Paz de Borbón y Borbón

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

Paz de Borbón y Borbón

María de la Paz Juana Amelia Adalberta Francisca de Paula Juana Bautista Isabel Francisca de Asís

Infanta de España y Princesa de Baviera

 

Socia de Honor de la AEPE

La Infanta Paz de Borbón retratada por Franz-Seraph von Lenbach

 

La Infanta Paz de Borbón y Borbón nació en Madrid, el 23 de junio de 1862 en el Palacio Real, residencia oficial de la familia real española.

Era la octava hija de la reina Isabel II y de Francisco de Asís, y quinta entre los hijos supervivientes, todos ellos mayores que ella: Isabel (conocida popularmente como La Chata), Aflonso XII, rey de España, Pilar y Eulalia.

Cuando tenía sólo seis años, y mientras se encontraban veraneando en San Sebastián, la familia real tuvo que abandonar España en 1868, tras la Revolución Gloriosa que destronó a su madre, Isabel II.

Tras la derrota de las fuerzas fieles a la reina, la situación se volvió peligrosa y tuvieron que marcharse de forma rápida, cruzando la frontera hacia Francia.

Instalados en París, vivieron en el llamado Palacio de Castiella, residencia que servía como corte en el exilio.

Paz creció allí junto a sus hermanas Pilar y Eulalia, recibiendo una educación cuidada en el Colegio del Sagrado Corazón de París, en un ambiente más europeo e internacional del que habría tenido de haberse quedado en España.

 

La Infanta Paz de Borbón

La Infanta Paz y su marido, el Príncipe Luis Fernando de Baviera

 

Vivió el exilio bajo la influencia de su madre y su entorno más cercano, ya que su padre, el rey consorte, vivía en otra residencia, haciendo vidas separadas que marcaron la infancia de la infanta.

La relación con su padre fue siempre fría y formal, lo que modeló su carácter, mucho más sensible, reservado y reflexivo que el de sus hermanas.

Su educación primorosa incluyó estudios de música, literatura y pintura, afición que mantendría toda su vida.

En 1876, su hermano Alfonso XII recuperó el trono, y Paz regresó a España con unos 14 años, en un momento que marcó el paso de su adolescencia, volviendo a la corte madrileña ya como joven infanta y debiendo adaptarse otra vez a la vida oficial.

En 1879, la muerte de su hermana Pilar, con quien compartía dormitorio, viene a marcarla profundamente, ya que además de hermana, era compañera y amiga cercana. Años más tarde, en su memoria, pondría el nombre de su hermana, a la que nunca olvidó, a su hija.

Años más tarde, la infanta Paz se enamoró de su primo Luis Fernando de Baviera, príncipe bávaro y médico de formación, con quien contrajo matrimonio en 1883.

Fue un matrimonio inusual y atípico, ya que a pesar de ser un matrimonio dinástico (entre familias reales), no fue impuesto de forma estricta, pues según testimonios y sus propias memorias, hubo un afecto real entre la pareja. La infanta buscaba la felicidad con su marido, no solo cumplir un deber.

Tras presenciar el matrimonio poco feliz de su madre y el de su hermana Isabel, del todo convencional, la infanta Paz contrajo matrimonio por elección personal, dentro de lo posible, algo poco habitual en su entorno.

Tras la boda, la Princesa de Baviera se instaló en Múnich, Baviera, en el Palacio de Nymphenburg, donde viviría gran parte de su vida.

La Infanta Eulalia y la Infanta Paz

 

Con menos ceremonial en la corte bávara y en un ambiente más intelectual y europeo, la Princesa gozó de mayor libertad personal, ya que el matrimonio llevaba una vida más discreta dentro de la nobleza, y teniendo en cuenta que su marido no era un político activo, sino médico, y muy interesado en la ciencia y los avances médicos.

El matrimonio tuvo tres hijos: Fernando, Adalberto y Pilar, siendo una madre muy implicada, algo que ella misma valoraba mucho teniendo en cuenta su propia infancia y la desafección amorosa de sus padres.

La plácida vida en palacio le permitió llevar a cabo una gran actividad cultural, escribiendo libros y memorias, colaborando en periódicos como el ABC y asistiendo y patrocinando veladas musicales, literarias y artísticas que le permitieron relacionarse con artistas e intelectuales, e incluso el compositor Richard Strauss le dedicó una obra.

Implicada en proyectos sociales, participó activamente en actividades benéficas y educativas. Así, en 1914 fundó en Múnich el Pedagogium español, una escuela para niños sin recursos, por lo que recibió la Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII en favor del arte y de la ciencia.

Estableció relaciones culturales entre España y Baviera. Junto a su hija Pilar formó parte de asociaciones protectoras de la infancia y de la paz entre las naciones. Asistió a congresos mundiales por la paz y la justicia organizados por la Internacional Democrática de Congresos Pacifistas, a la cabeza de los cuales estaba Marc Sangnier (París, 1921; Friburgo, Alemania, 1923; Londres, 1924; Luxemburgo, 1925, y Bierville, Francia, 1926). Perteneció a la Liga Mundial por la Paz de las Madres Educadoras en Múnich. Creó la asociación Obras de Caridad Seráfica.

Desde su llegada a Múnich ayudó a artistas y a músicos españoles que mantuvieron relaciones con Alemania, entre ellos el violinista Sarasate y el compositor Tomás Bretón.

Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como enfermera en colaboración con la Cruz Roja. España había permanecido neutral, fuera de la contienda, pero la infanta mantuvo relaciones con el rey Alfonso XIII para que, de manera legal, la ayudase a localizar a los desaparecidos o heridos que se pudieran encontrar en hospitales de los enemigos de Alemania.

En 1918 cayó la monarquía bávara y se proclamó una república. La Princesa de Baviera y su familia perdieron su posición oficial, volviendo su vida más privada y tranquila, menos ligada a ceremonias cortesanas.

Fue una época en la que desarrolló su faceta intelectual, escribiendo libros de memorias y reflexiones, consciente de los grandes cambios históricos que había vivido.

La familia de la Infanta Paz

               

Junto a su esposo, el Príncipe de Baviera

Junto a su hija María Pilar

 

Después de la caída de la monarquía bávara en 1918, a Paz y su familia se les permitió seguir residiendo en un ala del palacio de Nymphenburg; sin embargo, ese mismo año se trasladaron a un piso en la Odeonsplatz de Múnich. La economía de la familia se sostuvo con los ingresos de la lista civil española, provenientes de su posición de infanta de España.

A la llegada del nacismo al poder en 1933, su familia fue puesta bajo una estricta vigilancia. La Gestapo le prohibió mantener correspondencia con España, salvo excepciones como su sobrino, el ya exiliado Alfonso XIII.

Al finalizar la Guerra Civil española, a partir de 1939, ayudó cuanto pudo a los emigrados españoles partidarios de la República.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Ejército de los Estados Unidos ocupó Múnich. Varios soldados asaltaron a la infanta y a su esposo, como lo narró en sus memorias el príncipe Constantino de Baviera: “Les amenazaban con un revólver gritando: ‘¡Venga, las joyas!’. Mi abuela Paz les entregó un joyero con las alhajas heredadas de su madre, Isabel II, que habían podido salvarse. Los norteamericanos, para probar la autenticidad del botín, rascaron las piedras preciosas contra el cristal de una ventana. Luego se enfurecieron: ‘¡No quedan señales; es todo falso!’ Mi abuela, con voz tranquila, respondió en inglés:  ‘Qué curioso, siempre creí que las joyas de mi madre eran auténticas’.

Abanicos pintados por la Infanta Paz

 

Durante toda su vida viajó numerosas veces a España y a París, donde residía su madre. El antiguo secretario de Isabel II, Miguel Tenorio, vivió al lado de la infanta Paz, quien en cierta ocasión declaró que era su padre biológico. Había llegado a Múnich hacia 1890 y allí murió el 11 de diciembre de 1916; dejó sus escasos bienes a doña Paz.

Durante sus estancias en España, alternó entre el Palacio Real, el palacete de los duques de Riánsares (Tarancón, Cuenca) y su finca en Saelices (Cuenca).

La infanta Paz, desde su llegada a Múnich, escribió varios artículos y algunas poesías que fueron publicados en el periódico ABC de Madrid desde el año 1883 y en 1902 se editaron en Friburgo con el nombre de Treinta y cuatro Composiciones. En 1902, tras un viaje a Roma, escribió un librito, Mi peregrinación a Roma, editado en Alemania y más tarde, en 1922, lo tituló Roma eterna y fue reeditado en Madrid y en Múnich. Escribió también la obra Buscando las huellas de Don Quijote, Freiburg, 1905. Durante varios años la infanta Paz escribió un Diario que publicó en Madrid en 1909 con el nombre De mi vida. Impresiones. En 1902 editó en Múnich una biografía titulada Emanuela Teresa, de la Orden de Santa Clara, hija del elector Emanuel de Baviera. Junto a su hijo escribió Cuatro revoluciones e intermedios. Setenta años de mi vida. Memorias de la Infanta Paz. Comentarios del Príncipe Alberto, que fue editado en Madrid por la editorial Espasa Calpe en 1935.

Por su afición al dibujo y a la pintura, doña Paz reunió un álbum con sus obras que tituló Álbum de dibujos de artistas españoles, depositado en la Biblioteca Nacional de España.

A principios de 1946, la infanta sufrió una caída por escaleras en el palacio de Nymphenburg. El accidente la dejó postrada por varios meses hasta que falleció el 3 de diciembre de ese mismo año. Uno de los anarquistas españoles a los que la infanta socorrió en Baviera tras la Guerra Civil escribió: “Paz agonizó el 3 de diciembre de 1946, a las 5.45 de la mañana. Ese día lo recuerdo como el más amargo y triste de mi vida, consciente de que con el cerebro y el corazón de Paz habíamos perdido no sólo a la persona más profundamente amada por todos nosotros, sino también todas nuestras esperanzas por una reconciliación pacífica y fraternal entre las dos Españas”.

Sus restos fueron inhumados el 7 de diciembre en la cripta de los Wittlesbach en la Iglesia de San Miguel de Múnich. Tenía 84 años.

Puerto de Comillas, cuadro de la Infanta Paz en La Ilustración española y americana, 1882

 

La Infanta Paz fue una notable pintora aficionada y mecenas muy activa y respetada. Formada bajo la dirección del pintor Carlos Múgica Pérez, pintor, dibujante e ilustrador, conocido paisajista y profesor de la época, las obras de la Princesa destacaron principalmente en la acuarela y el dibujo, que según confesó, eran sus técnicas preferidas, y aunque muy asociadas a las mujeres de la alta nobleza, ella supo llevar a un nivel profesional reconocido por la crítica.

Aunque dominaba el óleo, su sensibilidad técnica destacó especialmente en formatos que requerían una enorme precisión y un control absoluto de la mancha y la línea, como la ilustración editorial. Su destreza con el dibujo lineal le permitió diseñar directamente sobre madera para periódicos e ilustraciones impresas, como sus colaboraciones para la revista infantil La Niñez.

Sin embargo, su lenguaje preferido fue la acuarela sobre papel. Obras como su aclamada Mi único modelo (1881) demuestran un dominio sutil de la luz y el agua, reflejando el realismo burgués y el costumbrismo de la época.

Pintó también numerosos abanicos y objetos suntuarios a mano, un soporte sumamente complejo debido a la superficie plegada y los materiales delicados (como la seda o el cabritillo).

La pintura sobre abanicos de seda —el soporte o «país» del abanico— exigía una adaptación drástica de las destrezas de la acuarela. La seda es un material textil, absorbente y flexible que no se comporta como el papel, por lo que la Infanta Paz tuvo que dominar técnicas específicas para mantener su característico nivel de detalle.

En catálogos históricos como el de la célebre Exposición de El Abanico en España, se registran piezas pintadas por ella —algunas en colaboración con su hermana Eulalia— que evidencian este minucioso proceso.

Acuarela

Portada de dos de sus libros

 

Los motivos temáticos que la Infanta Paz elegía para pintar sus abanicos reflejan un equilibrio perfecto entre la tradición cortesana europea, el costumbrismo español y el romanticismo alemán que adoptó tras mudarse a Múnich. Al igual que en sus acuarelas, huía de la rigidez de los retratos oficiales para centrarse en escenas líricas y de la naturaleza.

Sus abanicos giraban en torno a cuatro grandes ejes temáticos: Alegorías e Idilios Románticos, con escenas pastoriles, idilios amorosos y composiciones alegóricas; Paisajes y Vistas Históricas, quizás influenciada por su formación con el paisajista Carlos Múgica, que se plasmaba con fuerza en este soporte con vistas detalladas de jardines, monumentos y rincones de palacios que habían marcado su vida; Recuerdos de España, recreando con nostalgia patios andaluces o paisajes castellanos; y Vistas bávaras, propias de su nuevo hogar t ras su matrimonio,donde los lagos de Baviera, los bosques centroeuropeos y las perspectivas del propio Palacio de Nymphenburg se convirtieron en un motivo recurrente de sus obras.

Sus obras presentaban escenas costumbristas e intimistas, donde eran habituales las escenas domésticas con niños, juegos infantiles y la vida familiar cotidiana de palacio. Composiciones en las que destaca su naturalidad y la captura de manera cercana de la psicología de los personajes.

En las Naturalezas Vivas y Motivos Florales de sus abanicos, la infanta optaba por guirnaldas, ramas florecidas y estudios botánicos de gran precisión técnica. Combinaba flores europeas clásicas con elementos de inspiración oriental (como ramas de almendro o composiciones asimétricas), una tendencia estética muy en boga a finales del siglo XIX.

Muchas de estas valiosas piezas acababan convirtiéndose en regalos personales para reinas y princesas de toda Europa, o se donaban a las tómbolas y subastas de caridad que ella misma organizaba en Madrid y Múnich.

En 1881 la Infanta Paz participó con dos acuarelas en la Exposición que se realizó en el centro artístico del Sr. Hernández, una iniciativa privada que se realizó en la calle del Desengaño, 22 y 25, junto a grandes nombres artísticos del panorama nacional (más de 200) como Pradilla, Villegas, Rosales, Fortuny, Casado del Alisal, Benlliure, Ferrant, Villodas, Comba, Haes, Mélida, Moreno Carbonero, Agrassot, Beruete, Lhardi, Hispaleto…

La prensa de la época resaltó que “Las dos acuarelas presentadas por S.A. la Infanta doña Paz, son asimismo notables por la gracia y delicadeza con que se hallan ejecutadas. Su dibujo es correcto y el colorido está tratado con una perfección digna de todo elogio”.

Y también se leía: “Doña Paz de Borbón pinta como pintan los príncipes… cuando éstos tienen buenas disposiciones naturales. Pinta con gracia y con miedo. Sabe seguro que está condenada a no tener consejeros, sino admiradores y enemigos. Ningún maestro, ningún inteligente, hubiera dejado de advertirle el riesgo á que se arrojaba al poner una figura vestida de blanco, sobre un fondo poco menos blanco que el vestido. Sea de ello lo que quiera, agradezcamos y saludemos con afectuoso respeto, esas dos tentativas afortunadas; Mi único modelo y Puerto de Comillas, no tanto por lo que valgan como por lo mucho que para el arte representan. Para el arte, único rey de derecho divino”.

Otros medios afirmaban: “«Mi único modelo» y el «Puerto de Comillas» son los títulos de los cuadros que la egregia artista se ha dignado presentar. Nadie se atreverá á tacharme de adulador cortesano, al decir, que la augusta hermana del Rey, ha demostrado notables condiciones para el arte que con tanta afición cultiva, y que en sus cuadros revela conocimiento, inspiración, gusto y que posee el secreto del colorido”.

En 1882, participó con otra acuarela titulada “Tomado al vuelo”, en la VII Exposición de la Sociedad de Acuarelistas de la que era presidenta honoraria. En aquella ocasión, la prensa dijo que “en el retrato de un niño, revela en esta acuarela notables adelantos y gran seguridad en la ejecución”.

Un año más tarde, volvió a presentar dos acuarelas a la Exposición del Centro Artístico del Sr. Hernández. La prensa destacó: “Una de ellas que titula «María» es una preciosa murciana de dibujo notable, cuya cabeza ha sido admirablemente modelada. Es una verdadera obra de arte, digna de figurar entre las acuarelas de reputadas firmas. A su alteza ha servido de modelo «María», la bella hija de su maestro Sr. Manresa. «En mayo» titula doña Paz de Borbon su segunda acuarela. Es el mismo tipo de la costurera «Petra», que se exhibió en el palacio de Arenzana, convertido en graciosa florista”.

La Infanta Paz no fue una simple aficionada cortesana, sino una artista respetada por los principales críticos e historiadores de su tiempo. Su valía quedó consagrada en los registros de la historia del arte a través de referencias de gran nivel, como la del célebre biógrafo e historiador del arte español Manuel Ossorio y Bernard, que elogió su talento y la incluyó formalmente en su obra cumbre, la Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, citando extensamente la calidad y variedad de su producción.

Mi único modelo, cuadro de la Infanta Paz aparecido en La ilustración española y americana, 1882

 

Además, el historiador y crítico británico Walter Shaw Sparrow, incluyó en su célebre libro recopilatorio Women Painters of the World una fotografía del retrato que hizo de su hermana, la infanta Eulalia, en un interior alhambresco, titulado Mi único modelo (1881), consolidando así su estatus artístico fuera de España.

Mi único modelo es una  de sus acuarelas más famosas y tuvo tanta repercusión que se convirtió en un grabado xilográfico publicado en la prestigiosa revista La Ilustración Española y Americana en 1882, al igual que la titulada Puerto de Comillas, que se publicaron con ocasión de la exposición de acuarelas y dibujos que realizó la infanta.

Dedicaba gran parte del día a pintar en su estudio personal, leer y escribir libros, memorias y artículos. Colaboraba activamente en el hospital de los Caballeros de San Jorge, donde ayudaba a financiar medicamentos para pacientes sin recursos junto a su marido.

A lo largo de su vida, Participó de manera activa en las exposiciones y eventos benéficos de arte en Madrid, vendiendo y donando sus obras para causas sociales.

Su legado directo se conserva en el Álbum de dibujos de artistas españoles, un volumen que ella misma encuadernó y guardó con sus creaciones, custodiado hoy en la Biblioteca Nacional.

Su influencia en los pintores españoles se tradujo en un potente mecenazgo que les abrió las puertas del mercado artístico alemán. Múnich celebraba anualmente grandes muestras en el famoso Palacio de Cristal (Glaspalast). La infanta medió y colaboró intensamente para asegurar la inclusión, promoción y visibilidad de las obras de pintores españoles en estas prestigiosas exposiciones internacionales.

Pero no solo ayudó a los artistas de su país natal, sino que usó su influencia ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para promocionar en España a grandes maestros bávaros, como el retratista Franz-Seraph von Lenbach, fortaleciendo el intercambio técnico entre ambas naciones.

Su residencia en Nymphenburg funcionó como un punto de encuentro y mecenazgo para músicos y pintores españoles de paso por Alemania, ofreciéndoles apoyo financiero, contactos con la aristocracia local y un entorno seguro para desarrollar su arte.

La Infanta Paz y su hija Pilar

La Infanta en una de las últimas imágenes que de ella se conocen

Pintar para existir: el arte en la era de la visibilidad

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

 

Nunca antes se había pintado tanto.

Talleres llenos, cursos online desbordados, perfiles de Instagram que exhiben lienzos diarios: todo el mundo pinta. Y, sin embargo, nunca se ha vendido tan poco.

Este aparente auge del arte esconde una paradoja inquietante: la democratización de la práctica no ha traído consigo una explosión de talento ni de creatividad, sino, más bien, un ensanchamiento del ego.

Pintar hoy es, en gran medida, un gesto social antes que artístico. Una forma de existir en el mundo digital. Un acto de presencia.

La obra ya no se concibe como un objeto destinado a durar, a ser contemplado o estudiado, sino como contenido que debe circular, generar interacción, provocar aprobación instantánea.

El viejo ideal del pintor que buscaba la belleza, la armonía o una forma de vida a través de la imagen, ha sido sustituido por el productor de contenido que busca visibilidad. Pero esa visibilidad, paradójicamente, lo disuelve en la multitud.

En este contexto, el arte se diluye hasta confundirse con el ruido. No se produce arte: se produce actividad. Se suben imágenes, se documentan procesos, se exhiben resultados. Pero pocas de esas obras aspiran a trascender la fugacidad de la pantalla. Muchas ni siquiera están pensadas para ser vistas fuera de ella. La pintura ya no es un fin en sí mismo, sino un medio para afirmar el yo.

Vivimos en una sociedad profundamente narcisista, y el arte no ha quedado al margen.

Pintar se ha convertido en un gesto de autoafirmación, una manera de decir “estoy aquí”. Lo importante no es tanto la obra como la reacción que genera. El artista ya no busca necesariamente un comprador, sino un vínculo afectivo inmediato: un “qué bonito”, un “me encanta”, un puñado de corazones digitales que validen su existencia.

De ahí el aumento de obras sin comprador, sin recorrido, sin futuro. Obras que no serán estudiadas, ni coleccionadas, ni siquiera recordadas. Obras que nacen y mueren en el flujo de las redes sociales.

El problema no es que todos pinten; el problema es que nadie compra. Porque el sistema ya no está orientado a la permanencia, sino a la visibilidad.

Esta lógica se refleja también en muchas galerías contemporáneas, convertidas en lo que podríamos llamar “galerías cuelgacuadros”: espacios que no seleccionan en función de un criterio artístico sólido, sino que acumulan nombres. Cuantos más artistas, mejor. El cartel de la exposición funciona como un álbum de presencia, una foto de grupo que legitima a quienes aparecen en ella. El contenido es secundario; basta con estar. El arte, así, se disuelve en lo social.

Estas galerías no sobreviven gracias a las ventas, sino gracias a la necesidad de visibilidad de los propios artistas. Satisfacen la industria del yo: ofrecen exposición a cambio de participación, generando un ecosistema donde lo que se intercambia no es tanto arte como presencia.

Sin embargo, no todo el panorama responde a esta lógica. Frente a esta dinámica de acumulación y exhibición superficial, existen instituciones que siguen apostando por una concepción exigente del arte.

Es el caso de la Asociación Española de Pintores y Escultores, cuyas exposiciones se construyen sobre una selección artística cuidada y un criterio sólido. No se trata simplemente de colgar cuadros, sino de articular proyectos con contenido, con discurso y con calidad.

Eventos como el Salón de Otoño o el Premio Reina Sofía no solo ofrecen visibilidad, sino algo mucho más escaso hoy en día: legitimidad artística y verdaderas posibilidades de promoción.

En ellos, la obra vuelve a ocupar el centro, desplazando el protagonismo del ego hacia el valor intrínseco de la creación. Son espacios donde el artista no se diluye en la multitud, sino que puede ser leído, comprendido y, en última instancia, reconocido.

En paralelo, la práctica artística ha dejado de ser un sueño para convertirse en un capricho accesible. Pintar, esculpir, crear ya no implica necesariamente un compromiso profundo con el oficio, sino una actividad más dentro del catálogo de experiencias que aporta identidad en redes. Algo que se puede probar, mostrar y abandonar.

La irrupción de la inteligencia artificial ha acelerado aún más este proceso. Hoy, cualquiera puede generar imágenes en segundos y autodenominarse artista. Pero la máquina no sustituye al autor: lo multiplica. Produce infinitas versiones, infinitas variaciones, sin criterio ni profundidad. Lejos de democratizar el talento, lo diluye, banalizando la práctica artística hasta convertirla en un flujo incesante de imágenes sin peso.

En este nuevo paradigma, la calidad ha pasado a considerarse una reliquia, casi una actitud elitista. Lo importante es la cantidad. Millones de obras compiten por no expresar nada antes que nadie.

El oficio —el dibujo, el óleo, la acuarela, el modelado— queda relegado frente a algoritmos que producen imágenes “correctas” para la lógica de la pantalla: llamativas, inmediatas, consumibles.

Así, la sociedad produce más artistas que arte. Confunde creatividad con talento, actividad con profundidad, visibilidad con valor. El resultado es una cultura donde el arte ha sido sustituido por la emisión constante del yo.

Pintar, en este contexto, es un acto de supervivencia simbólica. Una manera de no desaparecer en un entorno saturado de imágenes y de identidades que compiten ferozmente por la atención.

Exhibir se vuelve tan importante como crear, porque sin esa exhibición la obra no existe.

Y sin embargo, en esa carrera por ser vistos, todos acaban siendo invisibles.

 

 

Recordando… José Gutiérrez Solana

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

José Gutiérrez Solana

GUTIERREZ SOLANA, José         P  <1922        28.feb.1886     MADRID        MADRID            24.jun.1945

Autorretrato con muñeca

 

José Romano Gutiérrez-Solana y Gutiérrez-Solana nació en Madrid, el 28 de febrero de 1886, en la calle Conde de Aranda, n.º 9.

Hijo de José Tereso Gutiérrez Solana, natural de Potosí, México, aunque de ascendencia santanderina, y de Manuela Josefa Gutiérrez Solana, perteneciente a una familia de abolengo de Arredondo, Cantabria, y prima carnal de su marido. De este matrimonio nacieron nueve hijos, ocupando José el quinto lugar.

El padre, aunque licenciado en Medicina en el colegio de San Carlos de Madrid, nunca ejerció su profesión en España, ya que vino como indiano acaudalado tras la fortuna conseguida por sus padres en ultramar con la minería.

Uno de sus antepasados fue el empresario indiano, mecenas y político, Antonio Gutiérrez-Solana.

La infancia de Solana transcurrió en la casa familiar de Madrid, donde convivirá también con su tío Florencio, el hermano mudo de su madre. Un hogar de la alta burguesía con dos pisos y saturado de valiosos objetos coleccionados por el padre: alfombras, porcelanas, relojes, muebles isabelinos, libros antiguos, máscaras, ídolos y figuras de cera mexicanos, objetos y escenografía que tanto influirán en el impresionable muchacho y en su posterior obra.

Realizó el bachillerato en el instituto San Isidro, aunque su padre, gran bibliófilo y buen aficionado a la fotografía, pronto observó su interés por la pintura y le alentó al respecto, recibiendo Solana clases particulares de dibujo de su tío José Díaz Palma, catedrático de dibujo en la Universidad de Salamanca,  entre los siete y los doce años, momento en que su progenitor falleció.

1915

 

Solana con su hermano Manuel y el crítico Sánchez Camargo. 1945

 

Tras la muerte de su padre, Josefa, su madre, también se trastornaría, hecho que unido al temprano fallecimiento de varios de sus hermanos, marcará su obra, donde muerte y locura conviven.

Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando entre 1900 y 1904, donde tuvo como profesores a Alejo Vera en Colorido y a Moreno Carbonero en Dibujo, los dos pintores de historia con Primeras Medallas en las Exposiciones Nacionales y socios de la AEPE, al igual que José Parada y Santín, su profesor de Anatomía por el que sentía debilidad.

Con Victorio Macho como compañero de clase preferido, Solana ya tenía en esos momentos una idea muy clara de la pintura a realizar, pues rechazaba las leyes tradicionales de modelado y composición para dar prioridad al “carácter” de la obra, no gustando tampoco del luminismo sorollista que entonces seducía a muchos de sus compañeros.

Por esta época copió en el Prado algunos cartones para tapices de Goya y estudió luego en profundidad la pintura española, desde El Greco a Ribera o Velázquez, así como a Brueghel el Viejo y su Triunfo de la muerte. Conocía la pintura de Gauguin y Van Gogh y los avances del posimpresionismo europeo, y reprochaba al impresionismo mostrar una realidad fugaz y engañosa que apenas tenía que ver con lo que él consideraba auténtica pintura.

 

 

Hacia 1903, comenzó a acudir por las tardes al Nuevo Café de Levante, en la calle del Arenal, conociendo en sus animadas tertulias de arte y literatura a personalidades como los Baroja, Rusiñol, Rubén Darío, los Machado, Corpus Barga, crítico de El País, y, sobre todo, Valle- Inclán, para muchos la verdadera alma del café. No tardó, por otro lado, en contactar allí con Regoyos, autor, junto con Verhaeren, de la España negra, famoso libro de 1899 que mostraba una visión no demasiado halagüeña del país y que interesaría sobremanera a Solana.

En todo caso, resulta especialmente notable la profunda evolución que experimentó su pintura desde este momento, pasando en apenas dos años de realizar escenas de corte sentimental a lienzos ya dentro del personal y uniforme estilo que caracterizó toda su carrera.

En 1903 se presentó a la Nacional con dos piezas, pero su pintura no agradó y fue destinada a un rincón de la primera planta del Palacio de Exposiciones, apenas visitado por el público.

Ya terminados sus estudios, Solana acudía con asiduidad a las tascas y tugurios de la calle de la Aduana y alrededores, mientras, junto a su hermano Manuel, daba largos y diarios paseos por ese Madrid popular de las afueras que tanto le gustaba, como los merenderos de la Bombilla o los ventorros de Cuatro Caminos.

Él beso de Judas

Cabezas y caretas

Niños con lámpara

 

 

En 1906 el socio de la AEPE Ricardo Baroja, le anima a entrar aún más en contacto con los suburbios de la capital y observar el mundo de los traperos, mendigos y demás desheredados de la urbe. En esa línea cabría situar Los chulos, donde fantasmales personajes del mundo del hampa, apenas esbozados, observan al espectador con gesto agrio e inquietante mirada, vivo testimonio del Madrid más sórdido.

En la Exposición Nacional de 1906, obtuvo una Mención de Honor por el conjunto de sus dieciocho lienzos presentados, fruto la mayoría de sus contactos con el Madrid arrabalero. Procesión en Toledo  gustó especialmente a Ignacio Zuloaga, quien le ayudaría a descubrir la auténtica esencia de la España popular.

En 1907 expuso en el Círculo de Bellas Artes telas cuyos títulos escandalizaron al público y provocaron fuertes comentarios entre la perpleja crítica, si bien no faltaron los que apreciaban su forma de pintar, admirados por la trágica humanidad que mostraba el artista, como Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, con quien estableció una profunda amistad.

Solana partió de Madrid hacia Santander a finales de 1908, junto a su hermano Manuel y el resto de la familia, ya que los médicos esperaban que así mejorase la salud mental de la madre. Allí se instalaron en un viejo caserón familiar donde José contemplaba el barrio marinero y encontró, por primera vez, el sosiego necesario para madurar su arte. Pero Madrid le seguía atrayendo, retornando a la ciudad periódicamente.

Recorrió los pueblos de Cantabria, Aragón, las dos Castillas o Extremadura, nutriéndose de experiencias y recuerdos que más tarde cristalizaron en su obra literaria más famosa, La España negra.

Carnaval en Las Ventas

El ermitaño

El espejo de la muerte alta

 

Participó en la Nacional de 1915 con Los caídos, obra protagonizada por una familia de seres marginales junto a la cama de una humilde habitación, como un prostíbulo. La tela, prácticamente oculta durante la visita de Alfonso XIII al evento, también fue atacada por la crítica, aunque no faltaría la pluma de una joven Margarita Nelken para defenderla con firmeza.

De esta época son también los retratos de El torero Lechuga y El Lechuga y su cuadrilla, visible aquí el influjo de Zuloaga. Ambos óleos, en todo caso, son como un tributo de admiración hacia los humildes toreros de pueblo, no en vano el propio Solana aparece como novillero en una foto de 1909 tomada en Montilla, Córdoba, cuando formaba parte de la cuadrilla del torero Bombé.

En la Nacional de 1917 obtuvo su primer éxito importante al alcanzar una Tercera Medalla con Procesión de los escapularios, cuadro muy relacionado con su Procesión de noche.

A finales de año Solana decidió volverse definitivamente a Madrid con su madre y su inseparable hermano Manuel, instalándose en la calle de Santa Feliciana, en el barrio de Chamberí.

Se convirtió, además, en asiduo contertulio del café Pombo, en la calle Carretas, mientras en 1918 publicó la segunda parte de Madrid, escenas y costumbres.

El fin del mundo

Chulos y chulas

 

El año de 1920 fue pródigo para el artista, publicando La España negra, libro de temática pesimista que, con gran capacidad de descripción y sin artificios literarios, muestra un país gris poblado por personajes sin alegría, dedicando el volumen a Gómez de la Serna. También terminó La tertulia del café Pombo, donde destaca la presencia de José Bergamín, Manuel Abril y Mauricio Bacarisse, escritores, junto a Bartolozzi, gran dibujante, y el propio Solana, en el extremo de la derecha y mirando al espectador.

El óleo fue expuesto primero en el Salón de Otoño y colgado después, ya en diciembre, en las paredes del café con grandes honores. Al respecto, Francisco Alcántara, antes hostil a su pintura, lo consideraría profundo, trágico y pleno de vibración poética. Respecto al cuadro de La tertulia del Café de Pombo, recomiendo leer el artículo que publiqué en 2021 y que puede leerse online: https://apintoresyescultores.es/recordando-la-tertulia-del-cafe-de-pombo/

Poco después, ya en 1921, sus contertulios le dedicaron un banquete-homenaje, multiplicándose las adhesiones entre la elite cultural y científica de España; baste como ejemplo la opinión de Beruete, entonces director del Prado, quien situaría la obra entre las más interesantes de nuestro momento artístico.

Al tiempo, participó en la Exhibición de Pintura Española de la Royal Academy de Londres, donde Singer Sargent adquirió su Carnaval en la aldea y celebró su primera exposición individual en el Ateneo de Santander.

Realizaba frecuentes escapadas al Madrid castizo, visitando con preferencia, en compañía de Victorio Macho, Roberto Domingo o Daniel Vázquez Díaz, la zona del Rastro.

El Lechuga y su cuadrilla

Corrida de toros en Sepúlveda

Semana Santa

Vuelta de la pesca

 

En la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922 obtuvo la Primera Medalla y publicó su Madrid callejero, que dedicó a Ignacio Zuloaga.

La casa de Chamberí es declarada en ruinas y la familia tuvo que buscar nueva residencia, trasladándose a otra de la calle de Reina Victoria, mucho más pequeña que la anterior, viéndose obligados los hermanos Solana a vender gran parte de sus colecciones.

Estuvo presente en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1924, así como en la habitual muestra de Pittsburg o en el Salón de Otoño.

Eugenio d’Ors se sorprendió por su pintura y comenzó sus comentarios en la Revista de Occidente, creándose posteriormente entre los dos una buena amistad que influyó en momentos concretos de la vida del artista. Su libro Dos pueblos de Castilla se publicó ese mismo año.

En 1925 pintó el retrato de El viejo armador.

Durante 1926 vio la luz su única novela, Florencio Cornejo, libro de formato reducido en el que narra los últimos momentos de su tío loco, preso de delirios cuando se acercaba la hora de su muerte en el pueblo de Ogarrio, seguidos de la crónica de su velatorio y entierro en la citada localidad cántabra.

A principios de 1928 los Solana marcharon a París animados por el cineasta y escritor Edgar Neville, presentándose en el mismo enero veintiún lienzos del pintor en la galería Bernheim-Jeune. La muestra tuvo poco éxito, sin apenas visitantes, aunque sí lo hará Picasso.

Concurrió a la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 y obtuvo Medalla de Oro.

El ciego de los romances

El torero  Lechuga

Corrida de toros en Chinchón

 

A lo largo de 1930 expuso en Santillana del Mar y en la Bienal de Venecia, así como en la nueva muestra organizada por el Carnegie Institute de Pittsburg, apenas perdonando su habitual presencia en estas dos últimas muestras. Así, un año después remitió, de nuevo, cuadros a la citada ciudad norteamericana, aunque también envió obra a Chicago.

Al tiempo, se observa en Solana un renovado énfasis por los temas escatológicos, como en la Procesión de la muerte, de 1930, o El fin del mundo, de 1932, obra que muestra el final al que el hombre está abocado, Solana, torturado por el enigma de la muerte, tampoco plasma en ella el menor signo de esperanza.

En 1932 volvió, además, a Venecia, donde contó con sala propia, y un año después el noruego Magnus Gronvold le organizó una muestra individual en Oslo con cincuenta de sus obras. La acogida por el público fue excelente y muchos cuadros quedaron en colecciones del país, mientras Pola Gauguin, el hijo del pintor, le relacionó con expresionistas de la talla de Munch o James Ensor.

En 1935 comenzó el retrato de Miguel de Unamuno que le encargó el Ministerio de Instrucción Pública.

Murió, entre tanto, la madre, totalmente trastornada, y los Solana trasladaron su domicilio a la calle Ramón y Cajal, hoy paseo de María Cristina, zona cercana al Retiro donde la familia se encontraría a gusto.

A comienzos de 1936, en febrero, Solana participó con quince lienzos en la muestra Arte Español Contemporáneo, celebrada en París, logrando por fin su consagración definitiva en Francia, donde el mismo gobierno galo le compró algunos cuadros.

Boxeador

El entierro de la sardina

 

Gozando ya de notable prestigio como pintor y escritor, varias entidades artísticas y literarias, apoyadas por numerosos intelectuales, le rindieron a continuación un gran homenaje y costearon el libro José Gutiérrez-Solana, pintor español, donde se reproducen varios textos de sus libros y un centenar de cuadros y dibujos.

Al estallar la Guerra Civil los hermanos fueron invitados por el gobierno de la República a abandonar Madrid y a instalarse, junto con otros artistas e intelectuales, en el Ritz de Valencia, acondicionado como Casa de Cultura.

Presentó otros quince óleos en el pabellón de la República de la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de París, junto a obras de Picasso, Miró o Julio González, trasladándose a continuación con su hermano a dicha ciudad a comienzos de 1938.

Conoció en 1938 a Raymond Cogniat, asesor de la sala que la revista Gazette des Beaux Arts tenía abierta en el Fauburg Saint Honoré, e inauguró allí, poco después, una importante individual con cincuenta cuadros de todas sus épocas. En el catálogo que presentaba su obra participaron plumas de la talla de Jean Cassou, Marcelle Auclair o el propio Cogniat, con textos elogiosos donde se le consideraba heredero del Greco, del realismo de Ribera y de la sátira de Goya. El éxito, como en Noruega, fue total.

Terminada la Guerra Civil, Eugenio d’Ors le convenció para volver a Madrid, instalándose los dos hermanos en su antiguo domicilio de María Cristina.

En 1942 se presentó a diversas muestras, como la denominada Rincones y costumbres de Madrid, donde logró Medalla de Oro, obteniendo a continuación la Medalla de Honor Extraordinaria en la Exposición Nacional de Barcelona, evento al que acudió con cuadros de años anteriores.

La reunión de la rebotica

Flagelantes

Procesión en Zamora

Un maestro de escuela

 

En 1943 recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, aunque no obtiene, por un solo voto, la de Honor en la correspondiente Exposición Nacional de Bellas Artes.

Participó después en la Bienal de Venecia, donde el gobierno italiano le compró El Puente de las Ventas.

Volvió a Santander donde realizó diversas y animadas telas ahora plenas de luz, pero en 1945 sufrió un ataque de uremia, enfermedad casi incurable que le obligó a ingresar en un sanatorio, donde falleció el 24 de junio, día de san Juan.

Sus amigos llevaron su cuerpo sin vida hasta su piso, siendo enterrado en el cementerio de La Almudena.

Poco después, y a título póstumo, le concederían la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes.

Su hermano Manuel entregó al Estado, como homenaje a su memoria, su conocida Procesión de la muerte.

Escritos: Madrid. Escenas y Costumbres (primera serie), Madrid, Imprenta Artística Española, 1913; Madrid. Escenas y Costumbres (segunda serie), Madrid, Imprenta Mesón de Paños, 1918; La España negra, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1920; Madrid Callejero, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1923; Dos pueblos de Castilla, Madrid, Imprenta Ciudad Lineal, 1924; Florencio Cornejo, Madrid, Imprenta de G. Hernández y Galo Sáez, 1926; París, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008; La España negra (II). Viajes por España y otros escritos, ed. de R. López Serrano y A. Trapiello, Granada, Comares, 2008.

En 1999 el  Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía adquiere el archivo de José Gutiérrez Solana, que comprende, entre otros materiales, manuscritos, fotografías, obras y bocetos originales, artículos y recortes de prensa.

La guerra

El burro con máscaras

El entierro de la sardina

La procesión de la muerte

Autorretrato

Retrato de Miguel de Unamuno

Retrato de mi tío Florencio Cornejo El mudo 1914

 

José Gutiérrez Solana y la AEPE

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

I Salón de Otoño de 1920: La guerra, Las peinadoras, Los clowns y La Tertulia del Café de Pombo

II Salón de Otoño de 1921: Las coristas, La Dolorosa

III Salón de Otoño de 1922: El viejo profesor de anatomía y El comedor de los pobres

IV Salón de Otoño de 1923: El cura del pueblo, Corrida de toros, Procesión en Toro, Rogativas y Retrato del escritor Correa Calderón

V Salón de Otoño de 1924: Retrato de Isidro Carmona El Lechuga y El patio de caballos y desolladero

VI Salón de Otoño de 1925: Las chozas de la Alhóndiga, El viejo armador, Una procesión y Naturaleza muerta

XI Salón de Otoño de 1931: El arrabal, Niña dormida, La mujer del espejo, Incendio en un pueblo, Marina y El carro de la carne

XIII Salón de Otoño de1933: Dos mujeres con un cesto de ropa, Los disciplinantes y Procesión en Pancorbo

XV Salón de Otoño de 1935: Mujeres arreglándose

XVI Salón de Otoño de 1942: Mujeres y Tres mujeres

XXXXII Salón de Otoño de 1972: Figuras

50 Salón de Otoño de 1983: Figuras

Las chicas de Claudia

Las coristas

La vuelta del indiano

La tertulia del café de Pombo

Vitrina

Mujeres de la casa del Arrabal

Bodegón

Los Autómatas

 

La AEPE en el libro «Ilustradoras científicas en la sombra. «Dibujantas», de la Universidad Complutense de Madrid

La labor investigadora de la AEPE

vuelve a convertirse en referencia académica

La reciente publicación del libro Ilustradoras científicas en la sombra. «Dibujantas», de las investigadoras Ana Cabeza Llorca y Victoria López-Acevedo Cornejo, editado por la Universidad Complutense de Madrid, supone un importante reconocimiento a la labor de recuperación de la memoria de las mujeres dedicadas a la ilustración científica, cuya aportación permaneció durante décadas en el anonimato.

Entre las ilustradoras rescatadas del olvido figura Paula Millán, artista y antigua socia de la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE), cuya trayectoria fue investigada y dada a conocer por M.ª Dolores Barreda Pérez al publicar su biografía e incluirla en el libro El Círculo Benlliure.

Durante el proceso de investigación de Ilustradoras científicas en la sombra. «Dibujantas», sus autoras contactaron con M.ª Dolores Barreda Pérez para solicitar información documental e imágenes sobre Paula Millán. La documentación facilitada resultó de gran utilidad para completar el estudio dedicado a la artista, motivo por el que la publicación incorpora el correspondiente agradecimiento, así como diversas referencias a la Asociación Española de Pintores y Escultores.

Este reconocimiento constituye un motivo de satisfacción para la AEPE, cuya labor de investigación, conservación y difusión del patrimonio artístico continúa contribuyendo al conocimiento de la historia del arte español y a la recuperación de figuras injustamente olvidadas. El caso de Paula Millán demuestra cómo la investigación desarrollada desde la Asociación ha trascendido el ámbito institucional para convertirse en una fuente de referencia para trabajos académicos de primer nivel.

Ilustradoras científicas en la sombra. «Dibujantas» recupera la historia de nueve ilustradoras científicas vinculadas a la antigua Universidad Central entre las décadas de 1920 y 1960, poniendo en valor unas trayectorias fundamentales para disciplinas como la botánica, la geología, la paleontología o la zoología. Sus dibujos constituyeron una herramienta científica imprescindible y, al mismo tiempo, una extraordinaria manifestación artística que permaneció durante demasiado tiempo en la sombra.

El libro puede descargarse gratuitamente en formato digital desde la página oficial de Ediciones Complutense:

Ilustradoras científicas en la sombra. «Dibujantas»

 

 

Las autoras

 

Pedro María Trapero Sánchez-Real

Por Mª Dolores Barreda Pérez

Pedro María Trapero Sánchez-Real

TRAPERO SANCHEZ‑REAL, Pedro M.     P   <1968      2.jun.1918   NAVALCARNERO    MADRID     8-feb-2005

Secretario General de la AEPE

 

 

Pedro Maria Trapero nació en Navalcarnero, Madrid, el 2 de junio de 1918.

Hijo de Juan Trapero Arribas, relojero natural de Aguilafuente, Segovia, y de Sabina Sánchez-Real, de Valdeiglesias, Madrid.

Pasó su niñez en su localidad natal, donde comenzó a dibujar los paisajes vividos en el pueblo de su padre y los rostros de su familia.

Con gran interés por el arte, realizó algunos trabajos de restauración para la Iglesia parroquial de la Asunción de Navalcarnero, formándose en el taller de pintura de José Santamaría, aunque otras fuentes hablan de José Santa Marina.

Autorretrato

 

Tras la Guerra Civil se estableció en Madrid, completando su formación con visitas al Museo del Prado y con el estudio en el taller del maestro lucense y socio de la AEPE, Manuel Castro-Gil, quien le introdujo en el mundo del grabado.

En 1951 contrajo matrimonio con Mª Almudena Rico Sandoval.

Entre sus galardones figura la Medalla de Bronce del Círculo de Bellas Artes (1949), la Primera Medalla del Salón de Otoño de Madrid (1969) y el Premio del Ayuntamiento de Madrid.

Árboles

La Vera

 

En los años siguientes comenzaría a experimentar con la pintura y el grabado vitrificados, una actualización de la técnica del esmaltado empleada en el Antiguo Egipto y en la Edad Media. Sus producciones vitrificadas le proporcionarían justa fama entre los críticos y amantes de la pintura.

Realizó unas cuarenta exposiciones individuales, figurando en numerosas colectivas en España y en el extranjero.

En 1996 presentó su muestra dedicada a Goya en el Ateneo de Madrid.

En el año 1979 realiza las ilustraciones dedicadas a Cuenca del libro ‘Acercamiento a Cuenca’ escrito por Renán Flores Jaramillo y presentado al año siguiente en el Club 24 de Madrid.

Su pintura no se detuvo en ningún género determinado, cultivando el paisaje rural y urbano, interiores, bodegones, etc.

Elogio del vino, del 52 Salón de Otoño

Imagen para el recuerdo, del 54 Salón de Otoño

Casas de Cuenca, del 49 Salón de Otoño

Atardecer en Mallorca

Aldeana

Toledo

 

El Marques de Lozoya escribió sobre él: ‘Denota una delicada sensibilidad para captar la poesía de los vetustos paisajes urbanos, cargados de humanidad. Hay además, un solidó y sabio oficio que acierta a dar a las cosas contornos y calidades exactos”.

Falleció en Madrid, el 8 de febrero de 205. En 2010 la Taberna artística los elefantes (exJamete) de Cuenca, organizó una exposición de sus obras.

El conjunto, del 53 Salón de Otoño

 

Pedro María Trapero Sánchez-Real y la AEPE

Secretario administrativo de la AEPE de 1984 a 1987

Secretario de la Junta de 1988 a 1989

Contador de la Junta Directiva de la AEPE de 1979 a 1983

Asistió como secretario al Festival de Bagdag de la AEPE de 1988

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

XXII Salón de Otoño de 1948: En la taberna

XXXIX Salón de Otoño de 1968: Castilla y Nocturno

40 Salón de Otoño de 1969: Pescadores

41 Salón de Otoño de 1971: Albarracín y Rincón de la Alberca

46 Salón de Otoño de 1978: Capea

49 Salón de Otoño de 1981: Casas de Cuenca

50 Salón de Otoño de 1983: Toledo

51 Salón de Otoño de 1984: El retablo

52 Salón de Otoño de 1985: Elogio del vino

53 Salón de Otoño de 1986: El conjunto

54 Salón de Otoño de 1987: Imagen para el recuerdo

 

Recordando… Ángel García Díaz

Obras, artistas, socios, pequeñas historias…

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

Ángel García Díaz

GARCIA DIAZ, Angel     E    1910(F168)        MADRID             MADRID

Socio Fundador de la AEPE

 

 

Ángel García Díaz nació en Madrid, el 19 de diciembre de 1873, en la calle de la Madera número 14.

Con vocación temprana, con tan solo 15 años, remitió obras a la Exposición Universal de Barcelona de 1888.

Sí se sabe que tuvo contacto con el taller de damasquinado de Eusebio Zuloaga, cercano a la casa paterna y con cuyo hijo, el ceramista Daniel Zuloaga, socio de la AEPE, Ángel García colaboró al comienzo de su carrera artística.

Entre 1889 y 1895 estudió escultura en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, dependiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con los pintores Eduardo Chicharro y Fernando Álvarez de Sotomayor, de su misma generación, con quienes fundaría en 1910 la AEPE.

Simultáneamente, acudió como aprendiz a los talleres de Elías Martín Riesco y Ricardo Bellver, autor del Ángel caído, en el madrileño parque del Retiro, que influyó notoriamente en las primeras obras de Ángel García.

En la Exposición Internacional de 1892 recibió una Mención de Honor por Retrato del Excmo. Sr. D. Ramón Vigil, obispo de Oviedo y Giotto adolescente.

Repetiría galardón en las exposiciones nacionales de 1895 y 1897, siendo de esta época su primer encargo de envergadura, la ornamentación del Ministerio de Fomento en la glorieta de Carlos V, luego Ministerio de Agricultura, actualmente de Medio Ambiente.

En 1897, con veinticuatro años, ya había realizado los modelos que pasaría a cerámica Daniel Zuloaga, entre ellos las alegorías La Minería y La Industria en las fachadas laterales, y las enjutas orlando la bóveda de la escalera principal en el interior. Fue el comienzo de una carrera que aportaría numerosas piezas a edificaciones singulares.

Azulejos del Ministerio de Fomento

Cariátides del Instituto Cervantes

 

En 1898 contrajo matrimonio con Julia Morales Atienza, con quien tuvo ocho hijos, de los cuales Rafael también se dedicó a la escultura ornamental.

En 1900 obtuvo la Pensión Piquer de Escultura, permaneciendo con su familia tres años en Roma y dos más en París.

Durante el pensionado modeló los remates ecuestres para el puente de María Cristina en San Sebastián, con los cuales consiguió la Segunda Medalla en Escultura en la Exposición Nacional de 1904.

Para el arquitecto Julio Martínez Zapata ejecutó en 1913 un notable relieve sobre la entrada a la madrileña Casa de Socorro Municipal del distrito de Centro.

En 1906 logró la Primera Medalla de Escultura Decorativa en la Exposición Nacional con las parejas de Mineros que adornan los torreones de la Escuela de Minas de Madrid, proyectada por Ricardo Velázquez Bosco, con quien ya colaboró en el Ministerio de Fomento.

Con él también llevaría a cabo la obra escultórica de la Fundación de la Duquesa de Sevillano, conocida como Condesa de la Vega del Pozo, en Guadalajara, así como el ornato del palacio ducal en dicha ciudad.

Ángel García participaría desde su inicio en las obras de la Fundación, entre 1885 y 1916, destacando la cripta del imponente panteón del monumento funerario de aire modernista que llevó a cabo entre 1916 y 1921.

Una de las figuras del monumento, que presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1920, titulada Jota, obtendría una condecoración.

 

Casino de Madrid

 

Entre 1908 y 1916 también llevaría a cabo las esculturas en el Asilo para Institutrices en la calle de Castelló en Madrid, actual colegio del Pilar, por encargo de la Duquesa de Sevillano.

Con Martínez Zapata trabajó en el Puente de la Reina Victoria, frente a la ermita de San Antonio de la Florida, inaugurado en 1909, realizando los osos de las farolas, símbolo de Madrid.

Angel García Díaz conoció a Palacios gracias a su maestro Velázquez Bosco, y su colaboración con el gran arquitecto fue donde su arte encontró la mejor expresión de la unión entre la escultura y la arquitectura.

El edificio del Palacio de Comunicaciones en Cibeles, hoy sede del Ayuntamiento, que ambos construyeron entre 1907 y 1919, es casi una gran escultura modelada cuidadosamente pieza a pieza.

En el Patio de Carterías fue instalado, en un barracón, un gran taller de escultura donde se desarrollaron todas las ornamentaciones a partir de dibujos de Palacios y de Ángel García Díaz, que éste convertía en figuras de yeso. Al parecer llegó a haber ciento treinta operarios que transformaban la obra en piedra caliza de Colmenar y Petrel.

Edificio Adriática

 

En Correos realizó una extensa estatuaria, así como en el cercano Banco Español del Río de la Plata, en la calle de Alcalá esquina con Barquillo, también según proyecto de Palacios, sede del actual Instituto de España, con las formidables parejas de cariátides en el chaflán, y si bien ambos proyectos aparecen firmados por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, fue Palacios -magnífico dibujante- el encargado del ornato. La relación del arquitecto gallego con Ángel García fue muy fructífera.

El artista también recibió otros encargos municipales, como la restauración de la Fuente de la Fama, de Pedro de Ribera, en 1911 cuando iba a ser trasladada al Parque del Oeste y que actualmente se encuentra en los Jardines del Arquitecto Ribera en la calle de Barceló.

En 1909 construyó su propia vivienda y taller de escultura, según proyecto arquitectónico de su amigo Palacios, que estaba ubicada en la esquina de la calle Ríos Rosas con Alonso Cano, derribado completamente después de la guerra. Este taller sería uno de los más grandes de un escultor en Madrid, junto con el de Mariano Benlliure.

Escudo de mármol de la sede del Colegio de Notarios de Madrid

 

También formaría equipo con él para el concurso del monumento a las Cortes de Cádiz de 1911, así como en la Virgen de la Roca, de diecisiete metros de altura, construida cerca de Bayona; suyas son la cara y manos en mármol de la Virgen, así como el boceto original en arcilla, siendo la última colaboración con Palacios el remate con pegasos que no se llevó a término para la sede del Círculo de Bellas Artes en 1924.

Otras obras destacables son las esculturas en mármol que realizó para la iglesia de San Manuel y San Benito, proyectada por Fernando Arbós y construida entre 1903 y 1910;  la ornamentación de la escalera del Casino de Madrid en la calle de Alcalá, que llevó a cabo hacia 1911, y el escudo para el Colegio Notarial de Madrid de 1927.

Foto Archivo de la Villa Madrid Casa Estudio de Ángel García Díaz

Escuela de Minas de Ríos Rosas

Iglesia de San Manuel y San Benito

 

Formando equipo con el arquitecto José María Lorite, en 1915 se presentó al concurso para el monumento a Cervantes en la Plaza de España de Madrid. Pese a que el proyecto recibió, junto con otros dos, la Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII, supuso una gran decepción para el escultor, quien consideró siempre su propuesta muy superior a la ganadora de Coullaut Valera y Martínez Zapatero, escultor y arquitecto, respectivamente.

Otras obras de Ángel García Díaz son las del Colegio del Pilar, en la calle de Castelló, suyos son los ángeles de las fachadas laterales, las figuras del pabellón acceso y la fachada de la iglesia en la calle Príncipe de Vergara, y la ornamentación del Edificio Adriática, en Callao; el conjunto funerario para los restos de la Condesa de la Vega del Pozo;  el monumento al Sagrado Corazón de Jesús en Béjar, 1928; el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, en Valdepeñas de Jaén, 1928; el busto del doctor Jaime Vera colocado en la fachada del colegio del mismo nombre, 1930.

Con la muerte de su esposa, en 1929, comenzó el declive del artista.

Desde la década de 1930 hasta aproximadamente 1945 se dedicó a esculpir escudos, frisos y capiteles para diversas sucursales del Banco de España, destacando la de Albacete, que realizaría en 1935.

En 1933 fue nombrado titular de la cátedra de Escultura Decorativa y Ornamentación en la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado.

Durante la Guerra Civil, fue separado de su cargo docente, reintegrándose a la cátedra pasada la contienda.

Instituto Cervantes de Madrid

 

El empuje de la arquitectura moderna, paulatinamente desornamentada, supuso una merma en los encargos a Ángel García, quien hubo de vender su gran estudio en 1936, perdiéndose desgraciadamente casi todas sus maquetas y documentos.

Se trasladó a uno más pequeño, en la calle de Modesto Lafuente.

El fallecimiento de su amigo Antonio Palacios en 1945, contribuiría a su tristeza y decaimiento. En sus últimos años no tuvo apenas trabajo y sí muchos problemas económicos.

Tras jubilarse permaneció ligado a la enseñanza como profesor con carácter gratuito hasta su muerte, ocurrida el 15 de julio de 1954, en su último taller del número 47 de la calle de Lope de Vega de Madrid.

Palacio de Comunicaciones de Madrid

 

La escultura de Ángel García Díaz está repleta de imaginación desbordante, inmersa entre lo grotesco, macabro, fantasmagórico y surrealista, despertando atención y admiración por igual. Sus trabajos fueron determinantes en la grandiosidad de aquellos magnos edificios de arquitectura irrepetible. Consiguió un gran prestigio entre los arquitectos, trabajó con los más notables, pero una desconsideración por parte de sus compañeros escultores.

Aquellos escultores, escayolistas y ceramistas de la época modernista eran conscientes de que sus trabajos en la decoración artística de fachadas iban a quedarse en el anonimato, incluso hasta el extremo de no existir datos en no pocos casos acerca de a quienes pertenecen tales o cuales obras.

Ángel García Díaz fue en su tiempo un artista reconocido y considerado por la prensa un «insigne” y laureado escultor, pero por varias razones cayó en el olvido y hoy día es prácticamente un desconocido.

Al parecer firmó muy pocas obras, huía de la prensa, y fue más un bohemio que una persona ambiciosa.

Lazarillo de Tormes

Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, Valdepeñas de Jaén, 1928

Casa de socorro

Colegio del Pilar

 

Ángel García Díaz y la AEPE

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

I Salón de Otoño de 1920: Aurora, Crisálida, Virgen de las Nieves, Virgen del Pilar y Jesús.

Junto a Antonio Palacios, con la obra Virgen de la Roca

VI Salón de Otoño de 1925: Riente

Oso del puente de la Reina Victoria

Pila de agua bendita de la Capilla Real de Sevilla

 

Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes: Epílogo de una historia compartida

Por Mª Dolores Barreda Pérez

 

Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes

de la Asociación Española de Pintores y Escultores

 

Epílogo de una historia compartida

Desde noviembre de 2021, en la Asociación Española de Pintores y Escultores he venido publicando, de forma ininterrumpida y con periodicidad mensual, una sección dedicada a reconstruir la historia de la Gaceta de Bellas Artes a través de quienes la hicieron posible: sus directores, redactores y colaboradores.

A lo largo de estos meses, el lector ha podido recorrer más de un siglo de historia editorial, desde los primeros responsables de la publicación hasta quienes, en distintas etapas, asumieron la tarea —siempre exigente— de dar forma, continuidad y sentido a una revista que es hoy parte inseparable del patrimonio cultural de la propia AEPE.

Han sido un total de 48 semblanzas en las que descubrir la biografía de artistas maravillosos y a veces olvidados como Ceferino Palencia Álvarez Tubau, Manuel Villegas Brieva, Joaquín Llizo, Bernardo González de Cándamo, José Garnelo y Alda, José Pinazo Martínez, Ramón Pulido, Francisco Llorens, Cándido Medina Queralt, Lorenzo Aguirre, Francisco Pompey, Tomás Gutiérrez Larraya, Francisco Blanco, Pedro García Camio, Bernardino de Pantorba, José Francés, Jesús María Perdigón, Ángel Vegué, Fernández Balbuena, José Subirá, Enrique Estévez Ortega, Ricardo Baroja, Esteve Botey, Emilio Romero Barrero, Julio Moisés, Julio Vicent, Juan Adsuara, Guido Caprotti, Enrique Pérez Comendador, Emilio García Martínez, Carlos Casado, Luis Rubio Verano Aguirre, Luis Benedito, Miguel Lucas San Mateo, Fructuoso Orduna, Julián Moret, Emiliano Martín Aguilera, Santiago Camarasa, Luis Gil Fillol, Javier Tassara, Antonio Méndez Casal, Cecilio Barberán, José Prados López, César Fernández Ardavín, Rafael Pellicer, Ramón Ferreiro Lago, Miguel Carrión, Francisco Prados de la Plaza, Luis Brihuega, Carlos San Román, Manuel de Íñigo, Edmundo Lloret, Emilio Pina, Isidoro Herránz Constenla, José Luis del Palacio, Agustín Romo, Antonio de Santiago, Fernando de Marta, Antonio Otiñano y Juan de la Cruz Pallarés.

Quedaron en el tintero otros muchos nombres de artistas de quienes se ha perdido su memoria por completo, haciendo imposible esbozar al menos una mínima biografía. Nombres anónimos que quedan recogidos en el libro de Fernando de Marta: “Historia de la Asociación Española de Pintores y Escultores, 1910-1993, 8 décadas de arte en España”, Madrid, 1994, que ha sido base del trabajo minucioso que he afrontado.

En 116 años de historia de la Gaceta de Bellas Artes, han sido muchas las personas que han trabajado y colaborado en la publicación. La mayoría de los que tenemos constancia, personajes ilustres tanto de la cultura nacional como internacional, vienen recogidos en la página web del portal buscador de la gaceta, organizados en diferentes grupos según su profesión (artistas, cargos en instituciones, conservadores, escritores, historiadores, ingenieros/arquitectos, juristas, médicos, músicos, pedagogos), para hacer más fácil su búsqueda.

https://gacetadebellasartes.es/periodistas-y-colaboradores/

Nombres míticos como Jacinto Benavente, Enrique Bonet, Emilio Carrere, Ernestina de Champourcin, Eugenio D’Ors, Wenceslao Fernández Flores, Lafuente Ferrari, Manuel Machado, Martínez Sierra, Gabriela Mistral, Julián Moret, Amado Nervo, Ortega y Gasset, Wifredo Rincón, Ángel del Río,  Javier Rubio Nomblot, Tomás Paredes, Unamuno, Pedro Corral, Rafael Flórez, Elías Tormo, Manuel de Arte Retamino, Luis Pérez Bueno, Aureliano de Beruete, Carmen de Burgos, Julio Camba, Narciso Sentenach, Emile Verhaeren, Santiago Ramón y Cajal… la lista sería interminable.

En casi cinco años, hemos puesto nombres a una cabecera, aunque no se trataba únicamente de identificar a los responsables de la publicación, sino de intentar comprender el contexto, las circunstancias y el compromiso personal de quienes sostuvieron la voz de la Asociación Española de Pintores y Escultores en cada momento histórico.

Este recorrido alcanza ahora su punto final.

No porque la historia concluya —nunca lo hace—, sino porque la sección ha llegado a su presente.

Y en ese presente, la dirección de la Gaceta de Bellas Artes recae en quien ha sido, precisamente, la autora de estos artículos. Una circunstancia que introduce una lógica excepción: no corresponde cerrar esta sección con un texto dedicado a quien la ha escrito y la dirige en la actualidad.

Lejos de ser una ausencia, esta decisión responde a un criterio de coherencia y de respeto hacia el propio enfoque de la sección. Si el propósito ha sido siempre analizar, contextualizar y poner en valor la labor de otros, resulta natural que ese ejercicio no se proyecte sobre quien lo ha llevado a cabo. La historia, en ese punto, debe quedar abierta.

Porque, en realidad, ese es el sentido último de este trabajo.

La serie Los Directores de la Gaceta de Bellas Artes no solo ha permitido recuperar nombres, fechas y trayectorias. Ha puesto de manifiesto algo más profundo: la continuidad de un proyecto colectivo que ha sabido adaptarse a los cambios, resistir las dificultades y mantener viva una publicación durante más de un siglo. Cada director, cada redactor, cada colaborador ha sido un eslabón necesario en esa cadena.

Y esa cadena continúa.

La Gaceta de Bellas Artes no es únicamente un testimonio del pasado, sino una herramienta viva al servicio de los artistas y de la cultura. Su permanencia es, en sí misma, una prueba del compromiso sostenido de la Asociación Española de Pintores y Escultores con la difusión del arte y el pensamiento artístico.

Cerrar esta sección es, por tanto, una forma de abrir otra etapa: la de seguir escribiendo, desde el presente, las páginas que algún día formarán parte de esa misma historia.

Porque si algo ha quedado claro en este recorrido es que la Gaceta de Bellas Artes no pertenece a una sola persona, ni a una sola época. Pertenece a todos aquellos que, ayer y hoy, han entendido que la cultura se construye con continuidad, con memoria y con responsabilidad.

Y esa tarea —como la propia historia— no tiene final.

Alcanzamos así el final de este trayecto compartido. Y llegados a este punto, siento la necesidad de detenerme un instante y mirar atrás, no con nostalgia, sino con gratitud. Gratitud hacia todos aquellos que, a lo largo de los años, habéis habitado estas páginas con vuestra mirada atenta y paciencia generosa.

Gracias por acompañarme entre nombres y fechas, por recorrer biografías, por deteneros en los detalles quizá minuciosos, a veces silenciosos, de la historia del arte y de quienes la construyen.

Gracias por sostener, con vuestra fidelidad, el pulso de esta sección, incluso cuando el camino se volvía denso de datos o exigente en memoria.

Porque si algo ha dado verdadero sentido a estas líneas no ha sido solo lo contado, sino el hecho de saberme leída, comprendida, acompañada. En esa complicidad discreta, casi invisible, ha latido siempre la esencia de la Gaceta de Bellas Artes.

A todos vosotros, que habéis estado ahí —con paciencia, con curiosidad, con afecto—, mi más hondo y sincero agradecimiento. Sin vosotros, estas palabras no habrían encontrado nunca su destino.

Muchas gracias

Carlota Fereal de Ferrari

Por Mª Dolores Barreda Pérez

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

Carlota Fereal de Ferrari

FEREAL DE FERRARI, Carlota      P    1942      BARCELONA          MADRID         1956

Carlota Fereal en la ópera Circe. 1902

 

Carlota Fereal Cuendías nació en Orán, Argelia, el 23 de enero de 1879.

Hija del periodista y libretista musical italiano Cesare Fereal Molinari, instalado en Madrid desde 1886, y de Isabelle Cuendías Germillan, hija del liberal madrileño Manuel Cuendías, que fuera catedrático de inglés y francés en el Instituto de San Isidro de Madrid, exiliado a Francia y que falleció en Orán dos años después del nacimiento de Carlota.

En 1898 la prensa del momento destacaba: “Muy pocos días hace, el martes último, sonaba por primera vez en los periódicos madrileños el nombre de una joven, casi una niña, que principiaba la críticaa del arte bajo el más lisonjero porvenir. Entre loa distinguidos artistas que el lunes tomaron parte en el concierto celebrado en la embajada de Italia, cantó una joven que llamó extraordinariamente la atención. Esta se llama Carlota Fereal y es hija de un notable poeta y publicista italiano avecindado hace más de doce años en Madrid. Conociendo como conocíamos al padre, ignorábamos, sin embargo, las facultades artísticas de la hija. Diez y siete años cuenta solamente la señorita Fereal. Sólo por afición empezó a dedicarse al canto; hoy no sólo es una risueña esperanza, sino que sin exageración puede afirmarse que es una verdadera artista. Bien nos demostró anoche, en la reunión á que nos invitó su padre, cantando de un modo admirable el aria de Santuzza da la ópera Cavallerla rusticana, la romanza del tercer acto de Aida, el arte de La Traviata y oí raconto de la ópera Garin, de nuestro insigne Bretón, de que es autor de la letra el padre de la gentil artista, el poeta César Fereal. Cantó acompañada por el joven pianista don Ricardo Montes. A la novel artista y á su maestro el vechio y simpático Pousini felicitaron de corazón los concurrentes. Adelanto, pues, y a aprovechar el brillante porvenir con que brinda el arte á la señorita Fereal, que si no es una artista perfecta por su excesiva juventud llegará á ser con el estudio y el trabajo cantante de indiscutible valor”.

En febrero de 1901, a los 22 años de edad, Carlota debutó como soprano en la ópera La Boheme de Puccini que se estrenó en la ciudad portuguesa de Oporto. La prensa lo recogía así: “Nos telegrafían de Oporto que nuestra hermosa compatriota Carlota Fereal, ha debutado en aquel teatro de ópera con la Boheme, obteniendo) un legítimo triunfo. El público la colmó de aplausos y la hizo repetir al raconto, y en la entusiasta ovación de que fue objeto la distinguida tiple se llenó el escenario de camelias”.

El 7 de mayo de 1902, en la inauguración del Teatro Lírico de Madrid, fue parte del estreno de la ópera mitológica en tres actos Circe, de Ruperto Chapí. Carlota interpretaría el personaje femenino principal, alcanzando un gran éxito de público y con excelentes críticas de prensa.

Y pese al triunfo, Carlota se retiró de la escena musical tras el fallecimiento de su padre, ocurrido en 1904.

Revista Y, 1945

 

Comenzó entonces a estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, siendo discípula de Manuel Ramírez Ibáñez, uno de los Socios Fundadores de la AEPE.

En 1901 participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el bodegón titulado Frutas, con el que consiguió una Tercera Medalla, junto a la también socia de la AEPE, Adela Ginés.

Frutas, Tercera Medalla en la Exposición General de Bellas Artes de 1901

 

La prensa lo recogía así: “El cuadro de frutas de Carlota Fereal, que figura en la actual Exposición de Bellas Artes de Madrid, ha sido premiado por el Jurado; y aún sin tener en nuestro grabado la magia del color, se advierte en el claroscuro la manera delicada con que está tratado el asunto, así como la trasparencia y el jugo de las uvas, manzanas y granadas caí-

das de la volcada canastilla. La Srta. Fereal, verdadero temperamento artístico, pues no ha mucho que obtuvo legítimos triunfos en la escena como artista lírica, peca en nuestro concepto de modesta al limitarse á pintar inanimados modelos, y debe, puesto que puede, acometer obras de mayor empeño donde luzcan con mayor brío la firmeza de su dibujo y la varonil manera de poner el color”.

En esta época, simultaneaba su afición pictórica con su faceta como cantante, cosechando críticas como la aparecida en La Ilustración española y americana en 1902: “Tiene Carlota Fereal arrogante figura, gran belleza y verdadera elegancia en la escena, con la particularidad, digna á nuestro juicio de especial mención, de que en su modo de vestir, como en su manera de interpretar artísticamente el personaje, resplandece siempre la honesta distinción de la señorita”.

Vendedora, Exposición General de Bellas Artes de 1906

 

En la Exposición del Círculo de Bellas Artes de 1903 obtuvo premios.

En 1906 participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes con cuatro lienzos, entre los que se encontraba una pareja de retratos femeninos costumbristas del mismo tamaño: Peinándose (antes del trabajo), y Vendedora.

En 1908 participó en la Exposición de Zaragoza de Arte Moderno con “unas vigorosas notas de color” y en la Exposición del Círculo Artístico de Barcelona.

Antes del trabajo, presentada al 24 Salón de Otoño

 

El 4 de mayo de 1908, con 29 años, contrajo matrimonio en la Iglesia del Carmen de Madrid, con Emilio Luis Ferrari, hijo del poeta, periodista y académico Emilio Ferrari, abogado jefe de la Casa de Socorro de Buenavista, con quien tendría varios hijos, uno de ellos, Emilio César Ferrari Fereal, fue profesor de Canto Lírico y Dramático en el Conservatorio Superior de Música de Madrid.

La artista, que hasta entonces residía en la calle Salud, 13 de Madrid, se trasladó junto a su marido a la calle Almagro, 32.

En 1910 presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes cuatro obras: Estudio de Asturias, Iglesia de San Martín de Laspra (Asturias), Capilla de la escuela de San Martín de Laspra (Asturias) y Apuntes, que a juicio del crítico José Ramón Mélida, estaban “muy bien de luz, de color y de factura”.

En 1911 participó con un imponente tríptico al óleo titulado Redención, en la I Exposición Nacional de Artes Decorativas, que fue premiada con la Primera Medalla de Oro al año siguiente en la Exposición Regional de Valladolid, celebrada en el Colegio Mayor Santa Cruz.

En 1912 concurrió a la Exposición Nacional de Bellas Artes con dos obras: Rincón de Asturias y Lilas.

En 1928 participó en la Exposición que la Real Academia de la Concepción de Valladolid realizó en el Ateneo de aquella ciudad, obteniendo Diploma de segunda clase.

Retrato de niña, del 25 Salón de Otoño

Retrato, del 25 Salón de Otoño

 

Tras un largo paréntesis en el que Carlota se dedicó a cuidar de sus hijos, en 1941 participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el cuadro titulado Lilas, haciendo constar que su domicilio se encontraba en la calle Almagro, 32, 2º derecha.

Un año más tarde lo haría al XVI Salón de Otoño con un Rincón de Marín y un Bodegón.

En 1943 concurrió a la Exposición Nacional de Bellas Artes con la obra Bodegón y al XVII Salón de Otoño.

Los siguientes años, volvió a presentar obra al XVIII Salón de Otoño de 1944, a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1945, con la obra Frutas y rosas y al XIX Salón de Otoño de ese mismo año.

Por una entrevista realizada en 1945 concedida a la revista Y, sabemos que “he cantado con la compañía del Scala de Milán, recorriendo toda Europa, y soy también profesora de piano… he pintado siempre, porque me ha gustado más que nada. Lo que pasa es que estuve algún tiempo alejada del arte. Esto sucedió cuando mis hijos eran pequeños. Dejé de pintar hasta que los crié, porque me sentía madre más que ninguna otra cosa. En pintura cultivo el paisaje y los bodegones, lo mismo al óleo que a la acuarela. Mi maestro, mi gran maestro, fue el pintor Manuel Ramírez Ibañez. Me gustan Sorolla, Tiziano y Veronés. Tengo dos medallas regionales, obtenidas en Valladolid, en los años 1907 y 1912, y una segunda medalla, en Zaragoza. Nací en Oran; pero como vine a España al año de nacer, me considero netamente española. Además, estoy casada con un español”.

Apuntes de Ontes, del 19 Salón de Otoño

 

En 1946, concurre al XX Salón de Otoño y a su edición siguiente de 1947.

A la Nacional de 1948 llevó un Bodegón, y al XXII Salón de Otoño de ese año, igual que a la edición del XXIII Salón de Otoño y al XXIV de 1950.

Participaría también en el XXV Salón de Otoño de 1952, que sería el último envío de su obra, obteniendo Medalla.

Flores y frutas, del 16 Salón de Otoño

Redención, de la I Exposición Nacional de Artes Decorativas de 1911

 

Falleció en 1955 cuando contaba con 76 años.

En 1956 se celebró en la Asociación de Escritores y Artistas de Madrid una exposición póstuma de obras de la artista incluyendo el retrato de la pintora ejecutado por su maestro Manuel Ramírez.

En abril de 1956, en el diario Pueblo Julio Trenas dedicaba su columna a la artista bajo el título de La cantante pintora: “estos días se ha cumplido un año de la muerte de Carlota Ferreal de Ferrari. Feliz, elogiable idea, la de dedicar una muestra homenaje póstumo a la gran pintora que en su juventud fue asimismo cantante famosa. Carlota Fereal, tiple lírica, fue la voz que abrió cantando la ópera Circe de Chapí en el teatro lírico Nacional o Gran teatro, empresa que culminaba una campaña en pro de la apetecida ópera española llevada a cabo por los maestros Chapí y Bretón. Otras felices actuaciones e interpretaciones de la cantante cuentan quienes tienen memoria y las vivieron. Pero ella se retiró pronto de la escena. El hogar la llamó imperiosamente y su vocación en estética encontró cauce ininterrumpido exclusivamente en la pintura. Como pintora ilustre ha sido conocida durante muchos años entre los profesionales plásticos. Una vuelta acuriosada por la exposición de la calle del rollo nos sitúa ante un artista muy de su tiempo. Gustoso saber las exigencias del dibujo y la fugacidad impresionista del color, así como de nutrir el cuadro cuando de una composición se trata, de la posible anécdota. Recordemos este gran lienzo antes del trabajo, donde una modista ante su máquina de coser y después de aprender la fatigosa tarea, tiene coquetería y juventud suficientes para darse los últimos toques al rostro y al peinado. Hay también paisajes asturianos, vistos con pupila cariciosa y amable y flores. Esas flores que Carlota Ferial pintaba con tanta delectación, finura y gusto. Acaso acordándose de las que llegaban a su camerino los días de sus grandes triunfos como cantante”.

Calle de Estínez, del 23 Salón de Otoño

Cesto de frutas, del 17 Salón de Otoño

Bodegón de frutos y rosas, del 22 Salón de Otoño

 

 

Carlota Fereal y la AEPE

Participó en las siguientes ediciones del Salón de Otoño:

Al XVI Salón de Otoño de 1942: Rincón de Marín y Flores y Frutas

Al XVII Salón de Otoño de 1943: Cesto de frutas

Al XVIII Salón de Otoño de 1944: Iglesia de San Martín y Calle de Raíces (Avilés)

Al XIX Salón de Otoño de 1945: Apuntes de Ontes y Hórreos

Al XX Salón de Otoño de 1946: Una calle de Génova

Al XXI Salón de Otoño de 1947: Bodegón

Al XXII Salón de Otoño de 1948: Cabeza de estudio de doña Carmen Goya y Bodegón de frutas y rosas

Al XXIII Salón de Otoño de 1949: Calle de Estínez

Al XXIV Salón de Otoño de 1950: Paisaje de Galicia y Antes del trabajo

Al XXV Salón de Otoño de 1952: La Boheme, Retrato de niña y Retrato del poeta Ferrari

 

Iglesia de San Martín  del 18 Salón de Otoño

La incomodidad de la honestidad de la AEPE

Mª Dolores Barreda Pérez

Secretaria General

Secretaria Perpetua de la AEPE

La Asociación Española de Pintores y Escultores y muchas organizaciones de carácter sindical o profesional comparten, en apariencia, un mismo objetivo general: la defensa de un colectivo. Sin embargo, los medios, las condiciones y el respaldo institucional de los que disponen unos y otros son profundamente distintos.

Siempre me he preguntado algo que no puedo formular en voz alta, porque incomodaría a muchos: si los sindicatos existen para defender a los trabajadores, ¿por qué dependen financieramente del Estado y no de sus propios afiliados?

La respuesta abre un debate incómodo sobre la legitimidad, la coherencia y el despilfarro de un sistema que hemos normalizado durante décadas.

Un sindicato se presenta como una organización independiente, nacida de abajo arriba, financiada por las cuotas de quienes libremente deciden afiliarse para proteger sus derechos laborales.

Pero en realidad esto no es así: gran parte de su estructura se sostiene gracias a subvenciones públicas, edificios cedidos gratuitamente, gastos estructurales asumidos por las administraciones y programas financiados con dinero de todos.

Es decir: nos obligan a pagar por organizaciones a las que no pertenecemos, incluso aunque no compartamos su ideología, su actuación o su utilidad real.

La paradoja es evidente: quien dice representar al trabajador no depende del trabajador, sino del poder político que lo financia.

Y cuando una organización depende del dinero del Estado, deja de ser incómoda para el Estado.

Sigo preguntándome: ¿por qué todos debemos pagar el mantenimiento de organizaciones que dicen representar solo a una parte de la sociedad?¿por qué se socializan los costes de estructuras que no se sostienen por la voluntad real de sus supuestos beneficiarios? ¿por qué se habla de “servicio público” cuando ese servicio no se financia como tal, ni se somete a las mismas exigencias de austeridad, neutralidad y utilidad real?

Si los sindicatos creen de verdad en su razón de ser, deberían poder sostenerse con las cuotas de sus afiliados, porque todo lo demás no es defensa del trabajador: es dependencia. Y esa dependencia la pagamos todos.

Los sindicatos cuentan habitualmente con financiación pública directa, en forma de subvenciones periódicas procedentes de las distintas administraciones. Disponen de sedes oficiales y edificios cedidos gratuitamente, donde desarrollan su actividad diaria sin asumir los costes que ello conlleva. Además, reciben apoyo económico para la organización de cursos, jornadas formativas y actividades, que en muchos casos son de pago para los asistentes, generando incluso ingresos adicionales.

Según datos oficiales del Ministerio de Trabajo, el Estado mantiene más de 430 inmuebles cedidos sin coste a sindicatos y organizaciones empresariales en toda España, muchos de ellos situados en zonas céntricas de grandes capitales, con gastos de IBI y rehabilitación asumidos con dinero público. A esta cesión patrimonial se suman subvenciones directas, algunas de ellas anuladas posteriormente por los tribunales por no haber sido concedidas mediante concurrencia pública, como dictaminó el Tribunal Supremo en 2024 en relación con ayudas millonarias a sindicatos y patronal.

También existe una diferencia fundamental en la naturaleza de la actividad formativa. Los sindicatos programan cursos subvencionados o parcialmente financiados que, aun así, suelen ser cobrados a los participantes.

El ámbito de la formación subvencionada ha sido, además, objeto reiterado de fiscalización. Informes del Tribunal de Cuentas han puesto de relieve irregularidades en la gestión de fondos, incluyendo subcontrataciones excesivas, cursos no impartidos, alumnos inexistentes y facturación inflada, obligando a devoluciones millonarias de dinero público. En algunos casos, estas prácticas han derivado en condenas judiciales, con sentencias firmes que acreditan el uso indebido de subvenciones destinadas a formación.

Mientras tanto, otras entidades —algunas envueltas en el prestigio histórico o en el barniz cultural— reciben financiación pública, disfrutan de sedes pagadas o sostenidas por el Estado y, aun así, cobran entrada a quienes desean cruzar su umbral. El Ateneo. El Círculo de Bellas Artes. Instituciones que se presentan como templos de la cultura, pero cuyo acceso está mediado por el pago, pese a estar sostenidas, directa o indirectamente, con fondos que salen del bolsillo de todos.

La pregunta es sencilla y brutal: ¿por qué el ciudadano paga dos veces para acceder a la cultura? Una, con sus impuestos. Otra, en la puerta. Y nadie se sonroja.

 

La AEPE, por el contrario, es una entidad sin ánimo de lucro, que no recibe subvenciones estructurales, no dispone de un edificio propio cedido por la Administración, sino de una sede pagada y sostenida por sus propios socios y realiza toda su actividad gracias al esfuerzo desinteresado de sus socios, a las cuotas y al trabajo altruista de sus órganos directivos.

Cada exposición, cada certamen, cada edición del Salón de Otoño, del Premio Reina Sofía, del Certamen de San Isidro… se levanta sin respaldo económico oficial, asumiendo costes que otras entidades no tienen que afrontar.

Mientras los sindicatos funcionan con personal remunerado y estructuras administrativas estables, en la AEPE la gestión, la organización y la defensa de los artistas se realiza sin retribución alguna, por auténtica vocación y compromiso con el arte. Aquí no hay liberaciones, ni dietas, ni compensaciones económicas: hay dedicación, responsabilidad y amor al oficio.

La AEPE no mercantiliza su razón de ser: su labor principal no es la formación reglada, sino la promoción, visibilidad y dignificación del artista, ofreciendo espacios de exhibición y reconocimiento donde solo importa la calidad de la obra.

La comparación resulta reveladora: donde unos cuentan con respaldo económico, infraestructuras y visibilidad institucional, la AEPE cuenta con historia, prestigio y coherencia ética.
Donde unos dependen de fondos públicos, la AEPE mantiene su independencia absoluta.
Donde unos pueden programar actividades sin riesgo financiero, la AEPE asume cada proyecto como un acto de responsabilidad y resistencia cultural.

Y, sin embargo, pese a esta desigualdad de condiciones, la AEPE ha logrado algo excepcional: más de un siglo de existencia, 93 ediciones del Salón de Otoño, 61 del Premio Reina Sofía, 63 del Certamen de San Isidro… miles de exposiciones y actos culturales, más de 9.000 según el último recuento, y una contribución incuestionable a la historia del arte español, sin costar un solo euro al contribuyente.

Esta comparación no pretende desacreditar a nadie, sino poner en valor una realidad injustamente ignorada: si organizaciones ampliamente subvencionadas son consideradas imprescindibles, con mayor razón debería reconocerse la dignidad de una institución que ha sostenido el arte en España sin ayudas, sin privilegios y sin renunciar jamás a su independencia.

La AEPE no pide trato de favor.

Pide reconocimiento, respeto y justicia.

Porque defender el arte sin recursos, sin ayudas, sin sedes ni subvenciones es mucho más que una tarea: es un acto de valentía cultural y de dignidad cívica.

Hay instituciones que no se reconocen no por lo que hacen mal, sino por lo que hacen demasiado bien.

Son incómodas porque dejan en evidencia un sistema entero.

La Asociación Española de Pintores y Escultores es una de ellas.

Reconocer a la AEPE obligaría a reconocer algo mucho más incómodo: que sí se puede gestionar con rigor, que sí se puede ser independiente, que sí se puede servir a un colectivo sin vivir del presupuesto público.

Por eso no se la distingue y se la ignora.

Porque su sola existencia desmonta el relato.

Pertenecer a una institución así no es un problema.

Es un orgullo.

Orgullo de formar parte de una entidad que no se arrodilla, que no factura al Estado y que no vende su prestigio a cambio de ayudas. Orgullo de pertenecer a una institución incómoda porque es honesta.

En tiempos en los que casi todos piden, cobran o exigen, hay quien sigue trabajando sin pasar la factura a los demás.

Eso debería ser un mérito.

En España, parece ser un castigo.

La AEPE convoca el 93 Salón de Otoño

Cita imprescindible y referente del arte en España

 

El Presidente de la AEPE, José Gabriel Astudillo López y la Secretaria General, Mª Dolores Barreda Pérez, firman las bases del 93 Salón de Otoño, que organiza la Asociación Española de Pintores y Escultores, el certamen artístico más antiguo y prestigioso de los que se convocan en España, una de las citas más emblemáticas del arte español y una firme apuesta por la promoción y difusión de la creación artística contemporánea.

La exposición se celebrará del 29 de octubre al 29 de noviembre de 2026 en la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid, un espacio de referencia cultural en la capital, donde volverán a encontrarse artistas, público y crítica en torno al arte.

Con más de nueve décadas de historia, la AEPE reafirma con esta nueva edición su firme compromiso con la promoción de las Bellas Artes, ofreciendo un espacio de encuentro para artistas, instituciones y público, en el que tradición y contemporaneidad dialogan en torno a la creación artística.

El Salón de Otoño se mantiene como un certamen abierto y plural, dirigido a artistas de cualquier procedencia, fomentando la libertad creativa y el intercambio artístico, que podrán concurrir con obras de pintura, escultura, dibujo, grabado y acuarela, siempre dentro del ámbito de las técnicas tradicionales.

El certamen continúa siendo una oportunidad única tanto para artistas emergentes como para creadores consagrados, permitiendo presentar varias obras y optar a un amplio programa de premios que incluyen exposiciones individuales, reconocimientos institucionales y prestigiosos galardones.

Uno de los pilares fundamentales del Salón de Otoño es el respaldo de entidades e instituciones que, edición tras edición, hacen posible este proyecto mediante su apoyo y compromiso con el arte y representan un apoyo esencial para la continuidad y crecimiento del Salón de Otoño, consolidando su papel como una de las grandes plataformas de difusión artística en España.

En esta 93 edición, la AEPE quiere destacar y agradecer especialmente la colaboración de los patrocinadores que dan nombre a los Premios de Libre Acceso, cuya aportación contribuye decisivamente a la proyección profesional de los artistas participantes:

Tritoma Gestión Cultural, los Ayuntamientos de Getafe y Móstoles, la reciente incorporación del Ayuntamiento de Leganés, la Fundición Codina, Inmobiliaria Encuentro, el Premio de Escultura Santiago de Santiago, la Agrupación Española de Acuarelistas y el Premio Extraordinario Álvaro Alcalá-Galiano. Y por décimo año consecutivo, el Salón de Otoño incluye la Medalla Down Madrid, como una iniciativa de inclusión y reconocimiento artístico dentro del certamen.

El acto de inauguración y entrega de premios tendrá lugar el 29 de octubre a las 19 horas, en el transcurso de una gala que se ha convertido ya en uno de los momentos más destacados del calendario artístico y cultural madrileño.

Los artistas interesados podrán enviar la documentación de sus obras hasta el 25 de septiembre de 2026, siendo el plazo de entrega presencial del 21 al 25 de septiembre.

Con esta nueva edición, la AEPE reafirma su papel como institución clave en la defensa, promoción y difusión de las Bellas Artes, consolidando el Salón de Otoño como un punto de encuentro imprescindible para el arte en España.

El 93 Salón de Otoño vuelve a situar a la AEPE como referente en la defensa y promoción de las Bellas Artes, fortaleciendo su vocación de servicio a los artistas y su compromiso con la cultura.

Puedes seguir esta convocatoria en esta misma web, pestaña Certámenes y Premios, Subpestaña Salón de Otoño, donde encontrarás toda la información disponible.

 

Bases 93 Salón de Otoño 2026

 

 

 

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