Por Mª Dolores Barreda Pérez
LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA
ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES
Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.
Paz de Borbón y Borbón
María de la Paz Juana Amelia Adalberta Francisca de Paula Juana Bautista Isabel Francisca de Asís
Infanta de España y Princesa de Baviera
Socia de Honor de la AEPE
La Infanta Paz de Borbón retratada por Franz-Seraph von Lenbach
La Infanta Paz de Borbón y Borbón nació en Madrid, el 23 de junio de 1862 en el Palacio Real, residencia oficial de la familia real española.
Era la octava hija de la reina Isabel II y de Francisco de Asís, y quinta entre los hijos supervivientes, todos ellos mayores que ella: Isabel (conocida popularmente como La Chata), Aflonso XII, rey de España, Pilar y Eulalia.
Cuando tenía sólo seis años, y mientras se encontraban veraneando en San Sebastián, la familia real tuvo que abandonar España en 1868, tras la Revolución Gloriosa que destronó a su madre, Isabel II.
Tras la derrota de las fuerzas fieles a la reina, la situación se volvió peligrosa y tuvieron que marcharse de forma rápida, cruzando la frontera hacia Francia.
Instalados en París, vivieron en el llamado Palacio de Castiella, residencia que servía como corte en el exilio.
Paz creció allí junto a sus hermanas Pilar y Eulalia, recibiendo una educación cuidada en el Colegio del Sagrado Corazón de París, en un ambiente más europeo e internacional del que habría tenido de haberse quedado en España.
La Infanta Paz de Borbón
La Infanta Paz y su marido, el Príncipe Luis Fernando de Baviera
Vivió el exilio bajo la influencia de su madre y su entorno más cercano, ya que su padre, el rey consorte, vivía en otra residencia, haciendo vidas separadas que marcaron la infancia de la infanta.
La relación con su padre fue siempre fría y formal, lo que modeló su carácter, mucho más sensible, reservado y reflexivo que el de sus hermanas.
Su educación primorosa incluyó estudios de música, literatura y pintura, afición que mantendría toda su vida.
En 1876, su hermano Alfonso XII recuperó el trono, y Paz regresó a España con unos 14 años, en un momento que marcó el paso de su adolescencia, volviendo a la corte madrileña ya como joven infanta y debiendo adaptarse otra vez a la vida oficial.
En 1879, la muerte de su hermana Pilar, con quien compartía dormitorio, viene a marcarla profundamente, ya que además de hermana, era compañera y amiga cercana. Años más tarde, en su memoria, pondría el nombre de su hermana, a la que nunca olvidó, a su hija.
Años más tarde, la infanta Paz se enamoró de su primo Luis Fernando de Baviera, príncipe bávaro y médico de formación, con quien contrajo matrimonio en 1883.
Fue un matrimonio inusual y atípico, ya que a pesar de ser un matrimonio dinástico (entre familias reales), no fue impuesto de forma estricta, pues según testimonios y sus propias memorias, hubo un afecto real entre la pareja. La infanta buscaba la felicidad con su marido, no solo cumplir un deber.
Tras presenciar el matrimonio poco feliz de su madre y el de su hermana Isabel, del todo convencional, la infanta Paz contrajo matrimonio por elección personal, dentro de lo posible, algo poco habitual en su entorno.
Tras la boda, la Princesa de Baviera se instaló en Múnich, Baviera, en el Palacio de Nymphenburg, donde viviría gran parte de su vida.
La Infanta Eulalia y la Infanta Paz
Con menos ceremonial en la corte bávara y en un ambiente más intelectual y europeo, la Princesa gozó de mayor libertad personal, ya que el matrimonio llevaba una vida más discreta dentro de la nobleza, y teniendo en cuenta que su marido no era un político activo, sino médico, y muy interesado en la ciencia y los avances médicos.
El matrimonio tuvo tres hijos: Fernando, Adalberto y Pilar, siendo una madre muy implicada, algo que ella misma valoraba mucho teniendo en cuenta su propia infancia y la desafección amorosa de sus padres.
La plácida vida en palacio le permitió llevar a cabo una gran actividad cultural, escribiendo libros y memorias, colaborando en periódicos como el ABC y asistiendo y patrocinando veladas musicales, literarias y artísticas que le permitieron relacionarse con artistas e intelectuales, e incluso el compositor Richard Strauss le dedicó una obra.
Implicada en proyectos sociales, participó activamente en actividades benéficas y educativas. Así, en 1914 fundó en Múnich el Pedagogium español, una escuela para niños sin recursos, por lo que recibió la Gran Cruz de la Orden de Alfonso XII en favor del arte y de la ciencia.
Estableció relaciones culturales entre España y Baviera. Junto a su hija Pilar formó parte de asociaciones protectoras de la infancia y de la paz entre las naciones. Asistió a congresos mundiales por la paz y la justicia organizados por la Internacional Democrática de Congresos Pacifistas, a la cabeza de los cuales estaba Marc Sangnier (París, 1921; Friburgo, Alemania, 1923; Londres, 1924; Luxemburgo, 1925, y Bierville, Francia, 1926). Perteneció a la Liga Mundial por la Paz de las Madres Educadoras en Múnich. Creó la asociación Obras de Caridad Seráfica.
Desde su llegada a Múnich ayudó a artistas y a músicos españoles que mantuvieron relaciones con Alemania, entre ellos el violinista Sarasate y el compositor Tomás Bretón.
Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como enfermera en colaboración con la Cruz Roja. España había permanecido neutral, fuera de la contienda, pero la infanta mantuvo relaciones con el rey Alfonso XIII para que, de manera legal, la ayudase a localizar a los desaparecidos o heridos que se pudieran encontrar en hospitales de los enemigos de Alemania.
En 1918 cayó la monarquía bávara y se proclamó una república. La Princesa de Baviera y su familia perdieron su posición oficial, volviendo su vida más privada y tranquila, menos ligada a ceremonias cortesanas.
Fue una época en la que desarrolló su faceta intelectual, escribiendo libros de memorias y reflexiones, consciente de los grandes cambios históricos que había vivido.
La familia de la Infanta Paz
Junto a su esposo, el Príncipe de Baviera
Junto a su hija María Pilar
Después de la caída de la monarquía bávara en 1918, a Paz y su familia se les permitió seguir residiendo en un ala del palacio de Nymphenburg; sin embargo, ese mismo año se trasladaron a un piso en la Odeonsplatz de Múnich. La economía de la familia se sostuvo con los ingresos de la lista civil española, provenientes de su posición de infanta de España.
A la llegada del nacismo al poder en 1933, su familia fue puesta bajo una estricta vigilancia. La Gestapo le prohibió mantener correspondencia con España, salvo excepciones como su sobrino, el ya exiliado Alfonso XIII.
Al finalizar la Guerra Civil española, a partir de 1939, ayudó cuanto pudo a los emigrados españoles partidarios de la República.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Ejército de los Estados Unidos ocupó Múnich. Varios soldados asaltaron a la infanta y a su esposo, como lo narró en sus memorias el príncipe Constantino de Baviera: “Les amenazaban con un revólver gritando: ‘¡Venga, las joyas!’. Mi abuela Paz les entregó un joyero con las alhajas heredadas de su madre, Isabel II, que habían podido salvarse. Los norteamericanos, para probar la autenticidad del botín, rascaron las piedras preciosas contra el cristal de una ventana. Luego se enfurecieron: ‘¡No quedan señales; es todo falso!’ Mi abuela, con voz tranquila, respondió en inglés: ‘Qué curioso, siempre creí que las joyas de mi madre eran auténticas’.
Abanicos pintados por la Infanta Paz
Durante toda su vida viajó numerosas veces a España y a París, donde residía su madre. El antiguo secretario de Isabel II, Miguel Tenorio, vivió al lado de la infanta Paz, quien en cierta ocasión declaró que era su padre biológico. Había llegado a Múnich hacia 1890 y allí murió el 11 de diciembre de 1916; dejó sus escasos bienes a doña Paz.
Durante sus estancias en España, alternó entre el Palacio Real, el palacete de los duques de Riánsares (Tarancón, Cuenca) y su finca en Saelices (Cuenca).
La infanta Paz, desde su llegada a Múnich, escribió varios artículos y algunas poesías que fueron publicados en el periódico ABC de Madrid desde el año 1883 y en 1902 se editaron en Friburgo con el nombre de Treinta y cuatro Composiciones. En 1902, tras un viaje a Roma, escribió un librito, Mi peregrinación a Roma, editado en Alemania y más tarde, en 1922, lo tituló Roma eterna y fue reeditado en Madrid y en Múnich. Escribió también la obra Buscando las huellas de Don Quijote, Freiburg, 1905. Durante varios años la infanta Paz escribió un Diario que publicó en Madrid en 1909 con el nombre De mi vida. Impresiones. En 1902 editó en Múnich una biografía titulada Emanuela Teresa, de la Orden de Santa Clara, hija del elector Emanuel de Baviera. Junto a su hijo escribió Cuatro revoluciones e intermedios. Setenta años de mi vida. Memorias de la Infanta Paz. Comentarios del Príncipe Alberto, que fue editado en Madrid por la editorial Espasa Calpe en 1935.
Por su afición al dibujo y a la pintura, doña Paz reunió un álbum con sus obras que tituló Álbum de dibujos de artistas españoles, depositado en la Biblioteca Nacional de España.
A principios de 1946, la infanta sufrió una caída por escaleras en el palacio de Nymphenburg. El accidente la dejó postrada por varios meses hasta que falleció el 3 de diciembre de ese mismo año. Uno de los anarquistas españoles a los que la infanta socorrió en Baviera tras la Guerra Civil escribió: “Paz agonizó el 3 de diciembre de 1946, a las 5.45 de la mañana. Ese día lo recuerdo como el más amargo y triste de mi vida, consciente de que con el cerebro y el corazón de Paz habíamos perdido no sólo a la persona más profundamente amada por todos nosotros, sino también todas nuestras esperanzas por una reconciliación pacífica y fraternal entre las dos Españas”.
Sus restos fueron inhumados el 7 de diciembre en la cripta de los Wittlesbach en la Iglesia de San Miguel de Múnich. Tenía 84 años.
Puerto de Comillas, cuadro de la Infanta Paz en La Ilustración española y americana, 1882
La Infanta Paz fue una notable pintora aficionada y mecenas muy activa y respetada. Formada bajo la dirección del pintor Carlos Múgica Pérez, pintor, dibujante e ilustrador, conocido paisajista y profesor de la época, las obras de la Princesa destacaron principalmente en la acuarela y el dibujo, que según confesó, eran sus técnicas preferidas, y aunque muy asociadas a las mujeres de la alta nobleza, ella supo llevar a un nivel profesional reconocido por la crítica.
Aunque dominaba el óleo, su sensibilidad técnica destacó especialmente en formatos que requerían una enorme precisión y un control absoluto de la mancha y la línea, como la ilustración editorial. Su destreza con el dibujo lineal le permitió diseñar directamente sobre madera para periódicos e ilustraciones impresas, como sus colaboraciones para la revista infantil La Niñez.
Sin embargo, su lenguaje preferido fue la acuarela sobre papel. Obras como su aclamada Mi único modelo (1881) demuestran un dominio sutil de la luz y el agua, reflejando el realismo burgués y el costumbrismo de la época.
Pintó también numerosos abanicos y objetos suntuarios a mano, un soporte sumamente complejo debido a la superficie plegada y los materiales delicados (como la seda o el cabritillo).
La pintura sobre abanicos de seda —el soporte o «país» del abanico— exigía una adaptación drástica de las destrezas de la acuarela. La seda es un material textil, absorbente y flexible que no se comporta como el papel, por lo que la Infanta Paz tuvo que dominar técnicas específicas para mantener su característico nivel de detalle.
En catálogos históricos como el de la célebre Exposición de El Abanico en España, se registran piezas pintadas por ella —algunas en colaboración con su hermana Eulalia— que evidencian este minucioso proceso.
Acuarela
Portada de dos de sus libros
Los motivos temáticos que la Infanta Paz elegía para pintar sus abanicos reflejan un equilibrio perfecto entre la tradición cortesana europea, el costumbrismo español y el romanticismo alemán que adoptó tras mudarse a Múnich. Al igual que en sus acuarelas, huía de la rigidez de los retratos oficiales para centrarse en escenas líricas y de la naturaleza.
Sus abanicos giraban en torno a cuatro grandes ejes temáticos: Alegorías e Idilios Románticos, con escenas pastoriles, idilios amorosos y composiciones alegóricas; Paisajes y Vistas Históricas, quizás influenciada por su formación con el paisajista Carlos Múgica, que se plasmaba con fuerza en este soporte con vistas detalladas de jardines, monumentos y rincones de palacios que habían marcado su vida; Recuerdos de España, recreando con nostalgia patios andaluces o paisajes castellanos; y Vistas bávaras, propias de su nuevo hogar t ras su matrimonio,donde los lagos de Baviera, los bosques centroeuropeos y las perspectivas del propio Palacio de Nymphenburg se convirtieron en un motivo recurrente de sus obras.
Sus obras presentaban escenas costumbristas e intimistas, donde eran habituales las escenas domésticas con niños, juegos infantiles y la vida familiar cotidiana de palacio. Composiciones en las que destaca su naturalidad y la captura de manera cercana de la psicología de los personajes.
En las Naturalezas Vivas y Motivos Florales de sus abanicos, la infanta optaba por guirnaldas, ramas florecidas y estudios botánicos de gran precisión técnica. Combinaba flores europeas clásicas con elementos de inspiración oriental (como ramas de almendro o composiciones asimétricas), una tendencia estética muy en boga a finales del siglo XIX.
Muchas de estas valiosas piezas acababan convirtiéndose en regalos personales para reinas y princesas de toda Europa, o se donaban a las tómbolas y subastas de caridad que ella misma organizaba en Madrid y Múnich.
En 1881 la Infanta Paz participó con dos acuarelas en la Exposición que se realizó en el centro artístico del Sr. Hernández, una iniciativa privada que se realizó en la calle del Desengaño, 22 y 25, junto a grandes nombres artísticos del panorama nacional (más de 200) como Pradilla, Villegas, Rosales, Fortuny, Casado del Alisal, Benlliure, Ferrant, Villodas, Comba, Haes, Mélida, Moreno Carbonero, Agrassot, Beruete, Lhardi, Hispaleto…
La prensa de la época resaltó que “Las dos acuarelas presentadas por S.A. la Infanta doña Paz, son asimismo notables por la gracia y delicadeza con que se hallan ejecutadas. Su dibujo es correcto y el colorido está tratado con una perfección digna de todo elogio”.
Y también se leía: “Doña Paz de Borbón pinta como pintan los príncipes… cuando éstos tienen buenas disposiciones naturales. Pinta con gracia y con miedo. Sabe seguro que está condenada a no tener consejeros, sino admiradores y enemigos. Ningún maestro, ningún inteligente, hubiera dejado de advertirle el riesgo á que se arrojaba al poner una figura vestida de blanco, sobre un fondo poco menos blanco que el vestido. Sea de ello lo que quiera, agradezcamos y saludemos con afectuoso respeto, esas dos tentativas afortunadas; Mi único modelo y Puerto de Comillas, no tanto por lo que valgan como por lo mucho que para el arte representan. Para el arte, único rey de derecho divino”.
Otros medios afirmaban: “«Mi único modelo» y el «Puerto de Comillas» son los títulos de los cuadros que la egregia artista se ha dignado presentar. Nadie se atreverá á tacharme de adulador cortesano, al decir, que la augusta hermana del Rey, ha demostrado notables condiciones para el arte que con tanta afición cultiva, y que en sus cuadros revela conocimiento, inspiración, gusto y que posee el secreto del colorido”.
En 1882, participó con otra acuarela titulada “Tomado al vuelo”, en la VII Exposición de la Sociedad de Acuarelistas de la que era presidenta honoraria. En aquella ocasión, la prensa dijo que “en el retrato de un niño, revela en esta acuarela notables adelantos y gran seguridad en la ejecución”.
Un año más tarde, volvió a presentar dos acuarelas a la Exposición del Centro Artístico del Sr. Hernández. La prensa destacó: “Una de ellas que titula «María» es una preciosa murciana de dibujo notable, cuya cabeza ha sido admirablemente modelada. Es una verdadera obra de arte, digna de figurar entre las acuarelas de reputadas firmas. A su alteza ha servido de modelo «María», la bella hija de su maestro Sr. Manresa. «En mayo» titula doña Paz de Borbon su segunda acuarela. Es el mismo tipo de la costurera «Petra», que se exhibió en el palacio de Arenzana, convertido en graciosa florista”.
La Infanta Paz no fue una simple aficionada cortesana, sino una artista respetada por los principales críticos e historiadores de su tiempo. Su valía quedó consagrada en los registros de la historia del arte a través de referencias de gran nivel, como la del célebre biógrafo e historiador del arte español Manuel Ossorio y Bernard, que elogió su talento y la incluyó formalmente en su obra cumbre, la Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, citando extensamente la calidad y variedad de su producción.
Mi único modelo, cuadro de la Infanta Paz aparecido en La ilustración española y americana, 1882
Además, el historiador y crítico británico Walter Shaw Sparrow, incluyó en su célebre libro recopilatorio Women Painters of the World una fotografía del retrato que hizo de su hermana, la infanta Eulalia, en un interior alhambresco, titulado Mi único modelo (1881), consolidando así su estatus artístico fuera de España.
Mi único modelo es una de sus acuarelas más famosas y tuvo tanta repercusión que se convirtió en un grabado xilográfico publicado en la prestigiosa revista La Ilustración Española y Americana en 1882, al igual que la titulada Puerto de Comillas, que se publicaron con ocasión de la exposición de acuarelas y dibujos que realizó la infanta.
Dedicaba gran parte del día a pintar en su estudio personal, leer y escribir libros, memorias y artículos. Colaboraba activamente en el hospital de los Caballeros de San Jorge, donde ayudaba a financiar medicamentos para pacientes sin recursos junto a su marido.
A lo largo de su vida, Participó de manera activa en las exposiciones y eventos benéficos de arte en Madrid, vendiendo y donando sus obras para causas sociales.
Su legado directo se conserva en el Álbum de dibujos de artistas españoles, un volumen que ella misma encuadernó y guardó con sus creaciones, custodiado hoy en la Biblioteca Nacional.
Su influencia en los pintores españoles se tradujo en un potente mecenazgo que les abrió las puertas del mercado artístico alemán. Múnich celebraba anualmente grandes muestras en el famoso Palacio de Cristal (Glaspalast). La infanta medió y colaboró intensamente para asegurar la inclusión, promoción y visibilidad de las obras de pintores españoles en estas prestigiosas exposiciones internacionales.
Pero no solo ayudó a los artistas de su país natal, sino que usó su influencia ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para promocionar en España a grandes maestros bávaros, como el retratista Franz-Seraph von Lenbach, fortaleciendo el intercambio técnico entre ambas naciones.
Su residencia en Nymphenburg funcionó como un punto de encuentro y mecenazgo para músicos y pintores españoles de paso por Alemania, ofreciéndoles apoyo financiero, contactos con la aristocracia local y un entorno seguro para desarrollar su arte.
La Infanta Paz y su hija Pilar
La Infanta en una de las últimas imágenes que de ella se conocen















































































































































