón de la Fuente, José Luis Ceña Ruiz, Charles Villeneuve, Irene Cuadrado, Ramón Córdoba, Sonia Casero, Antonio López, Jean-Baptiste Sècheret, Javier Rubio Nomblot y Alessandro Taiana serán los responsables de llevar a cabo cinco cursos prácticos de una semana de duración, que a lo largo del mes de mayo se verán complementados con las conferencias en las que se tratará sobre la técnica pictórica del “plein-air”, o lo que es lo mismo, pintar al aire libre.

Hasta una semana antes se podrán presentar las solicitudes de aquellos participantes que quieran optar a una de las 100 plazas convocadas. El coste del curso tiene un precio especialmente popular, de tan sólo 150 euros para los artistas, en concepto de matrícula. El planteamiento del I Aula Internacional de Paisaje nace con la idea de abordar la pintura en exteriores en uno de los meses que más plácida puede hacer esta tarea.

Organizado por la Asociación Española de Pintores y Escultores, el I Aula Internacional de Paisaje comprende dos modalidades, una de iniciación y otra de perfeccionamiento especialmente dirigida a los pintores que quieran compartir sus experiencias entre ellos y recibir los consejos de destacados artistas, especialistas todos en pintura de paisaje. Cada curso se desarrollará a lo largo de cinco días, en jornadas de 10 a 18 h, durante los cuales los participantes trabajarán del natural.

Los temas propuestos por los profesores serán la naturaleza que los rodea del propio Parque del Retiro; aunque, en todo caso, se dará libertad a los alumnos en la elección temática, siempre que la pintura sea tomada del natural.

La importancia del taller no reside únicamente en el perfeccionamiento de la técnica y la orientación de los caminos personales de los alumnos; sino también en el enriquecimiento vital y profesional a través de debates sobre el ejercicio de la pintura entendida como Arte.

Serán los profesores quienes se encarguen, tras el análisis de las obras realizadas en cada curso, de seleccionar aquellos apuntes más interesantes para formar parte de la exposición de las obras realizadas en el I Aula Internacional de Paisaje que tendrá lugar en el mes de septiembre en la Casa de Vacas del Parque del Retiro, convirtiéndose en un aliciente más para participar en esta actividad.

Tal y como comenta José Gabriel Astudillo López, Presidente de la Asociación Española de Pintores y Escultores, el I Aula Internacional de Paisaje “es una propuesta de calidad, única en su género y atractiva en sí misma, que pretende llenar un vacío en la docencia de esta disciplina del paisaje, y englobar a todos los amantes de la pintura al aire libre en un Aula de alto nivel, sin comparación con ninguna existente en España, motivo que nos impulsó a ofrecer esta oportunidad que va a ser un gran éxito por lo que de “exclusiva” tiene. Nos gustaría que esta primera iniciativa se constituyera en una referencia obligada en el mundo del arte, haciendo de Madrid el centro mundial en donde aplicar una tradición artística del paisaje, al modo en que otros países lo hacen y con una categoría indudable y excepcional”.

INFORMACION E INSCRIPCIONES

Asociación Española de Pintores y Escultores

C/ Infantas, 30. 2º drcha.

28004 Madrid

915 22 49 61   y   630 508 189

administracion@apintoresyescultores.es

www.apintoresyescultores.es

CURSO COMPLETO:

(Teoría + Práctica) 42 horas

MATRICULA: 

150 euros

Por riguroso orden de inscripción

El Aula se desarrollará en el Parque del Retiro de Madrid, con apoyo técnico en el Centro Casa de Vacas, situado junto al embarcadero

CERTIFICACION:

La asistencia al I Aula Internacional de Paisaje será reconocida con un diploma expedido por la AEPE

La Universidad Rey Juan Carlos ha reconocido dos créditos académicos al I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

Acaba de ver la luz el díptico de inscripción de la que será la I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE que tendrá lugar del 8 al 26 de mayo de 2017 en la Casa de Vacas del madrileño Parque del Retiro.

Cursos semanales impartidos de lunes a viernes en horario de 10 a 18 h. que cuentan con una parte práctica y otra teórica, y que correrá a cargo de profesores de la talla de Alberto Martín Giraldo, Coque Bayón de la Fuente, José Luis Ceña Ruiz, Charles Villeneuve, Irene Cuadrado,  Ramón Córdoba, Sonia Casero, Antonio López, Jean-Baptiste Sècheret,  Javier Rubio Nomblot y Alessandro Taiana.

Con dos niveles, uno básico de iniciación y otro mucho más experto de perfeccionamiento, cuenta además con otro aliciente y es que al finalizar el curso los profesores seleccionarán las mejores obras realizadas, que formarán parte de la exposición que con ese motivo se realizará en la Casa de Vacas del Parque del Retiro, en el mes de septiembre de 2017

Por riguroso orden de inscripción, el curso contempla un total de 42 horas y un precio único de 150 euros, desarrollándose en el Parque del Retiro de Madrid, con apoyo técnico en el Centro Casa de Vacas, situado  junto al embarcadero. Además, la asistencia al I Aula Internacional de Paisaje será reconocida con un diploma expedido por la AEPE.

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El planteamiento del I Aula Internacional de Paisaje nace con la idea de abordar la pintura en exteriores en uno de los meses que más plácida puede hacer esta tarea.

La técnica pictórica del “plein-air”, o lo que es lo mismo, pintar al aire libre, es una modalidad que se desarrolla del natural y cuya voluntad y esfuerzo necesitan de una férrea disciplina y una técnica específica.

Una lista interminable de artistas ha practicado en mayor o menor medida la pintura al aire libre, haciendo de su paleta una arriesgada conjunción de estilos cuyo resultado siempre sorprendía por el dinamismo y la frescura de las obras.

Pero para todos aquellos que quieren superar los problemas creativos que supone la pintura del natural, proponemos este estudio de la naturaleza a través de la práctica personalizada en la que crear, con modelos reales de paisaje, una herramienta con la que resolver y evolucionar nuestras propias limitaciones a la hora de afrontar la pintura de paisaje.

Por lógica, el objetivo fundamental consiste en que el alumno adquiera algo que antes no tenía, integrándose en un proceso de aprendizaje progresivo, cooperativo, colaborativo y de la mano de grandes profesionales de la técnica.

Serán ellos quienes nos enseñen a adquirir procedimientos metodológicos para desarrollar mediante un proceso de investigación personal y de trabajo constante, una evolución en el propio lenguaje teórico-práctico como profesional, orientada a la observación y desarrollo del concepto de paisaje.

Crear, elaborar y producir imágenes, formas, objetos, entornos con los que dar cauce a la expresión de la sensibilidad de cada artista y servir de enriquecimiento de su propia experiencia lectiva. Estudiaremos las diferentes técnicas pictóricas para dilucidar cómo resolver con creatividad y destreza la representación de la naturaleza y los elementos del paisaje.

Pero además, el Aula Internacional estudiará la práctica de la pintura de paisaje y su visión actual en el arte y la cultura, así como la necesaria reflexión de forma crítica sobre el trabajo de algunos de los más grandes artistas del género, adquiriendo otro tipo de conocimientos sobre los problemas definidos por otros artistas, así como las soluciones dadas por estos, los criterios utilizados y el por qué de los mismos.

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Díptico I Aula Internacional de Paisaje de la AEPE

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